Capítulo 3 — Tres golpes
Los tres golpes no fueron fuertes.
Eso fue lo peor.
Un golpe fuerte habría permitido imaginar a un hombre irritado, a un huésped de mal carácter reclamando silencio, a un prestamista ofendido por la insistencia de quienes aún respiraban cerca de su dinero.
Pero aquellos golpes habían sido lentos, secos, casi educados.
No llamaban a la puerta. Parecían venir de ella.
Delacroix permaneció al pie de la escalera, con una mano sobre el pasamanos y la otra apoyada en el bastón. No se apresuró a avanzar. Había aprendido hacía mucho que las habitaciones tensas funcionan como animales asustados: si uno entra demasiado rápido, muerden.
Madeleine Aubert seguía delante de la puerta del pasillo lateral.
Su cuerpo no la bloqueaba por completo, pero su voluntad sí.
Étienne estaba detrás de ella, pálido hasta el punto de que el fuego de la sala parecía no haber llegado nunca a su piel.
Céleste no se movía. Odette Veyrac miraba la puerta como si en ella se hubiera escrito algo que solo ella podía leer.
El capitán Brissac respiraba con la indignación sonora de los hombres que creen que su furia es una forma de autoridad.
—Abra —dijo Brissac.
Madeleine no lo miró.
—Monsieur Lenoir ha pedido que no se le moleste.
—Monsieur Lenoir acaba de golpear la puerta.
—Quizá para recordarles que no se le moleste.
—Eso es absurdo.
—No sería el primer huésped absurdo que recibo esta noche.
Delacroix bajó el último escalón.
—Madame Aubert.
Ella giró apenas la cabeza hacia él.
—¿Sí?
—Supongo que monsieur Lenoir tiene voz.
—Cuando quiere usarla, demasiada.
—Entonces resulta curioso que haya elegido comunicarse con la madera.
Madeleine sostuvo su mirada. No era una mujer que se achicara con facilidad. Había en ella una dureza antigua, de raíz profunda, no esa dureza teatral de quienes necesitan que los demás la contemplen. Madeleine Aubert no parecía querer parecer fuerte. Parecía haber perdido el derecho a no serlo.
—Hay hombres —dijo— que golpean antes de hablar.
—Desde luego. Y otros que golpean para no tener que hacerlo.
El doctor Marchand se adelantó con el maletín en la mano.
—Madame, si el señor Lenoir se encuentra indispuesto…
—No está indispuesto.
—¿Lo ha visto hace poco?
La pregunta produjo un silencio nuevo.
No más largo que los otros. Solo más preciso.
Étienne bajó la vista. Céleste apretó los labios. Baptiste, junto a la entrada, fingió ocuparse de cerrar mejor el postigo, aunque lo hizo con una torpeza impropia de un hombre acostumbrado al frío.
Madeleine respondió al fin:
—Cenó en su habitación.
Delacroix miró la mesa. Miró la cocina. Miró a Céleste.
—¿Cenó mucho?
La muchacha abrió la boca, pero Madeleine habló antes.
—Lo suficiente.
—Una medida muy práctica. Los médicos deberían adoptarla.
Marchand no apartó la mirada de Madeleine.
—Si está enfermo, puedo verlo.
—Si está enfermo, se lo dirá.
—Tal vez no pueda.
—Monsieur Lenoir puede todo lo que le conviene.
Brissac dio un paso hacia la puerta.
—Ya basta.
Étienne se interpuso. No de manera agresiva, pero sí inmediata. Era alto y fuerte, más que el capitán, aunque con menos costumbre de mandar y más de cargar peso. Brissac lo miró como si acabara de encontrar una pared donde esperaba hallar un criado.
—Apártese, muchacho.
—No.
La palabra fue baja. No desafiante. Peor: desesperada.
Delacroix observó la mano derecha de Étienne. Estaba cerrada. Tenía una pequeña herida junto al nudillo, reciente o reabierta por el frío. No sangraba, pero la piel estaba levantada.
—Monsieur Aubert —dijo Delacroix—, nadie aquí desea una escena.
—Entonces dejen la puerta.
—Eso, por desgracia, ya es una escena.
Odette Veyrac habló desde la mesa.
—Capitán, por favor. No empeore esto.
Brissac volvió la cabeza hacia ella.
—Ese hombre me debe una conversación.
—Quizá no esta noche.
—Sobre todo esta noche.
La frase despertó algo en la sala. No curiosidad todavía, sino atención.
Delacroix vio cómo Perret levantaba los ojos de su caja, cómo Lucien Darras se asomaba desde la escalera, cómo el doctor Marchand calculaba mentalmente la distancia entre Brissac y Étienne por si había que sujetar a uno de los dos.
—Qué interesante —dijo Delacroix.
Brissac lo miró.
—No he venido aquí para entretenerlo.
—Una lástima. Hay personas que resultan más útiles cuando fracasan en sus intenciones.
—No necesito sus comentarios, monsieur.
—Casi nadie los necesita. Eso no les resta precisión.
Brissac apretó la mandíbula. Delacroix no lo presionó más. Había ira en aquel hombre, pero no era la ira fresca de quien acaba de descubrir a un enemigo. Era una ira vieja, mantenida en formol por el orgullo.
Volvieron a sonar los golpes.
Dos esta vez.
Más lentos.
La madera pareció absorberlos y devolverlos a la sala con un eco apagado.
Céleste soltó un pequeño gemido. Madeleine giró hacia la puerta con una brusquedad que, por primera vez, sí pareció miedo. Étienne también la miró, pero su reacción fue distinta: no parecía asustado por lo que pudiera haber dentro, sino por lo que los demás pudieran llegar a pensar.
