Capítulo 4 — Gaspard Lenoir #2
—No. La nieve obliga. El hambre obliga. Un techo roto sobre niños con fiebre obliga. La letra solo llega después, muy limpia, para fingir que todo fue libre.
Nadie respondió enseguida.
Delacroix observó a Brissac. El capitán parecía molesto, pero no solo con Madeleine. Había algo en aquella explicación que le rozaba una herida propia.
—¿Cuánto debía? —preguntó Delacroix.
—Lo suficiente para que pagar fuera imposible y no pagar, conveniente para él.
—Eso no es una cifra.
—Es una descripción más exacta que cualquier cifra.
—Y, sin embargo, necesitaremos ambas.
Madeleine respiró hondo.
—Tres mil francos al principio. Después, con intereses, recargos, retrasos, gastos notariales y otras palabras inventadas para que la crueldad parezca contabilidad, casi siete mil.
Lucien Darras abrió la boca.
—Eso podría considerarse usura si…
Delacroix levantó una mano apenas.
—Monsieur Darras, si la justicia funcionara cada vez que un estudiante de leyes reconoce una injusticia, el mundo sería un lugar agotadoramente perfecto.
El joven cerró la boca, aunque con dolor académico.
—Lenoir vino a cobrar —dijo Marchand.
—Vino a quedarse con el refugio —respondió Madeleine.
El fuego crujió. Fuera, el viento golpeó las ventanas con fuerza, como si quisiera entrar también en la conversación.
—¿Hoy? —preguntó Delacroix.
—Mañana por la mañana debía firmarse la ejecución definitiva. O eso decía él. Traía documentos. Ya había hablado con un comprador.
—¿Un comprador? —preguntó Brissac.
—Un hombre de Grenoble. O de Lyon. Qué más da. Alguien con dinero suficiente para encontrar bello un sitio después de vaciarlo de pobres.
Odette bajó la vista. Baptiste murmuró algo que no llegó a ser una oración. Céleste dejó una taza sobre la mesa con demasiada fuerza.
—¿Iba a cerrarlo? —preguntó Marchand.
—Iba a venderlo. El comprador quería convertirlo en pabellón privado de caza. Tal vez almacén de invierno. Tal vez capricho. Nadie compra un refugio para que entren desconocidos a mancharle el suelo.
La frase cayó sobre la sala con una claridad brutal.
Delacroix miró alrededor. Incluso los recién llegados, que apenas conocían el lugar desde hacía unas horas, parecieron comprender de golpe que aquella construcción de piedra era algo más que una casa en la montaña.
Era una promesa. Sencilla, imperfecta, húmeda, endeudada, pero promesa al fin: si el frío te alcanzaba, habría una puerta.
Gaspard Lenoir había venido a cerrar esa puerta.
—Eso le daba a usted un motivo poderoso —dijo Brissac.
Madeleine lo miró casi con lástima.
—Capitán, en esta sala hay más motivos para odiar a Gaspard Lenoir que cucharas limpias. Si quiere acusar por orden de dolor, tendrá que repartir números.
Delacroix se permitió una leve inclinación de cabeza. Era una excelente respuesta. Demasiado excelente, quizá, pero el mérito literario no constituía prueba penal.
—¿Quién más habló con él? —preguntó.
Odette Veyrac dejó la taza sobre la mesa.
—Yo.
Todos la miraron.
Ella no parecía orgullosa ni avergonzada. Solo cansada de aplazar una verdad que igualmente iba a tener que ponerse de pie.
—Subí a verlo después de cenar. O antes. No sé exactamente la hora.
—Inténtelo —dijo Delacroix.
—Después de que Céleste llevara la bandeja. Oí su nombre. Pregunté a madame Aubert si era el mismo Lenoir que yo conocía. No contestó, así que subí.
—La habitación de monsieur Lenoir está abajo —dijo Delacroix.
—Quise decir que fui a su habitación.
—La precisión no es una cortesía menor.
Odette aceptó la corrección con un gesto leve.
—Fui a su puerta. Llamé. Me abrió.
Brissac soltó un sonido de incredulidad.
—¿Y no lo dijo antes?
—Usted tampoco dijo antes que quería hablar con él con tanta urgencia.
El capitán se calló. La viuda continuó.
—Lo reconocí. Él tardó en reconocerme a mí. O fingió tardar. Después sonrió.
—Qué desagradable —dijo Delacroix.
—Mucho. Me preguntó si aún conservaba alguna joya de mi marido.
Marchand cerró los ojos un instante.
—Dios santo.
—Dios no estaba en la habitación, doctor. Solo Lenoir.
—¿Discutieron? —preguntó Delacroix.
—Yo discutí. Él se divirtió.
—¿Lo amenazó?
Odette miró el fuego.
—Le dije que había hombres a los que una viuda podía perdonar con más facilidad si estaban muertos.
Lucien Darras tragó saliva.
Perret, desde su rincón, susurró:
—Eso suena bastante mal.
