Muerte en el refugio (Los misterios de Armand Delacroix 11) Capítulo 2 — Un fuego demasiado vivo
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Capítulo 2 — Un fuego demasiado vivo

Durante unos minutos, el refugio de Valbrume hizo lo que prometía hacer.

Calentó.

No salvó almas, ni resolvió destinos, ni mejoró la opinión general que Delacroix tenía de la humanidad, pero calentó.

Y, dadas las circunstancias, aquello ya era una forma modesta de milagro.

Los viajeros se distribuyeron alrededor de la sala principal con esa mezcla de gratitud y torpeza que muestran las personas cuando han estado a punto de perder los dedos y de pronto descubren que todavía pueden usarlos para sostener un cuenco.

La estancia era amplia, aunque no cómoda en el sentido burgués de la palabra.

La comodidad burguesa necesitaba cojines, lámparas delicadas y una mesa donde alguien hubiera colocado flores con la esperanza absurda de que las flores hicieran olvidar el precio del alquiler.

Allí la comodidad era otra cosa: vigas gruesas, paredes de piedra, bancos largos, mantas dobladas en estantes, una chimenea enorme y una olla que parecía contener, si no esperanza, al menos algo parecido a un guiso.

Había humedad en los rincones, hollín en las vigas y marcas antiguas en el suelo, pero todo estaba limpio dentro de lo posible.

No limpio como una casa rica, donde la limpieza a veces solo sirve para demostrar que otros trabajan de rodillas, sino limpio como un lugar donde cada objeto tenía un uso y cada uso había salvado a alguien de una noche mala.

Delacroix observó aquello mientras fingía ocuparse únicamente de su sopa.

Era una habilidad muy útil. La mayoría de la gente se sentía más cómoda cuando creía que un hombre estaba comiendo. Resultaba más difícil temer a alguien con una cuchara en la mano, salvo que se hubiera vivido en familias particularmente imaginativas.

Madeleine Aubert se movía por la sala con autoridad seca. No pedía permiso a nadie, no agradecía nada, no sonreía por educación. Señalaba bancos, repartía mantas, ordenaba a Céleste que trajera más pan y corregía a su hijo con una simple mirada cuando este tardaba demasiado en cumplir una tarea.

Étienne Aubert, por su parte, obedecía.

Eso, en principio, no tenía nada de extraño.

Los hijos acostumbraban a obedecer a ciertas madres incluso después de muertos, y Madeleine parecía una de esas mujeres capaces de seguir dando órdenes desde una lápida si alguien colocaba mal las flores.

Pero en Étienne había algo más que obediencia.

Había vigilancia. Cada vez que su madre hablaba, él no solo escuchaba lo que decía, sino lo que callaba.

Cada vez que alguien se movía hacia el pasillo lateral, sus hombros se tensaban.

El pasillo, por supuesto, empezó a interesarle a Delacroix con una intensidad casi ofensiva.

No miró directamente hacia allí. Habría sido descortés. Y, sobre todo, inútil. Las cosas interesantes rara vez agradecían que se las mirase de frente.

—Tendrán que acomodarse como puedan —dijo Madeleine—. Hay dos habitaciones libres arriba, una pequeña junto al almacén y sitio en la sala para quien no tenga orgullo delicado.

—Mi orgullo ha dormido en barracones —dijo el capitán Brissac.

—Entonces sabrá roncar sin pedir disculpas.

El doctor Marchand bajó la vista hacia su cuenco para disimular una sonrisa. Brissac, que no parecía hombre acostumbrado a ser vencido por una posadera sin mover un dedo, enderezó aún más la espalda.

—No soy posadera —dijo Madeleine, como si hubiera oído la palabra dentro de la cabeza del capitán.

Brissac parpadeó.

—No he dicho…

—Pero lo ha pensado con mucho ruido. Esto es un refugio. La diferencia es que en una posada se paga por ser atendido y aquí se agradece no morir fuera. Conviene no confundir ambas cosas.

Delacroix decidió que el viaje no había sido completamente inútil.

Perret, sentado junto a su caja de tejidos, levantó una mano con timidez mercantil.

—Madame Aubert, necesitaría un rincón seco para mis mercancías.

—Todos aquí necesitamos algo seco, monsieur.

—Se trata de seda.

—La seda puede pasar frío con usted.

—Pero si se estropea…

Madeleine lo miró sin dureza, lo cual fue casi peor.

—Si usted se estropea, será más difícil venderlo.

El doctor Marchand dejó escapar una tos que no tenía nada de médica.

Odette Veyrac, junto a la pared, tomó su sopa en silencio.

El estudiante de leyes, que se llamaba Lucien Darras y tenía la edad exacta en la que un hombre todavía cree que hacer preguntas lo vuelve inteligente, observaba a Delacroix con una mezcla de admiración y temor reciente.

El apellido había hecho su trabajo.

Desde que el joven lo pronunciara, la sala no había vuelto a ser la misma.

Nadie había gritado. Nadie había dejado caer un plato.

Nadie había salido corriendo hacia la tormenta, cosa que habría sido teatral pero poco práctica.

Sin embargo, la conversación se había vuelto más cuidadosa.

Las cucharas sonaban menos. Las miradas se cruzaban y se retiraban con una rapidez nueva.

A Delacroix le había ocurrido muchas veces.

