Capítulo 16 — Una casa llena de padres #2
—Yann —dijo Colette—, yo intenté protegerte.
—No.
La palabra salió seca.
—Sí.
—No. Me protegiste de una verdad que todos olían. Eso no es proteger. Es dejar que el niño sea el último en entender por qué lo miran raro.
Colette se llevó una mano a la mesa.
—Era joven.
—Yo también.
—Estaba sola.
—Yo también.
La cocina, el comedor pequeño, la casa entera parecieron callar ante esa repetición.
Delacroix bajó la vista.
En la libreta de Gaspard había otra frase, casi oculta bajo la última página:
No fui su padre. Fui el hombre que lo hizo necesario.
Qué miserablemente bien escrito, pensó. Gaspard había tenido talento incluso para redactar su cobardía.
Yann vio la línea.
La leyó.
No dijo nada durante un momento.
Luego tomó la libreta y la cerró con cuidado.
—No quiero nada.
Colette levantó la vista.
—No lo digas ahora.
—Lo digo ahora porque si espero alguien me explicará que debo pensarlo, que es importante, que el faro, que la casa, que el apellido… —Miró a Delacroix—. No quiero nada de Gaspard.
Delacroix sostuvo su mirada.
—Quizá Gaspard no sea ya quien decide qué significa lo que dejó.
—Yo sí.
—En parte.
—En todo.
—No. Y esa es una de las crueldades de las herencias. Uno puede rechazar dinero, casas, objetos. Pero no siempre puede rechazar el motivo por el que otros matan.
Yann no respondió.
La frase lo alcanzó. No como consuelo. Como recordatorio.
—Adrien lo mató —dijo al fin.
Colette respiró hondo.
—Yann…
—Lo mató porque no soportaba esto.
—No sabemos eso —dijo Delacroix.
—Usted lo sabe.
—Sé que Adrien tenía motivo. Sé que mintió sobre su coartada. Sé que conocía la casa. Sé que preguntó por la caja. Sé que alguien está intentando colocarlo a usted en el centro de la escena. Y sé que Adrien, por carácter, por deuda y por miedo, encaja de manera muy incómoda en demasiados huecos.
—Entonces lo sabe.
—No. Sospechar con abundancia no es saber. Es solo una forma educada de acercarse.
Yann golpeó la mesa con la palma.
No demasiado fuerte.
Lo suficiente para que la fotografía temblara.
—Mientras usted se acerca educadamente, él respira.
—Y usted también. No olvide esa ventaja.
—No me hable como si fuera a hacer una estupidez.
—Entonces no me dé tantas facilidades.
Yann lo miró con una furia cansada.
—Usted no entiende lo que es tener delante a un hombre que lleva toda la vida escupiéndole a uno sin mancharse la boca.
—Entiendo más de lo que cree.
—No.
—No lo suficiente, quizá. Pero entiendo que Adrien quiere que usted se convierta en lo que él necesita.
Un hombre furioso. Un hijo humillado. Un farero que pierde el control.
Cada golpe que dé, cada amenaza que pronuncie, cada salida al faro sin testigos, lo acercará a la historia que alguien está escribiendo para usted.
Yann apartó la mirada.
Colette habló entonces, muy bajo:
—Escúchalo.
Él rio sin ganas.
—Ahora sí.
—Sí —dijo ella—. Ahora sí. Porque ya he callado bastante mal.
La frase detuvo algo en Yann.
No lo suavizó por completo. Pero lo obligó a mirarla.
Delacroix aprovechó ese segundo.
—¿Gaspard le dio algo en los últimos días?
—No.
—¿Ninguna carta? ¿Ningún objeto? ¿Ninguna llave?
—No.
—¿Le pidió que acudiera a algún lugar?
—Al faro. Anteayer.
—Aparte de eso.
—No.
—¿Recibió alguna nota esta mañana?
Yann frunció el ceño.
—No.
—Si la recibe, me la trae.
—¿Por qué iba a recibir una nota?
—Porque el asesino ya ha usado llaves, sombras, páginas y mensajes falsos. Sería descortés que abandonara ahora la correspondencia.
Noël, desde la puerta, murmuró:
—La descortesía criminal está muy sobrevalorada.
Delacroix cerró la caja.
—Guardaremos esto lejos de la habitación de Adrien.
Yann levantó la vista.
—¿Dónde?
—Conmigo.
—¿Y debo confiar en usted?
—No especialmente. Pero soy el único que no intenta heredar nada.
La respuesta pareció aceptable por falta de alternativas.
Colette recogió la fotografía. Dudó antes de dársela a Yann. Él no la tomó.
—No —dijo.
Colette cerró los dedos sobre la imagen.
—La guardaré.
—Eso se te da bien.
El golpe fue cruel. Esta vez sí. Y Yann se arrepintió apenas lo dijo, pero no pidió perdón. Algunos dolores prefieren sangrar antes que disculparse.
Delacroix tomó la caja y salió del comedor pequeño.
En el pasillo encontró a Mireille.
No había ido lejos. Estaba junto a la ventana del patio, con los ojos húmedos. Al verlo, se enderezó.
—Perdón. No quería escuchar.
—En esta casa nadie quiere. Empiezo a pensar que es una enfermedad estructural.
Ella miró la caja.
—¿Era verdad?
—Sí.
—Yann es hijo de tío Gaspard.
—Sí.
Mireille cerró los ojos.
