Capítulo 2 — Un fuego demasiado vivo #2
Madeleine no sonrió. Étienne miró de nuevo hacia el pasillo lateral, no hacia la escalera. El detalle fue tan claro que Delacroix decidió no subir. En lugar de eso, caminó hacia la chimenea, se detuvo ante el fuego y extendió las manos como cualquier viajero cansado.
La sala principal tenía tres salidas visibles.
La primera conducía a la cocina, desde donde llegaban olores de cebolla, caldo y humo.
La segunda era la escalera hacia el piso superior.
La tercera, el pasillo oscuro que había llamado su atención desde el principio.
Al fondo de ese pasillo se distinguía una puerta cerrada y, antes, una abertura lateral que quizá daba al almacén o a una dependencia de servicio.
El suelo cerca de la entrada estaba mojado por las botas de los recién llegados. Eso era normal. También había charcos pequeños bajo los bancos, junto a los abrigos, cerca de la caja de Perret. Todo el mundo había traído nieve consigo. El refugio entero olía a lana húmeda.
Pero en el borde del pasillo oscuro había una marca distinta.
No era un charco. Era una línea estrecha, irregular, como si algo mojado hubiera sido arrastrado durante un tramo breve y luego limpiado con prisa. La madera estaba más oscura allí, pero no lo suficiente como para llamar la atención de alguien que no estuviera fingiendo calentarse las manos.
Delacroix miró el fuego.
El fuego, al menos, tuvo la decencia de no mentirle.
—Monsieur Delacroix.
La voz de Odette Veyrac llegó a su lado con una delicadeza que no parecía casual. Se había acercado sin que sus pasos sonaran demasiado. Eso podía significar buena educación, buenos zapatos o una vida acostumbrada a entrar en habitaciones donde no deseaba ser anunciada.
—Madame Veyrac.
—¿Puedo hacerle una pregunta?
—Casi todo el mundo puede. La verdadera rareza es aceptar la respuesta.
Ella miró hacia la sala. Brissac discutía en voz baja con Baptiste sobre el estado del camino. Perret revisaba el cierre de su caja. Lucien Darras intentaba sonsacar al doctor Marchand alguna opinión sobre Delacroix y recibía monosílabos capaces de desanimar a un predicador.
—¿Cree que pasaremos aquí más de una noche?
—Eso dependerá de la nieve, del eje del coche y del número de secretos que tenga esta casa.
Odette no apartó la mirada.
—¿Ha notado algo?
—Madame, en mi oficio, notar algo no suele ser el problema. El problema es sobrevivir a la cortesía de quienes preferirían que uno no lo hubiera notado.
Ella respiró hondo. No parecía asustada en el sentido común de la palabra. Parecía una persona que llevaba tiempo administrando su miedo con prudencia.
—Conozco el nombre de Gaspard Lenoir.
—La sala entera lo conoce, por lo visto. Algunos incluso han tenido la delicadeza de palidecer por turnos.
—Mi marido le debía dinero.
—Muchos maridos deben dinero. Es una de las formas menos imaginativas de la desgracia.
—Mi marido se pegó un tiro después de perder nuestra casa.
Delacroix dejó que el fuego rellenara el silencio.
La frase no había sido melodramática. Eso la volvía peor. Odette Veyrac no la había pronunciado para provocar compasión, sino como quien coloca un dato sobre la mesa y espera ver si alguien se atreve a apartarlo.
—Lo lamento —dijo él.
—No lo haga. Usted no firmó los papeles.
—No siempre hace falta firmar algo para lamentarlo.
Ella asintió apenas.
—No he visto a Lenoir desde entonces. Si hubiera sabido que estaba aquí, quizá habría preferido quedarme en el coche.
—Con este tiempo, habría sido una decisión muy fiel al duelo.
Una sombra de humor le cruzó los ojos, pero se apagó enseguida.
—No lo mataría, si eso está pensando.
—Todavía no estoy pensando en ningún asesinato.
—¿Todavía?
—Soy optimista a intervalos breves.
Odette miró hacia el pasillo.
—Entonces quizá sea solo eso. El frío. La tormenta. Los recuerdos.
—Los recuerdos son muy capaces de alterar la temperatura de una habitación.
—¿Y las personas?
Delacroix siguió mirando el fuego.
—Las personas más.
Odette volvió a la mesa sin añadir nada. Delacroix permaneció unos segundos junto a la chimenea. La línea húmeda en el suelo seguía allí, oscureciendo apenas la madera. Alguien había pasado un trapo. No muy bien. No de manera torpe, tampoco. Con prisa, quizá. O con manos temblorosas.
Madeleine apareció a su lado.
—Su habitación estará arriba, monsieur Delacroix.
—Qué consideración.
—No es consideración. Es logística. El capitán ronca incluso antes de dormirse y el comerciante habla con su caja. Usted parece más útil descansado.
—Procure no decírselo a nadie. Podrían empezar a esperar cosas de mí.
—Demasiado tarde.
La respuesta fue seca, pero no hostil. Madeleine miró también hacia el fuego, aunque Delacroix sospechó que veía mucho más que llamas.