Delacroix avanzó hasta quedar a unos pasos de la puerta.
—Monsieur Lenoir —dijo, con una cortesía impecable—, soy Armand Delacroix. Si puede oírme, tenga la bondad de responder.
Nada.
El fuego crujió. El viento golpeó las ventanas. Arriba, una viga se quejó como una anciana mal dispuesta.
Delacroix esperó.
—Monsieur Lenoir —repitió—, en esta sala hay varias personas deseosas de verlo y ninguna con suficiente paciencia para fingir lo contrario. Una palabra suya evitaría molestias.
Silencio.
Brissac soltó una risa seca.
—Quizá su fama tampoco impresiona tanto.
—Sería una noche excelente para descubrirlo —respondió Delacroix.
Marchand se acercó también.
—Madame Aubert, abra la puerta.
La forma en que lo dijo cambió algo. No era una exigencia social ni un capricho de huésped ofendido. Era una instrucción médica, y hasta Madeleine pareció reconocer otra clase de autoridad en ella.
Aun así, no sacó la llave.
Delacroix bajó la vista al picaporte.
—¿Está cerrada?
—Monsieur Lenoir cerró por dentro —dijo Madeleine.
—Qué prudente.
—No le gustaba que entraran sin permiso.
—A los muertos tampoco suele gustarles, pero se les consulta menos.
La frase cayó con una ligereza casi insolente. Nadie rió. Madeleine se quedó inmóvil. Étienne levantó los ojos de golpe.
Delacroix lo vio.
Y Étienne comprendió que lo había visto.
—No está muerto —dijo el joven.
Demasiado rápido.
Demasiado bajo.
Demasiado tarde.
Delacroix ladeó apenas la cabeza.
—Yo no he afirmado que lo esté.
Étienne abrió la boca, pero su madre lo detuvo con una mirada. Una mirada breve, filosa, maternal en la peor de sus formas: no acariciaba, sujetaba.
—La llave de repuesto —dijo Marchand—. Debe de haber una.
—No para habitaciones privadas.
—Madame —dijo Delacroix—, este es un refugio de montaña. Me cuesta creer que usted permita que una puerta separe a un huésped enfermo de la única persona capaz de ayudarlo.
Madeleine no respondió.
—Además —añadió él—, las personas que viven en lugares donde el frío puede matar aprenden a desconfiar de las puertas cerradas.
Esa vez sí la alcanzó.
No por acusación. Por verdad.
Madeleine metió la mano en el bolsillo del delantal y sacó un aro con varias llaves. El sonido metálico pareció demasiado vivo en la sala. Étienne dio un paso hacia ella.
—Madre.
—Calla.
No fue un grito. No necesitaba serlo.
Madeleine eligió una llave pequeña, oscura, gastada. La introdujo en la cerradura.
Antes de girarla, miró a Delacroix.
—El señor Lenoir no es un hombre agradable.
—Eso ya parece haber reunido consenso.
—Si sale de ahí insultando a media sala, no diga que no le avisé.
—Madame, he escuchado discursos de boda. Estoy preparado para casi cualquier forma de crueldad.
Madeleine giró la llave.
El cerrojo cedió con un chasquido.
Nadie respiró demasiado fuerte.
La puerta se abrió hacia dentro.
La habitación estaba vacía.
O, al menos, no contenía a Gaspard Lenoir.
Durante un segundo, la ausencia fue más escandalosa que cualquier cadáver.
La lámpara que Madeleine sostenía iluminó una cama estrecha, una mesa pequeña, una silla, un arcón junto a la pared y una ventana cerrada con postigos interiores.
Sobre la mesa había una bandeja con restos de comida: un cuenco medio vacío, pan endurecido, una copa sin terminar.
Junto a la cama, un par de botas limpias.
En el respaldo de la silla, un abrigo oscuro cuidadosamente doblado.
Brissac entró primero, con esa falta de prudencia que algunos hombres confunden con valor.
—¿Dónde está?
—Capitán —dijo Marchand—, no toque nada.
—No pienso tocar nada. Pregunto dónde está.
—A veces ambas cosas empiezan igual.
Delacroix permaneció en el umbral. No entró enseguida. Las habitaciones vacías cuentan mejor sus secretos cuando no se las pisa de inmediato.
Madeleine se quedó con la lámpara levantada. Su rostro había perdido color, pero no compostura. Étienne miraba el abrigo doblado en la silla como si no lo hubiera visto nunca y, al mismo tiempo, como si lo hubiera colocado allí con sus propias manos.
Céleste apareció detrás del grupo y se detuvo al ver la habitación.
—No está —susurró.
Madeleine se volvió hacia ella.
—Eso ya lo vemos todos.
La muchacha bajó la cabeza.
Delacroix miró la ventana. Estaba cerrada por dentro.
Los postigos también. No había nieve en el alféizar interior ni huellas de entrada o salida.
La cama estaba intacta. No intacta como una cama en la que nadie ha dormido, sino como una cama arreglada por alguien que deseaba demostrar que nadie había dormido.
Ese matiz, por supuesto, era más interesante.
—¿La habitación tiene otra salida? —preguntó Marchand.
—No —dijo Madeleine.
—¿Una comunicación con el almacén? ¿Un panel? ¿Algún acceso de servicio?
—Esto es un refugio, doctor, no un teatro.
—Los teatros, al menos, admiten que mienten —murmuró Delacroix.