Muerte en el faro (Los misterios de Armand Delacroix 13) Capítulo 15 — La grieta en la coartada #2
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Capítulo 15 — La grieta en la coartada #2

—El de ahora… podría convencerse de que no lo estaba matando a él. Solo impedía que lo destruyera todo.

Delacroix asintió despacio.

—Esa es una frase que se parece mucho a un motivo.

Mireille bajó la mirada.

—No quería decirla.

—Lo sé.

—¿Y mi madre?

—Su madre probablemente lo vio salir, quizá lo oyó volver, quizá entendió más de lo que quiso entender. Después pudo intentar protegerlo. O alguien pudo usarla como perfume, como coartada o como pantalla.

Mireille se apartó de la ventana.

—Si ella sabe algo, no lo dirá.

—Las madres hablan de muchas formas cuando dejan de confiar en sus hijos.

—Mi madre nunca deja de confiar. Cambia la realidad para que no la contradiga.

—Entonces tendremos que cambiarla antes.

Volvieron hacia el salón.

En el camino, Delacroix se detuvo frente a la escalera secundaria. Miró los peldaños, la barandilla, la marca de barro en el cuarto escalón. Luego sacó del bolsillo el pañuelo con la fibra clara que había encontrado en la chaqueta vieja y la hebra de lana junto al faro.

—¿Adrien llevaba anoche guantes? —preguntó.

Mireille pensó.

—Sí. Oscuros. Los dejó en el salón durante la cena, creo. Después no sé.

—¿Y una bufanda?

—Una gris clara.

Delacroix guardó el pañuelo.

—¿La ha visto esta mañana?

Mireille negó.

—No.

—¿Dónde guarda su ropa?

—En su habitación.

—Vamos.

Ella lo miró.

—¿Ahora?

—Las habitaciones no suelen volverse más sinceras con el tiempo.

Subieron al primer piso. La habitación de Adrien estaba en el ala central, cerca de la de su madre, no muy lejos de la de Mireille. La puerta estaba cerrada. Delacroix llamó.

Nadie respondió.

Mireille buscó a Colette, pero Delacroix negó con la cabeza.

—¿Hay llave?

—Quizá en la cerradura interior.

No la había.

Delacroix probó el picaporte. Cerrado.

—Qué familia tan aficionada a los símbolos.

—No podemos entrar.

—No sería la primera vez que una puerta se equivoca sobre sus derechos.

—Monsieur Delacroix…

—Tiene razón. No somos ladrones.

La tranquilizó durante un segundo.

Después añadió:

—Somos algo peor: personas razonables sin tiempo.

Sacó una pequeña herramienta del bolsillo interior. No era una ganzúa exactamente. Delacroix detestaba las palabras que convertían recursos prácticos en oficios deshonestos. Tardó menos de un minuto en abrir.

Mireille lo miró con una mezcla de horror y admiración.

—¿Siempre lleva eso?

—Solo cuando visito casas donde las personas tienen más secretos que cortesía.

Entraron.

La habitación de Adrien estaba en perfecto orden.

Eso fue lo primero sospechoso.

No había ropa tirada, ni libros abiertos, ni ceniza en los ceniceros, ni papeles sobre la mesa.

La cama estaba hecha. Demasiado hecha para una mañana con cadáver, discusión, sangre en el labio y notario inconsciente.

El armario estaba cerrado. Sobre la cómoda había un frasco pequeño de colonia, un cepillo, gemelos de plata y una caja de puros.

Todo colocado con exactitud, como si la habitación no hubiera sido habitada, sino presentada ante un comprador.

—Mi hermano es ordenado —dijo Mireille.

—La gente ordenada también puede ser desesperada. Solo deja menos migas.

Delacroix abrió el armario.

Había trajes, abrigos, camisas perfectamente dobladas, botas limpias y un par de zapatos con algo de barro seco en el borde. Se agachó. Las suelas tenían una muesca lateral en el talón izquierdo.

