Capítulo 15 — La grieta en la coartada
Gabriel Artaud escribía como si cada palabra le costara un año de vida.
Estaba recostado en el diván de la sala pequeña, con una manta sobre las piernas, la cabeza vendada y el rostro de un color poco recomendable.
El doctor Vautrin se mantenía a su lado con los brazos cruzados, vigilándolo como quien custodia un puente viejo durante una crecida.
Mireille estaba sentada cerca de la ventana, muy quieta, con las manos enlazadas sobre el regazo.
No decía nada, pero su presencia allí tenía una utilidad silenciosa.
Artaud parecía menos dispuesto a morirse delante de alguien que lo miraba con compasión.
Delacroix se quedó de pie junto a la mesa auxiliar, donde el notario había apoyado una hoja y un tintero. La pluma le temblaba en la mano. No por la herida solamente. También por miedo.
El papel ya contenía tres líneas torcidas.
La copia desaparecida no era la definitiva.
Una página podía cambiar el destinatario.
Gaspard no habría firmado lo que alguien quería que pareciera suyo.
Delacroix leyó sin tocar la hoja.
—¿Quién podía cambiar esa página?
Artaud cerró los ojos con fastidio, quizá contra el dolor, quizá contra la pregunta. Luego siguió escribiendo.
Cualquiera con la copia. Pero necesitaba conocer la fórmula.
—¿Qué fórmula?
La pluma se detuvo.
Vautrin gruñó.
—Monsieur Delacroix, si lo interroga como si estuviera sano, tendré que golpearlo yo a usted para equilibrar la mañana.
—Doctor, confío mucho más en su ética médica que en su paciencia.
—Hace mal.
Artaud intentó hablar, pero solo salió un susurro áspero. Delacroix se inclinó.
—No se esfuerce. Escriba.
El notario obedeció. La letra se volvió más pequeña.
El legado del faro.
Y debajo:
No era solo dinero. Era control legal del terreno y del acceso.
Delacroix miró a Mireille. La joven había leído también. Su rostro se tensó.
—Si alguien cambiaba esa página —dijo Delacroix—, podía hacer parecer que Gaspard dejaba el faro a otra persona.
Artaud asintió con dificultad.
—¿A Yann?
El notario negó.
Tomó aire. Escribió:
A Adrien.
Mireille se levantó.
—No.
No fue una protesta. Fue una súplica a la realidad, que ya empezaba a demostrar muy poca educación con ella.
Delacroix mantuvo los ojos en la hoja.
—Alguien robó la copia para cambiar una página y hacer creer que Gaspard pensaba dejar a Adrien el control del faro.
Artaud asintió.
—Eso no tiene sentido —dijo Mireille—. Adrien quería venderlo todo. ¿Para qué querría fingir que tío Gaspard le dejaba el faro?
Delacroix no respondió enseguida. Algunas preguntas son valiosas porque permiten ver dónde la mentira no ha terminado de vestirse.
Artaud escribió otra línea.
Si Adrien heredaba el faro, Yann perdía motivo para recibirlo.
La pluma arañó el papel.
Y si Yann creía que Gaspard le había quitado eso al final…
La frase quedó incompleta.
Mireille se llevó una mano a la boca.
—Entonces parecería que Yann tenía motivo para matarlo.
Delacroix asintió.
—No solo motivo antiguo. Motivo inmediato. Gaspard lo reconoce tarde, promete reparar algo, luego cambia de parecer y favorece otra vez al heredero legítimo. Yann, humillado, lo mata. Una historia limpia, cruel y bastante cómoda.
Artaud cerró los ojos.
Vautrin murmuró:
—Demasiado cómoda.
—Exactamente.
Mireille miró hacia la puerta.
—Adrien sabía que Gabriel podía desmentir eso.
—Sí —dijo Delacroix—. Por eso alguien decidió callarlo.
—Pero Gabriel no había hablado de la página cambiada.
