Capítulo 18 — El hombre en la luz
El faro volvió a girar como si no hubiera ocurrido nada.
Esa fue, quizá, la mayor obscenidad de la noche.
La luz siguió recorriendo el mar, la niebla, las rocas, el sendero y los cristales lejanos de La Casa Torcida con una puntualidad casi moral, como si la torre no acabara de tragarse a un hombre que había intentado golpear a otro en mitad de una trampa preparada con más cálculo que valor.
El mecanismo funcionaba. La linterna cumplía su deber.
El mundo, pensó Delacroix, tenía a veces una capacidad insultante para seguir adelante después de que los hombres revelaran su verdadera forma.
Adrien Kéravel se había encerrado dentro.
Yann Le Guen respiraba con violencia junto a la puerta inferior, los puños cerrados, la mandíbula tan tensa que parecía a punto de romperse.
—Deme la llave —dijo.
Delacroix no se movió.
—No.
—Está ahí dentro.
—Lo sé.
—Ha intentado matarme.
—O hacer que usted lo matara a él. No conviene ayudarle a elegir.
Yann dio un golpe contra la puerta con la palma abierta.
—¡Adrien!
La madera gruesa devolvió el sonido con un eco sordo.
Noël Prigent, empapado y con el palo todavía en la mano, miró hacia la casa.
—Vendrán todos.
—Eso espero —dijo Delacroix.
—¿Lo espera?
—Un asesino sorprendido necesita público para volver a mentir. Prefiero saber quién desea escucharlo.
Yann se volvió hacia él.
—Yo entro.
—No.
—No me va a dejar aquí como un perro mientras ese miserable…
—Le voy a dejar aquí como un hombre que acaba de ser utilizado y no va a permitir que lo usen dos veces en cinco minutos.
La frase lo detuvo.
No lo calmó.
Pero lo detuvo.
Desde La Casa Torcida empezaron a verse luces moviéndose detrás de algunas ventanas.
La puerta de servicio del ala oeste se abrió.
Primero apareció Margot Dufresne, con una lámpara en una mano y el chal oscuro pegado al cuerpo por la lluvia.
Detrás de ella venían Colette, Mireille y el doctor Vautrin.
Éléonore no estaba todavía. O no se veía.
La casa, incluso en la urgencia, parecía seguir decidiendo qué rostros entregaba primero.
—¡Yann! —gritó Colette desde lejos.
El farero cerró los ojos, como si la voz de su madre fuera una cuerda atada al pecho.
—Estoy bien —respondió.
No sonó bien.
Pero estaba vivo, y en aquella casa eso ya empezaba a ser una forma de victoria.
Delacroix recogió la herramienta metálica que Adrien había dejado caer. Era una barra corta, pesada, manchada de grasa del faro. Podía romper un cráneo. Podía también dejar a un hombre inconsciente con la fuerza justa. La guardó envuelta en un pañuelo.
Después tomó el paquete abierto. La bufanda gris clara estaba manchada de barro y de una sombra oscura que probablemente no era solo barro. La página falsificada llevaba varias líneas escritas con imitación torpe de la letra de Gaspard.
No la leyó entera.
No todavía.
En ciertos momentos, leer demasiado es una forma de dejar que el asesino decida el orden de la verdad.
—Noël —dijo—, quédese con Yann.
—¿Y si el señor Yann decide convertirse en tormenta?
—Entonces recuérdele que usted lleva un palo y muchas frustraciones acumuladas.
Noël miró a Yann.
—Con cariño, muchacho.
Yann no sonrió.
Delacroix sacó del bolsillo la llave del faro que Yann le había entregado aquella mañana. La sostuvo un momento bajo la luz giratoria.
—Él ha entrado con otra llave —dijo el farero.
—Sí.
—¿Cuántas llaves hay?
—Demasiadas para una puerta que todos fingían respetar.
Introdujo la llave en la cerradura.
Abrió.
El interior del faro los recibió con olor a piedra húmeda, aceite y metal caliente.
La escalera de caracol subía hacia la luz con una estrechez vertical que parecía diseñada para que los hombres se arrepintieran de sus decisiones a mitad de camino.
Delacroix entró solo y cerró la puerta detrás de sí.
Yann golpeó desde fuera.
—¡Delacroix!
—Quédese ahí.
—¡No!
—Es una orden sensata. No la arruine solo porque venga de mí.
No esperó respuesta.
Empezó a subir.
La escalera resonaba bajo sus pasos. Cada peldaño devolvía un eco metálico que ascendía y descendía por la torre, multiplicado por la piedra.
Arriba, el mecanismo de la linterna seguía girando.
Arrastre. Pausa. Arrastre. Pausa. Una respiración artificial.
Una luz obediente al servicio de demasiadas mentiras.
Delacroix no tenía prisa.
Adrien sí.
Esa era la diferencia que debía conservar.
Al llegar a la sala intermedia, encontró la puerta abierta.
La lámpara de la mesa estaba encendida. El cuaderno de registros seguía donde Yann lo había dejado.
Varias herramientas estaban desordenadas, como si alguien hubiera buscado algo con rapidez o hubiera fingido buscarlo con la esperanza de parecer útil si lo encontraban allí.
Sobre la mesa había un guante oscuro.
