Muerte en el refugio (Los misterios de Armand Delacroix 11)
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Capítulo 1 — El camino blanco
Armand Delacroix había asistido a bodas más alegres y a funerales bastante más sinceros, aunque rara vez ambas cosas habían intentado parecerse tanto en una misma semana.
El matrimonio de su antiguo amigo había terminado, al menos en apariencia, con bendiciones, lágrimas discretas y un banquete en el que varias personas habían fingido no pensar en la muerte con una disciplina admirable.
Delacroix, que desconfiaba de las disciplinas admirables casi tanto como de los brindis largos, había cumplido con su papel: se había inclinado ante la novia, había felicitado al novio, había escuchado a dos tías hablar de flores durante un tiempo que ningún código penal debería permitir, y al día siguiente había tomado el coche de línea hacia el norte con el único deseo razonable que le quedaba.
Silencio.
No era una aspiración excesiva. No pedía felicidad, ni descanso profundo, ni iluminación espiritual. Solo un trayecto sin cadáveres, sin confesiones y, si la providencia se sentía especialmente generosa, sin vecinos de asiento convencidos de que su vida merecía ser narrada en orden cronológico.
La providencia, como de costumbre, tenía otros compromisos.
El coche avanzaba por un camino de montaña que se estrechaba a medida que ascendía, como si la tierra se arrepintiera de haber permitido el paso de los hombres y quisiera cerrarse sobre ellos poco a poco.
A ambos lados, los pinos se inclinaban bajo el peso de la nieve.
No era una nieve limpia, amable, de postal o de villancico, sino una nieve densa y obstinada, de esas que no caen: ocupan.
Se pegaba a las ramas, a los cristales, a las ruedas, al ánimo de los viajeros.
Delacroix iba sentado junto a la ventanilla, con el abrigo bien cerrado y los guantes apoyados sobre el bastón.
Observaba el paisaje con una mezcla de paciencia y resignación.
Había algo hermoso en aquella blancura, desde luego.
También había algo profundamente sospechoso.
La naturaleza, cuando se empeñaba en parecer pura, solía estar escondiendo un barranco.
Frente a él viajaba una mujer de unos cuarenta años, quizá algunos menos si la vida hubiera tenido mejores modales con ella.
Vestía de negro, aunque no con la ostentación teatral de quien desea recordar al mundo su duelo, sino con la sobriedad de quien ya no necesita explicarlo.
Tenía las manos finas, los ojos tranquilos y una maleta de cuero oscuro colocada entre los pies, tan cerca de sus piernas que parecía más una criatura que una pertenencia.
Se llamaba Odette Veyrac. Delacroix había oído su nombre al subir al coche, cuando el conductor le pidió el billete. Ella no había dicho mucho desde entonces. Eso la convertía, de momento, en la persona más estimable del vehículo.
A su derecha, ocupando más espacio del que justificaban su cuerpo y su equipaje, viajaba un hombre de bigote militar, espalda rígida y expresión de agravio permanente.
El capitán retirado Henri Brissac había empezado a quejarse antes de que el coche abandonara la posada anterior y no había mostrado intención de abandonar aquella actividad, que practicaba con la entrega de un monje y la precisión de un artillero.
—En mis tiempos, los caminos se limpiaban antes de que la nieve llegara a los ejes —dijo, por tercera vez.
—En sus tiempos —respondió el doctor Marchand, sin levantar la vista del libro que fingía leer—, la nieve probablemente obedecía órdenes.
El capitán Brissac le dedicó una mirada seca.
—Veo que la medicina rural no ha mejorado su educación.
—No, pero me ha enseñado a reconocer síntomas repetitivos.
Delacroix volvió la vista hacia la ventanilla para ocultar una sonrisa leve.
El doctor Marchand era un hombre de rostro ancho, barba recortada y manos grandes, de esas manos acostumbradas a sujetar heridas, partos y mentiras con la misma firmeza.
Viajaba con un maletín médico gastado, una bufanda de lana gris y el cansancio sereno de quien había visto suficientes miserias como para no competir por protagonismo con ninguna.
Junto a la puerta, medio encogido entre dos sacos y una caja atada con cuerda, iba Jules Perret, un comerciante de tejidos que había explicado a todos, sin que nadie se lo pidiera, que sus mercancías no podían mojarse bajo ninguna circunstancia.
Había repetido aquello tantas veces que Delacroix empezaba a considerar seriamente la posibilidad de arrojar los tejidos a la nieve para comprobar si el mundo seguía girando.
El último pasajero era un joven estudiante de leyes, rubio, pálido y con un entusiasmo por la jurisprudencia que habría resultado conmovedor en alguien menos dispuesto a compartirlo.
Había intentado iniciar una conversación con Delacroix sobre la reforma de ciertos procedimientos judiciales, pero el detective había pronunciado un «qué interesante» con tal perfección funeraria que el muchacho entendió, al fin, que seguir hablando podía constituir una forma de imprudencia.
El coche dio un bandazo.
