Capítulo 1 — El camino blanco #3
Delacroix cruzó el umbral el último. Mientras se sacudía la nieve del sombrero, oyó movimiento en el interior: una silla arrastrada demasiado rápido, una voz joven que se interrumpía, algo metálico cayendo en una habitación cercana.
La mujer también lo oyó. Su rostro no cambió, pero una mano se cerró apenas sobre el borde de la puerta.
—Étienne —dijo, sin volverse—. Más leña.
Desde algún lugar del refugio respondió una voz masculina.
—Sí, madre.
El tono fue correcto. Casi demasiado.
Delacroix levantó la vista hacia la sala principal.
Había una chimenea encendida, varias mesas de madera, bancos largos, mantas dobladas junto a una pared, botas secándose cerca del fuego.
Dos huéspedes levantaron la cabeza al verlos entrar.
Una joven criada apareció desde la cocina con una olla en las manos y se quedó inmóvil durante un segundo antes de continuar.
Todo parecía normal.
Lo cual, en experiencia de Delacroix, rara vez era una prueba a favor de nada.
Baptiste cerró la puerta. El viento quedó fuera, golpeando la madera como una criatura maleducada.
La mujer del umbral miró de nuevo a los recién llegados.
—Soy Madeleine Aubert. Esto es el refugio de Valbrume. Tendrán sopa, mantas y un sitio donde no morirse hasta mañana.
—Una hospitalidad admirable —dijo Delacroix.
Ella lo miró con más atención. Quizá por la voz. Quizá por el acento. Quizá porque la cortesía, en ciertos hombres, suena menos a gratitud que a diagnóstico.
—Aquí no admiramos mucho —respondió Madeleine—. Calentamos lo que llega frío.
Delacroix inclinó apenas la cabeza.
—Entonces hemos venido al lugar adecuado.
Madeleine apartó la mirada y empezó a dar órdenes.
Céleste, la joven criada, sirvió cuencos de sopa.
Étienne apareció con un haz de leña en los brazos.
Era un hombre joven, fuerte, de hombros anchos y rostro pálido, demasiado pálido para alguien que había pasado la tarde junto al fuego.
Al ver a los viajeros, sus ojos se movieron con rapidez.
Primero contó cuerpos. Luego buscó a su madre. Después miró hacia un pasillo lateral.
Delacroix siguió ese último gesto.
El pasillo estaba oscuro.
Madeleine lo notó.
—La sala está aquí, monsieur.
—Desde luego —dijo Delacroix—. Los pasillos rara vez sirven sopa.
Étienne dejó la leña junto a la chimenea. Una astilla cayó al suelo. El joven se inclinó para recogerla y tardó más de lo necesario en incorporarse.
El capitán Brissac se acercó al fuego con la autoridad de quien consideraba que las chimeneas, como los soldados, debían obedecer a los rangos.
Perret colocó su caja bajo una mesa y la cubrió con su propio abrigo.
El doctor Marchand miró alrededor con interés clínico.
Odette Veyrac se quedó cerca de la pared, aún con su maleta en la mano.
Delacroix aceptó un cuenco de sopa.
Estaba caliente. Espesa. Salada. Magnífica de esa manera en que la comida se vuelve magnífica cuando el cuerpo ha empezado a negociar con la muerte.
—Madame Aubert —dijo Baptiste—, tendremos que pasar aquí la noche.
—Eso ya lo había entendido al verlos entrar —respondió ella—. Nadie llama a esta puerta con semejante cara si todavía puede seguir su camino.
—El coche quedó inutilizado.
—Entonces mañana enviaremos a alguien al pueblo, si la nieve deja de comportarse como una viuda ofendida.
Delacroix probó la sopa y decidió que Madeleine Aubert merecía un respeto provisional. Nadie que cocinara así podía ser enteramente indiferente a la humanidad, aunque desde luego podía estar cansada de ella.
Fue entonces cuando el estudiante de leyes, ya recuperado por el calor y por esa confianza suicida que proporcionan las habitaciones cerradas, miró hacia Delacroix con una sonrisa repentina.
—Disculpe, monsieur. Creo que antes no me dijo su nombre.
Delacroix sintió un leve cansancio anticipado.
—No, en efecto.
—Permítame insistir. Después de una caminata así, al menos deberíamos saber con quién hemos sobrevivido.
El capitán Brissac soltó un bufido.
—El muchacho tiene razón. Aunque solo sea para que alguien pueda escribir a nuestras familias si Perret decide salvar sus encajes y morir sobre ellos.
Perret se ofendió de nuevo, con menor energía que antes.
Delacroix dejó el cuenco sobre la mesa.
—Armand Delacroix.
La frase no fue alta.
No hizo falta.
El nombre viajó por la sala con la discreción de un cuchillo.
El doctor Marchand levantó la cabeza. Brissac frunció el ceño, como si reconociera algo que no estaba dispuesto a admirar. Odette Veyrac cerró los dedos sobre el asa de su maleta. Céleste, junto a la cocina, dejó de servir sopa durante un segundo.
Pero fueron Madeleine y Étienne quienes cambiaron de verdad.
No mucho. No de una manera que un hombre distraído pudiera señalar. Ella mantuvo la espalda recta. Él siguió junto a la chimenea. La leña crepitó. La olla humeó. El fuego continuó haciendo su trabajo.
Y aun así, Delacroix sintió que la habitación perdía varios grados.
Madeleine Aubert lo miró como se mira a un huésped que acaba de entrar con nieve en las botas y una sentencia en el bolsillo.
—Delacroix —repitió.
—A veces —dijo él—. En los días menos afortunados.
Nadie rió.
Desde el pasillo oscuro llegó un ruido leve. Algo parecido a un golpe contra la madera. Luego, silencio.
Étienne dio un paso involuntario hacia allí.
Madeleine no se movió, pero su voz salió limpia, firme.
—Céleste, más sopa para los señores.
La joven obedeció.
Delacroix recogió de nuevo su cuenco, como si nada en el mundo le interesara menos que un pasillo oscuro, un hijo demasiado pálido y una madre que acababa de ordenar sopa con la precisión de quien tapa una herida.
Fuera, la tormenta golpeó el refugio.
Dentro, todos fingieron que solo era el viento.