Capítulo 14 — La sombra del faro #2
Ahora que uno sabía dónde mirar, la ilusión resultaba menos poderosa. Pero anoche, con la tormenta golpeando los cristales, la linterna detenida unos segundos, el miedo de la cena todavía caliente y la imagen de Gaspard asociada al faro, aquella sombra podía convertirse en un hombre.
Podía convertirse en Gaspard.
Margot apoyó una mano en el marco de la ventana.
—No estaba en el faro.
—Probablemente no.
—Vi un reflejo.
—Vio una sombra colocada para que pareciera una figura en el faro.
—Entonces alguien no necesitó subir allí antes de medianoche.
—No para eso.
Yann salió de la sala de costura y se acercó al pasillo.
—Pero alguien sí manipuló el regulador.
—Sí.
—Entonces fue al faro en algún momento.
—O lo hizo antes.
Yann se quedó quieto.
—Antes de la cena.
Delacroix lo miró.
—Quizá.
—Yo revisé el mecanismo por la tarde. Estaba bien.
—¿A qué hora?
—Antes de venir a la casa. Poco antes de las ocho.
—¿Estuvo siempre en el faro hasta entonces?
—No. Bajé al cobertizo, revisé la puerta exterior, despejé una rama del sendero.
—¿Pudo alguien entrar mientras usted estaba fuera?
Yann no respondió enseguida.
—Con la llave de Gaspard, sí.
Colette cerró los ojos.
—La llave de Gaspard estaba en su caja.
—Eso creíamos —dijo Delacroix.
Noël, que seguía mirando la sombra desde otro ángulo, habló sin apartar los ojos.
—El señor Adrien preguntó por esa caja ayer.
Colette lo miró.
—¿Lo oíste?
—Oí muchas cosas ayer. Las casas viejas repiten lo que deberían tragarse.
Delacroix se volvió hacia él.
—¿Qué oyó exactamente?
Noël se frotó la nuca.
—Adrien estaba en el despacho del señor Gaspard. Yo pasaba con leña. Preguntó si seguía guardando “las reliquias” en la caja del escritorio. Colette le respondió que preguntara al dueño. Él dijo algo así como que pronto habría menos dueños y más sentido común.
—¿A qué hora?
—Antes de la cena. Al caer la tarde.
Yann miró hacia el faro.
—Entonces pudo cogerla.
—Pudo —dijo Delacroix—. O pudo intentarlo. O pudo saber que existía.
Vautrin soltó un sonido impaciente.
—Esto sigue sin decir quién golpeó a Artaud.
—No directamente.
—Ni quién mató a Gaspard.
—Tampoco directamente.
—Entonces estamos jugando con sombras.
Delacroix señaló la ventana.
—Doctor, por una vez ha resumido el caso de forma impecable.
Margot seguía mirando el reflejo, esperando la siguiente vuelta de la luz.
—¿Por qué hacerlo así? —preguntó—. ¿Por qué crear una sombra antes de matar a Gaspard?
Delacroix dejó que la luz volviera a pasar.
La chaqueta apareció sobre el faro. Una silueta oscura, quieta, apenas humana.
—Para asociarlo al faro —dijo—. Para que, cuando apareciera muerto allí, alguien pudiera recordar haberlo visto en la torre. Pero había un problema: Gaspard seguía vivo y fue visto después en el pasillo. Eso significa que la persona que preparó la sombra no calculó bien una cosa.
—¿Cuál? —preguntó Colette.
—Que la casa iba a despertar con el primer golpe. Que todos verían a Gaspard vivo. O quizá no era un error.
Yann frunció el ceño.
—¿Qué quiere decir?
Delacroix caminó unos pasos por el pasillo, midiendo la distancia entre la sala de costura, la escalera secundaria y la puerta de servicio.
—Si todos vieron a Gaspard vivo después de la sombra, la sombra no fijaba la hora de la muerte. Fijaba otra cosa.
—El lugar —dijo Margot.
—Exactamente.
Vautrin se incorporó.
—Hizo que todos pensaran en el faro antes de que el cuerpo apareciera allí.
—Sí. La sombra no decía: Gaspard está vivo a esta hora. Decía: Gaspard pertenece esta noche al faro.
Colette se llevó una mano a la garganta.
—Y cuando murió…
—La mente completó el camino.
Yann miró la chaqueta colgada en la sala de costura con una expresión de asco.
—Usaron mi faro como un cartel.
—Y la casa como espejo.
Noël murmuró:
—Qué familia tan ahorrativa. Ni para mentir desperdician materiales.
Delacroix siguió caminando. Se detuvo junto a la sala de costura.
—Pero luego alguien tuvo que matar a Gaspard.
En la casa. Después de que todos volvieran a sus habitaciones.
Probablemente cerca de este sector o utilizando esta ruta.
Después tuvo que vestirlo, o al menos cubrirlo, abrir la puerta de servicio, llevarlo hacia el faro y colocar el cuerpo bajo las rocas.
Quizá no desde la linterna. Quizá desde un punto más bajo. Quizá simulando una caída.
Vautrin miró hacia el exterior.
—¿Mover un cuerpo por ese sendero durante la tormenta? No es fácil.
—No.
—Para una persona sola, menos.
—Depende de la persona. Depende del método. Depende de si el cuerpo caminó una parte antes de morir o si fue incapacitado, no muerto del todo.
Colette palideció.
Yann se volvió hacia él.
—¿Gaspard pudo estar vivo cuando lo sacaron?
—No lo sé.
La frase cayó con más peso que una certeza.
Vautrin se acercó.
—Si lo golpearon primero, pudo quedar aturdido. Las marcas del cuello podrían ser de sujeción. La caída o el golpe final lo mataron después.
