Capítulo 6 — La puerta que mentía #2
Luego observó la pared que separaba el cuarto de leña del pasillo.
Había una abertura baja, casi oculta por troncos apilados.
No era un pasadizo ni una maravilla arquitectónica; apenas una trampilla de servicio, quizá usada para pasar leña hacia el interior sin abrir la puerta grande en los días de mal tiempo.
Estaba cerrada desde aquel lado con un pestillo oxidado.
Alguien había movido los troncos frente a ella hacía poco. Las marcas estaban en el polvo.
Delacroix se inclinó.
La trampilla comunicaba, con bastante probabilidad, con el corredor lateral o con una pequeña zona de almacenamiento junto a la habitación de Lenoir. Una casa antigua, práctica, llena de soluciones pensadas para ahorrar pasos y conservar calor. También, aquella noche, para multiplicar mentiras.
—Monsieur Delacroix —llamó Marchand desde la sala—. ¿Está ahí?
—Donde no debería —respondió él.
—Eso no reduce mucho las posibilidades.
Delacroix regresó a la sala llevando la lámpara y un silencio nuevo.
Todos lo esperaban.
Étienne se había sentado en el banco más cercano a la chimenea.
Céleste estaba de pie junto a Madeleine, aunque no demasiado cerca.
La encargada del refugio había notado el cambio en la muchacha y lo estaba midiendo con una mezcla de protección y temor.
Brissac aguardaba con los brazos cruzados.
Odette Veyrac observaba desde su lugar, serena y atenta.
Perret seguía junto a su caja, cada vez más convencido de que los tejidos constituían una forma superior de compañía.
—¿Qué ocurre ahora? —preguntó el capitán.
—La puerta de monsieur Lenoir mintió —dijo Delacroix.
Lucien Darras, desde el pie de la escalera, se enderezó como si acabaran de anunciar una lección particularmente estimulante.
—¿Mintió?
—Sí, monsieur Darras. No es una capacidad exclusiva de los seres humanos. Algunos objetos aprenden por contagio.
Marchand se acercó.
—¿Los golpes?
Delacroix dejó sobre la mesa el hilo de cuerda encerada y el fragmento encontrado en el cuarto de leña.
—Fueron provocados desde fuera. Alguien pasó una cuerda bajo la puerta, o a través de una pequeña muesca, y la utilizó para golpear la madera desde el exterior. La intención era sencilla: hacernos creer que Lenoir seguía dentro, vivo o al menos capaz de llamar.
Baptiste soltó una maldición baja.
—Pero la habitación estaba vacía.
—Exactamente.
—Entonces quien hizo los golpes sabía que estaba vacía —dijo Odette.
—O necesitaba que tardáramos en descubrirlo.
Madeleine no miró la cuerda.
Ese detalle fue más interesante que si la hubiera mirado demasiado. Evitar un objeto también era una forma de señalarlo, solo que con mejores modales.
—¿De dónde salió esa cuerda? —preguntó Brissac.
—Del cuarto de leña hay un fragmento similar.
Étienne levantó la cabeza.
—En un refugio hay cuerdas por todas partes.
—Sí. Pero no todas tienen la delicadeza de aparecer junto a una puerta que ha decidido fingir vida.
—Está haciendo una montaña de una cuerda.
—Estamos en una montaña, monsieur Aubert. El escenario colabora.
Madeleine dio un paso hacia la mesa.
—¿Qué quiere insinuar?
—Todavía no insinuamos. Ordenamos. Primero: Lenoir fue herido o sangró en el cuarto de leña.
Segundo: su habitación fue preparada para parecer ocupada.
Tercero: alguien provocó los golpes para reforzar esa impresión.
Cuarto: la despensa exterior muestra señales de haber contenido algo grande y frío.
Quinto: alguien ha movido una manta húmeda en el cuarto de leña hace apenas unos minutos.
Étienne se levantó.
—Eso no prueba nada.
—Al contrario. Prueba que alguien en esta casa tiene mucho interés en que nada pruebe nada. Es un principio bastante prometedor.
Marchand miró a Madeleine.
—Necesitamos revisar todas las dependencias.
—Ya lo hicieron.
—No todas —dijo Delacroix.
La encargada del refugio lo miró.
Él sostuvo su mirada con cortesía. Sabía que ella sabía.
No exactamente qué había descubierto, quizá, pero sí que algo había cambiado.
Madeleine Aubert no era una criminal habitual.
Era más peligrosa por otro motivo: era inteligente de una manera práctica, maternal, desesperada.
Las personas así no improvisaban por vanidad.
Improvisaban porque creían que todavía quedaba alguien a quien salvar.
—Hay una trampilla en el cuarto de leña —dijo Delacroix—. Comunica con otra parte de la casa.
El silencio fue inmediato.
Brissac giró hacia Madeleine.
—¿Una trampilla?
—Para pasar leña —respondió ella—. Nada más.
—¿A dónde da? —preguntó Marchand.
—A un pequeño depósito interior, cerca del pasillo.
—Cerca de la habitación de Lenoir —dijo Delacroix.
Madeleine se volvió hacia él.
—Cerca de muchas cosas. Las casas pequeñas tienen esa costumbre.
—Y las mentiras también.
Perret levantó una mano tímida.
—No es por interrumpir, pero si hay trampillas, cuerdas y personas desaparecidas, quizá convendría… no sé… cerrar mejor las puertas.
