Capítulo 5 — El huésped de arriba #2
La fibra era de lana oscura. Podía pertenecer a la manta del enfermo, a un abrigo, a cualquiera de los huéspedes o al propio refugio.
Aun así, no la soltó. La guardó envuelta en un pañuelo.
No porque fuera una prueba, sino porque algunas pruebas tardaban en adquirir la educación de presentarse como tales.
Abel Fournier volvió a murmurar.
—Golpes…
Delacroix se acercó.
—¿Qué golpes?
—Abajo… madera… arrastraban…
—¿Cuándo?
El carretero abrió los ojos con esfuerzo.
—Antes de la sopa.
Marchand frunció el ceño.
—¿Antes de que llegáramos?
—Antes… de todos… no sé…
Delacroix sintió que la habitación se estrechaba un poco.
Antes de la sopa podía significar muchas cosas. Antes de la cena de Lenoir. Antes de la llegada de los viajeros. Antes de que Céleste sirviera a la sala. La fiebre mezclaba las horas como un mal camarero mezcla el vino.
—¿Escuchó voces? —preguntó.
—Él gritó.
—¿Quién?
—El que no perdonaba.
—Lenoir.
—Y el chico.
Marchand dejó de ajustar el paño.
Delacroix no se movió.
—¿Qué chico?
Abel tragó saliva.
—El de ella.
La frase cayó con suavidad. Precisamente por eso hizo ruido.
Marchand miró hacia la puerta. Delacroix no necesitó hacerlo para imaginar el corredor, la escalera y, abajo, Étienne Aubert intentando parecer un hombre hecho de madera junto al fuego.
—¿Qué gritó el chico? —preguntó.
Abel cerró los ojos. Sus labios se movieron, pero no salió sonido.
—Monsieur Fournier.
Nada.
El carretero había vuelto a hundirse en la fiebre.
Marchand se incorporó.
—Basta.
Delacroix aceptó esta vez sin ironía. La habitación ya les había dado lo que podía darles sin convertirse en crueldad.
El médico apagó parcialmente la lámpara, dejó instrucciones sobre el agua y abrió la puerta. En el corredor los esperaba Lucien Darras, que fingía no haber estado escuchando con una inocencia tan mala que merecía compasión.
—¿Está vivo? —preguntó.
—Eso parece inquietarle casi tanto como la alternativa —dijo Delacroix.
El joven enrojeció.
—Solo quería ayudar.
—Entonces empiece por no parecer decepcionado.
Lucien bajó la mirada.
Marchand cerró la puerta del enfermo.
—Hay que avisar a Madeleine. Necesita paños fríos, agua limpia y quizá caldo si puede tragar.
—Le alegrará saber que el huésped existe —dijo Delacroix.
—¿De verdad cree que lo olvidó?
Delacroix miró el corredor.
—No. Creo que durante un segundo recordó otra cosa.
Bajaron.
La sala los esperaba con una ansiedad mal disimulada.
Todos habían seguido en sus puestos, aunque nadie parecía haber permanecido quieto.
Brissac estaba junto a la chimenea, Perret junto a su caja, Baptiste cerca de la puerta, Odette sentada con las manos cruzadas, Céleste a medio camino entre la cocina y la mesa.
Madeleine y Étienne estaban de pie, separados por una distancia breve que no parecía natural en una madre y un hijo acostumbrados a trabajar juntos.
—¿Está vivo? —preguntó Madeleine.
La misma pregunta que Lucien.
Otro tono.
—Sí —dijo Marchand—. Con fiebre alta. Necesito agua fresca, paños limpios y que alguien lo vigile. Ha delirado.
—La fiebre hace eso.
—Y las casas con demasiadas cosas que callar también —dijo Delacroix.
Madeleine lo miró.
—¿Qué dijo?
—Varias cosas. Algunas útiles, otras piadosamente absurdas.
—Si está delirando, no cuenta.