La misma que la huella junto a la puerta de servicio.

No dijo nada todavía.

Mireille lo vio de todos modos.

—No.

—No toque nada.

Ella retrocedió.

Delacroix examinó las botas. No estaban empapadas. Habían sido limpiadas con cuidado, pero no del todo. En una ranura de la suela quedaba barro oscuro. En el talón, un trozo diminuto de cal o sal endurecida.

Junto al fondo del armario había un hueco.

—¿Falta algo? —preguntó.

Mireille miró la ropa.

—Su bufanda gris.

—¿La usaba mucho?

—Sí. Demasiado. Decía que le daba un aire de poeta sin tener que escribir nada.

—Una de sus observaciones menos desagradables.

Delacroix revisó los cajones. Pañuelos, guantes, papeles sin importancia, una petaca vacía, cartas de acreedores escondidas con poca imaginación bajo camisas de lino. Tomó una y leyó apenas lo suficiente: cantidades altas, tono amenazante, fechas vencidas. No necesitaba más.

En el cajón inferior encontró una hoja en blanco con una mancha de tinta negra en el borde. La misma tinta, probablemente. Pero la tinta negra, como la culpa, era demasiado común para condenar por sí sola.

Entonces Mireille dijo:

—Eso no estaba ahí.

Delacroix levantó la vista.

Ella señalaba el escritorio.

Había una caja de madera pequeña sobre él. No pertenecía a la decoración de la habitación. Era más antigua, más sobria, con una cerradura redonda.

—¿La reconoce?

—Es de tío Gaspard.

La caja del escritorio de Gaspard.

Delacroix se acercó sin tocarla.

—Interesante.

—¿Cómo ha llegado aquí?

—Sospecho que no caminando.

Antes de que pudiera abrirla, una voz sonó desde la puerta.

—Qué conmovedor. Mi hermana ayudando a registrar mi habitación.

Adrien estaba allí.

No parecía sorprendido.

Ese fue el peor detalle.

Mireille se volvió, pálida.

—Adrien…

—No. No digas nada. Me gustaría recordar este momento con toda su pureza.

Delacroix permaneció junto al escritorio.

—Monsieur Kéravel.

Adrien entró despacio. Tenía el labio inflamado, pero la sonrisa se había recuperado. Eso lo hacía más desagradable.

—Allanamiento, robo, manipulación de pruebas… Empieza usted a adaptarse a la casa.

—La casa es una maestra exigente.

Adrien miró la caja.

—Ah. Eso.

—Sí. Eso.

—La encontré en mi puerta.

Mireille abrió los ojos.

—¿Qué?

—Esta mañana. Poco antes de que Gabriel decidiera caerse contra la biblioteca. Pensé que sería mejor guardarla.

Delacroix lo miró con calma.

—Qué curioso. Todo objeto comprometedor parece encontrarlo a usted convertido en guardián de la prudencia.

—Y todo parece incriminarme cuando lo toca usted. Admirable simetría.

—¿Por qué no dijo que tenía la caja?

—Porque en esta casa informar de algo a monsieur Delacroix se ha vuelto una forma rápida de recibir una acusación.

—Prefirió ocultarla.

—Preferí esperar.

—¿A qué?

Adrien sonrió.

—A entender quién intentaba ponérmela en la puerta.

Mireille lo miraba como si quisiera creerle y acabara de descubrir que la fe también se agotaba.

—Adrien, por favor.

Él la miró.

—No me mires así.

—¿Cómo?

—Como si ya hubieras elegido.

Mireille no respondió.

Delacroix tomó la caja con el pañuelo y la giró. Estaba cerrada. No parecía forzada.

—¿La abrió?

—No tengo llave.

—Eso no ha impedido grandes avances en la historia del crimen.

Adrien miró la herramienta que Delacroix aún no había guardado.

—Lo veo.

Delacroix se acercó a él.

