Muerte en el faro (Los misterios de Armand Delacroix 13) Capítulo 17 — Antes de que mate otra vez
84%

Capítulo 17 — Antes de que mate otra vez

La nota cambió el aire de la casa.

No de forma visible. La lluvia seguía cayendo con la misma paciencia sombría, el faro continuaba girando al otro lado de los cristales y La Casa Torcida mantenía su inclinación antigua hacia el risco, como si nada en el mundo pudiera sorprenderla ya.

Pero dentro, entre las paredes húmedas y los retratos severos, algo empezó a moverse con una urgencia distinta.

Hasta entonces, el asesino había trabajado hacia atrás.

Había dejado pistas, manipulado recuerdos, escondido documentos, falsificado sombras y convertido la muerte de Gaspard Kéravel en una especie de accidente conveniente.

Después había golpeado a Gabriel Artaud cuando el pasado amenazó con adquirir voz propia.

Pero la nota dirigida a Yann era otra cosa.

Ya no protegía una mentira antigua. Convocaba una nueva.

Y eso significaba que el asesino no había terminado.

Delacroix sostuvo el papel junto a la ventana del salón, dejando que la poca luz de la tarde atravesara la fibra húmeda. La tinta negra había corrido apenas en el borde inferior, pero la frase seguía intacta, indecentemente clara.

Yann Le Guen. Antes de que anochezca. En el faro. Solo. Si quiere saber qué dijo Gaspard antes de morir.

Yann estaba a unos pasos de él, rígido como una puerta atrancada.

Colette permanecía a su lado, aunque no lo tocaba.

Mireille miraba la nota como si fuera una enfermedad.

Éléonore se había sentado en una butaca, demasiado erguida.

Adrien, junto a la chimenea apagada, conservaba esa expresión suya de hombre cansado de los demás, aunque la fatiga ya no lograba ocultar del todo la tensión.

Margot Dufresne observaba desde la ventana, silenciosa.

Noël Prigent fingía ordenar unas tazas que nadie había pedido.

El doctor Vautrin no estaba. Seguía con Artaud.

—Es una trampa —dijo Colette.

No lo dijo como opinión. Lo dijo como una madre que acababa de ver una puerta abierta en mitad del invierno.

—Sí —respondió Delacroix.

Yann miró hacia él.

—¿Y si no lo es?

—Entonces será la primera nota anónima honrada de la historia del crimen, y me disculparé con la papelería.

—No me hace gracia.

—Me preocuparía mucho que lo hiciera.

Adrien soltó una respiración breve.

—Quizá alguien quiera decirle algo que no se atreve a decir delante de todos.

Delacroix no apartó la vista de la nota.

—Qué generosa hipótesis.

—No todo es una conspiración.

—Tiene razón. A veces basta con un asesino y una casa llena de colaboradores involuntarios.

Adrien sonrió.

—¿También soy colaborador involuntario?

—No sé todavía si concederle lo de involuntario.

Mireille dio un paso hacia Yann.

—No puedes ir.

Yann la miró con cierta sorpresa. No hostilidad. Sorpresa. Como si no esperara preocupación de una Kéravel y, al recibirla, no supiera dónde colocarla.

—No te corresponde impedírmelo.

—No intento impedírtelo por derecho. Lo intento por sentido común.

—El sentido común llegó tarde a esta casa.

—Precisamente por eso debería empezar a servir para algo.

Colette cerró los ojos. La frase de Mireille le había dolido y aliviado al mismo tiempo.

Yann volvió hacia Delacroix.

—Si alguien sabe qué dijo Gaspard antes de morir, necesito saberlo.

—No.

—No era una pregunta.

—Mi respuesta tampoco.

El farero avanzó un paso. Era más alto que Delacroix, más fuerte, más joven. Ninguna de esas tres cosas parecía importarle demasiado al detective.

—No puede retenerme.

—No. Pero puedo explicarle qué ocurrirá si va.

—Explíquelo.

—Llegará al faro. Encontrará algo que parezca una revelación.

Una carta falsa, quizá. Una prenda, una llave, un papel cambiado.

Mientras lo examina, alguien lo verá allí o dejará constancia de que estuvo.

Luego aparecerá otra prueba contra usted.

O tal vez una persona muerta. Quizá el asesino ni siquiera necesite matarlo.

Basta con encerrarlo en la escena correcta durante el tiempo equivocado.

Yann apretó la mandíbula.

—¿Y si lo que encuentro es verdad?

—La verdad no cita a los hombres solos en un faro después de un asesinato. Esa es una costumbre de las mentiras ambiciosas.

Adrien se separó de la chimenea.

—O quizá tiene miedo de que Yann descubra algo antes que usted.

Delacroix lo miró.

—Monsieur Kéravel, si alguna vez me interesa su ayuda, procuraré formular una pregunta para que pueda reconocer el momento.

—Siempre tan cortés.

—No siempre. Estoy cansado.

Éléonore habló desde la butaca.

—¿Qué propone, entonces? ¿Que esperemos aquí mientras el asesino, si existe, decide el siguiente movimiento?

—No, madame. Propongo que dejemos de obedecerlo con tanta puntualidad.

—¿Y cómo se desobedece una nota?

—Haciendo exactamente lo contrario de lo que pide.

Margot se apartó de la ventana.

—Pide que Yann vaya solo.

—Entonces no irá solo.

Yann levantó la cabeza.

—Iré.

Colette se volvió hacia Delacroix.

—No.

—Sí —dijo él.