—Aún no.
Vautrin se acercó a la hoja.
—¿Quién sabía que él podía hablar de eso?
Artaud abrió los ojos. Movió la pluma otra vez.
Adrien me preguntó por las fórmulas.
Éléonore oyó parte.
Mireille no.
Mireille se estremeció al ver su nombre escrito allí, no como acusación, sino como descarte. A veces la inocencia también duele cuando llega rodeada de sangre.
Delacroix se inclinó.
—¿Cuándo le preguntó Adrien?
Artaud escribió:
Ayer tarde. Antes de la cena. En la biblioteca.
—¿Solo?
La mano del notario dudó.
Al principio. Luego Éléonore entró.
Delacroix miró hacia Vautrin.
—Madame Kéravel sabía más de lo que decía.
—Eso no sorprende ni al mobiliario —respondió el médico.
Mireille dio un paso hacia Delacroix.
—Mi madre no pudo matar a tío Gaspard.
—¿Por qué?
La pregunta la dejó sin respuesta.
—Porque… no.
—Mademoiselle, “porque no” es una frase que las familias pronuncian cuando tienen miedo de que la realidad pida documentos.
—Mi madre habría protegido a Adrien.
—Eso sí puedo creerlo.
—Pero no habría matado por él.
Delacroix miró la hoja, luego la puerta.
—Quizá no. Pero proteger a un hijo después de un crimen puede parecerse mucho a continuarlo.
Mireille no respondió.
La frase había encontrado un lugar demasiado cerca de su propio miedo.
Artaud escribió de nuevo. Esta vez la letra salió casi ilegible.
No vi la cara. Pero olía a violetas.
Delacroix guardó silencio.
Vautrin se volvió hacia él.
—Eso ya lo dijo.
—Sí.
—¿Éléonore?
Mireille se tensó.
Delacroix no contestó. El perfume de violetas podía pertenecer a Éléonore. Pero también a alguien que usara su pañuelo, sus guantes, su ropa o su agua de colonia para dejar un rastro. En una casa donde todo era heredado, incluso los aromas podían ser prestados.
—¿Madame Kéravel usa guantes oscuros? —preguntó.
Mireille parpadeó.
—Sí.
—¿Adrien?
—A veces. Para salir.
—¿Y usted?
—No esta mañana.
—¿Colette?
—No suele.
Vautrin resopló.
—No vamos a arrestar un perfume.
—No, doctor. Pero quizá podamos seguirlo hasta la persona que quiso parecer otra.
Artaud volvió a intentar hablar.
—No… solo…
Delacroix se inclinó.
—Despacio.
—La tinta…
—¿La tinta?
Artaud cerró los ojos y señaló la hoja.
Delacroix entendió.
—La página cambiada. ¿Estaba escrita con tinta distinta?
Artaud asintió.
—¿Negra?
Otro asentimiento.
—La misma de la nota falsa.
Artaud cerró los ojos, agotado.
Vautrin apartó la hoja con cuidado.
—Basta. Si sigue, la próxima nota la escribiré yo y dirá: “El detective es un animal sin corazón”.
—Procure imitar bien mi letra.
—Le aseguro que pondré entusiasmo.
Delacroix tomó la hoja y la dobló. Luego miró a Mireille.
—Necesito hablar con usted.
Ella asintió, aunque su rostro decía que preferiría seguir junto al herido antes que entrar de nuevo en la familia.
Salieron al pasillo. La puerta quedó entornada, con Vautrin dentro y Artaud respirando mal, pero respirando. Delacroix caminó unos pasos hasta una ventana estrecha que daba al patio interior. Mireille lo siguió.
El patio estaba lleno de agua. En una esquina, un canalón roto vertía lluvia en un cubo de zinc con una regularidad casi insoportable. Ploc. Ploc. Ploc. Una forma miserable de medir el tiempo.