Uno solo.
Delacroix lo observó sin tocarlo.
Olía apenas a violetas.
Sonrió con tristeza.
—Qué insistencia —murmuró.
Arriba se oyó un golpe.
No fuerte. Un objeto desplazado. Un hombre moviéndose mal en un espacio pequeño.
Delacroix siguió subiendo.
—Adrien —dijo, sin elevar demasiado la voz—. Le recomiendo no acercarse a la galería exterior. Sería una salida demasiado vulgar para alguien con su sentido del teatro.
La respuesta llegó desde arriba, deformada por la escalera.
—Siempre habla como si tuviera público.
—En este momento me conformo con tener sospechosos.
—Entonces suba. Así podrá añadir heroísmo a su lista de defectos.
Delacroix subió los últimos peldaños y abrió la trampilla de la sala de la linterna.
Adrien estaba junto al mecanismo.
Tenía el abrigo mojado, el cabello revuelto y el rostro pálido.
La luz giratoria lo cruzaba a intervalos, cortándole la cara en fragmentos blancos y sombras duras.
En una mano sostenía una llave. En la otra, nada.
Eso no lo volvía menos peligroso. Los hombres acorralados suelen encontrar armas incluso en sus propias frases.
La puerta de la galería exterior estaba cerrada, pero no con pestillo.
Delacroix lo vio.
Adrien vio que lo veía.
—No se preocupe —dijo—. No pienso saltar. Me parece un gesto demasiado melodramático y bastante húmedo.
—Me tranquiliza. La muerte de Gaspard ya ha sufrido suficiente mal gusto vertical.
Adrien soltó una risa breve.
—¿Viene a detenerme?
—No soy policía.
—Qué lástima. Habría sido una imagen preciosa. El gran Delacroix arrestando al heredero degenerado en lo alto del faro, con la luz girando y el mar debajo. Margot Dufresne escribiría una novela insoportable.
—Probablemente. Pero le pondría mejores diálogos que usted a sus notas falsas.
La sonrisa de Adrien se tensó.
—No sé de qué habla.
—Eso empieza a ser una de sus frases menos convincentes.
Delacroix se situó lejos de la puerta exterior y también lejos del mecanismo.
No quería quedar entre Adrien y la salida.
Tampoco quería que Adrien sintiera que la única salida era atravesarlo.
El espacio era pequeño; la luz, inquietante; el viento silbaba entre los cristales.
Una conversación allí podía convertirse en forcejeo con solo respirar mal.
—La nota para Yann —dijo—. La página falsificada. La llave plantada junto al cadáver. El mensaje a Artaud. Todas tienen el mismo defecto.
—¿Cuál?
—Quieren parecer más inteligentes que quien las escribió.
Adrien se inclinó contra la estructura metálica de la linterna.
—Está desesperado por que sea yo.
—No. Pero usted se ha esforzado con una generosidad admirable.
—Me atacaron también. ¿Lo ha olvidado?
—Yann le golpeó porque usted lo provocó con precisión quirúrgica.
—Me rompió el labio.
—Y usted intentó romperle la vida.
Adrien miró hacia abajo, hacia el hueco de la escalera.
—Dramático.
—No tanto como citar a un hombre en el faro con la promesa de contarle qué dijo su padre antes de morir.
La palabra padre hizo algo en Adrien.
No lo quebró.
Lo tensó.
La luz giró sobre su rostro y mostró una rabia que aún no había encontrado una máscara adecuada.
—Gaspard no era su padre.
—Biológicamente, parece que sí.
—No me refiero a esa vulgaridad.
—La biología suele parecer vulgar a las familias que viven de los retratos.
Adrien dio un paso.
—Gaspard no fue padre de nadie. Ni de Yann, ni de Mireille, ni mío. Era un viejo cobarde que confundió el remordimiento con la grandeza.
—Y aun así le importaba lo suficiente para matarlo.
—No lo maté.
Delacroix no respondió enseguida.
Miró el mecanismo.
La pieza del regulador que había encontrado suelta por la mañana seguía ausente.
La linterna giraba, pero de una forma apenas irregular.
Yann tendría trabajo después. Si después seguía habiendo un mundo ordenado donde los fareros reparaban faros y los asesinos iban a juicio, cosa que en ese momento no estaba garantizada.
—Usted manipuló la luz —dijo.
—No.
—Conocía el faro desde niño.
—También Mireille.
—Mireille no tenía deudas que la empujaran a vender la casa.
—Mi hermana no tiene valor ni para odiar correctamente.
—Eso, en su boca, casi parece un elogio.
Adrien miró hacia los cristales.
Abajo, en el sendero, se distinguían varias figuras. Yann, Noël, Colette, Vautrin, Margot. Más lejos, la luz de una lámpara se movía desde la casa. Éléonore al fin, quizá. O alguien que quería parecerlo.
—Mire allí abajo —dijo Adrien—. Todos esperando una explicación. Qué hambre tan fea tiene la gente cuando huele sangre ajena.
—Suele ser menos fea que cuando huele dinero propio.
Adrien rio.
—Ahí está. El dinero. Siempre acaba en eso con hombres como usted.
—Con hombres como usted, sí.
La sonrisa murió.
—No sabe nada de mi dinero.