Muerte en el refugio (Los misterios de Armand Delacroix 11) Capítulo 6 — La puerta que mentía
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Capítulo 6 — La puerta que mentía

El roce volvió a sonar.

No fue largo. No fue fuerte. No fue siquiera, en apariencia, demasiado importante. Apenas un arrastre lento, interrumpido por un crujido de madera, seguido de un silencio tan repentino que parecía culpable de sí mismo.

Delacroix permaneció agachado junto a la puerta de la habitación de Gaspard Lenoir, con la lámpara en una mano y el hilo de cuerda encerada entre los dedos de la otra.

No se movió de inmediato. La impaciencia era una excelente manera de pisar pruebas, perder testigos y conceder al culpable la satisfacción de saber que uno había oído justo lo que esperaba que oyera.

El hilo estaba atrapado en una astilla del borde inferior de la puerta.

Casi invisible. Fino, oscuro, encerado para deslizar mejor, quizá arrancado o cortado con prisa.

No era una cuerda de trabajo corriente del refugio, áspera y clara, de las que se usaban para atar fardos o asegurar postigos.

Aquello era más delicado. Algo destinado a obedecer sin ser visto.

Los golpes no habían nacido de dentro.

La puerta había sido llamada desde fuera para fingir que alguien vivo continuaba al otro lado.

Era una maniobra sencilla y, por eso mismo, peligrosa. Los artificios torpes solían ser los más creíbles cuando todos estaban cansados, asustados y deseosos de aceptar una explicación que no incluyera un cadáver.

Delacroix se incorporó despacio.

El roce sonó por tercera vez.

Venía de la pared lateral, o quizá del pasillo que comunicaba con el cuarto de leña.

En una casa tan antigua, las paredes no separaban del todo los sonidos; los educaban mal y luego los devolvían por donde querían.

Aun así, había una dirección posible. El ruido no venía de la sala principal, donde varias personas seguían hablando en voz baja junto al fuego.

Venía de la zona trasera. De las dependencias de trabajo.

De los lugares donde una casa guardaba aquello que permitía a las habitaciones nobles fingir que todo sucedía sin esfuerzo.

Delacroix abrió la puerta apenas.

El pasillo estaba vacío.

La lámpara proyectó una franja amarilla sobre las tablas.

El aire allí era más frío que en la sala, atravesado por corrientes que entraban desde alguna puerta mal ajustada.

La línea húmeda que había visto antes cerca del suelo seguía visible, aunque menos brillante.

Alguien había pasado por allí. Varias veces.

Con botas mojadas, con un trapo o con algo demasiado pesado para ser llevado en brazos sin dejar memoria.

Delacroix apagó parcialmente la llama, no hasta dejarla inútil, pero sí lo suficiente para que su luz no anunciara cada paso. Caminó hacia el sonido.

A su izquierda quedaba la habitación vacía de Lenoir.

A la derecha, el muro que separaba el pasillo del cuarto de leña.

Más adelante, una puerta estrecha conducía a la cocina.

La sala principal quedaba detrás, con el murmullo de voces, el crujido del fuego y esa falsa seguridad que proporcionaban las personas reunidas cuando todavía no han comprendido que reunirse solo las vuelve más fáciles de observar.

El roce se repitió.

Esta vez Delacroix distinguió algo más: un golpe blando contra el suelo, seguido de una respiración contenida.

Llegó hasta la puerta del cuarto de leña y apoyó una mano sobre la madera.

No entró.

Escuchó.

—Más despacio —susurró una voz.

Era masculina. Joven. Tensa.

Étienne.

Otra voz respondió, apenas audible.

—No puedo.

Céleste.

Delacroix miró hacia la sala. Nadie parecía haber notado su ausencia todavía, o al menos nadie había decidido convertirla en pregunta. Aquello no duraría mucho. En una casa bajo sospecha, todos terminaban contando los pasos de todos, incluso cuando fingían hablar del tiempo.

Abrió la puerta.

Étienne y Céleste se quedaron inmóviles.

La escena, por un instante, fue casi inocente.

Étienne sostenía un saco de leña cortada.

Céleste estaba junto a un cajón abierto, con varias astillas entre los brazos y la cara blanca de susto.

En el suelo había virutas, un trozo de cuerda, una manta vieja y dos troncos caídos.

La lámpara que habían dejado sobre una repisa daba una luz pequeña y nerviosa.

Era una explicación bastante aceptable.

Por desgracia, había llegado demasiado tarde para resultar convincente.

—Monsieur Aubert —dijo Delacroix—. Mademoiselle Renaud. Qué alivio. Temí que la madera se estuviera trasladando sola.

Étienne apretó el saco contra el pecho.

—Traíamos leña.

—Eso veo. Una actividad razonable en un refugio. Casi diría que decorativa.

Céleste bajó la mirada.

—Madame Aubert pidió que mantuviéramos el fuego.

—Madame Aubert pide muchas cosas. Tiene talento para que parezcan inevitables.

Étienne dejó el saco junto a la pared con más fuerza de la necesaria.

—¿Nos está siguiendo?

—No. Sigo ruidos. Ustedes tuvieron la amabilidad de producir uno.

—Movimos troncos.

—Los troncos suelen tener una ventaja sobre las personas: no susurran instrucciones.

