Capítulo 5 — El huésped de arriba
La frase de Madeleine Aubert quedó suspendida en la sala como una lámpara mal colgada.
¿Qué carretero?
No había sido una pregunta teatral. No había tenido el tono de una mentira improvisada con torpeza ni el exceso de sorpresa de los culpables aficionados.
Había sido peor: una reacción limpia, inmediata, casi sincera.
Durante un segundo, Madeleine pareció no recordar al hombre al que ella misma había mencionado poco antes para explicar que no todos los huéspedes del refugio estaban en la sala.
Después lo recordó.
O recordó que debía recordarlo.
—El carretero —dijo, con una sequedad demasiado rápida—. Claro. Me refería a qué le ocurre.
Delacroix no se movió.
—Una corrección admirable. Ha llegado apenas después del cadáver.
—No hay ningún cadáver.
—Todavía estamos negociando con esa posibilidad.
El doctor Marchand ya había tomado su maletín. La medicina, a diferencia de la justicia, tenía la ventaja de no poder esperar a que una frase quedara elegante.
—¿Dónde está? —preguntó.
Madeleine señaló la escalera.
—Segunda habitación a la derecha. Llegó ayer con fiebre. Se llama Abel Fournier. Transporta harina entre Saint-Aubin y los pueblos del valle.
—¿Lo atiende alguien?
—Yo. Céleste le subió caldo por la tarde.
La muchacha, desde la cocina, asintió con demasiada energía.
—Sí, madame.
—¿Y monsieur Lenoir lo vio? —preguntó Delacroix.
Madeleine lo miró.
—¿Por qué iba a verlo?
—No lo sé. Estoy practicando una forma muy sencilla de investigación: preguntar cosas antes de inventar respuestas.
Brissac soltó un bufido.
—Si hay un enfermo arriba, deberíamos atenderlo y dejar los acertijos para después.
—Capitán —dijo Delacroix—, en esta casa los acertijos parecen levantarse antes que los enfermos.
Lucien Darras seguía en la escalera, pálido y con una mano apoyada en la pared. El entusiasmo jurídico se le había diluido bastante desde que la realidad empezó a subir de tono. Señaló hacia el corredor.
—Lo oí moverse. Oí un golpe contra el suelo. Pensé que se había caído.
—¿Entró en la habitación? —preguntó Marchand.
—No. La puerta estaba entornada. Lo llamé, pero no respondió bien. Dijo algo… no sé. No entendí.
—¿Qué dijo? —preguntó Delacroix.
Lucien tragó saliva.
—Creo que dijo: «No lo dejen entrar».
La sala recibió aquella frase con escasa gratitud.
Baptiste se santiguó a medias, como si no quisiera comprometerse del todo con Dios en una noche tan confusa.
Perret miró hacia la puerta principal, quizá calculando si era preferible la tormenta a una casa que empezaba a producir voces desde arriba.
Odette Veyrac permaneció sentada, aunque sus dedos volvieron a cerrarse sobre el asa de su maleta, abandonada junto a sus pies.
Étienne dio un paso hacia la escalera.
Madeleine lo detuvo.
—Quédate abajo.
—Madre…
—Quédate abajo.
La repetición no fue más fuerte, pero sí más definitiva.
Delacroix observó al joven. Étienne no obedeció enseguida por sumisión, sino por miedo a desobedecer precisamente en ese momento. Una diferencia pequeña. Como todas las diferencias útiles.
Marchand subió primero. Delacroix lo siguió. Brissac intentó acompañarlos, pero el detective se detuvo en el tercer escalón y lo miró.
—Capitán, si subimos todos, el enfermo creerá que ha despertado en un comité.
—Podría ser peligroso.
—También usted, y nadie lo ha mandado todavía al establo.
Brissac enrojeció, pero Marchand intervino antes de que el orgullo militar volviera a quitar espacio al sentido común.
—Mejor que subamos pocos. Si necesito ayuda, llamaré.
Delacroix continuó hacia arriba. La escalera crujía con una sinceridad que faltaba en las personas.
A cada peldaño, el aire se volvía más frío y más estrecho.
El piso superior del refugio tenía un corredor bajo, torcido, con tres habitaciones a un lado y una pared desnuda al otro, interrumpida por un ventanuco cubierto de escarcha.
El viento se filtraba por alguna rendija y movía la llama de la lámpara que Lucien había dejado sobre un arcón.
Delacroix recordó su propia habitación. Primera puerta. La segunda, entonces, debía de ser la del carretero. La tercera quedaba cerrada, quizá usada para mantas o huéspedes cuando el clima obligaba a multiplicar la caridad sobre colchones finos.
La puerta de Abel Fournier estaba entornada.
Marchand la empujó con suavidad.
—Monsieur Fournier.
Nadie respondió.
El médico entró. Delacroix permaneció en el umbral durante un instante, permitiendo que la habitación se ordenara ante sus ojos.
Era más pequeña que la suya. Una cama estrecha, una silla, un cubo, una jarra de agua, una manta extra tirada en el suelo y una camisa colgada de un clavo.
El olor era de fiebre, sudor, lana vieja y caldo agrio.
En la cama, bajo dos mantas, yacía un hombre de unos cincuenta años, quizá menos castigados por una vida mejor.
Tenía la barba oscura salpicada de blanco, la piel encendida y los labios secos.
No parecía muerto.
