Muerte en el faro (Los misterios de Armand Delacroix 13) Capítulo 18 — El hombre en la luz #2
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Capítulo 18 — El hombre en la luz #2

—Sé que debía demasiado. Sé que la venta de la casa era su única salida.

Sé que Gaspard iba a impedirla. Sé que iba a dejar el control del faro a Yann.

Sé que usted preguntó a Artaud cómo podía impugnarse un testamento por debilidad mental.

Sé que preguntó por la caja de Gaspard antes de la cena.

Sé que salió de la sala de su madre antes de la hora que ambos declararon.

Sé que sus botas coinciden con la huella junto a la puerta de servicio.

Sé que la bufanda gris que falta de su armario apareció en el paquete destinado a incriminar a Yann.

Y sé que acaba de intentar golpearlo junto a este faro con una herramienta que no llegó volando desde París.

Adrien permaneció inmóvil.

Por primera vez no contestó de inmediato.

La lista tenía esa virtud: impedía que la ironía entrara sin ensuciarse.

—Todo circunstancial —dijo al fin.

—Casi todo lo humano lo es.

—No puede probar que maté a Gaspard.

—Todavía no.

—Entonces no tiene nada.

—Tengo una dirección.

—¿Y si la dirección la puso otro? —Adrien se acercó a los cristales—. Eso es lo hermoso de esta casa, monsieur Delacroix. Todos creen que saben hacia dónde se inclina. Pero a veces solo siguen una pendiente vieja.

—¿Está diciendo que alguien intenta culparlo?

—¿No es eso lo que usted decía de Yann hace un momento? ¿O la lógica solo sirve cuando salva al farero?

Delacroix aceptó el golpe. Era bueno.

Adrien no era tonto. Ni siquiera era torpe. La desesperación lo había vuelto menos elegante, pero no menos peligroso.

—Es posible —dijo Delacroix.

Adrien lo miró.

—¿Posible?

—Sí. Alguien pudo colocar la caja en su habitación. Alguien pudo dejar la llave junto al cadáver. Alguien pudo preparar la página falsa. Alguien pudo usar su bufanda.

—Exacto.

—Pero entonces queda una pregunta.

—¿Cuál?

—¿Por qué, si alguien lo estaba incriminando tan bien, decidió usted venir al faro a empeorar el trabajo?

Adrien no respondió.

El viento silbó entre los cristales.

La luz giró.

Abajo, las figuras seguían quietas.

—Recibí una nota —dijo Adrien.

—Naturalmente.

—La misma que Yann.

—¿Y decidió acudir sin decírselo a nadie?

—Quería saber quién estaba jugando con nosotros.

—Qué heroísmo tan reservado.

—Me habrían acusado si hablaba.

—Lo acusan más ahora.

Adrien apretó la llave en la mano.

—Encontré el paquete.

—Antes que Yann.

—Sí.

—¿Y por eso intentó golpearlo?

—No intenté golpearlo.

—La herramienta en el barro tiene una opinión distinta.

—Quería impedir que lo tocara.

—Con una barra.

—Yann es fuerte.

—También usted, cuando la mentira necesita musculatura.

Adrien se apartó del mecanismo y caminó hacia la puerta de la galería.

Delacroix no lo siguió.

—No abra esa puerta.

—¿Teme que salte?

—Temo que intente convertir un arresto inevitable en una escena memorable.

Adrien puso la mano sobre el pestillo.

—No me arrestará.

—Yo no.

—Nadie.

—Ah. ¿Esa es la confianza de un inocente o de un hombre que sabe demasiado de su madre?

La mano de Adrien se detuvo.

Delacroix dio un paso, solo uno.

—Éléonore lo vio salir. Quizá no todo. Quizá no el asesinato. Pero lo suficiente. Desde entonces ha intentado cubrir huecos, corregir horarios, prestarle perfume, guantes, silencios. El problema de una madre orgullosa es que protege incluso aquello que ya no respeta.

Adrien se volvió.

—No la mencione.

—¿Por amor?

—Por respeto.

—Qué palabra tan sorprendente aquí arriba.

—Mi madre no tiene nada que ver.

—No mató a Gaspard, probablemente.

El rostro de Adrien no se movió, pero sus ojos sí.

Delacroix lo vio.

—Pero sabe.

—No.

—Sabe que usted salió de su sala antes de la hora declarada. Sabe que volvió alterado. Sabe que tocó la caja de Gaspard. Sabe que el testamento lo destruía. Y sabe algo más. Algo que a usted le pesa casi tanto como las deudas.