Céleste se estremeció.

Étienne dio un paso hacia Delacroix. No era exactamente amenaza. Aún no. Era esa clase de movimiento que hacen los hombres jóvenes cuando el miedo necesita disfrazarse de protección.

—Déjela tranquila.

—Eso intento. Las preguntas bien hechas molestan menos que las mentiras mal sostenidas.

—Ella no sabe nada.

—Otra respuesta generosa ofrecida antes de ser solicitada. Esta casa empieza a cultivar ese hábito con un entusiasmo admirable.

Céleste levantó los ojos. Tenía lágrimas acumuladas, pero no caían. Eso le dio a su rostro una tensión casi dolorosa. No parecía culpable de un crimen. Parecía culpable de haber obedecido. En opinión de Delacroix, era una de las culpas más frecuentes y menos cómodas de juzgar.

—Mademoiselle —dijo él con más suavidad—, hace un momento escuché un roce. No venía de la leña que ahora sostiene. Venía de algo más pesado. O de algo que alguien no quería que se oyera.

—Fue el saco —dijo Étienne.

—¿El saco tiene miedo?

El joven no respondió.

Delacroix bajó la lámpara hacia el suelo.

La mancha de sangre seguía entre las tablas, protegida por el pequeño territorio de silencio que todos parecían concederle.

Alrededor, sin embargo, había cambios. Las virutas habían sido removidas.

La manta vieja ya no colgaba del clavo; estaba en el suelo, junto a la pared, doblada de manera apresurada. Uno de sus bordes estaba húmedo.

Delacroix se acercó.

Étienne se movió para interponerse.

—No toque eso.

El detective levantó la vista.

—Qué curioso. Iba a decirle lo mismo.

Durante un segundo se miraron. Étienne era joven, fuerte y estaba acorralado por algo que quizá todavía no sabía nombrar. Delacroix era bastante menos joven, bastante menos fuerte y mucho más paciente. Esa combinación rara vez resultaba justa.

—Apártese —dijo el detective.

—Es solo una manta.

—Entonces no le costará dejarme comprobar cuánta inocencia cabe en ella.

Céleste habló de pronto.

—No estaba ahí.

Étienne cerró los ojos.

—Céleste.

—Antes estaba colgada —dijo la muchacha, y la voz le tembló, pero siguió—. Cuando encontré la sangre, estaba colgada. Luego… luego no sé.

—Muy bien —dijo Delacroix.

Étienne se volvió hacia ella, herido.

—¿Por qué haces esto?

—Porque no puedo más.

La frase fue pequeña. Apenas un soplo. Pero desarmó al joven más que cualquier acusación. Étienne la miró como si ella hubiera abierto una puerta y detrás no hubiera aire, sino abismo.

Delacroix se agachó junto a la manta. No la levantó con las manos desnudas.

Usó el extremo del bastón para desplegar apenas una esquina.

La tela era gruesa, basta, de lana oscura.

En el borde húmedo había restos de tierra, algo de escarcha derretida y una fibra clara que no pertenecía a la manta.

Tal vez del abrigo de alguien. Tal vez de la ropa de Lenoir.

Tal vez de nada concluyente, que era la forma favorita de las pruebas para burlarse del investigador hasta el tercer acto.

—¿Por qué movían esta manta? —preguntó.

Étienne apretó los dientes.

—Estaba en medio.

—La mayoría de las cosas en medio no parecen haber pasado una temporada contra la nieve.

—Aquí todo está húmedo.

—No todo. Usted, por ejemplo, está seco por fuera.

El joven soltó una risa amarga.

—Qué observador.

—No se imagina cuánto lo lamento a veces.

Céleste miró hacia la puerta.

—No deberíamos estar aquí.

—En eso coincidimos —dijo Delacroix—. Aunque quizá no por los mismos motivos.

Desde la sala principal llegó la voz de Brissac.

—¿Delacroix?

El capitán no preguntaba con preocupación. Preguntaba con el tono de un hombre ofendido por no estar presente en una escena que podía volverse importante.

Delacroix no respondió enseguida. Miró primero a Étienne.

—Vaya a la sala.

—No.

—Monsieur Aubert, si quisiera huir, el clima le haría el favor de convertirlo en estatua antes de llegar al primer pino. Si quisiera atacar a alguien, elegir este momento sería una descortesía táctica. Y si quisiera seguir mintiendo, convendría hacerlo sentado, con testigos.

Étienne parecía a punto de replicar, pero Céleste le tocó el brazo.

—Por favor.

El gesto tuvo más autoridad que Delacroix. Quizá porque no venía de la ley ni de la lógica, sino del miedo compartido.

El joven salió primero. Céleste lo siguió, sin mirar la manta. Delacroix permaneció unos segundos más en el cuarto de leña. La habitación había cambiado de humor. Antes ocultaba un incidente. Ahora ocultaba una secuencia. Sangre, manta, marcas removidas, ruido de arrastre, cuerda.

Cuerda.

Delacroix se acercó al trozo que había visto junto al cajón.

Era más grueso que el hilo de la puerta, pero del mismo tipo: oscuro, encerado, flexible.

Una cuerda que podía deslizarse sin rasgar demasiado la madera.

Recogió un fragmento suelto y lo guardó junto al hilo encontrado en la habitación de Lenoir.