Muerte en el refugio (Los misterios de Armand Delacroix 11) Capítulo 4 — Gaspard Lenoir
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Capítulo 4 — Gaspard Lenoir

Durante unos segundos nadie habló.

Era una de las pocas virtudes que a veces concedía la muerte antes de presentarse del todo: imponía silencio incluso a quienes no lo merecían.

La mancha oscura entre las tablas del cuarto de leña no era grande, ni espectacular, ni digna de esas imaginaciones populares que necesitaban charcos rojos para tomarse en serio una tragedia.

Era apenas una señal mal borrada, una sombra húmeda en la madera, pero Delacroix había visto suficientes sombras como para saber que algunas contenían más verdad que una confesión.

El cuarto olía a resina, hollín y frío viejo.

Había troncos apilados contra la pared, una sierra oxidada, varios haces de ramas secas y un hacha colocada en un soporte de hierro.

La manta colgada de un clavo se movía apenas con una corriente que entraba por algún resquicio.

Céleste permanecía en la puerta, con los dedos manchados de ceniza y los ojos fijos en el suelo, como si la sangre pudiera crecer si la miraba demasiado.

El doctor Marchand se agachó junto a la mancha y la examinó sin tocarla de inmediato.

—No es mucha —dijo.

—Rara vez se deja toda la sangre en el lugar adecuado —respondió Delacroix.

Brissac resopló desde el umbral.

—¿Quiere decir que lo han herido aquí?

—Quiero decir que aquí alguien sangró. La prudencia consiste en no casar las conclusiones antes de conocer al novio.

—El novio es Lenoir.

—Quizá. Aunque monsieur Lenoir, de momento, solo ha demostrado dos talentos: disgustar a todo el mundo y no estar donde debería.

Madeleine Aubert seguía detrás de su hijo.

Tenía el rostro inmóvil, pero en sus ojos había una vigilancia más intensa que antes.

Étienne, en cambio, parecía un hombre al que el cuerpo le había quedado demasiado grande.

No se movía, no preguntaba, no protestaba.

Miraba la mancha como si la madera hubiera cometido una indiscreción.

Delacroix se volvió hacia Céleste.

—¿Cómo la encontró?

La muchacha tragó saliva.

—Fui a por más leña.

—¿Sola?

—Sí, monsieur.

—¿A esta hora?

—La señora Aubert me pidió que mantuviera el fuego vivo. Con tanta gente en la sala…

—Comprensible. ¿La mancha estaba así cuando entró?

Céleste miró de nuevo a Madeleine. Fue un gesto rápido, casi infantil. La clase de gesto que una criada hace antes de decidir si contar la verdad le costará el puesto, la cama o algo peor.

—No lo sé.

—Es una respuesta muy sincera para ser tan inútil.

—No miré al principio. Cogí unos troncos. Se me cayó uno. Al agacharme… la vi.

—¿Tocó algo?

—No. Bueno… el tronco. Y la manta.

Madeleine habló por primera vez.

—La manta estaba caída. Céleste la volvió a colgar.

La muchacha parpadeó, sorprendida.

—Sí.

Delacroix miró a Madeleine.

—Qué memoria tan generosa.

—En una casa pequeña conviene saber qué toca cada mano.

—Sobre todo cuando alguna ha tocado demasiado.

Étienne dio un paso.

—Mi madre no ha hecho nada.

La frase salió antes de que nadie la pidiera. Eso la volvió casi tierna y completamente desafortunada.

Delacroix lo miró con una calma que no necesitaba dureza.

—Nadie ha acusado a su madre, monsieur Aubert.

—Pero la mira.

—Miro muchas cosas. Algunas tienen la amabilidad de no declararse inocentes antes de tiempo.

Madeleine puso una mano sobre el brazo de su hijo. No fue una caricia. Fue una orden silenciosa. Étienne apretó la mandíbula y retrocedió medio paso.

El doctor Marchand se incorporó.

—Es sangre reciente. No puedo decir más sin muestras ni luz adecuada, pero no parece una mancha antigua.

—¿Podría ser de un animal? —preguntó Perret desde la sala, sin atreverse a acercarse del todo.

—Podría —dijo Marchand.

Perret soltó el aire con alivio.

—Entonces quizá…

—También podría ser de usted si alguien le abre la cabeza contra esos troncos —añadió el médico—. La posibilidad no es una absolución.

Perret volvió a abrazar su caja, ofendido por la medicina en general.

Delacroix se acercó al hacha. No la tocó.

Observó el filo, el mango, la base del soporte.

Había polvo acumulado en la parte superior, aunque no en el extremo del mango.

Eso podía significar uso reciente. O limpieza reciente.

O simplemente que todo refugio tenía muchas manos y pocas ganas de documentarlas.

—¿Quién usa esta hacha? —preguntó.

—Todos —respondió Madeleine.

—Una respuesta cómoda.

—Una respuesta cierta.

—Las comodidades más peligrosas suelen ser ciertas.

Baptiste, que se había quedado junto a la puerta del cuarto, señaló la sierra.

—Para cortar leña grande usamos la sierra fuera. El hacha es para astillas, ramas, troncos pequeños.

—¿Y monsieur Lenoir? —preguntó Delacroix—. ¿Tenía costumbre de colaborar con la leña?

Madeleine soltó una risa breve y seca. No fue alegre, ni pretendía serlo.