—Este lugar es admirable —dijo él.
—Este lugar tiene goteras, deudas y ratones.
—Conozco casas más ricas con los mismos defectos y menos excusa.
—No se deje impresionar por una olla caliente.
—Intento no dejarme impresionar por nada. Es una de mis pocas virtudes desagradables.
Madeleine guardó silencio. Después dijo:
—Aquí viene gente cuando no tiene otro sitio. A veces con dinero. A veces sin él. A veces con heridas, niños, fiebre, miedo. No preguntamos demasiado.
—Una política generosa.
—Una política útil. Si uno pregunta demasiado antes de abrir la puerta, la nieve responde por todos.
Delacroix la miró de perfil. El fuego marcaba las líneas duras de su rostro. No era una mujer fría. Era una mujer que había aprendido a no malgastar calor.
—¿Y monsieur Lenoir? —preguntó—. ¿También vino porque no tenía otro sitio?
Madeleine apretó la mandíbula apenas.
—Monsieur Lenoir siempre tiene sitios. Los compra cuando otros los pierden.
—Entonces vino por negocios.
—Vino por papeles.
—Los papeles son negocios que han perdido la vergüenza.
Ella lo miró. Por primera vez, algo parecido a una sonrisa amarga le tocó la boca.
—Quizá su fama no exagere del todo.
—Mi fama es una criatura indisciplinada. Procuro no alimentarla después de la cena.
Desde el pasillo llegó un ruido leve.
No un golpe esta vez. Más bien un crujido de madera, seguido de un roce breve. Madeleine se volvió de inmediato.
Étienne también.
Los dos miraron hacia el mismo punto con demasiada rapidez.
Delacroix no se movió.
—Las casas antiguas hablan —dijo Madeleine.
—Desde luego —respondió él—. Algunas incluso responden.
Madeleine pasó junto a él y caminó hacia el pasillo. No corrió. No habría cometido una vulgaridad semejante. Pero cada paso suyo parecía colocado para impedir que otro la siguiera.
—Étienne —dijo sin mirar atrás—, acompaña al señor Delacroix arriba.
—Madame, no hace falta —dijo el detective.
—En esta casa nadie anda solo por la noche si no conoce los tablones.
—Me conmueve su preocupación por mis tobillos.
—No son sus tobillos lo que me preocupa.
La frase quedó en el aire un segundo más de lo conveniente.
Étienne se acercó con una lámpara. Su rostro seguía pálido.
Tenía ojos claros, cansados, y una expresión de joven envejecido por tareas que no se pueden aplazar.
Delacroix pensó que aquel muchacho habría podido ser amable en otra vida.
Quizá incluso lo era en aquella, cuando no tenía que vigilar puertas.
—Por aquí, monsieur.
Delacroix tomó su bastón. Antes de seguirlo, miró una última vez hacia el pasillo. Madeleine había desaparecido por la oscuridad. Céleste observaba desde la cocina con el pan aún en las manos.
La escalera crujió bajo sus pies. Arriba, el aire era más frío. Había un corredor estrecho, tres puertas, un arcón junto a una pared y un ventanuco cubierto de escarcha. El refugio parecía más pequeño en la planta superior, como si el techo se inclinara para escuchar.
Étienne abrió la primera habitación.
—Puede dormir aquí.
Era un cuarto sencillo: cama estrecha, manta gruesa, una silla, una jofaina, un crucifijo de madera torcido y una ventana que daba a la oscuridad blanca de la montaña. En otros tiempos, a Delacroix le habría parecido austero. Después del camino, le pareció casi obscenamente lujoso.
—Gracias.
Étienne dejó la lámpara sobre la silla.
—Si necesita agua, hay una jarra junto a la escalera. No abra la ventana. A veces se bloquea por el hielo y luego no cierra bien.
—Sería trágico sobrevivir al camino para morir por una ventana con mal carácter.
El joven no sonrió.
Delacroix se quitó los guantes despacio.
—Monsieur Lenoir duerme abajo, imagino.
Étienne tardó apenas medio segundo en responder.
—Sí.
—Una elección curiosa. Arriba parece más cómodo.
—Quiso una habitación separada.
—Los hombres acostumbrados a cobrar intereses suelen valorar la separación.
Étienne miró hacia la puerta.
—No debería molestarlo.
—No era mi intención.
—No le gusta que lo molesten.
—A casi nadie le gusta. La diferencia es que algunos cobran por molestarnos a los demás.
El joven tragó saliva. Su mano seguía sobre el picaporte, aunque ya no necesitaba sostenerlo.
—Mi madre dice que mañana bajará la nieve.
—Su madre parece una mujer capaz de negociar con el clima.
—Mi madre ha mantenido abierto este lugar cuando todos decían que no se podía.
La frase salió con orgullo, pero también con defensa. Delacroix la recibió con suavidad.
—Eso exige carácter.
—Exige más que carácter.
—Sí —dijo Delacroix—. Imagino que también exige dinero.
Étienne levantó la vista.
Durante un instante, el cansancio desapareció de su rostro y quedó algo desnudo debajo: rabia, miedo, culpa, quizá las tres cosas mezcladas. Luego volvió a bajar los ojos.
