Capítulo 3 — Tres golpes #2
Brissac abrió el arcón.
—Vacío.
—Le he pedido que no tocara nada —dijo Marchand.
—Y yo he decidido no perder tiempo.
—El tiempo se pierde de muchas maneras. Algunas dejan huellas.
Brissac lo ignoró y se volvió hacia Madeleine.
—¿Dónde está Lenoir?
—No lo sé.
—Usted dirige este lugar.
—No dirijo a los huéspedes dentro de sus habitaciones.
—Pero tiene llaves.
—Para emergencias.
—Esto parece una.
Madeleine lo miró con una frialdad repentina.
—Capitán, si cree que escondo a monsieur Lenoir en el bolsillo del delantal, le ahorraré la decepción.
Delacroix entró entonces. Lo hizo despacio, evitando el centro de la habitación.
Se acercó primero a la mesa. El cuenco conservaba una costra ligera en la superficie, grasa enfriada formando un borde opaco.
Tocó apenas la base, no el interior. Fría.
La copa tenía una marca de labios en el borde.
El pan estaba cortado en dos trozos, uno mordido.
—¿A qué hora cenó? —preguntó.
Madeleine respondió:
—Alrededor de las siete.
—¿Le sirvió usted?
—Céleste.
Todos miraron a la muchacha.
Céleste tragó saliva.
—Sí, monsieur.
—¿Lo vio comer?
—No. Dejé la bandeja y salí.
—¿Habló con él?
—Me dijo que cerrara la puerta.
—¿Algo más?
—Que el pan estaba duro.
—Un hombre de principios.
Céleste no sonrió.
Delacroix observó el plato. Aquella cena había sido tocada, sí, pero no necesariamente comida con apetito. Le interesó más la copa. Se inclinó sin tocarla demasiado.
—¿Vino?
—Un poco —dijo Madeleine—. Del barril común.
—¿Monsieur Lenoir bebía vino?
—Monsieur Lenoir bebía todo aquello por lo que no tuviera que pagar dos veces.
Brissac miró hacia la cama.
—Pudo salir.
—¿Sin abrigo? —preguntó Marchand.
—Tal vez no fue lejos.
—Con esta nieve, no hace falta ir lejos para morir con entusiasmo.
Delacroix fue hacia la silla. El abrigo estaba doblado con esmero. Demasiado esmero. Lo levantó apenas por el cuello. Pesado. Seco. En un bolsillo había guantes. En otro, una petaca vacía. No encontró cartera ni documentos.
—¿Llevaba equipaje? —preguntó.
Madeleine señaló el rincón junto al arcón.
Había una bolsa de viaje pequeña. Delacroix se acercó y la abrió con cuidado.
Camisas, una navaja de afeitar, un frasco de colonia, calcetines, un libro de cuentas.
Todo en orden. Demasiado en orden otra vez.
Los hombres como Lenoir no viajaban con descuido, pero el orden natural de un avaro tenía otro carácter: no era limpio, era posesivo.
Aquella bolsa parecía ordenada para ser vista, no para ser usada.
—Faltan sus papeles —dijo Odette desde la puerta.
Todos la miraron.
Ella no se movió.
—Los hombres como Lenoir no se separan de sus papeles.
—Habla usted con conocimiento —dijo Brissac.
Odette le sostuvo la mirada.
—Sí.
La palabra fue suficiente para convertir cualquier réplica en una grosería demasiado visible.
Delacroix dejó la bolsa como estaba.
—¿Qué clase de papeles traía? —preguntó a Madeleine.
—No lo sé.
—Madame.
—Deudas. Contratos. Amenazas disfrazadas de escritura. El señor Lenoir siempre viajaba con una pequeña notaría de bolsillo.
—¿Y esa notaría de bolsillo no está aquí?
—No la he buscado.
—Qué admirable respeto por la privacidad.
—Aquí respetamos muchas cosas, monsieur Delacroix. Algunas por educación. Otras por falta de fuerzas.
Delacroix aceptó la respuesta con una inclinación leve de cabeza. Luego se acercó a la ventana. El cierre interior estaba puesto. Los postigos también. Pasó un dedo por el marco. Polvo viejo, humedad, ninguna marca reciente. Si Lenoir había salido, no lo había hecho por allí.
—Los golpes —dijo Lucien Darras desde el pasillo—. Si no estaba dentro, ¿quién golpeó?
Nadie respondió.
Era, para desgracia del muchacho, una buena pregunta.
Delacroix miró la puerta por dentro. La madera tenía varias marcas antiguas. Cerca de la parte baja, una línea más reciente. No un golpe de nudillos. Más bien el roce de algo duro contra la superficie.
Se agachó.
—La puerta golpea con el viento —dijo Baptiste, aunque sin demasiada convicción.
—El viento es un sospechoso muy trabajador —respondió Delacroix—. Lástima que rara vez tenga motivos.
Madeleine elevó la lámpara.
—Hay corriente en el pasillo. Cuando el viento entra por la puerta exterior, algunas maderas crujen.
—Los crujidos no suelen esperar a que alguien exija ver a un huésped.
—A veces el mundo no organiza sus casualidades para tranquilizarlo a usted.
—Es una descortesía frecuente.
Delacroix tocó la parte inferior de la puerta con el dorso de los dedos.
Fría. Más fría que el resto. Eso podía deberse a la corriente del pasillo.
O a que algo helado había estado apoyado allí.
Miró el suelo. Había una marca tenue junto al umbral, como si una cuerda fina hubiera rozado la madera. Muy tenue. Casi nada.
Casi nada era, en general, una cantidad generosa.
—¿Esta puerta estaba cerrada cuando subí? —preguntó.
