Capítulo 14 — La sombra del faro
Delacroix pidió que apagaran tres lámparas.
Noël Prigent lo miró como si acabara de proponer quitarle las ruedas a una carreta en mitad de una pendiente.
—Monsieur, con esta casa no conviene tentar a la oscuridad. Ya viene bastante sola.
—Precisamente por eso quiero invitarla de forma ordenada.
—Nunca he conocido oscuridad ordenada.
—Eso explica muchas cosas de la humanidad.
Estaban en el pasillo del primer piso, frente a la ventana desde la que Margot Dufresne había visto la silueta durante la noche.
Afuera, la lluvia se había vuelto más fina, pero la niebla seguía agarrada al risco con una obstinación casi familiar.
El faro giraba a intervalos regulares, demasiado pálido para imponerse al día, aunque todavía visible cuando su luz atravesaba una zona más espesa de humedad.
Delacroix había reunido allí a Margot, Yann Le Guen, Noël, Colette Marchand y el doctor Vautrin.
No quería más público. Sobre todo no quería a Adrien.
El asesino, fuera quien fuese, ya había mostrado cierta inclinación por convertir cada escena en espectáculo.
Delacroix prefería reservarse al menos una función sin espectadores entusiastas.
Mireille había querido acompañarlos, pero él le pidió que se quedara con Artaud.
No porque la necesitara allí, sino porque alguien debía vigilar al notario mientras el resto de la casa fingía no estar esperando la siguiente desgracia.
Mireille aceptó sin protestar. Eso, en ella, ya empezaba a parecer una forma de valor.
—¿Aquí estaba usted? —preguntó Delacroix.
Margot se situó junto a la ventana.
—Sí. Más o menos.
—No más o menos. Exactamente, si puede.
La escritora apoyó una mano en el marco, ajustó la posición de los pies y miró hacia el faro.
—Aquí.
Delacroix se colocó a su lado. Desde ese punto, la torre se veía entre dos masas oscuras de árboles retorcidos.
La linterna superior quedaba enmarcada por el cristal de la ventana, y la lluvia de la noche anterior, recordó, habría convertido cada contorno en una insinuación.
La distancia era suficiente para mentir.
El viento, también. La mente humana, por descontado, no necesitaba demasiada ayuda.
—Vio la silueta en la parte alta del faro —dijo.
—Eso creí.
—Ahora ya duda.
—Ahora dudo de haber nacido.
—Una reacción saludable en esta casa.
Margot miró hacia el corredor.
—Gabriel dijo que no era la torre.
—Dijo muchas cosas antes de volver a desmayarse. Algunas quizá sean útiles. Otras quizá sean solo el modo que tiene una conmoción de escribir poesía mala dentro de una cabeza.
—“Cristal, reflejo, ventana del ala oeste” —repitió Margot—. Eso no suena a poesía.
—No. Suena a algo peor: una indicación.
Vautrin, que estaba apoyado contra la pared con los brazos cruzados, soltó un gruñido.
—Artaud apenas podía hablar. No convierta tres palabras de un hombre golpeado en un tratado de óptica.
—Doctor, la mayoría de los tratados de óptica serían más breves si alguien los hubiera escrito con una herida en la cabeza.
—Eso no es un argumento.
—No. Pero me ha permitido no darle la razón, que siempre es una pequeña victoria.
Yann permanecía un poco apartado, mirando hacia la ventana del ala oeste que Delacroix le había señalado minutos antes.
Era una ventana lateral, perteneciente a la antigua sala de costura.
Desde el pasillo no se veía de frente, sino en ángulo, medio oculta por una moldura exterior y por la inclinación de la casa.
De noche, con lluvia sobre el cristal, podía reflejar la luz del faro de un modo extraño: no como un espejo limpio, sino como una mancha pálida, torcida, capaz de mezclar lo que estaba fuera con lo que estaba dentro.
La Casa Torcida miraba de lado.
Gaspard lo sabía.
La frase de Artaud empezó a adquirir una incomodidad precisa.
—Yann —dijo Delacroix—, necesito que vuelva a detener la linterna.
El farero lo miró como si le hubiera pedido que disparara contra una campana de iglesia.
—No.
—Durante unos segundos.
—No.
—Controladamente.
—Usted no entiende lo que pide.
—Le pido que reproduzca lo que alguien hizo anoche.
—Exactamente.
La respuesta fue seca.
Colette lo miró.
—Yann.
—No voy a tocar el mecanismo para jugar al asesino.
Delacroix se acercó a él.
—No se lo pido para jugar. Se lo pido porque alguien ya lo hizo y está usando su conocimiento para culparlo. Si el faro puede mentir una vez, necesitamos obligarlo a mentir delante de nosotros.
Yann apretó la mandíbula.
—La linterna no miente.
—Entonces demuéstrelo. O ayúdenos a demostrar quién la obligó.
El farero miró hacia la torre. La luz giró una vez, tocó los cristales del pasillo y siguió hacia el mar.
—Necesitaré estar allí.
—No. Necesito que esté aquí.
—¿Aquí?
—Sí.
—Entonces no puedo detenerla.
Delacroix sonrió apenas.
—Eso también me interesa.
Yann entrecerró los ojos.
—¿Qué está haciendo?
