Muerte en el faro (Los misterios de Armand Delacroix 13) Capítulo 17 — Antes de que mate otra vez #2
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Capítulo 17 — Antes de que mate otra vez #2

El notario dormía con la boca entreabierta y la frente vendada. Vautrin estaba sentado a su lado, fumando junto a la ventana abierta con expresión de delito menor.

—Le hace mal al paciente —dijo Delacroix.

—El paciente ha pasado años con testamentos. Esto es casi aire puro.

Mireille estaba junto al diván, leyendo en silencio la hoja que Artaud había escrito. Cuando Delacroix entró, la dobló con cuidado.

—No ha dicho nada más —dijo.

—¿Ni una palabra?

—Solo pidió agua. Y luego preguntó si Adrien estaba en la habitación.

—¿Con miedo?

—Sí.

Vautrin apagó el cigarrillo en un platillo.

—Eso no lo convierte en culpable.

—No. Pero convierte a Artaud en un hombre con instinto de conservación.

—Eso sí.

Delacroix miró a Mireille.

—¿Su madre habló con usted?

—No.

—¿Adrien?

—Tampoco.

—¿Los vio?

—Adrien estuvo un rato con ella en el salón. Usted dijo que no hablaran a solas.

—Y eso fue exactamente lo que los volvió creativos.

—No estaban solos. Margot estaba en la ventana.

Delacroix sonrió apenas.

—Madame Dufresne tiene talento para incomodar espacios.

Al salir, encontró a Margot en el pasillo principal, apoyada junto a la ventana desde la que había visto la falsa sombra. Llevaba una libreta en la mano, pero no escribía.

—Adrien y Éléonore hablaron —dijo antes de que él preguntara.

—¿Qué oyó?

—Poco. Él le dijo que todo se estaba desordenando. Ella respondió que entonces dejara de mover piezas.

—Interesante.

—Después él dijo: “Ya no queda nada quieto.” Y ella: “Tu padre habría sabido hacerlo mejor.”

Delacroix levantó la mirada.

—¿Su padre?

—Eso dijo.

—¿El padre de Adrien?

—Supongo. El hermano de Gaspard.

Delacroix guardó el dato. La familia no era solo Gaspard. Había otro padre en esa casa: el ausente, el muerto, el hermano menor que había dejado a Éléonore viuda y a Adrien heredero de una idea tal vez más cruel que una propiedad.

—¿Algo más?

—Adrien olía a violetas.

Delacroix se quedó quieto.

Margot sonrió sin alegría.

—Pensé que le interesaría. No demasiado. Apenas. Como si hubiera estado cerca de alguien que usa ese perfume.

—Su madre.

—O su pañuelo.

—¿Lo vio con pañuelo?

—Sí. Lo llevaba en la mano cuando salió. Blanco. Con iniciales negras.

—¿De él?

—No lo sé.

Delacroix miró hacia el salón. La puerta estaba entornada. Dentro, Éléonore estaba sentada sola, inmóvil, con las manos en el regazo. Parecía una estatua encargada por una familia que ya no podía pagar escultores.

—Gracias —dijo.

—No suene tan sorprendido cada vez que soy útil.

—Intentaré fingir costumbre.

La tarde se apagó poco a poco.

No hubo puesta de sol. Solo una disminución gradual de la luz, como si el cielo se cansara de sostener el color gris y decidiera entregarlo al negro.

A las seis, el faro recuperó autoridad. Su luz empezó a cortar la niebla con más fuerza.

Cada vuelta tocaba los cristales de La Casa Torcida, entraba por ventanas, cruzaba pasillos, se rompía en espejos y se deslizaba por los suelos inclinados. Era imposible ignorarlo.

Antes de que anochezca.

El plazo de la nota se acercaba.

Delacroix reunió a los necesarios en la cocina: Yann, Noël y Margot. Colette quiso entrar. Él la detuvo en la puerta.

—No.

—No me pida que espere sentada.

—No se lo pido. Le pido que espere viva.

La mujer apretó los labios.