—Una observación sensata —dijo Delacroix—. Me inquieta que proceda de usted.
Perret bajó la mano con dignidad herida.
Odette se puso de pie.
—¿Cree que el cuerpo de Lenoir está todavía en el refugio?
La pregunta, al ser formulada por fin con claridad, pareció quitar un velo a la sala. Todos habían pensado en el cuerpo, pero nadie quería darle esa forma verbal. Un cuerpo tenía peso, olor, temperatura. Un cuerpo exigía consecuencias. Una desaparición todavía permitía pequeñas supersticiones.
Delacroix no respondió enseguida.
Miró hacia el pasillo, hacia la puerta principal, hacia la escalera. Calculó distancias. Recordó la despensa exterior, el rectángulo sin escarcha, la manta húmeda, los golpes falsos, la discusión, la fiebre de Abel Fournier, la frase sobre el chico, la madre que ordenaba incluso al fuego.
—Creo —dijo al fin— que monsieur Lenoir está haciendo algo que nunca hizo en vida.
Lucien tragó saliva.
—¿Qué cosa?
—Esperar sin cobrar.
Nadie sonrió.
Madeleine cerró los ojos un instante. Al abrirlos, era de nuevo la mujer del umbral: severa, recta, capaz de recibir a la montaña con una olla en una mano y un reproche en la otra.
—Registren lo que quieran —dijo.
Étienne la miró.
—Madre…
—He dicho que registren.
La rendición fue demasiado limpia. Delacroix no se fio ni un poco.
—Empezaremos por el depósito interior —dijo.
—No hay nada allí —respondió Madeleine.
—Entonces será una decepción breve.
Ella tomó una lámpara sin esperar que nadie se la ofreciera y caminó hacia el pasillo.
Delacroix la siguió. Marchand fue tras él.
Brissac se sumó sin ser invitado, porque algunos hombres consideraban que la ausencia de invitación era un desafío personal.
Odette también avanzó unos pasos, pero Delacroix la detuvo con una mirada.
—Será mejor que espere aquí.
—He esperado muchas cosas en mi vida, monsieur. Pocas mejoraron por ello.
—Esta quizá tampoco. Pero la sala necesita testigos que no tengan prisa por demostrar nada.
Odette aceptó a regañadientes.
El pequeño grupo entró en el pasillo lateral.
Madeleine abrió una puerta estrecha que Delacroix no había examinado aún.
Daba a un depósito bajo, lleno de sacos de carbón, herramientas, velas, cajas vacías y leña menuda.
El aire era frío, aunque no tanto como en la despensa exterior.
En una pared, medio oculta por tablones, estaba la trampilla que comunicaba con el cuarto de leña.
Marchand levantó la lámpara.
—Aquí no cabe un hombre de pie.
—No hace falta estar de pie para ser trasladado —dijo Delacroix.
Brissac hizo una mueca.
—Dios santo.
—No lo invoque demasiado pronto, capitán. Esta noche todavía no ha demostrado mucho interés en ayudarnos.
Madeleine sostuvo la lámpara alta. La luz le endurecía el rostro desde abajo, convirtiéndolo en una máscara de cansancio.
Delacroix se agachó junto a la trampilla.
El pestillo de aquel lado tenía marcas recientes.
No grandes. No evidentes. Pero la madera alrededor estaba más limpia, como si manos o cuerda la hubieran rozado.
—Se ha usado esta noche —dijo.
—Se usa todas las noches —respondió Madeleine—. Para la leña.
—¿La leña también dejó esto?
Delacroix señaló el suelo. Había una franja estrecha de humedad, parcialmente cubierta por polvo de carbón. No era agua caída de unas botas. Era una línea de arrastre, más ancha en el centro, interrumpida en dos puntos donde algo había sido levantado o girado.
Marchand se inclinó.
—¿Sangre?
—No. Humedad. Quizá nieve derretida. Quizá de una manta. Quizá del borde de un abrigo.
Brissac miró hacia Madeleine.
—¿Qué demonios han movido por aquí?
—Leña —dijo ella.
—Si vuelve a decir leña, madame, empezaré a sospechar que la madera tiene antecedentes penales.
Delacroix sonrió apenas.
—Capitán, por una vez, ha dicho algo útil.
Madeleine lo miró con una furia breve. No por la broma, sino porque empezaba a entender que los detalles pequeños se estaban organizando contra ella.
Delacroix apartó un saco vacío con el bastón. Detrás había algo oscuro pegado al suelo: una mancha seca, apenas visible, cubierta con polvo de carbón. Marchand acercó la luz.
Era sangre.
No mucha.
Otra vez no mucha.
La repetición tenía algo de método.
—Aquí también —dijo el médico.
Brissac se apartó instintivamente.
—Entonces lo trajeron por aquí.
—O lo hirieron aquí —dijo Madeleine.
Delacroix giró hacia ella.
—Madame Aubert, empieza a defender demasiadas posibilidades. Deje alguna para los culpables menos dotados.
La mujer calló.
Marchand siguió el rastro con la lámpara.
La humedad avanzaba desde la trampilla hacia la puerta del depósito y luego se perdía en el pasillo, donde las huellas de los viajeros habían mezclado todo.
Aun así, el trayecto era bastante claro: cuarto de leña, depósito interior, pasillo, quizá habitación de Lenoir o salida al patio.
—El cuerpo pudo pasar por aquí —dijo Marchand.