Muerte en el refugio (Los misterios de Armand Delacroix 11) Capítulo 8 — El papel de la viuda
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Capítulo 8 — El papel de la viuda

Durante unos segundos, nadie miró el cadáver.

Fue una descortesía involuntaria, pero comprensible.

Gaspard Lenoir había pasado la vida obligando a los demás a mirar papeles, firmas, deudas, intereses, vencimientos y cláusulas escondidas como ratas en la letra pequeña.

Ahora, muerto sobre una mesa, volvía a conseguir que una hoja amarillenta resultara más inquietante que su propio cuerpo.

Odette Veyrac permanecía en el umbral con la maleta en una mano y el sobre en la otra.

Tenía el rostro pálido, aunque no descompuesto.

La palidez de una mujer como ella no era debilidad, sino cálculo agotado: había sostenido demasiado tiempo una versión de sí misma y acababa de comprender que esa versión no iba a sobrevivir a la noche.

Delacroix no tomó el sobre enseguida.

—Madame Veyrac —dijo—, cuando una persona anuncia que posee un documento de un muerto en una habitación llena de sospechosos, conviene regalarle unos segundos para arrepentirse.

—Ya he tenido años.

—Entonces quizá sea suficiente.

Ella avanzó dos pasos. Brissac se interpuso parcialmente, no tanto para detenerla como para recordar a todos que seguía allí y que su indignación necesitaba público.

—¿Qué documento es ese?

Odette ni siquiera lo miró.

—Uno que no le pertenece.

—Si tiene relación con Lenoir, nos concierne a todos.

—Qué frase tan generosa viniendo de un hombre que hace media hora no quería reconocer sus propias deudas.

El capitán se puso rojo.

—Madame…

—Capitán —intervino Delacroix—, si pudiera posponer su honor hasta que hayamos leído el papel, se lo agradecería. El honor, a diferencia de los cadáveres, suele tolerar bastante bien las esperas.

Brissac apretó la mandíbula, pero se apartó.

Odette entregó el sobre a Delacroix. Sus dedos rozaron apenas los de él. Estaban fríos. No el frío de la nieve, sino ese otro que nace de haber decidido decir la verdad sin saber todavía cuánto costará.

El detective observó el sobre antes de abrirlo. Era de papel grueso, gastado en los bordes, doblado muchas veces. No tenía sello lacrado, pero sí una marca antigua donde en otro tiempo debió de haberlo habido. En el frente, escrito con tinta desvaída, se leía un nombre: Veyrac.

No Lenoir.

Veyrac.

—No parece reciente —dijo Marchand.

—No lo es —respondió Odette.

Delacroix abrió el sobre y extrajo varias hojas.

La primera era un recibo de préstamo. La segunda, una carta breve.

La tercera, una nota firmada por Gaspard Lenoir.

La escritura era elegante, estrecha, con una inclinación ligeramente agresiva hacia la derecha, como si cada palabra quisiera adelantarse para cobrar antes que las demás.

El detective leyó en silencio.

La habitación esperó.

Brissac se impacientó en menos de diez segundos, un récord previsible.

—¿Y bien?

—Capitán, los documentos, como las personas, mejoran cuando uno no los interrumpe a mitad de una mentira.

Siguió leyendo.

El préstamo inicial había sido moderado.

Casi razonable. Una cantidad concedida al difunto marido de Odette para salvar una propiedad familiar.

Luego venían los intereses, los retrasos, los gastos, las penalizaciones, las renovaciones de deuda.

Todo tenía apariencia legal. Todo estaba redactado con esa pulcritud obscena de los textos pensados para que la injusticia se lave las manos antes de entrar en una casa.

La carta era peor.

No por lo que decía, sino por cómo lo decía.

Lenoir comunicaba a monsieur Veyrac que lamentaba profundamente su situación, que comprendía la dificultad de los tiempos y que, precisamente por esa comprensión, se veía obligado a proceder con firmeza para no perjudicar la seriedad de sus compromisos.

Delacroix había leído declaraciones de amor menos íntimas que aquella forma de arruinar a un hombre.

La tercera hoja contenía una firma.

Gaspard Lenoir.

Y una frase subrayada por la propia mano de Odette, años atrás quizá, con un trazo demasiado fuerte para haber sido hecho en calma.

La piedad no cancela los vencimientos.

Delacroix levantó la vista.

—Un hombre de estilo.

—Mi marido se pegó un tiro dos días después de recibir esa carta —dijo Odette.

Nadie respondió.

Ni siquiera Brissac.

La muerte de Lenoir estaba sobre la mesa.

Pero aquella otra muerte, más antigua y sin cuerpo presente, acababa de entrar en la habitación con una dignidad silenciosa.

El marido de Odette no había llegado al refugio, no había dejado sangre en el cuarto de leña, no había sido encontrado bajo una lona.

Y aun así, durante un instante, pesó tanto como el prestamista.

—¿Por qué lo llevaba encima? —preguntó Marchand, con una suavidad que no habría usado Brissac aunque se la prestaran.

Odette miró el documento.

—Porque algunas mujeres llevan joyas de sus muertos. Yo llevaba esto.

—Una reliquia amarga —dijo Delacroix.

—Una prueba.

—¿De qué?

—De que hubo hombres que no mataron a mi marido, pero le acercaron la pistola con una cortesía exquisita.

Madeleine Aubert seguía junto al arcón. Sus ojos estaban fijos en Odette. No había en ellos reproche, sino una especie de reconocimiento doloroso. Dos mujeres muy distintas, unidas por el mismo tipo de hombre.

—¿Confrontó a Lenoir por esto? —preguntó Delacroix.