—Si le ocurre algo…

—Si le ocurre algo será porque he fallado, y entonces tendrá derecho a odiarme con entusiasmo.

—No necesito permiso.

—Lo sé.

Yann se puso el impermeable.

Colette lo miró como si le estuviera viendo ponerse una mortaja.

—Volveré —dijo él.

—No prometas cosas al salir hacia un faro.

—Entonces espérame sin promesa.

Ella se acercó y, por un instante, pareció que iba a tocarle el rostro. No lo hizo. Quizá aún no sabía si tenía derecho. Yann, después de un segundo demasiado largo, tomó la mano de su madre y la apretó.

Solo eso.

Fue suficiente para que Colette cerrara los ojos.

Noël carraspeó, incómodo.

—Bueno. Si terminan de destrozarnos el corazón, quizá podamos ir a evitar otra muerte.

Delacroix le entregó una lámpara.

—Usted vendrá conmigo.

—Mi entusiasmo envejece a cada minuto.

—Eso lo vuelve más fiable.

Margot se envolvió en el chal.

—¿Y yo?

—Usted no irá al faro.

—Sabía que la confianza era pasajera.

—Usted se quedará en la ventana del ala oeste. Si ve una luz fija, abre la puerta de servicio y grita.

—¿Grito qué?

—Algo breve.

—¿“Asesino” sirve?

—Demasiado literario.

—¿“Fuego”?

—Demasiado eficaz; vendrán todos.

—¿Entonces?

Delacroix lo pensó.

—Diga mi nombre.

Margot lo miró.

—Eso es espantosamente vanidoso.

—Sí, pero funcionará.

El plan era sencillo porque no había tiempo para otra cosa.

Yann saldría por la puerta de servicio del ala oeste, visible para quien esperara que obedeciera la nota.

Delacroix y Noël lo seguirían desde cierta distancia, usando el tramo bajo del sendero y la cobertura de los pinos.

Margot vigilaría desde la ventana de la sala de costura.

Vautrin permanecería con Artaud y Mireille.

Colette, en teoría, se quedaría en la cocina.

Delacroix sabía que “en teoría” era una de las expresiones más optimistas del idioma.

Antes de salir, se acercó a Noël.

—¿Tiene algo pesado?

El criado abrió el abrigo y mostró un palo corto, robusto, de madera oscura.

—Lo usaba para espantar zorros del gallinero.

—¿Funcionaba?

—Con los zorros, sí. Con los Kéravel nunca lo probé.

—Procure empezar solo si es imprescindible.

—Siempre he querido saber qué entiende usted por imprescindible.

—Si alguien intenta matarnos.

—Ah. Por fin una instrucción clara.

Yann abrió la puerta de servicio.

El viento entró con olor a mar y barro.

La noche aún no era completa, pero estaba cerca.

El faro barría la niebla. Cada vuelta iluminaba el sendero durante un segundo y luego lo devolvía a una oscuridad húmeda.

Las piedras brillaban. Las ramas bajas se movían como manos indecisas.

Más allá, el mar golpeaba el acantilado con una violencia que parecía venir de muy abajo, de un lugar anterior a cualquier apellido.

Yann salió primero.

No miró atrás.

Delacroix esperó veinte segundos. Luego salió con Noël.

—Me gustaría constar —murmuró el criado— que esta es la peor caminata de mi semana.

—Ha encontrado un cadáver hoy.

—Por eso digo semana. Me reservo margen.

Avanzaron por el sendero inferior, agachados bajo los pinos. La lluvia fina se les pegaba al rostro. El barro cedía bajo las botas. Delacroix mantenía la vista en Yann, que caminaba por la senda principal, visible a ratos bajo la luz del faro. Parecía un hombre yendo hacia su propio juicio.

En la casa, una ventana se iluminó.

La sala de costura.

Margot estaba allí.

Delacroix continuó.

A mitad de camino, Yann se detuvo.

Había algo en el suelo.

Una caja pequeña.