La palabra cayó con más peso que la negativa anterior. Todos lo miraron.

—Pero no ahora —añadió Delacroix—. No cuando la nota lo exige. No de la forma que la nota exige. Y no sin que la casa crea otra cosa.

Noël dejó de fingir con las tazas.

—Eso suena a plan. Los planes en esta casa suelen acabar mal.

—Solo los de la familia, monsieur Prigent. Deme oportunidad de aportar variedad.

Adrien entrecerró los ojos.

—¿Qué pretende?

—Lo sabrá cuando convenga.

—¿No confía en nosotros?

Delacroix dobló la nota con mucho cuidado.

—Monsieur Kéravel, en este momento no confiaría en esta casa ni para sujetar un paraguas.

Mireille miró hacia su hermano. Él no le devolvió la mirada.

Delacroix se dirigió a Noël.

—Necesito que prepare dos lámparas, una cuerda y un abrigo oscuro que no sea de Yann.

—Me tranquiliza que el día haya decidido especializarse en abrigos.

—También necesito que la puerta de servicio del ala oeste quede cerrada. De verdad.

Noël aceptó el golpe con dignidad.

—Esta vez la cerraré como si me estuviera mirando mi difunta madre.

—Convendría más que se imaginara a la policía.

—Mi madre daba bastante más miedo.

Delacroix se volvió hacia Margot.

—Madame Dufresne, usted se quedará en el pasillo de la ventana.

—¿Otra vez?

—La realidad insiste en aprovechar sus talentos.

—¿Debo mirar el faro?

—Debe mirar la casa.

La escritora sonrió apenas.

—Eso me gusta menos.

—Por eso será útil.

Luego miró a Mireille.

—Usted se quedará con Artaud y el doctor Vautrin. No lo deje solo.

—¿Por Gabriel o por mí?

—Por ambos. Y porque necesito a alguien que sepa escuchar cuando un hombre herido dice algo que tal vez no llegue a repetir.

Mireille asintió.

—¿Y mi madre?

Éléonore se adelantó antes de que Delacroix respondiera.

—Su madre no recibe órdenes.

—No —dijo él—. Pero puede recibir advertencias. No entre en el ala oeste. No se acerque a la habitación de Adrien. No hable con su hijo a solas.

Adrien soltó una risa baja.

—Ya ni siquiera intenta disimular.

—Nunca he considerado el disimulo una virtud cuando un asesino empieza a repartir invitaciones.

Éléonore se puso de pie.

—No acepto.

—No le he pedido aceptación.

—¿Y si decido no obedecer?

Delacroix la miró con esa calma seca que había incomodado a personas bastante menos orgullosas.

—Entonces sabré que desobedecer le parece más importante que mantenerse lejos de un crimen. Y se lo aseguro, madame, esa es una información muy valiosa.

Éléonore no respondió. Pero tampoco se movió.

Yann seguía mirando la nota doblada.

—¿Cuándo iremos? —preguntó.

—Cuando anochezca lo suficiente para que quien escribió esto crea que usted ha perdido la paciencia.

—No la he perdido.

—Está usted agarrándola con los dientes.

—Eso no es perderla.

—No. Pero se le parece peligrosamente.

Colette respiró hondo.

—Yo voy con él.

—No.

—Monsieur Delacroix…

—No. Usted se queda aquí.

—Es mi hijo.

La frase salió por fin con toda su forma.

No hijo oculto. No hijo no reconocido. No secreto de la casa. Hijo.

Yann cerró los ojos un instante.

Delacroix bajó la voz.

—Precisamente por eso. Si el asesino quiere atraerlo a él, usted será la segunda cuerda del lazo. No voy a entregarle dos nudos.

Colette quiso discutir, pero no encontró por dónde.

Adrien habló con suavidad venenosa:

—Qué conmovedor. De pronto todos tenemos familia.

Yann dio un paso, pero esta vez se detuvo solo.

No por calma.

Por memoria.

Delacroix lo vio y asintió apenas.

—Muy bien —dijo—. Empezamos a mejorar.

El tiempo hasta el anochecer fue una forma de tortura doméstica.

La Casa Torcida no sabía esperar sin sonar culpable.

Cada puerta parecía cerrarse con intención.

Cada paso en el piso superior obligaba a alguien a levantar la cabeza.

Cada golpe del viento contra una contraventana hacía que Colette mirara hacia Yann.

El farero permaneció en la cocina durante casi una hora, sentado frente a una taza intacta, mientras Noël entraba y salía bajo el pretexto de buscar cosas que ya había encontrado.

Colette no se separó mucho de la puerta.

No lo vigilaba exactamente. Lo sostenía desde lejos, que era la única forma de sostener a un hombre que acababa de descubrir que toda su vida había sido un cuarto cerrado sin llave visible.

Delacroix subió a revisar la habitación de Adrien de nuevo.

La caja de Gaspard seguía en su poder. Las botas estaban guardadas en un armario aparte, bajo llave, con una etiqueta que Noël había escrito con letra torpe: No tocar, ni siquiera si el señorito se ofende. Delacroix consideró que era una fórmula jurídica bastante razonable.

En el escritorio de Adrien no encontró la bufanda gris.

Tampoco los guantes que Mireille había mencionado.

Sí encontró, en cambio, una marca leve en el cajón inferior, como si alguien lo hubiera limpiado de prisa.

La tinta negra del papel en blanco seguía allí, discreta. No bastaba. Nada bastaba todavía.

Después fue a ver a Artaud.