—Anoche dijo que Adrien estuvo con su madre hasta cierta hora —dijo Delacroix.
Mireille cerró los ojos.
—Sí.
—Después admitió que no todo el tiempo.
—Sí.
—Ahora necesito algo más exacto.
—No sé si puedo.
—No le pregunto si puede. Le pregunto qué recuerda.
Ella apoyó una mano en el alféizar.
—Después de la cena, subí a mi habitación.
Oí a Adrien discutir con tío Gaspard. Luego él fue a ver a mi madre.
Yo estaba en el pasillo, cerca de mi puerta.
No quería escuchar, pero… —Soltó una risa seca—.
En esta casa todo el mundo dice que no quiere escuchar mientras se queda perfectamente quieto.
—Una tradición arquitectónica.
—Adrien entró en la sala privada de mi madre. Hablaban bajo. No pude entender casi nada. Luego oí que él salía.
—¿A qué hora?
—Poco después de que todos viéramos a tío Gaspard en el pasillo. Quizá diez minutos después. No veinte.
Delacroix calculó.
—Doce y quince, aproximadamente.
—Quizá.
—Su madre dijo que estuvo con él hasta las doce y veinte.
—Mi madre mintió.
La frase salió con una sencillez que pareció sorprenderla a ella misma.
Delacroix no la interrumpió.
—No sé si para protegerlo o porque Adrien se lo pidió después —continuó Mireille—. Pero mintió. Él salió antes.
—¿Hacia dónde?
—Hacia la escalera secundaria.
—¿Lo vio?
—Vi su sombra. Y oí sus pasos.
—¿Está segura de que era él?
Mireille miró hacia el pasillo.
—Sí.
—Antes no lo dijo.
—Antes todavía estaba intentando que no fuera verdad.
Delacroix aceptó la respuesta.
—¿Su madre lo siguió?
—No en ese momento. Salió de su sala después, cuando se oyó el golpe y todos fuimos al pasillo.
—¿Cómo estaba?
—Furiosa.
—¿Por el ruido?
Mireille negó.
—Por Adrien.
—¿Qué quiere decir?
—Cuando apareció en el pasillo, mi madre no miró primero a tío Gaspard. Miró a Adrien.
—¿Como si supiera que debía estar en otro sitio?
La joven tragó saliva.
—Sí.
El cubo del patio siguió marcando segundos inútiles.
—Después de que todos volvieran a sus habitaciones —dijo Delacroix—, usted oyó pasos.
—Sí.
—¿Los de Adrien?
Mireille tardó.
—Sí.
Esta vez no añadió quizá.
—¿Y la puerta del ala oeste?
—También.
—¿Por qué no lo dijo?
Ella se volvió hacia él, con los ojos húmedos.
—Porque pensé que, si lo decía, ya no habría forma de salvar nada.
—¿A Adrien?
—A todos.
—Eso es mucha responsabilidad para una mujer que no mató a nadie.
—En esta casa todos cargamos cosas que no hicimos.
Delacroix no respondió. Era una frase triste y bastante exacta.
—¿Su madre sabe que usted oyó eso?
—No.
—¿Adrien?
—Creo que lo sospecha.
—Por eso quería mantenerla cerca.
Mireille asintió.
—Y por eso mi madre también.
Delacroix miró hacia el salón, al fondo del corredor. La puerta estaba cerrada. Desde dentro no llegaba ningún sonido, lo cual en La Casa Torcida no significaba calma, sino preparación.
—Mademoiselle Kéravel, voy a hacerle una pregunta desagradable.
—No creo que quede otro tipo.
—¿Adrien habría podido matar a Gaspard?
Mireille cerró los dedos sobre el alféizar.
Afuera, el agua siguió cayendo.
Ploc. Ploc. Ploc.
—El Adrien que recuerdo, no.
—¿Y el de ahora?
La joven tardó demasiado. Y esa tardanza respondió antes que su voz.