—Solo si uno tiene imaginación —dijo Delacroix—. Y esta noche, como ya hemos comprobado, aquí sobra.
Odette sostuvo la mirada del detective.
—No lo maté.
—No se lo he preguntado.
—Lo hará.
—Probablemente. Me gusta dejar que las respuestas se impacienten.
Brissac se adelantó de nuevo.
—Yo también hablé con él.
Delacroix giró hacia él.
—Naturalmente.
—¿Qué quiere decir eso?
—Que habría sido casi decepcionante que no lo hiciera.
El capitán ignoró la ironía con menos éxito del que pretendía.
—Lenoir tenía en su poder unas letras firmadas por mi hermano. Deudas de juego. Mi hermano murió hace dos años, pero ese miserable pretendía ejecutarlas contra la familia. Venía presionándome desde hacía meses.
—¿Y lo encontró aquí por casualidad?
—Sí.
—La casualidad está teniendo una noche muy concurrida.
—No sabía que estaría en Valbrume.
—¿Habló con él antes o después de madame Veyrac?
Brissac miró hacia Odette. Ella no lo ayudó.
—Después, creo.
—¿Dónde?
—En la sala. No quise entrar en su habitación.
Madeleine intervino:
—Eso es cierto. Discutieron aquí. Tuve que pedirles que bajaran la voz.
—¿A qué hora? —preguntó Delacroix.
—Poco antes de que empezara a nevar fuerte.
—La nieve lleva toda la tarde empezando a nevar fuerte —dijo Marchand.
—Antes de que llegaran ustedes —precisó Madeleine.
Delacroix la observó.
—Nosotros llegamos después de que el coche se averiara. Aproximadamente a las nueve.
—Entonces sería antes de las ocho.
—¿Lenoir estaba vivo a las ocho?
—Sí —dijo Brissac.
—¿Está seguro?
El capitán se irguió.
—Hablé con él.
—También se puede hablar con una puerta. Esta noche ha quedado demostrado.
Brissac dio un golpe con la mano sobre la mesa.
—¡Estaba vivo!
La taza de Perret tembló. Céleste se sobresaltó. Étienne miró al capitán con una violencia breve, apenas contenida.
Delacroix no alzó la voz.
—Capitán, la firmeza con la que un hombre defiende una hora suele ser proporcional al miedo que tiene de que no encaje.
Brissac enrojeció.
—Me acusa.
—No. Lo escucho. No empeore la experiencia.
Marchand intervino antes de que el orgullo militar intentara añadir otro problema a la noche.
—Yo no conocía a Lenoir —dijo—. Al menos no personalmente. Pero había oído hablar de él. En el valle hay pocos médicos y demasiadas deudas. A veces uno sabe quién sangra a sus pacientes aunque no use bisturí.
—¿Le debía dinero? —preguntó Delacroix.
—No. Pero dos familias a las que atiendo sí. Una perdió una mula. La otra, media cosecha. Lenoir no enfermaba a nadie, si es eso lo que quiere saber. Solo aparecía después de la fiebre para cobrar la manta.
Delacroix asintió. El retrato de Gaspard Lenoir empezaba a completarse con una precisión desagradable. No hacía falta que apareciera en escena. Su ausencia ya trabajaba por él.
—Monsieur Perret —dijo.
El comerciante levantó la cabeza como si acabaran de llamarlo desde el patíbulo.
—¿Yo?
—Salvo que su caja quiera declarar primero.
Perret abrazó el abrigo con el que la había cubierto.
—No conocía al señor Lenoir.
—¿Seguro?
—Completamente.
—Hace poco, al oír su nombre, su cuchara expresó una opinión distinta.
—Me sorprendió.
—Eso ya lo supimos todos gracias a la cuchara.
Perret se humedeció los labios.
—Había oído hablar de él. Nada más. En mi oficio se conocen nombres. Acreedores, comerciantes, proveedores, hombres de crédito.
—Hombres de crédito —repitió Delacroix—. Qué expresión tan amable para quienes se alimentan de la necesidad ajena.
—Yo no tengo nada que ver con sus negocios.
—¿Y sus tejidos?
—Mucho menos.
Delacroix decidió no presionar todavía. Perret mentía, o al menos escondía una parte de verdad bajo sus sedas. Pero en aquella sala todos escondían algo. La diferencia entre un culpable y un ser humano, pensó, era a menudo cuestión de oportunidad.
Baptiste habló desde la puerta.
—Yo tampoco lo conocía bien. Lo llevé dos veces en el coche. Pagaba justo, no hablaba si no era para quejarse y miraba a los demás como si fueran muebles mal colocados.
—Un epitafio conmovedor —dijo Delacroix.
—No me caía bien.
—Eso empieza a ser una forma de presentación universal.
Lucien Darras levantó tímidamente la mano, como si la sala fuera una clase.
—Yo no lo conocía, monsieur.
—Lo sé. Su inocencia todavía tiene olor a universidad.
El muchacho no supo si sentirse halagado u ofendido, así que eligió un punto intermedio bastante incómodo.