—Sí.

—Cuando fue a su habitación.

—Sí.

—Antes dijo que le habló de las joyas de su marido.

—Lo hizo.

—¿Y usted le mostró estos papeles?

—No.

—¿Por qué?

Odette bajó la mirada.

—Porque no habría servido de nada.

—Entonces ¿para qué subió?

—Para verlo.

—Ver a un hombre suele ser una ocupación poco peligrosa, salvo cuando uno lleva años imaginándolo muerto.

Ella aceptó el golpe sin apartarse.

—Quería saber si recordaba.

—¿Y recordaba?

—No al principio. Mi nombre no le dijo nada. El de mi marido, apenas. Luego sonrió. Dijo que había tenido muchos Veyrac en sus libros.

Brissac murmuró algo obsceno.

Por una vez, nadie lo corrigió.

Delacroix volvió a mirar la carta. La letra de Lenoir era idéntica a la de una nota que había visto fugazmente entre los restos de la habitación, aunque todavía no había podido comparar nada con calma.

Sin embargo, algo le interesó más que la crueldad del contenido.

El papel tenía en una esquina una pequeña marca: un número de registro, quizá interno. Tres cifras y una letra.

—¿Monsieur Lenoir numeraba sus préstamos? —preguntó.

Odette parpadeó.

—No lo sé.

—Este documento tiene una clave: 417-B.

Marchand se inclinó.

—¿Un archivo?

—Quizá. O una forma de ordenar víctimas, si queremos ser menos administrativos.

Madeleine respiró hondo.

—Los papeles que traía para el refugio también tenían números.

Delacroix giró hacia ella.

—¿Los vio?

—Sí.

—Creí que no sabía qué papeles llevaba.

—No dije que no hubiera visto nada. Dije que no los tenía.

—Una distinción de admirable elasticidad.

Ella no se disculpó.

—Cuando llegó, dejó su cartera sobre esta mesa. Sacó varios documentos. Había números en la esquina. Sellos. Firmas. Me los mostró como se muestra un cuchillo a alguien que no puede defenderse.

—¿Recuerda el número?

Madeleine cerró los ojos un instante.

—No completo. Había un siete. Y una C, creo.

—Eso no nos salvará en los tribunales, pero al menos nos permite no morir de abundancia.

Brissac señaló el sobre de Odette.

—Todo esto le da a madame Veyrac un motivo bastante claro.

Odette lo miró con frialdad.

—También se lo da a usted.

—Yo no escondí documentos.

—No. Usted solo escondió deudas.

—¡No admito…!

—Basta —dijo Delacroix.

No lo dijo en voz alta. No hizo falta. Había formas de bajar el tono de una habitación sin gritar, del mismo modo que había formas de matar sin tocar una pistola.

El capitán y la viuda callaron.

—Madame Veyrac —continuó Delacroix—, necesito una respuesta precisa. ¿Entró en la habitación de Lenoir?

—Sí.

—¿Cerró la puerta?

—Él la cerró.

—¿Con llave?

—No lo sé. No la oí girar.

—¿Dónde estaba su abrigo?

—En la silla.

—¿La cama?

—Hecha.

—¿La bandeja de la cena?

—No estaba aún.

Delacroix levantó apenas la vista.

—Eso es interesante.

Madeleine se tensó.

—¿A qué hora fue?

Odette dudó.

—Antes de cenar. Poco después de que llegara la noche. Quizá las seis y media.

—La bandeja fue llevada alrededor de las siete —dijo Delacroix—. Según la versión inicial.

Céleste, desde el umbral, bajó la vista.

—Sí, monsieur.

—¿Y Lenoir seguía vivo cuando llevó la bandeja?

La muchacha no respondió de inmediato.

Madeleine habló.

—Ya lo dijo. Dejó la bandeja y salió.

—Ahora prefiero oírselo a ella. Las respuestas, como la sopa, pierden temperatura si pasan por demasiadas manos.

Céleste tragó saliva.

—Llamé.

—¿Respondió?

—Sí.

—¿Con palabras?

—Dijo: «Déjela ahí.»

—¿Está segura de que era su voz?

La muchacha palideció.

—Yo… creo que sí.

—Creer es una forma educada de temblar.

—Era una voz de hombre.

—En esta casa hay varios hombres. Algunos incluso insisten en demostrarlo.

Brissac soltó un resoplido, pero no habló.

Céleste miró a Étienne, que seguía en el pasillo, hundido en sí mismo.

Delacroix siguió la mirada.

—¿Fue Étienne?

—No.

La respuesta salió demasiado rápida.

—¿No?

—No. Él estaba… —Céleste se detuvo.

—¿Dónde estaba?

Madeleine cerró los ojos.

Étienne habló, con voz baja.

—Con mi madre.

—¿Dónde?

—En la cocina.

—¿A las siete?

—No sé la hora.

—La noche está llena de personas que no saben la hora, pero todas parecen saber justo lo necesario para no hundirse solas.

Odette miró la carta de Lenoir, aún en manos de Delacroix.

—Él estaba vivo cuando yo salí.

—¿Lo vio ponerse de pie? ¿Moverse? ¿Respirar sin dificultad?

—Estaba sentado junto a la mesa.

—¿Herido?

—Tenía una marca en la sien. Sangre seca quizá. Le pregunté qué le había pasado. Dijo que la caridad del refugio tenía manos torpes.

Étienne cerró los puños.

—Dijo eso —murmuró.

Delacroix lo observó.

—¿Usted lo oyó?

—Me lo dijo a mí también.

—Después del golpe.

—Sí.

—¿Y eso fue antes o después de que madame Veyrac hablara con él?