—Entonces la hora de la muerte sigue abierta.
—Más de lo que me gustaría.
Delacroix asintió.
Eso explicaba demasiado y demasiado poco a la vez.
El asesino preparó la asociación con el faro.
Luego, quizá, fue interrumpido por el ruido y por la aparición de Gaspard en el pasillo.
Después actuó de nuevo. O el ruido había formado parte del proceso.
Una caja. Una puerta. Un cuerpo movido. La casa hablaba, pero todavía mezclaba palabras.
Margot se volvió hacia Delacroix.
—Artaud dijo que la copia no fue robada para leerla, sino para cambiar una página.
—Sí.
—¿Puede estar relacionado con la sombra?
—Todo está relacionado en una casa pequeña y desesperada.
—No es pequeña.
—Las casas se vuelven pequeñas cuando todos esconden lo mismo.
Yann descolgó la chaqueta con brusquedad.
—Basta.
Colette dio un paso hacia él.
—Yann.
—No quiero verla ahí.
—Déjela —dijo Delacroix.
El farero lo miró.
—He dicho que no quiero verla ahí.
—Y yo he dicho que la deje.
Durante un instante se midieron. Yann tenía la fuerza, la furia y la razón emocional. Delacroix tenía algo más irritante: la necesidad.
—Esa chaqueta es una prueba —dijo el detective—. No de quién mató a Gaspard. Todavía no. Pero sí de cómo alguien empezó a fabricar su muerte. Si la mueve ahora, ayuda a quien ya lo está usando.
Yann respiró con dificultad.
Luego soltó la chaqueta.
La prenda quedó colgando, ridícula otra vez bajo la luz gris.
—Lo siento —dijo Colette, en voz baja.
Yann no la miró.
—No es culpa tuya.
La frase sonó más a deseo que a certeza.
Delacroix se acercó a la ventana de la sala de costura.
En el marco interior había una marca mínima, como de cuerda o tela arrastrada.
La misma cuerda que habían usado para la prueba rozaba el clavo con naturalidad.
Alguien sabía que ese clavo estaba allí.
Alguien sabía cómo podía verse desde el pasillo.
—Noël —dijo—. ¿Adrien y Mireille jugaban aquí de niños?
—Sí.
—¿Y Yann?
El criado dudó.
—A veces.
Yann respondió antes:
—Yo no jugaba con ellos. Estaba cerca.
—Una diferencia importante.
—Para mí, sí.
—¿Adrien conocía este efecto del reflejo?
Yann negó, pero no con certeza.
—No lo sé.
—¿Usted?
—No.
Delacroix lo miró.
—¿Seguro?
—Si lo hubiera sabido, habría dicho algo cuando Margot habló de la silueta.
—Quizá.
—No soy idiota.
—No he dicho idiota. He dicho hombre que guarda dolor desde hace tanto que a veces quizá no sabe qué parte pertenece a la noche y qué parte a la infancia.
Yann no respondió.
Margot habló con suavidad inesperada:
—Yo tampoco lo sabía. Y lo vi.
Delacroix se volvió hacia ella.
—Esa es la fuerza de la ilusión. El testigo suele colaborar sin querer.
—Muy amable.
—No era un reproche. Era una absolución parcial.
—No me gusta lo parcial.
—A la verdad tampoco, pero se conforma a menudo.
Vautrin miró hacia el pasillo.
—Debemos volver con Artaud.
—Sí.
—Y alguien debe vigilar a Adrien.
La frase salió del médico, no de Delacroix. Eso hizo que todos la escucharan de otra manera.
Colette miró a Vautrin.
—¿Lo acusa?
—No. Pero si de pronto me encontrara en una habitación con él y un sujetalibros de bronce, preferiría llevar casco.
Noël soltó un resoplido.
—El doctor también mejora con el café.
Delacroix se permitió una sonrisa mínima.
—Regresemos.
Noël apagó la lámpara de la sala de costura. Colette cerró la ventana. Yann dejó la chaqueta en la silla, no dentro de la caja. Delacroix aprobó en silencio. A veces una prenda colocada a la vista podía incomodar más que una acusación.
Caminaron de vuelta hacia la parte central de la casa.
Al llegar al cruce del pasillo, vieron a Éléonore Kéravel.
Estaba quieta junto a la escalera, vestida de negro, las manos unidas delante del cuerpo. No parecía sorprendida de encontrarlos. Tampoco parecía haber estado esperándolos. Con Éléonore, la diferencia era difícil de establecer. Algunas personas convierten todos sus gestos en apariciones.
—Monsieur Delacroix —dijo—. Mi hijo desea hablar con usted.
—Qué considerados se han vuelto todos con mis horarios.
—No está de humor para bromas.
—Entonces no debería hablar conmigo.
Éléonore miró hacia el ala oeste.
—¿Qué hacían allí?
—Escuchar a la casa.
—La casa no habla.
Colette, a espaldas de Delacroix, murmuró:
—Habla más de lo que conviene.
Éléonore la oyó. No respondió. Solo la miró, y en esa mirada había décadas de jerarquía intentando recordar por qué antes funcionaba mejor.
—Hemos reproducido la sombra —dijo Delacroix.
La frase borró algo del rostro de Éléonore.
No fue miedo. No todavía.
Fue cálculo.
—¿Qué sombra?
—La que madame Dufresne creyó ver en el faro.
—Creyó.
—Exacto. La palabra importante es esa.
Éléonore miró a Margot.
La escritora sostuvo su mirada con una tranquilidad insolente.
—Entonces se equivocó —dijo Éléonore.
—No —respondió Delacroix—. Vio justo lo que alguien quería que viera.
—No entiendo la diferencia.
—La entenderá cuando sea incómoda.
Éléonore apretó los labios.