Capítulo 1 — El camino blanco #2
Perret se llevó una mano al pecho.
—¿La rueda?
—El eje —corrigió Baptiste—. Se ha partido una pieza. Con este tiempo no puedo repararlo aquí. Y aunque pudiera, hay un desprendimiento más adelante. He visto piedras sobre el camino.
Brissac abrió la puerta de golpe y bajó antes de que nadie pudiera detenerlo. El viento le lanzó nieve al rostro con una familiaridad insultante.
—Déjeme ver.
—Como guste —dijo Baptiste.
El capitán dio tres pasos, observó la rueda dañada, miró hacia el camino blanco y regresó con una expresión algo menos militar.
—No avanzaremos con esto.
—Qué alivio —dijo Delacroix—. Por un momento temí que el optimismo nos matara.
Odette Veyrac seguía sujetando su maleta. No preguntó nada. Sus ojos, sin embargo, se movían entre el conductor y el paisaje con atención contenida.
—¿A qué distancia está el pueblo más cercano? —preguntó Marchand.
Baptiste cerró la puerta para protegerlos del viento, aunque se quedó dentro solo a medias, como si el frío todavía lo reclamara por la espalda.
—Demasiado lejos para llegar antes de que oscurezca. Y con la nieve así, quizá demasiado lejos para llegar vivo.
Perret emitió un pequeño sonido.
—Mis mercancías…
—Monsieur —dijo Odette Veyrac, con una calma impecable—, creo que sus mercancías acaban de perder prioridad frente a sus pulmones.
El comerciante pareció ofendido por la jerarquía, pero no encontró argumento inmediato.
Delacroix miró al conductor.
—Ha dicho que el pueblo está lejos. Eso sugiere que hay otra cosa más cerca.
Baptiste tardó un segundo en responder. Ese segundo fue suficiente para que Delacroix lo notara.
—Hay un refugio —dijo al fin.
La palabra produjo un alivio casi físico entre los pasajeros. Perret suspiró, el estudiante se enderezó, Marchand cerró el libro que no estaba leyendo. Incluso Brissac pareció dispuesto a considerar que la civilización no se había extinguido del todo.
Delacroix, en cambio, miró a Baptiste.
El conductor no parecía aliviado.
—¿Qué clase de refugio? —preguntó el detective.
—De montaña. Piedra vieja, techo bajo, buena chimenea. Lo llevan una mujer y su hijo. La gente de la zona lo usa cuando el tiempo se pone feo. Pastores, viajeros, carreteros. A veces enfermos que no pueden seguir.
—Suena razonablemente hospitalario.
—Lo es.
—Y, sin embargo —dijo Delacroix—, usted acaba de pronunciar la palabra refugio como si hubiera dicho cementerio.
Baptiste apretó la mandíbula. Fuera, el viento golpeó el coche con una ráfaga larga.
—No me gusta llegar allí de noche.
—A mí no me gusta llegar a ningún sitio de noche —dijo Delacroix—. La diferencia es que yo intento no convertirlo en una profesión.
El conductor no sonrió.
Marchand se inclinó hacia delante.
—¿Hay algún peligro?
—El camino hasta allí es estrecho. Y el refugio… —Baptiste se interrumpió.
—¿Sí? —preguntó Brissac.
—El refugio lleva semanas con problemas. Deudas, dicen. Gente entrando y saliendo. Un hombre de ciudad llegó esta mañana. No sé más.
Delacroix apoyó la mano enguantada sobre el bastón.
—Un hombre de ciudad.
—Eso dijeron en Saint-Aubin. Un prestamista, quizá. No escuché bien.
Odette Veyrac bajó los ojos hacia su maleta.
Fue un gesto mínimo. Un movimiento casi invisible. La clase de gesto que una persona educada realiza cuando cree que nadie la mira.
Delacroix la miraba.
—¿Cuánto tardaremos? —preguntó el doctor Marchand.
—A pie, con este tiempo, algo menos de una hora si nadie se cae —dijo Baptiste—. Algo más si monsieur Perret insiste en salvar todos sus encajes.
—No pienso abandonar mi mercancía.
—Entonces quizá podamos enterrarlo con ella —dijo Brissac—. Sería un detalle poético.
Perret lo miró horrorizado.
Delacroix recogió sus guantes, ajustó el cuello del abrigo y miró de nuevo por la ventanilla.
La tarde se estaba cerrando sobre la montaña con una rapidez desagradable.
El blanco del camino empezaba a volverse gris.
Más allá de los pinos, la niebla subía desde la hondura como si alguien estuviera llenando el valle desde abajo.
No había elección. Esa era una de las maneras favoritas del destino para presentarse: disfrazado de sentido común.
Los pasajeros bajaron uno a uno. El frío los recibió con una bofetada tan perfecta que durante unos segundos nadie dijo nada.
Baptiste y Brissac discutieron sobre qué equipaje podía llevarse.
Perret luchó por salvar su caja de tejidos hasta que Marchand le explicó, con voz profesional, que los dedos congelados complicaban mucho cualquier actividad comercial.
Odette Veyrac aceptó la ayuda de Delacroix para descender, aunque no soltó su maleta ni un instante.
—Gracias, monsieur.
—No hay de qué. Conviene llegar vivos a los lugares donde uno no desea estar.
Ella lo miró con una curiosidad breve.
—¿Siempre es tan optimista?