—Cállese.

—Que Gaspard, el cobarde, el viejo enfermo, el hombre que usted despreciaba, estaba a punto de hacer públicamente lo que su propio padre nunca pudo hacer por usted.

Adrien dio un paso hacia él.

La luz le cruzó el rostro.

—Mi padre no entra en esto.

—Los padres siempre entran. Incluso muertos. Sobre todo muertos.

—Mi padre era un Kéravel.

—Y usted ha vivido intentando ser su heredero antes incluso de heredar la casa.

—No sabe nada.

—Sé que Éléonore dijo: “Tu padre habría sabido hacerlo mejor.”

Adrien se quedó helado.

Ahí estaba.

Una frase oída por Margot, quizá dicha en un momento de ira, quizá repetida muchas veces durante años. Tu padre habría sabido hacerlo mejor. No vender mejor. No mentir mejor. Hacerlo mejor.

Matar mejor.

Cubrir mejor.

Ser Kéravel mejor.

—¿Qué cree que significa eso? —preguntó Adrien.

—No lo sé todavía. Pero usted sí.

El viento golpeó con fuerza. La linterna tembló apenas. Los cristales vibraron.

Adrien cerró los ojos un momento.

Cuando los abrió, algo había cambiado. La rabia seguía allí, pero más honda. Más vieja. Ya no era solo la rabia de un sobrino sin herencia. Era la rabia de un hijo educado para sostener una estatua familiar que por dentro estaba hueca.

—Gaspard iba a destruirlo todo —dijo.

No fue una confesión.

Todavía no.

Pero fue la primera frase sin máscara.

Delacroix no habló.

Adrien siguió, quizá porque el silencio le ofrecía menos resistencia que una pregunta.

—Iba a sentarnos a todos en el salón, como un patriarca de opereta, y decirnos que el farero era su hijo.

Que la criada había sido su amante. Que la casa no se vendía.

Que yo recibiría una compensación “limitada”, vigilada, humillante, como si fuera un niño al que se le da dinero para dulces después de quitarle el apellido.

Iba a convertirnos a todos en notas al pie de su arrepentimiento.

—Y usted no podía permitirlo.

Adrien lo miró.

—No.

La palabra cayó limpia.

Demasiado limpia.

—¿No podía permitir la pérdida de la casa? —preguntó Delacroix—. ¿O la pérdida del relato?

Adrien rio sin alegría.

—Qué afición tiene a esa palabra.

—Porque parece importarle más que las piedras.

—Las piedras no importan. La casa tampoco. ¿Cree que no lo sé? Está podrida. Inclinada. Llena de humedad. Es un mausoleo con goteras. Pero era nuestro mausoleo.

—Y Gaspard iba a abrir la tumba delante de todos.

—Gaspard iba a convertir su pecado en virtud. Eso es lo que los cobardes hacen al final: llaman justicia a la necesidad de morir menos sucios.

Delacroix dio otro paso.

—¿Lo mató antes o después de que apareciera en el pasillo?

Adrien sonrió.

La máscara intentó regresar.

Llegó tarde.

—Ahí está —dijo—. La pregunta.

—Sí.

—Qué pena no poder satisfacerlo.

—No hace falta. Ya ha satisfecho bastante.

Adrien miró hacia la puerta.

Delacroix vio el movimiento del hombro antes de que ocurriera. No fue hacia la galería, sino hacia el mecanismo. Adrien intentó agarrar una herramienta larga apoyada junto a la estructura metálica.

Delacroix se movió primero.

No con fuerza.

Con precisión.

Le golpeó la muñeca con el bastón. La herramienta cayó. Adrien se abalanzó sobre él y ambos chocaron contra la barandilla interior de la linterna. La luz giró sobre sus rostros. Durante un segundo, Delacroix olió sal, aceite, lana mojada y violetas.

Adrien era fuerte. Más fuerte de lo que su elegancia sugería. Lo empujó hacia la escalera, quizá para hacerlo caer, quizá solo para apartarlo. Delacroix cedió un paso en lugar de resistirlo, giró el bastón entre ambos y le bloqueó el brazo contra la estructura.

Adrien soltó un gemido de rabia.

—¡No sabe nada!

—Sé caer bastante bien —dijo Delacroix, respirando con dificultad—. Es una ventaja en lugares altos.

Adrien intentó golpearlo con la otra mano. Delacroix lo esquivó a medias, recibió el impacto en el hombro y respondió con el extremo del bastón en las costillas. No fue un golpe elegante. Fue útil. Adrien perdió aire y retrocedió.