—Ojalá la verdad fuera tan obediente.
Étienne habló con voz áspera.
—¿Qué dijo?
Delacroix giró hacia él.
—Que oyó discutir a Lenoir con un chico.
El joven no respondió.
Ni siquiera cometió el error de responder demasiado rápido.
Solo se quedó quieto.
Madeleine, en cambio, sí se movió. Apenas. Una inspiración más profunda, los dedos cerrándose sobre el delantal, los ojos calculando la distancia entre Delacroix y su hijo.
—Está enfermo —dijo ella.
—Eso también lo dijo el doctor.
—Un hombre con fiebre puede confundir voces.
—Desde luego.
—Entonces no significa nada.
—Madame Aubert, cuando algo no significa nada, la gente suele permitir que no signifique nada sin ayudarlo tanto.
Brissac dio un paso hacia Étienne.
—¿Discutió usted con Lenoir?
Étienne lo miró. Había rabia en sus ojos, pero no hacia Brissac exactamente. Parecía rabia contra un mundo que seguía exigiéndole respuestas cuando ya había tomado demasiadas cosas.
—Todos discutieron con Lenoir.
—No he preguntado por todos.
—Entonces pregunte mejor.
El capitán se irguió.
—Muchacho…
—Capitán —intervino Delacroix—, si intenta intimidar a todos los sospechosos por orden de edad, la noche se nos hará larguísima.
—¿Sospechosos? —repitió Perret, alarmado.
—No se preocupe. La palabra todavía no muerde. Solo señala.
Perret volvió a sentarse lentamente, como si una silla pudiera ofrecerle coartada.
Marchand entregó su maletín a Céleste para que le pasara unos paños limpios y se acercó a Madeleine.
—El enfermo mencionó a Lenoir. Parece haberle tenido miedo.
—Media montaña le tenía miedo.
—También dijo que le quitó un caballo.
Madeleine bajó los ojos.
—Fue cierto.
—¿Por una deuda?
—Por intereses. Lenoir decía que todo era interés.
El pan, la cama, un retraso de tres días, una firma mal fechada, un invierno largo.
A ese hombre le quitó el caballo y lo dejó sin trabajo durante meses.
Si Abel siguió transportando harina fue porque otros carreteros le prestaron animales cuando podían.
Delacroix escuchó sin interrumpir. Cada historia añadía una piedra más al monumento de odio que Gaspard Lenoir había levantado con tanta paciencia. Un monumento muy útil para esconder un asesinato concreto bajo una multitud de deseos abstractos.
—También oyó golpes —dijo.
Madeleine levantó la vista.
—¿Qué golpes?
—Madera. Algo arrastrado. Antes de la sopa.
La expresión de Céleste cambió.
No mucho.
Lo suficiente.
Delacroix la miró.
—Mademoiselle Renaud.
La muchacha apretó los paños contra el pecho.
—No sé nada.
—Eso es una respuesta muy amplia para una pregunta que aún no he formulado.
Madeleine intervino de inmediato.
—Céleste estuvo en la cocina toda la tarde.
—¿Toda?
—Sí.
—Qué curioso. Hace un rato encontró sangre en el cuarto de leña.
—Fui por leña.
—Entonces la cocina tiene fronteras flexibles.
Céleste parecía a punto de llorar. Delacroix no disfrutaba asustando criadas, aunque a veces la verdad se escondía precisamente detrás de las personas menos equipadas para defenderla.
Suavizó la voz.
—Céleste, no le pregunto para culparla. Le pregunto porque aquí alguien ha movido cosas, ha limpiado cosas y ha pedido a otros que no miraran.
La muchacha miró a Madeleine.
La mujer no dijo nada.
Eso fue más elocuente que una amenaza.
—Oí una discusión —susurró Céleste.
La sala entera se inclinó hacia ella.
—¿Entre quiénes? —preguntó Marchand.
—El señor Lenoir y Étienne.
