Muerte en el faro (Los misterios de Armand Delacroix 13) Capítulo 14 — La sombra del faro #3
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Capítulo 14 — La sombra del faro #3

—Adrien lo espera en el salón.

—¿Solo?

—Con Mireille.

—¿Y usted?

—Yo no deseo oír más fantasías.

—Eso es comprensible. Las verdades suelen parecer fantasías al principio, sobre todo cuando una ha vivido demasiado tiempo dentro de una mentira razonable.

Por primera vez, Éléonore perdió la compostura lo suficiente para que la respiración se le oyera.

—Tenga cuidado, monsieur.

—Me lo dicen a menudo. Casi siempre las personas equivocadas.

Éléonore pasó junto a ellos y se dirigió hacia el ala oeste.

Delacroix la observó.

—Madame.

Ella se detuvo.

—No entre en la sala de costura.

—¿Perdón?

—He pedido que nada se toque.

La mujer giró apenas la cabeza.

—No soy una criada que necesite permiso para caminar por mi casa.

—No. Pero ahora mismo es una sospechosa que necesita supervisión.

El pasillo se quedó helado.

Colette bajó la vista.

Yann miró a Delacroix con algo parecido a sorpresa.

Éléonore se volvió lentamente.

—¿Sospechosa?

—Todos lo son. Usted solo acaba de recordármelo con elegancia.

—Mi cuñado ha muerto. Mi hijo es insultado. El servicio se permite hablar como si la casa le perteneciera. Y usted se atreve a decirme que soy sospechosa.

—Sí.

—¿De qué?

Delacroix no apartó la mirada.

—De saber más de lo que dice, como casi todos. De proteger a su hijo, como algunas madres. De oler a violetas, como quizá olía la persona que golpeó a Artaud. Y de haber pasado una vida entera confundiendo la dignidad con la ocultación, lo cual en esta casa parece una enfermedad contagiosa.

Éléonore no se movió.

La palabra violetas había tocado algo.

No confesión.

No culpa.

Pero sí un recuerdo.

Margot lo vio también. Vautrin, no. Yann estaba demasiado concentrado en la acusación contra su madre y contra sí mismo para seguir perfumes. Colette, en cambio, levantó la mirada hacia Éléonore con una expresión muy lenta.

—Violetas —repitió la ama de llaves.

Éléonore recompuso el rostro.

—Uso agua de violetas desde hace treinta años. Media casa lo sabe. Si pretende convertir eso en prueba, su fama está peor de lo que creía.

—No es prueba. Es aroma.

—Qué tranquilizador.

—Los aromas no condenan, madame. Solo acompañan. A veces a la persona adecuada. A veces a un pañuelo prestado.

Éléonore lo miró.

—No sé qué insinúa.

—Yo tampoco del todo. Por eso resulta estimulante.

La mujer enderezó la espalda.

—Iré al salón.

—Excelente decisión.

No lo era. Era la única que le quedaba sin convertir el pasillo en una confesión.

Cuando Éléonore se alejó, Noël soltó aire.

—Monsieur, algún día alguien va a tirarlo por una ventana.

—Procuro elegir casas donde las ventanas tengan mal ángulo.

—En esta todas lo tienen.

—Entonces estoy a salvo por acumulación.

Nadie rió demasiado. Pero la tensión cedió un poco, lo justo para que pudieran seguir caminando.

El salón estaba iluminado con más lámparas de las necesarias. Adrien estaba junto a la chimenea, de espaldas al fuego apagado. Mireille se encontraba sentada cerca de la mesa baja, pálida. Al ver entrar a Delacroix, se puso de pie.

Adrien no se movió.

—Ha tardado —dijo.

—La verdad se había enganchado en una ventana.

—Qué poético.

—No tanto como la nota que dejaron junto a Artaud. Pero hacemos lo que podemos.

Adrien miró a Margot, luego a Yann, luego a su madre, que entraba detrás de todos.

—¿Qué ha descubierto?

Delacroix caminó hasta el centro del salón.

No respondió enseguida.