Aquello, en Valbrume, empezaba a resultar casi una cortesía.
Marchand se acercó a la cama.
—Monsieur Fournier. Soy médico.
El hombre abrió los ojos. No del todo. Apenas lo suficiente para mostrar una mirada turbia, encendida por la fiebre. Intentó incorporarse y no pudo. Una mano salió de debajo de la manta y cayó contra el borde de la cama, produciendo un golpe parecido al que Lucien había oído.
—No… —murmuró.
—Tranquilo —dijo Marchand—. Está a salvo.
El carretero soltó una risa rota, sin alegría ni aire.
—Aquí no.
Delacroix entró entonces.
La habitación tenía barro seco junto a la puerta.
Eso era esperable en un carretero. También había una bota caída bajo la silla y otra colocada de pie junto a la cama.
La diferencia entre ambas posiciones no habría importado si alguien no hubiera intentado ordenar el resto con tanto cuidado.
En el respaldo de la silla había una manta doblada, pero la que estaba en el suelo parecía haber sido arrastrada o pisada.
Marchand tocó la frente del enfermo.
—Fiebre alta.
—Entró… —dijo Abel Fournier.
—¿Quién? —preguntó el médico.
El hombre movió la cabeza sobre la almohada.
—No lo dejen entrar.
Delacroix se acercó un paso, no demasiado.
—Monsieur Fournier, soy Armand Delacroix.
El nombre no produjo en el enfermo ningún efecto visible. Buena señal, quizá. O fiebre suficiente para volver inútil la fama, lo cual era una forma de justicia poética.
—¿A quién no debemos dejar entrar?
El carretero respiró con dificultad.
—Al hombre… del libro.
Marchand miró a Delacroix.
—Delira.
—Casi todos lo hacemos, doctor. Algunos solo elegimos mejores testigos.
El enfermo apretó los dedos contra la manta.
—Papeles… siempre papeles… No lo dejen…
—¿Habla de Gaspard Lenoir? —preguntó Delacroix.
Los ojos de Abel se abrieron un poco más.
Miedo.
No reconocimiento social. No molestia. Miedo sencillo, físico, animal.
—No… —susurró—. No le debo nada.
—Nadie ha dicho que le deba algo.
—No le debo nada. Ya pagué. Ya pagué con el caballo.
Marchand intentó hacerle beber agua. Abel giró la cabeza con una fuerza sorprendente para alguien tan débil.
—Le robó el caballo —murmuró.
—¿Lenoir? —preguntó Delacroix.
El hombre tembló.
—Dijo que era interés. Un caballo no es interés. Un caballo es piernas. Es pan. Es invierno. Él se rió.
La voz se le quebró. Marchand aprovechó para acercarle el vaso a los labios. Abel bebió un poco, tosió y dejó caer la cabeza hacia atrás.
Delacroix observó sus manos. Eran manos de trabajo: nudillos grandes, uñas rotas, cortes viejos. En una de ellas había un arañazo reciente, pero nada que sugiriera una pelea violenta. Junto a la cama, en el suelo, había gotas de caldo seco. No sangre. Al menos no a simple vista.
—¿Vio a Lenoir esta noche? —preguntó Delacroix.
Marchand le lanzó una mirada de advertencia.
—Está delirando.
—Los delirios tienen mala reputación porque dicen la verdad sin ordenar los muebles.
Abel abrió los ojos otra vez.
—Bajó.
—¿Quién bajó?
—El señor de negro.
—¿Lenoir?
—El de los papeles.
—¿Lo vio bajar por la escalera?
El carretero frunció el ceño, como si tratara de encontrar la imagen dentro de una habitación llena de humo.
—No… no… aquí.
—¿Entró en su cuarto?
—La puerta… luz… una mujer…
Marchand habló en voz baja.
—No va a dar nada claro.
Delacroix no respondió. Miraba la manta del suelo.
—¿Qué mujer, monsieur Fournier?
El carretero movió la cabeza. La fiebre le hacía sudar pese al frío de la habitación.
—La que manda.
Marchand y Delacroix se miraron.
—¿Madame Aubert? —preguntó el detective.
Abel cerró los ojos.
—Manda… todos obedecen… hasta el fuego.
Después murmuró algo ininteligible.
Marchand le ajustó las mantas.
—Necesita dormir. Y bajar la fiebre. Si lo seguimos interrogando, solo conseguiremos frases más rotas.
—Las frases rotas tienen la virtud de dejar ver por dónde se partieron.
—Y los enfermos tienen la mala costumbre de morir si se los trata como testigos antes que como pacientes.
Delacroix aceptó la corrección con una inclinación mínima.
—Tiene razón.
Marchand lo miró con cierta sorpresa.
—Qué desagradable debe de resultarle admitirlo.
—Mucho. Procure no acostumbrarse.
El médico abrió su maletín, sacó un pequeño frasco y preparó una dosis.
Delacroix aprovechó para recorrer la habitación con la mirada.
Sobre la mesa había un cuenco vacío, una cuchara, un paño húmedo y un cabo de vela consumido hasta la mitad.
En el suelo, cerca del arcón, encontró una fibra oscura pegada a una astilla. Se agachó y la tomó con cuidado.
—¿Qué es? —preguntó Marchand.
—Quizá nada.
—Usted debería publicar un tratado titulado Quizá nada.
—Sería mi obra más honesta.