—Descanse, monsieur.
Salió antes de que Delacroix pudiera añadir nada.
El detective esperó a que sus pasos se alejaran por el corredor. No fueron directamente hacia la escalera. Se detuvieron a mitad de camino, como si Étienne hubiera escuchado algo abajo o hubiera tenido que decidir entre dos obediencias. Después bajó.
Delacroix cerró la puerta de su habitación, pero no echó el pestillo.
Nunca lo hacía la primera noche en una casa extraña.
Se acercó a la ventana. Desde allí se veía el lateral del refugio, el cobertizo y, un poco más allá, la construcción baja que había advertido al llegar.
La nieve se acumulaba contra su puerta reforzada.
Una especie de despensa exterior, pensó.
O un almacén frío. En un lugar así, el clima no era solo una circunstancia: era parte de la arquitectura.
Abajo, una figura cruzó brevemente el patio con una lámpara.
Madeleine.
Iba encorvada contra el viento, protegía la llama con una mano y caminaba hacia la construcción baja. No parecía una mujer que saliera a comprobar si una puerta estaba cerrada. Parecía una mujer que ya sabía qué puerta no podía permitirse dejar abierta.
Delacroix permaneció inmóvil.
Madeleine llegó hasta la despensa exterior, miró hacia la sala principal, aunque desde allí nadie podía verla bien, y sacó una llave del bolsillo del delantal.
Abrió.
El viento empujó la puerta. La luz de la lámpara entró apenas en el interior. Delacroix no alcanzó a ver nada salvo una pared de sombra y, quizá, algo claro en el suelo. Madeleine se quedó allí unos segundos. Demasiados para una comprobación. Demasiado pocos para una tarea.
Luego cerró de nuevo.
Cuando volvió hacia la entrada principal, caminaba más deprisa.
Delacroix se apartó de la ventana antes de que ella levantara la vista. No sabía si lo haría, pero las personas culpables solían mirar hacia lugares donde no debería haber testigos. Era una de sus muchas descortesías.
Se quitó el abrigo, lo dejó sobre la silla y apagó la lámpara.
El cuarto quedó a oscuras, salvo por una claridad blanca que entraba de la nieve.
El refugio crujía alrededor: vigas, pasos lejanos, viento en las rendijas, el murmullo bajo de voces que subían desde la sala.
Una casa vieja nunca dormía del todo. Las casas viejas tenían memoria, y la memoria rara vez descansaba.
Delacroix se sentó en el borde de la cama.
Había llegado allí por una avería, una tormenta y la necesidad elemental de no congelarse.
En teoría, nada de aquello le concernía.
Un prestamista encerrado en su habitación, una mujer que salía de noche hacia una despensa, un hijo demasiado pálido, una criada que dejaba de cortar pan al oír un nombre, una línea húmeda mal limpiada junto a un pasillo.
Nada de aquello, por separado, constituía un crimen.
Por separado, casi nada lo hacía.
Ese era el problema.
Se disponía a quitarse las botas cuando oyó voces abajo. Primero una discusión ahogada. Luego la voz de Brissac, más alta de lo necesario.
—¡Pues si ese hombre está aquí, exijo hablar con él!
Hubo un murmullo de sillas.
La voz de Madeleine respondió, firme, baja, peligrosa.
—Monsieur Lenoir no desea ser molestado.
—Me importa muy poco lo que desee monsieur Lenoir.
Delacroix se levantó despacio.
Luego oyó otra voz. La de Odette Veyrac.
—Capitán, déjelo.
—No. Ese miserable…
La frase se interrumpió de golpe.
Un silencio extraño subió por la escalera.
No era el silencio de una conversación terminada. Era el silencio de muchas personas mirando al mismo lugar.
Delacroix abrió la puerta.
En el corredor, Lucien Darras asomó desde otra habitación con cara de sueño alarmado. Delacroix bajó la escalera sin apresurarse. Apresurarse habría sido darle al destino una satisfacción que no merecía.
Cuando llegó a la sala, encontró a todos de pie.
Brissac estaba junto al pasillo lateral, rojo de ira y de algo más. Marchand se había adelantado unos pasos. Odette Veyrac permanecía inmóvil junto a la mesa. Perret abrazaba su caja como si la seda pudiera absolverlo de la escena. Céleste tenía una mano sobre la boca.
Madeleine se interponía ante la puerta del fondo.
Étienne estaba detrás de ella.
Muy pálido.
—¿Ocurre algo? —preguntó Delacroix.
Nadie respondió de inmediato.
Entonces, desde el otro lado de la puerta cerrada, llegó un sonido.
Tres golpes.
Lentos.
Separados.
Como si alguien, encerrado allí dentro, llamara con los nudillos desde la madera.
Todos miraron la puerta.
Madeleine no se movió.
Delacroix observó su rostro. No vio alivio. No vio sorpresa. Vio miedo.
Y eso, pensó, era bastante más interesante que cualquier respuesta.
—Madame Aubert —dijo—, creo que monsieur Lenoir acaba de expresar una opinión distinta sobre ser molestado.