—Intentando averiguar si la persona que creó la primera sombra necesitaba estar en el faro en ese momento.
El farero no respondió.
Colette sí lo comprendió primero.
—La sombra pudo hacerse desde la casa.
—Eso intento comprobar.
Margot miró hacia la ventana del ala oeste.
—¿Con la chaqueta del cuarto de prendas?
—O con algo parecido.
Noël levantó una mano con prudencia.
—Me gustaría declarar que, si alguien va a colgar ropa vieja de una ventana en una casa inclinada, prefiero que no sea el anciano con rodillas de repuesto imaginarias.
—Su protesta queda recogida con emoción —dijo Delacroix—. Vaya al cuarto de prendas.
Noël suspiró.
—Eso me pasa por hablar.
—Traiga la chaqueta oscura de la caja del faro. Y una cuerda.
—¿También debo traer una dignidad nueva para esta familia?
—Si encuentra alguna, avíseme. Sería la primera prueba inesperada del día.
Noël se marchó murmurando algo sobre detectives, chaquetas y gente muerta con muy poca consideración por los criados vivos.
Delacroix se volvió hacia Colette.
—Madame Marchand, necesito que abra la sala de costura.
Colette asintió.
Caminaron todos hacia el ala oeste. El pasillo volvió a inclinarse bajo sus pies.
De día, con más gente y menos tormenta, la casa parecía incluso más enferma.
La luz gris revelaba desconchones, grietas finas, zonas de madera hinchada.
No había fantasmas. Había humedad, errores, dinero perdido y años de silencio. Mucho más peligroso.
Colette abrió la sala de costura.
La estancia los recibió con su olor a tela vieja y aire cerrado.
La ventana lateral daba hacia el sendero y, más allá, en un ángulo oblicuo, hacia el faro.
Desde dentro, la torre no se veía completa.
Desde fuera, sin embargo, aquel cristal podía atrapar su luz y devolverla hacia el pasillo principal.
Delacroix estudió la geometría.
—La casa cedió hacia este lado —dijo.
Colette asintió.
—Sí.
—Y el marco de esta ventana quedó ligeramente desplazado.
—No cierra bien desde hace años.
Yann se acercó al cristal. Lo examinó con atención. No como un hombre que busca una pista literaria, sino como alguien que conoce la luz y sus trampas.
—Con lluvia encima —dijo al fin—, esto reflejaría la linterna.
—¿Desde el pasillo de madame Dufresne?
—Quizá.
—Esa palabra me persigue.
—Porque no quiere mentirle del todo.
—Una consideración que agradezco.
Noël regresó con la chaqueta oscura, una cuerda fina y una expresión de mártir doméstico. Dejó todo sobre la mesa de costura.
—Aquí tiene su fantasma.
Delacroix levantó la prenda. Era pesada, oscura, con el cuello alto y un corte antiguo. No era idéntica al abrigo de Gaspard, pero una noche de lluvia no era un salón de moda.
—¿Puede colgarse junto a la ventana? —preguntó.
Yann ya estaba mirando la estructura. Señaló un clavo viejo en el marco superior, casi oculto por una cortina recogida.
—Ahí.
—¿Para qué era?
Colette lo observó.
—Antes colgaban un paño grueso para cortar la corriente.
—Qué amables son las casas antiguas. Siempre ofrecen dispositivos para futuros crímenes.
Yann tomó la cuerda, pasó la chaqueta por el cuello y la sujetó al clavo. La prenda quedó colgando junto al cristal, deformada por su propio peso. Parecía poco. Casi ridícula. Un abrigo viejo suspendido en una habitación abandonada.
Noël la miró con decepción.
—Si eso asusta a alguien, la literatura tiene un problema.
—Paciencia —dijo Delacroix—. La mentira rara vez impresiona cuando se la ve entre bastidores.
Pidió a Colette que cerrara parcialmente las cortinas. Luego ordenó a Noël que apagara la lámpara del pasillo y dejara solo una luz débil en la sala. La habitación se oscureció. La chaqueta perdió sus detalles. Ya no era una prenda. Era una forma. Un torso sin cabeza clara. Una sombra con peso.
Yann miró hacia el faro.
—La luz no será suficiente de día.
—Entonces fingiremos noche.
—No puede fingir lluvia, viento y miedo.
—Por fortuna, tenemos una casa llena de materia prima.
Margot regresó al punto exacto del pasillo desde el que había visto la silueta.
Delacroix la acompañó. Vautrin se quedó en medio, escéptico, pero menos cómodo que antes.
Colette permaneció dentro de la sala de costura, junto a la chaqueta.
Yann se situó cerca de la ventana, calculando el ángulo. Noël, por una vez, estaba en silencio.
Delacroix miró desde el lugar de Margot.
Al principio no vio nada.
Solo el faro, borroso, recortado contra la niebla. Luego la luz giró. Pasó por la lluvia fina, rozó la ventana del ala oeste, rebotó en el cristal torcido y, durante una fracción de segundo, una mancha oscura apareció superpuesta a la parte alta de la torre.
No era perfecta.
Pero era suficiente.
Margot inhaló despacio.
—Dios.
—En esta casa no descartaría su presencia —dijo Delacroix—, aunque hasta ahora parece haber preferido no intervenir.
La luz volvió a pasar.
La sombra apareció de nuevo.