Muerte en el faro (Los misterios de Armand Delacroix 13) Capítulo 13 — El segundo silencio #2
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Capítulo 13 — El segundo silencio #2

—No. Le dijo que preguntara al señor Kéravel si quería saber algo de sus cosas.

—¿Y Adrien?

—Se rio. Dijo que pronto todos tendríamos que preguntar menos.

Delacroix sintió que la frase encajaba en un lugar desagradable.

—Gracias.

—No lo digo para acusarlo.

—Casi nadie acusa a tiempo cuando todavía está intentando perdonar.

Mireille volvió a mirar hacia el salón.

—¿Va a arrestarlo?

—No soy policía.

—Pero va a señalarlo.

—Cuando esté seguro.

—¿Y si está seguro demasiado tarde?

La pregunta era buena. Más que buena. Era la pregunta de toda la casa.

Delacroix no respondió de inmediato.

Desde algún punto cercano llegó la voz de Adrien.

—Mireille.

La joven se tensó.

Adrien apareció al fondo del pasillo. Llevaba el labio hinchado y una pequeña sombra de sangre seca en la comisura. Eso le daba un aspecto menos pulido, más peligroso. Se acercó sin prisa, con las manos en los bolsillos.

—Madre te busca.

—Madre parece buscarme mucho hoy.

—Quizá porque sigues hablando con el hombre que acusa a nuestra familia de todo salvo de mal tiempo.

Delacroix lo miró.

—El mal tiempo se defiende solo con bastante solvencia.

Adrien sonrió.

—¿Cómo está Gabriel?

—Vivo.

—Qué alivio. Ya habría sido descortés perder dos hombres en una mañana.

—La descortesía no parece una barrera muy sólida en esta casa.

Adrien miró hacia la biblioteca.

—¿Qué hacía ahí?

—¿Artaud?

—Usted.

—Descubrir que alguien falsifica peor que mata.

La sonrisa de Adrien apenas se movió.

—Qué frase tan vistosa. Debería guardarla para la explicación final.

—Prefiero no esperar tanto. El asesino parece impaciente.

Mireille miró a su hermano.

—Adrien, ¿dónde estabas cuando golpearon a Gabriel?

—Contigo.

—No todo el tiempo.

El rostro de Adrien cambió de una manera muy leve. No rabia. No miedo. Algo más íntimo: decepción, quizá, o la conciencia de que una pieza suya acababa de desobedecer.

—Mireille.

—Fuiste al pasillo.

—Fui a buscar a madre.

—Madre estaba en el salón.

—Después.

—No.

Adrien la miró en silencio.

Delacroix no intervino. Los hermanos, cuando discuten de verdad, suelen ofrecer más verdad que cualquier interrogatorio. El problema era que también podían ofrecer heridas nuevas, y la mañana ya tenía suficiente sangre.

—No sabes lo que estás haciendo —dijo Adrien.

—Por primera vez, creo que sí.

—No. Estás dejando que un extraño convierta nuestro dolor en sospecha.

—No es él quien lo hace.

Adrien respiró despacio.

—Eres muy injusta.

La frase fue extraña. No encajaba con su tono habitual. Sonó casi sincera. Y precisamente por eso hizo más daño. Mireille bajó la vista.

—Quizá.

Adrien aprovechó la grieta.

—Madre te necesita.

—Madre necesita que nadie hable.

—Madre acaba de perder a su cuñado.

—Madre acaba de perder el control de la casa.

Adrien se quedó quieto.

La frase había salido antes de que Mireille pudiera medirla. Pero ya estaba allí, y en La Casa Torcida las frases, una vez dichas, no encontraban fácilmente la salida.

Delacroix vio pasar por el rostro de Adrien una sombra fría.

—Ve con ella —dijo él.

No era una petición.

Mireille dudó. Luego miró a Delacroix.

—Después quiero hablar con usted.

—Por supuesto.

Adrien sonrió.

—Qué tranquilizador. Ya reserva audiencia con el juez.

—No —dijo Mireille—. Con alguien que escucha.

Y se marchó.

Adrien la siguió con la mirada hasta que desapareció por el corredor. Cuando volvió hacia Delacroix, la cortesía había regresado a su rostro, pero venía mal abrochada.

—Mi hermana es sensible.

—Todos lo somos. Algunos tienen más talento para disimularlo con veneno.

—¿Cree que golpeé a Gabriel Artaud?

—Creo que la persona que lo golpeó sabía dónde encontrarlo, sabía que había empezado a hablar y sabía que la mejor manera de protegerse era escribir una nota que apuntara hacia Yann.

—Eso no responde.