La trampilla se abrió de golpe.

Yann apareció desde abajo.

—¡Delacroix!

—Le dije que se quedara fuera.

—Sí. Se le da mal elegir órdenes obedecibles.

Noël apareció detrás, jadeando.

—Yo intenté detenerlo con argumentos y madera. Fracasé en ambos campos.

Adrien miró a Yann.

El farero miró a Adrien.

Durante un instante, Delacroix tuvo la certeza de que todo podía terminar de la forma más simple y más triste: dos hombres arrojándose uno contra otro mientras el verdadero relato se rompía en el suelo.

—Yann —dijo.

El farero no apartó los ojos de Adrien.

—No lo haga —añadió Delacroix.

Adrien sonrió con esfuerzo, doblado aún por el golpe en las costillas.

—Vamos. Hazlo. Dale a la casa el final que espera de ti.

Yann avanzó un paso.

Colette gritó desde la escalera inferior:

—¡Yann!

Su voz subió por el hueco del faro como una mano desesperada.

Yann se detuvo.

Adrien perdió la sonrisa.

Ese fue, quizá, el primer momento en que Delacroix sintió que la trampa había fracasado de verdad.

Yann no golpeó.

No se lanzó.

No obedeció el papel escrito para él.

Se quedó quieto.

—No —dijo.

Adrien lo miró con odio.

—Cobarde.

—No —repitió Yann—. Hijo.

La palabra fue brutal en su sencillez.

Adrien apartó la mirada.

Delacroix respiró hondo.

—Monsieur Kéravel, baje.

—No.

—Bajará usted por la escalera o bajará escoltado por un farero que acaba de demostrar más dominio que usted en toda su vida. Le recomiendo la primera opción por orgullo y por huesos.

Noël levantó el palo.

—Yo también recomiendo cosas, aunque con menos estilo.

Adrien miró a los tres.

Por un segundo pareció buscar otra salida. La galería. La herramienta. El mecanismo. La caída. La frase final. La muerte con buena iluminación.

Luego el cansancio le llegó de golpe.

No el arrepentimiento.

No todavía.

Solo el cansancio de haber perdido el control de la escena.

—Gaspard no merecía ganar —dijo.

Delacroix lo miró.

—Nadie gana cuando hay que levantar un cadáver al amanecer.

Adrien soltó una risa rota.

—Usted habla como si esto fuera moral.

—No. Hablo como si fuera inevitable.

Bajaron.

Adrien primero, con Noël detrás y Yann cerrando el paso. Delacroix fue el último en abandonar la sala de la linterna. Antes de hacerlo, miró el mecanismo una vez más.

La luz seguía girando.

En el suelo, junto a la estructura, vio algo que antes había pasado por alto: una pequeña tira de tela gris clara, atrapada entre dos engranajes secundarios, impregnada de aceite. La tomó con cuidado.

La bufanda.

La misma lana.

El mismo color.

No solo había estado en el paquete del sendero.

Había estado en el mecanismo.

Delacroix guardó el fragmento.

Abajo, al abrir la puerta del faro, los recibió el viento.

Todos estaban allí.

Colette fue hacia Yann, pero se detuvo antes de tocarlo. Él, esta vez, sí la dejó acercarse. No se abrazaron. Solo quedaron muy cerca, que en ciertas familias recién nacidas era casi demasiado.

Mireille miró a Adrien con una tristeza sin defensa.

Éléonore había llegado al sendero. Estaba inmóvil, la lámpara en una mano, el rostro perfecto incluso bajo la lluvia. Al ver a su hijo, no preguntó si estaba bien. No preguntó qué había ocurrido.

Solo dijo:

—Adrien.

Él no la miró.

Delacroix descendió el último escalón y mostró el fragmento de tela gris.

—Creo que ya podemos volver a la casa.

Adrien levantó la vista.

—¿Para qué?

Delacroix miró primero el faro, luego La Casa Torcida, luego a todos ellos.

—Para terminar de explicar una muerte que empezó mucho antes de esta noche.

La luz giró sobre sus rostros.

Adrien sonrió débilmente, con el labio roto y la elegancia en ruinas.

—No podrá probarlo todo.

Delacroix guardó el fragmento de tela en el pañuelo.

—No, monsieur Kéravel. Todo, no.

Luego lo miró con una cortesía afilada.

—Pero lo suficiente suele ser una cantidad muy desagradable.