—Quiero sus botas.

—¿Mis botas?

—Las del armario.

Adrien soltó una risa.

—No.

—La huella junto a la puerta de servicio tiene una muesca lateral. Sus botas también.

—Media costa usa botas con suelas gastadas.

—Pero media costa no estaba en esta casa cuando Gaspard murió.

—Yann sí.

—Yann no guarda la caja de Gaspard en su habitación.

Adrien dejó de sonreír.

—No la guardaba. Alguien la dejó aquí.

—Como la llave junto al cuerpo. Como la nota junto a Artaud. Como todo lo que, según parece, aparece siempre donde conviene demasiado.

—Exactamente. Quizá por fin empieza a entenderlo. Alguien me está inculpando.

Delacroix lo observó.

Era una posibilidad. No podía descartarla. Esa era la molestia de un buen asesino o de una víctima astuta: ambos sabían usar la misma frase con convicción.

Mireille habló en voz baja.

—¿Por qué no me lo dijiste?

Adrien la miró.

—Porque habrías puesto esa cara.

—¿Cuál?

—La de ahora. La de niña buena decepcionada por descubrir que el mundo no es limpio. Como si tú no hubieras vivido aquí.

Mireille retrocedió.

Delacroix dio un paso entre ambos.

—Cuidado.

Adrien lo miró.

—Siempre cuidando escenas ajenas.

—Alguien debe hacerlo. Usted parece tener predilección por romperlas.

Adrien se acercó a él. Durante un instante, Delacroix creyó que iba a perder la compostura otra vez. No lo hizo. En lugar de eso, bajó la voz.

—No me conoce.

—Lo bastante.

—No. Ve deudas, frases duras, un labio partido y una habitación ordenada. Cree que eso hace un asesino.

—No. Creo que eso hace un hombre interesante. El asesinato requiere algo más.

—¿Y lo tengo?

Delacroix sostuvo su mirada.

—Tiene necesidad.

Adrien se quedó quieto.

La palabra era más íntima que deuda. Más desagradable que codicia.

—Todos la tienen —dijo al fin.

—No todos matan para que no se note.

El golpe fue limpio.

Adrien apartó la mirada primero.

Delacroix tomó las botas del armario y la caja de Gaspard.

—Me llevo esto.

—No tiene derecho.

—No. Pero tengo la llave de una habitación con un cadáver y la mala costumbre de sobrevivir a las protestas.

Adrien no lo detuvo.

Eso también importó.

Salieron al pasillo. Mireille iba detrás de Delacroix, temblando apenas. Cuando estuvieron a unos metros, ella habló sin mirarlo.

—La caja no estaba ahí por la mañana.

—¿Está segura?

—Sí.

—¿Entró en la habitación de Adrien?

—No. Pero pasé junto a su puerta cuando fui a buscarlo después de lo de Artaud. Estaba entreabierta. Miré. La mesa estaba vacía.

Delacroix se detuvo.

—¿Entreabierta?

—Sí.

—Adrien dijo que estaba cerrada.

Mireille cerró los ojos.

—Sí.

La grieta se abrió un poco más.

Desde el salón llegó la voz de Éléonore.

—¿Qué ocurre ahora?

Delacroix miró la caja de Gaspard, las botas de Adrien, el pasillo inclinado y el rostro de Mireille, que ya no parecía solo triste, sino cansado de sostener el mundo con una mentira menos.

—Ahora —dijo—, creo que alguien ha cometido un error.

—¿Adrien?

Delacroix no respondió enseguida.

Al fondo del pasillo, la luz del faro pasó por una ventana alta y tocó la caja de madera durante una fracción de segundo.

La cerradura brilló.

—Quizá —dijo—. O quizá alguien ha querido que encontráramos el error demasiado pronto.

Y esa duda, en una casa donde todos parecían haber aprendido a mentir por supervivencia, era casi más inquietante que una confesión.