Madeleine contestó:
—Sí.
—¿Con llave?
—Sí.
—¿Por dentro o por fuera?
La pregunta no debería haber sido difícil.
Sin embargo, Madeleine tardó.
—Por dentro, imagino.
—No le pregunto a su imaginación. Suele ser una testigo demasiado leal.
Étienne dio un paso.
—La cerró él.
Delacroix se incorporó.
—¿Lo vio?
—No.
—Entonces también apela usted a la imaginación.
El joven apretó los puños.
—¿Qué insinúa?
—De momento, que la imaginación de esta casa trabaja demasiado. Para un refugio, hay muchas suposiciones bajo techo.
Marchand examinó la cama. Levantó apenas la manta, miró la almohada.
—No parece haber dormido aquí.
—Quizá se acostó sin deshacer la cama —dijo Perret, todavía desde el pasillo.
Delacroix lo miró.
—Monsieur Perret, he conocido avaros, asesinos, ministros y poetas. Todos son capaces de muchas infamias. Pero acostarse sobre una cama perfectamente hecha para no arrugarla exige una clase de disciplina que ni siquiera los peores poseen.
Perret decidió volver a proteger su caja en silencio.
Brissac cruzó la habitación y miró bajo la cama.
—Nada.
—Una noche llena de decepciones —dijo Delacroix.
El capitán se volvió hacia él.
—¿Esto le divierte?
—No especialmente.
—Pues lo parece.
—Es mi cara cuando algo no me divierte desde hace años.
Brissac se acercó demasiado. Marchand se tensó, pero Delacroix ni siquiera cambió el peso de un pie al otro.
—Ese hombre arruinó a media provincia —dijo el capitán en voz baja—. Si ha huido, no será porque le faltaran enemigos.
—¿Incluyéndose usted?
—No sea impertinente.
—Capitán, le aseguro que, cuando lo soy, se nota mucho más.
Odette intervino con calma.
—Todos deberíamos volver a la sala.
—No hasta encontrarlo —dijo Brissac.
—¿Y dónde propone buscarlo? —preguntó Marchand—. ¿En los cajones? ¿En la sopa? ¿Entre los encajes del señor Perret?
Perret protestó desde el pasillo.
—Mis encajes no tienen nada que ver.
—Una frase que la historia recordará —murmuró Delacroix.
Madeleine apagó la discusión con un gesto.
—Si monsieur Lenoir salió, pudo ir al establo, a la leñera o a la despensa. La nieve borra huellas rápido con este viento.
—Entonces conviene mirar antes de que las borre del todo —dijo Delacroix.
—No saldrá nadie ahora.
—Madame, hace unos minutos decía que monsieur Lenoir no debía ser molestado. Ahora contempla la posibilidad de que esté fuera en plena tormenta. Su preocupación tiene un sentido de la oportunidad algo irregular.
Madeleine no bajó la mirada.
—Mi preocupación es que no se muera nadie más.
La palabra más no pasó inadvertida.
No a Delacroix.
Quizá tampoco a ella, porque sus labios se cerraron con una presión inmediata.
Brissac la señaló.
—¿Más?
—Es una forma de hablar.
—Una forma muy mala —dijo Delacroix.
Étienne miró a su madre, aterrado por una grieta que no sabía cómo tapar.
La sala entera parecía inclinarse hacia Madeleine.
Ella, sin embargo, recuperó el control con una rapidez admirable.
—Hace tres inviernos murió un pastor a menos de doscientos metros de aquí. Hace dos, un niño llegó con fiebre y no salió vivo. El año pasado encontramos a una mujer congelada junto al arroyo. En este refugio, monsieur Delacroix, la palabra más no necesita un cadáver reciente para tener memoria.
La respuesta fue buena.
Demasiado buena para ser falsa por completo.
Delacroix inclinó la cabeza.
—Tiene razón. Le pido disculpas.
Madeleine pareció desconfiar más de la disculpa que de la acusación.
—Aceptadas.
—Pero miraremos fuera.
—No.
—Sí.
El enfrentamiento fue suave, casi cortés. Por eso resultó más peligroso.
Marchand se colocó junto a Delacroix.
—Si el hombre ha salido sin abrigo, cada minuto importa.
Madeleine miró al doctor. Luego a Baptiste. Después a Étienne.
—Tú no —dijo a su hijo.
—Madre…
—Tú no.
Delacroix guardó esa orden en un lugar cuidadosamente iluminado de su memoria.
Baptiste tomó su farol.
—Yo conozco el patio.
—Yo iré con usted —dijo Marchand.
—Y yo —añadió Brissac.
Delacroix recogió sus guantes.
—También yo.
Madeleine pareció a punto de oponerse, pero comprendió que aquello ya no era una puerta que pudiera cerrar con llave.
Céleste trajo abrigos y bufandas. Perret anunció que permanecería dentro para vigilar sus mercancías.
Nadie intentó convencerlo de lo contrario, quizá porque todos compartían el deseo secreto de que sus mercancías lo vigilaran a él.
Odette Veyrac se acercó a Delacroix mientras él se ponía el abrigo.
—Monsieur.
—Madame.
—Lenoir no habría salido sin sus papeles.
—Eso parece.
—Ni sin su abrigo.
—Eso también.
—Entonces alguien quiere que pensemos que salió.
Delacroix ajustó los guantes.
—O alguien no tuvo tiempo de decidir qué quería que pensáramos.
Ella miró hacia Madeleine y Étienne.
—¿Cree que está muerto?
Delacroix tomó su bastón.
—Madame, en una casa así, con este clima y esta cantidad de silencios, sería casi descortés no considerarlo.
La puerta principal se abrió.