Muerte en el faro (Los misterios de Armand Delacroix 13) Capítulo 16 — Una casa llena de padres
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Capítulo 16 — Una casa llena de padres

La caja de Gaspard Kéravel era más ligera de lo que parecía.

Delacroix la dejó sobre la mesa del comedor pequeño, una estancia situada entre la cocina y el salón, donde la familia probablemente desayunaba cuando no necesitaba fingir grandeza.

Había una mesa redonda, seis sillas, una alacena con vajilla sencilla y una ventana que daba al patio interior.

La lluvia tamborileaba contra el cristal con una monotonía casi amable, como si el clima, después de haber colaborado con la muerte, intentara ahora pasar desapercibido.

Colette Marchand estaba de pie junto a la mesa.

Mireille Kéravel se había quedado cerca de la puerta, con los brazos cruzados, mirando la caja como si esperara que dentro hubiera algo capaz de salvar a su hermano o condenarlo del todo.

El doctor Vautrin, arrastrado hasta allí por una mezcla de deber médico y curiosidad humana, se apoyaba en una silla.

Noël Prigent había aparecido sin que nadie lo llamara, lo cual, en su caso, empezaba a parecer una forma de presencia natural en los momentos inadecuados.

Yann Le Guen no estaba.

Delacroix había pedido que lo trajeran, pero Colette le dijo que había salido al patio trasero a respirar. El detective no discutió. Los hombres que recibían la paternidad de un muerto como una pedrada tenían derecho a unos minutos de aire, aunque fuera un aire húmedo, sucio y lleno de sal.

—¿Es esta? —preguntó Delacroix.

Colette miró la caja.

—Sí.

—La caja del escritorio.

—Sí.

—La que contenía la llave del faro.

—Entre otras cosas.

Delacroix sacó la llave pequeña que ella le había entregado y la introdujo en la cerradura. Encajó con suavidad. El mecanismo cedió con un clic discreto, casi educado. Algunas cerraduras, pensó, tienen mejor crianza que las familias que protegen.

Abrió la tapa.

Dentro había papeles, no demasiados. Una fotografía pequeña, un medallón, varias cartas atadas con una cinta descolorida, una llave más pequeña, un sobre cerrado y una libreta de tapas negras.

También había un pañuelo blanco doblado con meticulosidad.

En una esquina, un hueco vacío con la forma exacta de la llave del faro.

Colette miró ese hueco.

No dijo nada.

No hizo falta.

—La llave estuvo aquí —dijo Delacroix.

—Sí.

—Y alguien la sacó antes de dejarla junto al cadáver.

Mireille habló desde la puerta.

—O antes de matar a tío Gaspard.

—También.

—¿Adrien pudo abrirla?

Colette cerró los ojos apenas.

—No con mi llave.

—Pero pudo encontrar la de Gaspard.

—Si sabía dónde estaba.

Delacroix levantó la vista.

—¿Lo sabía?

Colette no respondió.

Noël sí.

—De niño, el señor Adrien entraba en el despacho cuando no debía. El señor Gaspard lo sorprendió una vez revisando cajones.

Mireille se volvió hacia él.

—¿Cuándo?

—Usted era pequeña, mademoiselle. Tal vez ocho años. El señor Adrien tendría doce o trece. Buscaba una medalla antigua, creo. O eso dijo.

Delacroix miró la caja.

—Los niños que aprenden dónde se guardan las cosas suelen convertirse en adultos con buena memoria.

—O en ladrones con educación —dijo Noël.

Colette le lanzó una mirada de advertencia.

—Perdón —añadió el criado—. La mañana me está volviendo filosófico.

Delacroix sacó primero la fotografía.

Era la misma imagen que había visto en el cuarto de prendas o una tomada el mismo día.

Gaspard joven. Colette joven. La casa detrás, todavía recta, todavía orgullosa, todavía sin haber cedido hacia el mar.

En esta fotografía, sin embargo, había alguien más en un margen: un niño pequeño de pocos meses, en brazos de Colette, cubierto con una manta clara.

Gaspard no lo sostenía. Ni siquiera lo tocaba. Pero lo miraba.

Y esa mirada, pensó Delacroix, quizá era el documento más incriminatorio de toda la casa.

Mireille se acercó despacio.

—¿Es Yann?

Colette asintió.

—Sí.

La joven tocó el borde de la mesa, como si necesitara apoyo.

—Entonces tío Gaspard…

—Sí —dijo Colette.

Mireille cerró los ojos.

—Dios.

—Dios estaba informado desde hace tiempo, supongo —dijo Delacroix—. La novedad somos nosotros.

Colette tomó la fotografía, pero no la retiró. La sostuvo apenas, con los dedos en los bordes, como si temiera manchar un pasado que ya había sido bastante maltratado.

—Él la guardó —dijo.

No era una pregunta.

Delacroix no respondió.

A veces el silencio es menos cruel que confirmar lo evidente.

El medallón contenía un mechón de cabello oscuro, probablemente de un bebé, y una inicial grabada de forma torpe en el interior: Y.

Yann. No hacía falta demasiada imaginación.

Gaspard había guardado pruebas privadas de una paternidad pública que nunca ejerció.

Eso, en cierto tipo de hombres, pasaba por ternura.

En otros, por cobardía con buena caligrafía.

La libreta de tapas negras era más útil.

Delacroix la abrió.

No contenía diario propiamente dicho. Eran notas sueltas, fechas, nombres, frases incompletas. La letra de Gaspard se mantenía firme al principio, pero se volvía más irregular en las últimas páginas. Allí aparecían anotaciones recientes:

Yann no aceptará dinero sin verdad.

