Capítulo 3 — Tres golpes #3
El viento entró de inmediato, furioso por haber sido excluido de la conversación. Baptiste salió primero, cubriéndose la cara. Marchand lo siguió con el maletín bajo el abrigo. Brissac avanzó detrás, rígido incluso contra la nieve. Delacroix cruzó el umbral el último.
El patio era una masa blanca e inquieta. El refugio quedaba a sus espaldas, con las ventanas iluminadas como ojos cansados. A la derecha estaba el establo. A la izquierda, el cobertizo de leña. Más allá, medio hundida en la nieve, la construcción baja de la despensa exterior.
Delacroix miró hacia ella.
Recordó a Madeleine saliendo con la lámpara. Recordó la llave. Recordó la puerta abierta apenas unos segundos. Recordó algo claro en el suelo, quizá nada, quizá la forma más discreta que tenía la verdad de pedir paciencia.
—Empezaremos por el establo —dijo Baptiste.
—No —dijo Delacroix.
Los otros lo miraron.
El detective señaló la construcción baja.
—Empezaremos por allí.
Baptiste palideció bajo el frío.
—La despensa.
—¿Algún inconveniente?
El conductor abrió la boca, pero no respondió.
Desde la puerta del refugio, Madeleine observaba.
No gritó. No les ordenó volver. No protestó.
Eso confirmó a Delacroix que la despensa era exactamente el lugar donde debía mirar.
Avanzaron hacia ella con dificultad. La nieve llegaba casi a media pierna en algunos puntos. El viento les arrojaba cristales helados al rostro. Marchand resbaló una vez y Brissac lo sostuvo por el codo con una brusquedad que, en otro contexto, habría podido confundirse con amabilidad.
La puerta de la despensa estaba cerrada.
Baptiste levantó el farol.
—Necesitaremos la llave.
—Qué sorpresa —dijo Delacroix.
Se volvió hacia el refugio. Madeleine seguía en el umbral. Étienne había aparecido detrás de ella.
Delacroix no tuvo que hablar.
Madeleine entendió.
Durante unos segundos, nadie se movió. Luego ella metió la mano en el bolsillo del delantal, sacó el aro de llaves y caminó hacia ellos.
Étienne intentó seguirla, pero ella levantó una mano sin mirarlo.
El joven se quedó en la puerta, inmóvil, con la nieve entrando al refugio alrededor de sus botas.
Madeleine llegó hasta la despensa.
—Aquí solo hay carne salada, verduras, harina y leche congelada en los días malos.
—Los días malos suelen guardar más de lo que prometen.
Ella buscó la llave adecuada. Esta vez tardó menos.
La cerradura cedió.
Al abrir la puerta, salió una bocanada de aire helado. No el frío vivo de la tormenta, sino otro más quieto, más profundo, como si aquella habitación hubiera aprendido a conservar el invierno incluso cuando fuera no nevaba.
Baptiste levantó el farol.
La luz entró en la despensa.
Había sacos de harina, barriles, ganchos vacíos, estantes con frascos, cestos de tubérculos, piezas de carne envueltas en tela encerada y una hilera de botellas cubiertas por una película de escarcha.
No había ningún hombre.
Brissac soltó una maldición.
—Nada.
Delacroix no respondió.
Miró el suelo.
La piedra estaba húmeda en algunos puntos.
En otros, cubierta por una capa fina de hielo pisoteado.
Había marcas de botas: unas grandes, recientes; otras más pequeñas; otras antiguas.
Demasiadas para leerlas con facilidad. Pero cerca de un rincón, junto a unos sacos de carbón, había algo que no encajaba.
Una zona limpia.
No limpia de suciedad. Limpia de frío.
Un rectángulo irregular donde la escarcha parecía haberse interrumpido, como si algo hubiese estado apoyado allí el tiempo suficiente para proteger la piedra del hielo.
Delacroix se agachó.
Madeleine no respiró.
Marchand se acercó.
—¿Qué ve?
—Ausencia —dijo Delacroix.
Brissac bufó.
—Eso ya lo vemos todos.
—No, capitán. Usted ve que falta un hombre. Yo veo que algo estuvo aquí.
Marchand levantó el farol un poco más.
El rectángulo era sutil, pero visible. En uno de sus bordes quedaba un hilo oscuro, quizá barro, quizá fibra de manta, quizá nada. Delacroix lo recogió con cuidado entre dos dedos enguantados.