Su fama era una incomodidad que otros llevaban peor que él.

En algunos salones abría puertas; en otros, cerraba bocas.

En el refugio de Valbrume había hecho algo más interesante: había obligado a varias personas a recordar, al mismo tiempo, que tenían algo que perder.

—¿Había más huéspedes antes de que llegáramos? —preguntó Marchand, mirando las escaleras.

Madeleine no respondió enseguida. Sirvió más sopa en un cuenco, se lo tendió a Baptiste y solo entonces habló.

—Dos.

—¿Dos? —preguntó Brissac.

—Un carretero que duerme arriba. Llegó ayer con fiebre. No se levantará hasta mañana, si tiene sentido común o fuerzas para obedecerlo. Y un caballero que llegó esta mañana.

La palabra caballero, en su boca, sonó como un trapo mojado.

Delacroix bebió una cucharada de sopa.

—¿Un caballero de ciudad?

Baptiste miró al detective.

Madeleine también.

—Eso parece.

—La ciudad deja huellas —dijo Delacroix—. Algunas se limpian peor que el barro.

—Este dejó sobre todo exigencias.

Étienne se movió junto a la chimenea. No mucho. Apenas un cambio de peso de un pie al otro, pero Delacroix lo registró. Céleste, que estaba cortando pan en una mesa auxiliar, bajó la vista hacia el cuchillo.

—¿Se encuentra aquí? —preguntó Odette Veyrac.

Era la primera vez que hablaba desde que habían entrado. Su voz era tranquila, pero Delacroix advirtió que la pregunta no nacía de la curiosidad. Nacía de algo más antiguo.

Madeleine la miró.

—En su habitación.

—¿No cena? —preguntó Marchand.

—Dijo que no quería ser molestado.

—Qué hombre afortunado —murmuró Delacroix.

El comentario apenas rozó la sala, pero bastó para que Étienne levantara los ojos. Tenía la mandíbula apretada. Las manos, grandes y enrojecidas por el frío o el trabajo, estaban demasiado quietas a ambos lados del cuerpo.

—¿Tiene nombre ese caballero? —preguntó Brissac, con una indiferencia tan mal construida que podría haberla denunciado un albañil.

Madeleine se volvió hacia él.

—Gaspard Lenoir.

La cuchara de Perret chocó contra el cuenco.

No fue un ruido fuerte. Solo un pequeño golpe de metal contra loza. Pero en una habitación llena de personas intentando parecer tranquilas, los sonidos pequeños tienen ambiciones desmedidas.

Odette Veyrac cerró un poco los dedos alrededor de la servilleta. Marchand levantó la mirada. Brissac no hizo nada, lo cual en ciertos hombres constituía la reacción más evidente de todas.

Lucien Darras, que por suerte para su salud aún no conocía a nadie importante, miró de uno a otro.

—¿Quién es?

—Un prestamista —dijo Baptiste.

—Un acreedor —corrigió Brissac.

—Un acreedor es un prestamista que ha aprendido a pronunciarse en los tribunales —dijo Delacroix.

Brissac le dedicó una mirada breve. No era gratitud.

Madeleine recogió varios cuencos vacíos con movimientos precisos.

—Aquí no hablamos de los huéspedes ausentes.

—Qué costumbre tan civilizada —dijo Delacroix—. Casi siempre se habla mejor de ellos cuando ya no pueden defenderse.

Céleste dejó el pan sobre la mesa y se retiró hacia la cocina.

Antes de desaparecer, miró a Étienne. Él negó apenas con la cabeza.

Fue un gesto mínimo, pero Delacroix estaba empezando a sentir cariño profesional por los gestos mínimos.

Eran más sinceros que las confesiones y solían exigir menos pañuelos.

—¿Ese Lenoir tiene algo que ver con sus deudas? —preguntó Brissac.

La pregunta fue demasiado directa incluso para la incomodidad general. Madeleine se quedó inmóvil un segundo. Baptiste bajó la vista. Étienne dio un paso hacia la mesa, pero su madre habló antes.

—Capitán, en este refugio damos comida caliente incluso a los hombres que hacen preguntas frías. No abuse.

Brissac se ruborizó apenas, cosa admirable en un hombre que parecía haber confundido la vergüenza con un defecto de fabricación.

—Solo intentaba comprender la situación.

—La situación es que fuera nieva, dentro hay fuego y usted tiene un cuenco lleno. Para empezar la noche, no está mal.

Delacroix habría aplaudido, pero le pareció excesivo y, además, tenía las manos ocupadas.

Marchand intervino con una suavidad razonable.

—Madame Aubert, si hay algún conflicto legal que pueda afectar a nuestra estancia…

—Mi conflicto legal no los dejará sin techo esta noche.

—No era eso lo que quería decir.

—Entonces lo ha disimulado muy bien.

La conversación murió allí, aunque no la tensión. Esa siguió viva, sentada a la mesa con todos ellos, alimentándose despacio.

Delacroix se levantó al cabo de un momento y dejó el cuenco sobre una bandeja. Madeleine lo observó.

—¿Necesita algo?

—Estirar las piernas.

—Ha tenido casi una hora de montaña para eso.

—La montaña no suele aceptar paseos de inspección. Se toma cualquier movimiento como una ofensa personal.

—Arriba no hay nada que inspeccionar.

—Entonces procuraré decepcionarme con discreción.