Étienne cerró los ojos un segundo.
Madeleine habló muy bajo.
—Céleste.
La joven se encogió.
—Lo siento, madame.
—¿Cuándo? —preguntó Delacroix.
—Antes de que llegaran ustedes. Antes de la cena. No sé la hora exacta.
—¿Dónde?
—En el cuarto de leña.
Brissac soltó una exclamación.
—¡Ah!
—Capitán —dijo Delacroix—, procure no parecer tan satisfecho. Todavía no hemos encontrado un público para usted.
Céleste continuó, cada vez más pálida.
—El señor Lenoir quería hablar con madame Aubert. Étienne le dijo que no le hablara así. Lenoir se rio. Dijo que este sitio ya no era de ella. Que mañana todos tendríamos que aprender a pedir permiso para entrar en nuestra propia miseria.
Madeleine cerró los ojos.
La frase dolía porque sonaba verdadera. Nadie necesitaba inventar una crueldad tan precisa para un hombre como Lenoir; bastaba con recordarlo.
—¿Y después? —preguntó Delacroix.
—Después Étienne le dijo que saliera.
—¿Del cuarto de leña?
—Del refugio.
—¿Con esta tormenta?
—Todavía no era tan fuerte.
—Continúe.
Céleste tragó saliva.
—Lenoir dijo que la montaña sería más limpia sin gente pobre calentándose gratis. Étienne lo empujó.
Étienne abrió los ojos.
—Basta.
—No —dijo Delacroix—. Todavía no.
El joven se volvió hacia él.
—No sabe lo que era ese hombre.
—Estoy empezando a recibir una educación bastante completa.
—No tiene derecho a juzgarlo.
—A monsieur Lenoir, quizá no. A lo que le ocurrió, me temo que alguien tendrá que hacerlo.
Étienne dio un paso adelante. Marchand se movió apenas, preparado para intervenir. Madeleine no tocó a su hijo esta vez. Solo lo miró con una tristeza áspera, como si ya supiera que cada palabra podía hundirlo un poco más.
—¿Lo golpeó? —preguntó Delacroix.
Étienne no respondió.
Céleste lo hizo por él.
—No lo vi.
—Pero oyó algo.
—Oí un golpe.
La palabra golpe volvió a la sala con una insistencia desagradable.
—¿Uno solo? —preguntó Delacroix.
—Creo que sí.
—¿Y luego?
—Silencio.
—¿Entró usted?
—No.
—¿Por qué?
Céleste miró a Madeleine.
—Madame Aubert me llamó desde la cocina.
—¿Antes o después del golpe?
La muchacha abrió la boca.
No salió nada.
Madeleine respondió:
—Después.
Todas las miradas fueron hacia ella.
La encargada del refugio levantó el mentón. Parecía más vieja que hacía unos minutos. No más débil. Solo más cerca del límite.
—Oí discutir. Fui al cuarto de leña. Lenoir estaba vivo.
Étienne la miró de golpe.
—Madre.
—Estaba vivo —repitió ella.
Delacroix se acercó despacio.
—¿En qué estado?
—Furioso.
—La furia parece haber sido su estado natural.
—Tenía un rasguño en la sien. Nada más.
—¿Sangraba?
—Un poco.
—¿La sangre del suelo?
—Probablemente.
—Entonces la mancha no implica necesariamente la muerte de monsieur Lenoir.
—Eso he intentado decir desde el principio.
—No, madame. Desde el principio ha intentado decir muchas otras cosas. Esta acaba de ocurrírsele con mejor fortuna.
Madeleine no bajó la mirada.
—Étienne lo empujó. Lenoir tropezó con un tronco y se golpeó. Eso es todo.
—¿Y después?
—Lo acompañé a su habitación.
—¿Usted?
—Sí.
—¿Étienne?
—Se quedó en la sala.
Delacroix miró al joven.
—¿Es cierto?
Étienne tardó.
—Sí.