Colette tenía razón: no hay reparación limpia.

Adrien preguntó otra vez por la venta. Sospecha más de lo que conviene.

Éléonore sabe callar como otros rezan.

Si lo hago mañana, no será justicia. Solo será menos injusticia.

Mireille leyó por encima del hombro de Delacroix y se llevó una mano a la boca.

—Tío Gaspard sabía que Adrien sospechaba.

—Sí.

—Y sabía que mi madre sabía.

—También.

—Entonces ¿por qué esperó?

Colette respondió con una tristeza seca:

—Porque era Gaspard.

Nadie pidió explicación. En aquella casa, el nombre ya empezaba a significar demasiadas cosas.

Delacroix siguió pasando páginas. En una de ellas, escrita con tinta más reciente, había una frase subrayada dos veces:

La casa no puede salvarse vendiéndola al primero que sepa pronunciar lujo sin vergüenza.

Noël carraspeó.

—Eso suena al señor.

—¿Por el estilo? —preguntó Delacroix.

—Por la mala leche elegante.

El detective pasó otra página.

Allí había una lista de nombres:

Colette. Yann. Mireille. Noël. Élise.

Debajo:

Fondo de mantenimiento. Casa no vendible durante veinte años. Faro en custodia de Y. Acceso protegido. E. solo uso vitalicio del ala este si lo desea. A. compensación limitada hasta liquidar deudas verificadas.

Mireille palideció.

—A. Adrien.

—Sí —dijo Delacroix.

—No lo dejaba sin nada.

—No. Le dejaba menos de lo que él esperaba.

—Y con condiciones.

—Eso suele doler más que la pobreza a ciertos hombres.

Colette señaló una línea.

—Mireille.

La joven la miró.

—No entiendo.

—Te protegía a ti también.

Mireille negó con la cabeza, como si no pudiera permitirse ese consuelo.

—No. No lo sabía.

—Naturalmente que no —dijo Delacroix—. En esta casa, la información parece repartirse según la capacidad de sufrirla mal.

Noël se acercó un poco más.

—¿Puedo?

Delacroix le mostró la lista.

El criado leyó su nombre y apartó la mirada con brusquedad.

—Qué tontería.

—¿Ser recordado?

—Ser recordado tarde.

Colette murmuró:

—Noël.

—No, mujer. Una cosa es servir una casa y otra que un muerto quiera convertirte en agradecido a la fuerza.

Delacroix lo miró con atención. El viejo criado no parecía conmovido. Parecía enfadado. Pero era una clase de enfado que a menudo solo podían permitirse quienes acababan de ser tocados por algo parecido al afecto.

—¿Sabía que Gaspard pensaba incluirlo? —preguntó.

—No.

—¿Lo sospechaba?

—Yo sospecho hasta de las sillas, monsieur. Pero no eso.

—¿Y Adrien?

Noël apretó la boca.

—Adrien sabía que algo iba a perder.

—No es lo mismo.

—Para Adrien, sí.

La puerta se abrió.

Yann estaba allí.

Había barro en sus botas y lluvia en los hombros. No parecía haber salido lejos, pero sí lo suficiente para enfrentarse al patio, al viento y a sí mismo. Se detuvo al ver la caja abierta, la fotografía sobre la mesa, la libreta en manos de Delacroix y el rostro de su madre.

—¿Qué es esto? —preguntó.

Colette bajó la mirada.

Mireille dio un paso atrás, como si su presencia allí fuera una intromisión en un dolor ajeno.

Delacroix dejó la libreta sobre la mesa.

—Gaspard guardaba cosas suyas.

Yann no se movió.

—¿Mías?

Colette tomó la fotografía y se la ofreció.

—Yann.

Él no la cogió de inmediato.

Miró la imagen desde cierta distancia. Como si acercarse demasiado pudiera hacerlo caer dentro de ella. Luego extendió la mano y la tomó.

Durante unos segundos, no ocurrió nada visible.

Yann miró al niño en brazos de Colette. Miró al Gaspard joven, a la casa recta detrás, a la forma en que el hombre miraba al bebé sin tocarlo. Su rostro no cambió mucho, pero la habitación sí. El aire se hizo más espeso, más frágil.

—La guardó —dijo.

La misma frase de Colette.

Distinta herida.

—Sí —respondió ella.

—¿Para qué?

No se lo preguntó a Delacroix.

Se lo preguntó a su madre.

Colette no supo responder.

—Para sufrir sin consecuencias —dijo Yann.

No había ira en la frase. Eso la volvió peor.

Colette cerró los ojos.

—Quizá.

Yann dejó la fotografía sobre la mesa con un cuidado casi insoportable.

—¿Y esto iba a arreglar algo?

Nadie respondió.

—¿Un papel? ¿Una caja? ¿Una lista de legados? ¿Una llave? —Soltó una risa baja—. Qué generoso. Primero me deja sin padre y luego me deja una torre para iluminar a otros.

Mireille salió de la habitación sin hacer ruido.

No por cobardía. Por respeto.

Noël también se apartó hacia la puerta, aunque no llegó a irse.

Vautrin miró a Delacroix con expresión de hombre que se siente intruso en una autopsia distinta.

Colette permaneció frente a su hijo.

—No quería decírtelo así.

—¿Cómo querías decírmelo?

—No lo sé.

—Llevas cuarenta y seis años sin saberlo.

La frase la golpeó.

Delacroix estuvo a punto de intervenir. No lo hizo. Aquel no era un interrogatorio. Era algo más antiguo y más desordenado. Pero necesitaba estar allí, porque el crimen había crecido en ese mismo terreno: silencios, padres, hijos, nombres mal repartidos.