—Monsieur Lenoir no colaboraba con nada que no pudiera reclamar después con intereses.

—Eso reduce nuestras posibilidades de encontrar aquí un accidente doméstico.

—No dije que hubiera sido un accidente.

—No. Es curioso lo que no dice, madame.

La mujer lo miró directamente.

—Monsieur Delacroix, desde que llegó a este refugio parece decidido a encontrar algo terrible.

—Al contrario. He venido decidido a dormir.

—No lo parece.

—Es que el mundo, con frecuencia, se empeña en ser descortés con mis planes.

La frase habría podido arrancar una sonrisa en otra habitación. En aquella no. Allí el fuego de la sala quedaba demasiado lejos, aunque apenas hubiese unos pasos hasta él.

Delacroix se agachó junto a la mancha. Había una astilla larga partida cerca, con un extremo oscurecido. La tomó con un pañuelo y la acercó a la luz.

—Esto sí resulta interesante.

Marchand se inclinó.

—¿Sangre?

—Quizá. O vino, o salsa, o una de esas sustancias que los comerciantes llaman tinte cuando quieren cobrar más por arruinar una tela.

Perret protestó desde fuera.

—Mis tintes son excelentes.

—Me tranquiliza saber que aún tenemos certezas.

Delacroix guardó la astilla sobre una repisa, sin mezclarla con otros objetos.

Luego observó el suelo alrededor. Había marcas de arrastre casi borradas por virutas.

No profundas. No continuas. Como si algo pesado hubiera sido movido unos centímetros y después levantado.

O como si dos personas hubieran intentado no dejar exactamente aquello que ya habían dejado.

—¿Dónde está la habitación de monsieur Lenoir respecto de este cuarto? —preguntó.

Madeleine señaló hacia el pasillo.

—Al otro lado. Cerca de la despensa interior.

—¿Y la despensa exterior?

—Se accede desde fuera.

—Lo sé.

El silencio que siguió fue pequeño, pero afilado.

Delacroix se incorporó. El cuarto de leña ya le había dicho bastante para una primera conversación. No toda la verdad, desde luego. Las habitaciones, como las personas, rara vez entregaban lo importante sin hacerse rogar.

—Volvamos a la sala —dijo—. Hace frío aquí y algunos secretos se conservan mejor de lo recomendable.

Nadie discutió.

Regresaron al fuego con el ánimo distinto.

La sala principal seguía siendo la misma: mesas largas, bancos, mantas, olla humeante, botas junto a la chimenea.

Pero el lugar había perdido su inocencia práctica.

Antes era un refugio donde quizá ocurría algo extraño.

Ahora era una casa con sangre en el cuarto de leña y un prestamista desaparecido que había tenido la mala educación de dejar demasiadas huellas y ningún cuerpo.

Madeleine ordenó a Céleste que sirviera café.

La muchacha obedeció con manos torpes. Étienne se quedó cerca de la chimenea, aunque no miraba el fuego.

Brissac caminaba de un lado a otro con la energía inútil de los hombres que necesitan parecer necesarios.

Odette Veyrac se sentó de nuevo junto a su maleta.

Marchand limpió sus lentes con calma. Baptiste permaneció junto a la puerta, atento al viento.

Lucien Darras estaba pálido, pero en sus ojos brillaba esa curiosidad indecente que algunos jóvenes confunden con vocación.

Delacroix se apoyó en el respaldo de una silla.

—Bien —dijo—. Puesto que monsieur Lenoir no está en su habitación, no está en la despensa exterior y no ha tenido el buen gusto de presentarse para aclararlo, agradecería saber quién lo vio por última vez.

Todos miraron a Madeleine.

Ella no esquivó las miradas.

—Yo hablé con él al atardecer.

—¿A qué hora?

—Alrededor de las seis.

—¿Dónde?

—En esta sala.

—¿Sobre qué?

—Sobre dinero.

—Qué sorprendente.

Brissac se detuvo.

—¿Qué clase de dinero?

Madeleine lo miró con una calma que no era aceptación, sino desgaste.

—El mío. El de este refugio. El que no tengo.

Delacroix se sentó al fin, como si aquello fuera una conversación de sobremesa y no el principio de una acusación.

—Sería útil que nos explicara la relación exacta entre monsieur Lenoir y Valbrume.

La mujer permaneció de pie. No porque no hubiera sillas, sino porque sentarse habría parecido una concesión.

—Hace cuatro años, el tejado se vino abajo en la primera nevada.

No del todo, lo justo para que el agua entrara en las habitaciones de arriba y nos dejara sin sitio para los viajeros.

Ese invierno habíamos recibido a tres familias, dos pastores, un hombre con una pierna rota y una mujer que parió aquí porque la tormenta cerró el camino.

Reparar el tejado costaba más de lo que teníamos.

—Y acudió a Lenoir.

—No acudí. Él apareció. Los hombres como Lenoir huelen las goteras desde lejos.

Marchand levantó la mirada.

—¿Le prestó dinero?

—Sí.

—¿Con intereses abusivos? —preguntó Odette.

Madeleine la miró. Algo pasó entre ambas. No amistad, no simpatía. Reconocimiento.

—Con intereses escritos en letra pequeña y sonrisa grande.

—Conozco esa letra —dijo Odette.

Brissac hizo un gesto impaciente.

—La letra pequeña no obliga a nadie a firmar.

Madeleine se volvió hacia él.