—Entonces Adrien…
—Adrien sospechaba.
—Mi madre también.
—Sí.
—Y yo era la única idiota.
—No. Era la única a la que todavía intentaban ahorrar algo.
—Eso no me hace sentir mejor.
—No pretendía hacerlo.
Mireille miró hacia el salón.
—Mi madre está con Adrien.
—Naturalmente.
—Están discutiendo.
—Eso también parece natural.
—No. De verdad. No como antes. Mi madre ha cerrado la puerta.
Delacroix se detuvo.
—¿Hace cuánto?
—Unos minutos.
—¿Oyó algo?
—Mi madre dijo: “No vuelvas a tocar nada”. Adrien respondió algo que no entendí. Luego ella dijo: “Ya no puedo protegerte si sigues moviéndolo todo”.
Delacroix sintió que la caja bajo su mano pesaba un poco más.
—¿Está segura?
—Sí.
—¿Moviéndolo todo?
—Eso dijo.
La puerta del salón seguía cerrada.
Delacroix avanzó hacia ella, pero antes de llegar, se abrió.
Éléonore apareció en el umbral.
El rostro estaba perfecto.
Demasiado perfecto.
—Monsieur Delacroix —dijo—. Mi hijo necesita descansar.
—Todos necesitamos muchas cosas, madame. En esta casa casi ninguna llega a tiempo.
Adrien apareció detrás de ella. Tenía el rostro más pálido, el labio hinchado y una expresión que ya no hacía esfuerzo por resultar encantadora.
—¿Ha terminado de hurgar en la caja de mi tío?
—De momento.
—¿Encontró lo que esperaba?
—Encontré lo que usted temía.
Éléonore se volvió ligeramente hacia su hijo.
Adrien no la miró.
—Qué dramático.
—La muerte tiene tendencia a serlo cuando se la ayuda.
Adrien sonrió.
—Tenga cuidado, monsieur Delacroix. Está empezando a enamorarse de su propia teoría.
—Las teorías me interesan poco. Prefiero los errores.
—¿Y ya encontró alguno?
Delacroix sostuvo la caja.
—Varios.
Adrien bajó la mirada hacia la caja. Solo un segundo.
Pero en ese segundo, Delacroix vio algo.
No miedo a la caja.
Miedo a que estuviera incompleta.
—¿Busca algo? —preguntó.
Adrien levantó la vista.
—Solo confirmaba que no se le hubiera caído nada.
—Qué amable.
—La casa está inclinada. Ya sabe. Las cosas ruedan hacia donde no deben.
Delacroix sonrió.
—Sí. Y a veces eso es lo que las delata.
Éléonore dio un paso.
—No hostigue más a mi hijo.
—Madame, su hijo está haciendo un trabajo admirable sin mi ayuda.
Adrien abrió la boca, pero en ese momento llegó Noël desde el fondo del pasillo con una expresión extraña.
No era alarma.
Era algo más parecido a fastidio mezclado con miedo.
—Monsieur Delacroix.
—Sí.
—Esto estaba en la puerta de la cocina.
Le tendió un papel doblado.
Delacroix no lo tomó de inmediato.
—¿Quién lo dejó?
—Si lo supiera, habría empezado por ahí y me habría sentido bastante útil.
Delacroix tomó el papel con cuidado.
Estaba húmedo en un borde, como si hubiera pasado un momento demasiado cerca del exterior. No llevaba nombre. Solo una línea escrita con tinta negra.
Yann Le Guen. Antes de que anochezca. En el faro. Solo. Si quiere saber qué dijo Gaspard antes de morir.
Colette, que había salido del comedor pequeño detrás de Yann, leyó la nota desde unos pasos más allá.
—No.
Fue apenas un susurro.
Yann se acercó.
Delacroix dobló el papel antes de que pudiera quitárselo.
—No irá.
Yann lo miró.
—Si sabe qué dijo Gaspard…
—No irá.
—No puede impedírmelo.
—Ya hemos tenido esa conversación con varias puertas, un faro y demasiadas personas testarudas. Empieza a cansarme.
Adrien observaba en silencio.
Éléonore también.
Delacroix lo notó.
La nota no buscaba solo atraer a Yann.
Buscaba que todos vieran a Yann siendo atraído.
—Monsieur Le Guen —dijo Delacroix en voz baja—, escúcheme bien. Esto no es una invitación. Es un anzuelo.
Yann miró el papel doblado en su mano.
—Quizá.
—Sin quizá.
—Pero si alguien sabe…
—Quien sabe algo acaba de intentar matar a Artaud para que no hablara. No va a citarlo a usted al faro para ofrecerle consuelo.
Colette se acercó a su hijo.
—Yann, por favor.
Él cerró los ojos.
Durante un instante, pareció un hombre a punto de partirse entre la obediencia y la necesidad. Luego abrió los ojos y miró a Delacroix.
—Entonces iremos juntos.
—No.
—¿No?
—No iremos cuando nos llamen. Iremos cuando convenga.
Adrien soltó una risa baja.
—Qué prudente. Quizá para entonces la verdad ya se haya cansado de esperar.
Delacroix se volvió hacia él.
—La verdad tiene más paciencia que los asesinos.
Adrien dejó de sonreír.
El faro giró al otro lado de los cristales, pálido contra la tarde gris.
Delacroix guardó la nota en el bolsillo.
No hacía falta mirar el reloj para saber que la casa acababa de entrar en otra cuenta atrás.