—Solo cuando el paisaje se esfuerza por contradecirme.
Caminaron.
El sendero hacia el refugio no era un camino propiamente dicho, sino una decisión que varias generaciones habían repetido hasta dejar una huella sobre la montaña.
Baptiste iba delante con un farol y una cuerda.
Brissac avanzaba cerca de él, quizá por orgullo, quizá porque necesitaba que alguien contemplara su capacidad de no quejarse durante intervalos de hasta treinta segundos.
Marchand ayudaba al estudiante, que había descubierto que la jurisprudencia protegía poco contra el hielo.
Perret caminaba encorvado bajo el peso de su caja, emitiendo pequeños resoplidos de mártir textil. Odette Veyrac seguía en silencio.
Delacroix iba detrás de ella.
La nieve apagaba los sonidos. Cada paso parecía caer en una habitación acolchada. El viento, en cambio, no se dejaba apagar por nada. Bajaba entre los árboles, sacudía ramas, levantaba remolinos blancos y se colaba bajo los abrigos con una intimidad inaceptable.
En un tramo donde el sendero bordeaba una pendiente, Baptiste les ordenó avanzar de uno en uno. Nadie protestó. Incluso Brissac tuvo la prudencia de limitar su heroísmo a fruncir el ceño.
Delacroix miró hacia abajo. No se veía el fondo. Solo una masa de niebla y nieve moviéndose lentamente, como si la montaña respirara.
—Un lugar encantador —murmuró.
Odette, que caminaba delante, lo oyó.
—¿Lo dice en serio?
—Rara vez. Pero a veces la seriedad se beneficia de una mentira breve.
Ella volvió apenas la cabeza.
—¿Es usted escritor?
—Dios me libre.
—Entonces, ¿a qué se dedica?
Delacroix tardó un poco en responder. No porque quisiera ocultarlo, sino porque había aprendido que su oficio producía en las personas dos reacciones igualmente molestas: la curiosidad y el miedo. A veces ambas, en un orden poco favorecedor.
—Observo —dijo.
—Eso no es una profesión.
—Depende de lo que se encuentre mirando.
Odette no insistió. Pero su mano se cerró con más fuerza sobre el asa de la maleta.
A mitad de camino, la nieve arreció. El grupo tuvo que detenerse bajo unos pinos mientras Baptiste revisaba el sendero.
El farol iluminaba rostros cansados, mejillas rojas, pestañas húmedas.
Por un instante, todos parecieron menos importantes que sus cuerpos: cuerpos que necesitaban calor, techo, comida, fuego.
La civilización, pensó Delacroix, tenía una piel muy fina.
Bastaba una hora de nieve para dejar al descubierto al animal que la sostenía.
—No falta mucho —dijo Baptiste.
—Eso suele decirse cuando falta demasiado —respondió Marchand.
—Esta vez es verdad.
—Los mentirosos también innovan.
El conductor señaló hacia arriba. Entre los árboles, apenas visible detrás de una cortina de nieve, apareció una luz.
No era grande ni brillante. Solo un punto amarillo, tembloroso, suspendido en la ladera como el ojo cansado de una casa que se negara a dormirse.
—Ahí está —dijo Baptiste—. El refugio de Valbrume.
Nadie habló durante unos segundos.
El alivio llegó, pero no limpio. Había en aquella luz algo demasiado solitario. Quizá fuera el paisaje. Quizá el cansancio. Quizá esa intuición que Delacroix había aprendido a no confundir con superstición: la certeza leve, casi física, de que algunos lugares no esperan a las personas; las atraen.
El refugio fue tomando forma a medida que subían.
Primero el tejado oscuro, cargado de nieve.
Luego las paredes de piedra. Después una chimenea de la que salía humo en ráfagas irregulares.
Había un cobertizo a un lado, un pequeño establo al otro y, más atrás, una construcción baja medio enterrada en la nieve.
Delacroix reparó en ella sin saber aún por qué.
Tal vez por la puerta reforzada. Tal vez porque el viento parecía venir de allí con más fuerza.
Baptiste llegó a la entrada y golpeó la puerta con el puño.
Una vez.
Dos.
Tres.
Durante un instante no ocurrió nada. Después se oyeron pasos al otro lado. Pasos lentos, firmes. Una voz femenina preguntó quién era.
—Baptiste. El coche se ha averiado. Traigo viajeros.
Hubo un silencio.
No largo. No dramático. Apenas un silencio práctico, de esos que una persona usa para decidir si abre o si carga una escopeta.
Al fin, el cerrojo se descorrió.
La puerta se abrió y el calor salió al encuentro de los viajeros con olor a leña, sopa y lana húmeda.
En el umbral apareció una mujer de unos cincuenta años, alta, de cabello gris recogido sin coquetería y rostro severo. No tenía la dulzura de quienes disfrutan ayudando, sino la eficacia de quienes lo han hecho demasiadas veces como para adornarlo.
Miró primero a Baptiste. Luego a los demás. Sus ojos pasaron sobre el capitán, sobre el doctor, sobre Odette, sobre Perret y su caja absurda, sobre el estudiante tembloroso.
Por último se detuvieron en Delacroix.
No lo reconoció.
Todavía no.
—Entren —dijo—. Antes de que la montaña decida quedarse con ustedes.
Los viajeros obedecieron. Nadie discutió con una frase así pronunciada desde una puerta caliente.