Delacroix apoyó ambas manos sobre el bastón.
—Recapitulemos. Monsieur Lenoir llegó esta mañana al refugio para ejecutar una deuda que podía cerrar este lugar.
Habló con madame Aubert, con madame Veyrac, con el capitán Brissac y quizá con alguien más.
Cenó en su habitación, o al menos alguien dejó comida allí.
Después, o bien salió sin abrigo, sin botas apropiadas y sin sus papeles, o bien alguien nos invita a creerlo.
Su habitación estaba cerrada, pero vacía.
En la despensa exterior hay una marca que sugiere que algo grande y frío fue retirado de allí.
En el cuarto de leña hay sangre reciente.
Y, por último, una puerta vacía ha golpeado con la oportunidad dramática de un actor mediocre.
—¿Qué significa eso? —preguntó Lucien.
Delacroix lo miró.
—Que monsieur Lenoir está desaparecido.
—Eso ya lo sabemos.
—Entonces vamos progresando. Hemos alcanzado juntos la evidencia.
Brissac perdió la paciencia.
—¿Está muerto o no?
Delacroix se quedó callado unos segundos. Miró a Madeleine, a Étienne, a Odette, al médico, al conductor, al comerciante y al joven estudiante. Luego miró la puerta que conducía al pasillo lateral.
—No lo sé.
La respuesta pareció decepcionar a todos. Eso le gustó. Las certezas prematuras eran cómodas, y la comodidad, en una investigación, solía ser una forma elegante de la idiotez.
—Pero sé algo más útil —añadió.
Marchand se inclinó apenas.
—¿Qué?
Delacroix señaló el cuarto de leña.
—Si monsieur Lenoir está vivo, alguien se ha tomado muchas molestias para hacerlo parecer muerto. Y si está muerto, alguien se ha tomado muchas molestias para hacerlo parecer ausente.
Nadie dijo nada.
El fuego crepitó con violencia repentina, como si un tronco hubiera cedido en su interior.
Madeleine Aubert habló muy bajo.
—¿Y qué piensa hacer?
Delacroix la miró.
—Lo que suelo hacer cuando la gente se esfuerza tanto por confundirme.
—¿Y es?
—Molestar.
La respuesta no gustó a nadie.
Por eso supo que era la correcta.
El doctor Marchand pidió permiso para revisar de nuevo la habitación de Lenoir con más luz.
Brissac insistió en registrar el exterior, aunque Baptiste le recordó que la tormenta convertiría cualquier búsqueda en una estupidez con botas.
Odette permaneció sentada, mirando sus manos.
Perret fingía ordenar su caja, pero escuchaba todo.
Céleste había vuelto a la cocina, aunque cada pocos segundos miraba hacia Étienne.
Y Étienne, pobre muchacho, intentaba no mirar a ninguna parte concreta con tanto empeño que todas las partes concretas empezaban a señalarlo.
Delacroix se acercó a Madeleine.
—Necesitaré ver los documentos de la deuda.
—No los tengo.
—Los de Lenoir.
—Tampoco los tengo.
—¿Dónde los guardaba?
—En una cartera de cuero negro. Siempre la llevaba encima.
—No estaba en su habitación.
—Entonces la tiene él.
—O quien tenga a monsieur Lenoir.
Madeleine apretó los labios.
—No me gusta cómo habla de esto.
—A mí tampoco. La diferencia es que yo no puedo permitirme hablar de otra cosa.
Ella bajó la voz.
—Este refugio no es una casa de criminales.
Delacroix miró a su alrededor. Las mantas dobladas, la olla, las botas mojadas, la leña, la joven criada, el hijo pálido, los viajeros atrapados. La montaña golpeaba las ventanas como si reclamara su parte.
—Madame Aubert —dijo con suavidad—, las casas de criminales rara vez lo son hasta que alguien se ve obligado a explicar la primera mancha.
Por primera vez, Madeleine pareció no tener respuesta.
Entonces, desde el piso de arriba, llegó un sonido débil.
Un golpe.
No como los de la puerta de Lenoir.
Más blando. Más humano.
Lucien Darras apareció en la escalera con el rostro desencajado.
—Doctor Marchand —dijo—. El carretero enfermo… creo que intenta levantarse.
Madeleine se volvió hacia él.
—¿Qué carretero?
Todos la miraron.
La pregunta había sido demasiado rápida.
Demasiado sincera.
Marchand frunció el ceño.
—Usted dijo que había un carretero enfermo arriba.
El rostro de Madeleine se endureció de nuevo, pero el daño ya estaba hecho.
—Sí. Claro.
Delacroix no se movió. Solo la observó.
—Madame —dijo—, sería conveniente que esta vez nos llevara hasta un huésped que exista.
El silencio volvió a caer sobre el refugio.
Fuera, la nieve seguía cerrando el mundo con una paciencia absoluta.
Y dentro, por primera vez, Madeleine Aubert pareció comprender que ni siquiera el frío podía conservar intactas todas las mentiras.