No, no una caja. Un paquete envuelto en tela oscura, colocado junto a una roca, justo donde el sendero se estrechaba antes de subir hacia la puerta del faro.

Yann lo vio.

También Delacroix.

—No lo toque —murmuró, aunque sabía que no podía oírlo.

Yann se agachó.

Naturalmente.

—Maldita sea —susurró Noël.

Delacroix aceleró el paso.

Pero antes de que llegara, la luz del faro se detuvo.

No giró.

Quedó fija sobre Yann.

La figura del farero apareció recortada en mitad del sendero, agachada junto al paquete, iluminada como un culpable sobre un escenario.

Desde La Casa Torcida, cualquiera que mirara en ese momento vería una imagen perfecta: Yann Le Guen, solo, en el camino del faro, inclinado sobre algo oculto.

La luz permaneció fija.

Un segundo.

Dos.

Tres.

Demasiado.

Delacroix echó a correr.

—¡Yann!

El farero levantó la cabeza.

En ese instante, una sombra salió desde el lateral del faro.

No venía de la puerta principal, sino del pequeño cobertizo adosado a la base, casi invisible desde la casa. Llevaba abrigo oscuro y guantes. En la mano tenía algo metálico, quizá una barra, quizá una herramienta del faro.

Yann se incorporó de golpe.

La sombra avanzó hacia él.

Noël soltó una blasfemia y levantó el palo.

La luz seguía fija, brutal, teatral.

Delacroix llegó al sendero justo cuando el desconocido intentaba golpear a Yann. El farero esquivó el primer golpe por instinto y empujó al agresor contra la roca. La herramienta cayó al barro con un sonido opaco. Noël apareció por el otro lado y se interpuso con el palo alzado.

—¡Quieto ahí, por todos los santos mal pagados!

La sombra retrocedió.

El sombrero se le cayó.

La luz del faro seguía fija.

Adrien Kéravel levantó el rostro.

Durante un segundo no hubo máscara posible.

Ni elegancia, ni ironía, ni cansancio de heredero ofendido. Solo rabia. Rabia pura, desnuda, humillada por haber sido sorprendida haciendo algo manual.

Yann dio un paso hacia él.

—Tú.

Adrien miró a Delacroix. Luego a Noël. Luego hacia la casa. Calculó. Se le vio calcular.

Delacroix avanzó.

—Monsieur Kéravel, le recomiendo que elija una inmovilidad digna.

Adrien sonrió.

No con encanto.

Con dientes.

—Siempre tan seguro de llegar a tiempo.

Entonces echó a correr hacia la puerta del faro.

Yann se lanzó tras él, pero Delacroix lo sujetó del brazo.

—No.

—¡Suéltame!

—No le dé otra escena.

Adrien llegó a la puerta, la abrió con una llave que llevaba en la mano y entró. El golpe de la madera al cerrarse sonó incluso por encima del mar.

Un segundo después, la linterna del faro volvió a girar.

La luz abandonó el sendero y cortó la niebla, como si nada hubiera pasado.

Desde la ventana de la sala de costura, llegó un grito.

—¡Delacroix!

Margot había visto lo suficiente.

Noël respiraba con dificultad.

—Bueno —dijo—. Creo que ya podemos descartar que el señor Adrien haya salido a pasear por salud.

Yann seguía mirando la puerta del faro.

El paquete envuelto en tela oscura yacía a sus pies. Delacroix se agachó y lo abrió con cuidado.

Dentro había una bufanda gris clara, manchada de barro y algo más oscuro, y una página doblada con la letra falsificada de Gaspard.

La página cambiada.

La que debía hacer creer que Gaspard había traicionado a Yann en favor de Adrien.

Delacroix la guardó sin leerla entera.

No hacía falta todavía.

Arriba, en el faro, la luz siguió girando.

Adrien Kéravel acababa de encerrarse en la torre.

La casa, el mar y la noche entera parecieron contener la respiración.

Y Delacroix comprendió que el asesino, por primera vez desde el principio, ya no estaba construyendo una mentira.

Estaba huyendo de ella.