La luz del faro pasó entonces por los ventanales. Cruzó los rostros de todos, como durante la cena. Solo que ahora nadie pudo fingir que era una simple incomodidad del paisaje.

—Que madame Dufresne no vio a Gaspard en el faro —dijo al fin.

Mireille cerró los ojos.

Adrien se quedó muy quieto.

—¿Ah, no?

—No. Vio una sombra fabricada desde el ala oeste y reflejada de tal modo que pareciera estar en la linterna.

Éléonore miró a Adrien.

Fue un gesto mínimo.

Demasiado rápido.

Delacroix lo vio.

Adrien también notó que él lo había visto.

—Interesante —dijo Adrien—. Entonces el farero queda peor.

Yann dio un paso, pero se detuvo. Recordó. Esta vez recordó.

Delacroix lo registró con aprobación.

—Al contrario —dijo—. Para crear esa primera sombra no hacía falta estar en el faro. Hacía falta conocer el ala oeste, la sala de costura, el reflejo de la ventana y el modo en que la luz entra en esta casa.

Adrien sonrió.

—Eso reduce el campo a cualquiera que haya vivido aquí.

—Exactamente.

—Incluida Mireille.

La joven levantó la vista.

La crueldad fue instantánea.

Delacroix respondió antes de que ella tuviera que hacerlo.

—Incluida Mireille. Incluida su madre. Incluido usted. Incluidos Colette, Noël, quizá incluso Gaspard, si no estuviera inconvenientemente muerto.

—Entonces no ha avanzado mucho.

—Depende de lo que considere avanzar. Hace una hora la muerte parecía haber empezado en el faro. Ahora sabemos que empezó dentro de la casa.

Adrien cruzó las manos a la espalda.

—Eso no demuestra quién la inició.

—No. Pero destruye la única historia que convenía demasiado a quien quería mirar hacia Yann.

El nombre quedó en el salón como una piedra.

Adrien sonrió con sangre seca en el labio.

—Otra vez Yann.

—Sí. Curioso, ¿verdad? Todo parece volver a él. La llave plantada. La nota. El faro. El golpe que usted se esforzó en recibir. Una acumulación tan ordenada que empieza a parecer una defensa mal escrita.

Adrien avanzó un paso.

—Me está acusando.

—No todavía.

—Cobarde.

El insulto fue bajo, pero claro.

Mireille se sobresaltó.

Éléonore no.

Delacroix sonrió apenas.

—No, monsieur Kéravel. La cobardía, cuando tiene talento, mata de noche, mueve llaves de sitio y escribe notas con letra ajena. Yo solo estoy siendo prudente.

Adrien no respondió.

Pero la habitación sintió que algo acababa de romperse un poco más.

No un objeto.

Una paciencia.

Vautrin se acercó desde el pasillo.

—Artaud vuelve a estar consciente.

Delacroix giró hacia él.

—¿Puede hablar?

—No mucho. Pero ha pedido papel.

—¿Papel?

—Sí. Dice que si intenta hablar, se le mezclan las palabras. Quiere escribir.

Gabriel Artaud, pensó Delacroix, estaba demostrando una determinación tardía bastante inconveniente para alguien.

—Vamos —dijo.

Adrien habló antes de que saliera.

—Monsieur Delacroix.

El detective se detuvo.

—Sí.

—Procure que el notario no vuelva a tropezarse.

Delacroix lo miró.

—¿Es preocupación?

—Es sentido práctico. Empieza a escasear gente capaz de decirle lo que usted quiere oír.

—No se preocupe. Los muertos también hablan. Solo hay que saber en qué habitación los interrumpieron.

Salió del salón.

Detrás de él, la luz del faro cruzó otra vez las ventanas.

Y por un segundo la sombra de todos los presentes se proyectó sobre la pared opuesta, mezclada, torcida, imposible de separar.

Como si La Casa Torcida, fiel a su naturaleza, hubiera decidido que incluso las personas debían parecer una sola mentira hasta que alguien encontrara el ángulo correcto.