Madeleine habló a su espalda.
—Apoyamos sacos ahí a menudo.
—Qué considerado por parte de los sacos —dijo Delacroix— adoptar una forma tan humana.
Brissac se acercó de golpe.
—¿Está diciendo que Lenoir estuvo aquí?
—Estoy diciendo que algo de cierto tamaño estuvo aquí. Frío, quieto y retirado con prisa.
Marchand miró a Madeleine.
—Madame Aubert.
Ella no se quebró.
—Si monsieur Lenoir ha entrado aquí y ha salido después, no lo sé.
—¿Con qué llave? —preguntó Delacroix.
—La puerta pudo quedar abierta.
—Usted la cerró hace menos de una hora.
La frase fue suave.
Madeleine lo miró.
En sus ojos apareció algo que no era miedo. Era cálculo. Y luego, bajo el cálculo, cansancio. Un cansancio inmenso, casi físico, como si llevara toda la noche sosteniendo una viga que empezaba a partirse.
—¿Me siguió? —preguntó.
—No. La vi.
—Desde su habitación.
—La arquitectura del refugio tuvo la amabilidad de colaborar.
Marchand frunció el ceño.
—¿Usted estuvo aquí antes, madame?
—Vine a comprobar la puerta.
—¿Por qué?
—Porque el viento la golpea.
Delacroix miró la puerta.
—Curioso. Hace un momento los golpes venían de la habitación de monsieur Lenoir. Esta noche el viento parece tener muchas opiniones y una agenda muy apretada.
Madeleine no respondió.
Desde fuera llegó una voz.
—¡Monsieur Delacroix!
Era Lucien Darras. Estaba en la puerta del refugio, sin abrigo suficiente, temblando más por emoción que por frío.
—¡Han encontrado algo!
Todos se volvieron.
—¿Dónde? —gritó Marchand.
El joven señaló hacia el lateral del edificio, cerca del pasillo que salía de la cocina.
—Céleste. En el cuarto de leña.
Madeleine cerró los ojos un instante.
Solo un instante.
Pero Delacroix lo vio.
Regresaron al refugio con más prisa de la recomendable. La nieve dificultaba cada paso. La luz del farol temblaba. Cuando entraron, el calor de la sala pareció demasiado fuerte, casi obsceno después de la despensa.
Céleste estaba junto a la cocina, pálida, con las manos manchadas de hollín.
Étienne permanecía a su lado, pero no la tocaba.
Odette Veyrac había dejado por fin su maleta en el suelo.
Perret estaba de pie junto a su caja, como si sospechara que el crimen, de existir, pudiera interesarse por los tejidos.
—¿Qué encontró? —preguntó Marchand.
Céleste miró a Madeleine antes de responder.
—No quería tocarlo.
—¿Qué cosa? —dijo Brissac.
La muchacha señaló el cuarto de leña.
Delacroix entró primero.
Era una dependencia pequeña, baja, con paredes oscuras por el polvo y el humo. Había troncos apilados, un hacha en un soporte, astillas sobre el suelo y una manta vieja colgada de un clavo.
No fue la manta lo que vio primero.
Fue la sangre.
Poca.
Demasiado poca para tranquilizar a nadie.
Había una mancha oscura entre dos tablas, mal limpiada, casi absorbida por la madera. Junto a ella, una astilla larga estaba partida y teñida en un extremo de un marrón rojizo.
Marchand se agachó.
—Reciente.
Brissac soltó el aire lentamente.
Delacroix miró a Étienne.
El joven estaba en la puerta, con el rostro descompuesto.
Madeleine llegó detrás de él.
Por primera vez desde que Delacroix la había visto, no dio una orden.
El silencio se llenó de fuego, viento y respiraciones.
—Bien —dijo Delacroix al fin—. Parece que monsieur Lenoir ha tenido la descortesía de desaparecer dejando indicios de haber sido más sólido hace unas horas.
Nadie respondió.
Delacroix se volvió hacia Madeleine.
—Madame Aubert, me temo que su refugio acaba de cambiar de naturaleza.
Ella lo miró con una dignidad terrible.
—Este lugar salva vidas.
Delacroix observó la sangre entre las tablas.
—Esta noche —dijo—, parece haber empezado a contar también las que pierde.