Odette Veyrac sujetó su maleta. El capitán Brissac soltó una maldición. Jules Perret abrazó su caja como si dentro llevara a un hijo particularmente valioso o a una deuda particularmente secreta.
—¿Todo en orden? —preguntó Marchand.
—Eso depende —dijo Delacroix, mirando hacia el camino— de lo que cada uno considere orden.
Fuera, el conductor tiró de las riendas y murmuró algo a los caballos.
La nieve caía ahora de lado, empujada por un viento que parecía haber perdido la paciencia con los viajeros.
El cristal de la ventanilla estaba empañado, pero Delacroix alcanzaba a distinguir el perfil irregular del camino y, más allá, una pendiente blanca que descendía hacia una hondura donde la niebla se acumulaba como agua sucia.
No le gustaba aquel camino.
No por peligroso. Los caminos peligrosos tenían, al menos, la decencia de parecerlo. Aquel, en cambio, alternaba tramos firmes con curvas demasiado confiadas. A la montaña no le hacía falta tender trampas. Le bastaba esperar a que el hombre olvidara que estaba en ella.
El conductor, un hombre ancho llamado Baptiste, abrió la pequeña trampilla que comunicaba con el interior y asomó media cara enrojecida por el frío.
—Tendremos que ir más despacio.
—Ya íbamos más despacio que una misa de difuntos —dijo Brissac.
—Entonces procuraremos no convertirnos en una —contestó Baptiste, y cerró la trampilla.
Delacroix decidió que el conductor merecía, al menos por el momento, cierta simpatía.
El coche siguió avanzando. Las ruedas crujían sobre la nieve endurecida. De vez en cuando, una rama golpeaba el lateral con un chasquido seco que hacía que Perret se sobresaltara y mirara su caja.
—No deberíamos haber salido de Saint-Aubin —dijo el comerciante—. Se lo dije al posadero. Se lo dije dos veces.
—Una tragedia que no le hiciera caso —murmuró Marchand.
Perret no detectó la ironía, privilegio reservado a los muy ocupados en sí mismos.
—Mis tejidos son de Lyon. Seda, lana fina, encajes. Si se humedecen, pierdo la mitad del valor.
—Siempre es reconfortante —dijo Delacroix— saber que, en caso de accidente, alguien habrá pensado en los encajes.
Odette Veyrac bajó la mirada, pero no lo bastante rápido para esconder una sonrisa.
El estudiante de leyes, que había permanecido callado durante casi media hora y debía de sentir que aquello vulneraba algún derecho fundamental suyo, se inclinó un poco hacia Delacroix.
—Monsieur, ¿cree usted que el conductor exagera el peligro?
Delacroix miró por la ventanilla. El camino acababa de estrecharse otra vez. A la izquierda, la pared de roca subía oscura y húmeda, con lenguas de hielo colgando de las grietas. A la derecha, la nieve borraba el borde del terreno con una delicadeza homicida.
—No —dijo—. Creo que el peligro exagera al conductor.
El joven no supo si tomar aquello como una respuesta seria. Delacroix tampoco hizo esfuerzo alguno por aclararlo.
Durante un rato, solo se oyó el ruido del coche y el aliento pesado de los caballos.
La conversación se apagó, sofocada por el frío y por esa incomodidad que nace cuando varias personas empiezan a comprender al mismo tiempo que el mundo exterior no está obligado a permitirles llegar a ninguna parte.
Delacroix cerró los ojos unos segundos. No llegó a dormirse.
No solía dormir en los trayectos; desconfiaba de los espacios donde no se podía controlar quién subía, quién bajaba y quién había decidido respirar demasiado cerca.
Pero el cansancio le pesaba en los párpados.
La boda, el caso anterior, los rostros, las explicaciones finales, las lágrimas de quienes siempre lloraban tarde.
Todo parecía haberse quedado pegado a él como nieve en los bajos de un coche.
Pensó en París. Pensó en una chimenea propia. Pensó en una copa de coñac, un sillón profundo y un periódico atrasado. Pensó, con una esperanza casi infantil, en la posibilidad de pasar cuarenta y ocho horas sin que nadie le dijera: «Monsieur Delacroix, hay algo que debería ver».
El coche se detuvo de golpe.
No fue un frenazo brusco, sino una interrupción seca, como si el camino hubiese decidido terminar bajo las ruedas.
Los caballos relincharon. La caja de Perret cayó al suelo.
El estudiante se golpeó una rodilla. Brissac lanzó una palabra que probablemente no había aprendido en la academia militar, aunque quizá sí la había perfeccionado allí.
—¿Qué demonios ocurre? —exigió.
Nadie respondió de inmediato.
Se oyó a Baptiste bajar del pescante. Sus botas crujieron sobre la nieve. Después hubo un silencio breve, seguido de una maldición ahogada. El conductor caminó alrededor del coche, golpeó algo con la mano, volvió a maldecir y abrió la puerta.
El viento entró con él.
—Señores —dijo, y su rostro bastó para que nadie agradeciera la pausa—, tenemos un problema.
—Eso ya lo suponíamos —dijo Marchand—. La cuestión es si el problema tiene ruedas.
—Una menos de las necesarias.