—Responde bastante. Solo que no con su nombre, y eso le impacienta.

Adrien se acercó un paso.

—Está obsesionado conmigo.

—No se halague. Reparto mi desconfianza con bastante justicia.

—Y sin pruebas.

—Tengo pruebas. Lo que no tengo todavía es la cortesía de fingir que no las entiendo.

—¿Qué pruebas?

Delacroix sonrió apenas.

—Me encanta cuando los sospechosos piden inventario. Siempre parece que quieren comprobar si falta algo.

Adrien apretó la mandíbula.

—Mi tío se suicidó o cayó. Artaud se asustó y quizá tropezó. Yann tiene motivos, acceso al faro y temperamento. Colette tenía llaves. Noël bebe. Margot ve sombras donde le conviene. Mi hermana está nerviosa. Mi madre intenta mantener una casa en pie. Y usted insiste en que todo gira a mi alrededor.

—No todo.

—¿No?

—El faro también gira.

Adrien soltó una risa seca.

—Qué brillante.

—Lo suficiente para haber iluminado anoche una silueta falsa.

La risa murió.

Delacroix dejó que el silencio hiciera su trabajo.

—¿Subió usted alguna vez a la linterna del faro después de niño? —preguntó.

—No.

—¿Nunca?

—No.

—Qué curioso. Yann dijo que cualquiera que hubiera pasado allí media infancia sabría qué tocar para hacer que la luz se detuviera unos segundos.

—Yann dice muchas cosas cuando no está golpeando.

—Sí. Algunas útiles.

—¿Me está acusando de manipular el faro?

—No todavía.

—¿De matar a mi tío?

—No todavía.

—¿De atacar al notario?

—No todavía.

Adrien se inclinó apenas hacia él.

—Entonces quizá debería decidirse antes de que esta casa encuentre otro muerto que atribuirme.

Delacroix lo miró con calma.

—Esa frase casi ha sonado a advertencia.

—Tómela como quiera.

—Lo hago siempre.

Adrien se apartó.

—Voy con mi madre.

—Naturalmente.

—No intente hablar a solas con Mireille.

—No puedo prometer algo tan tentador.

Adrien lo miró por última vez y se alejó hacia el salón.

Delacroix esperó unos segundos antes de volver a la biblioteca.

No porque temiera a Adrien. El miedo, cuando llega, suele tener el buen gusto de avisar con algo más concreto que una sonrisa cara. Esperó porque quería escuchar.

La casa habló poco.

Una puerta cerrándose. Pasos en el salón. La lluvia. El faro.

Y, desde la estancia pequeña junto a la cocina, la voz baja del doctor Vautrin dando órdenes.

Delacroix entró otra vez en la biblioteca. Ahora sí, la recorrió con paciencia. Revisó el tintero, la pluma húmeda, la cartera de Artaud, la alfombra junto a la estantería. Después volvió al sujetalibros de bronce.

El león derecho tenía una mancha en la base. La retiró con el pañuelo y observó mejor el borde. Sangre, probablemente. Y un cabello gris claro adherido.

Artaud tenía el pelo gris claro.

El arma, entonces, no había salido de la habitación. El agresor había entrado, escrito la nota o dejado que Artaud la leyera, lo había golpeado con lo primero que tuvo a mano y había escapado por la puerta lateral.

No era un plan perfecto.

Era un plan urgente.

Eso también importaba.

Delacroix miró la puerta lateral. Daba al pasillo que conducía al ala oeste. La misma zona de la puerta de servicio. La misma zona de las manchas, la escalera secundaria, las prendas viejas, el camino al faro. Demasiadas líneas convergían allí. O alguien quería que convergieran.

Se acercó a la mesa y revisó la carpeta de Artaud. No faltaba nada evidente. Pero entre las hojas encontró una página con tinta corrida en una esquina, como si alguien la hubiera tocado con los dedos húmedos. En el margen, Artaud había escrito una nota:

L. debe quedar protegido. G. insiste. A. se opondrá.

Delacroix leyó las iniciales.

L. Yann Le Guen.

G. Gaspard.

A. Adrien.

A veces los notarios, incluso los cobardes, tenían la mala costumbre de dejar sus miedos ordenados por letras.

La puerta se abrió.

Margot Dufresne apareció en el umbral.

—No me mire así —dijo—. He llamado.

—No he oído.

—Eso no mejora la manera en que me mira.

—Estoy rodeado de personas que aparecen en puertas después de agresiones. Mi cortesía se encuentra bajo presión.

Margot entró sin esperar permiso. Observó la biblioteca, la alfombra, la estantería, el sujetalibros separado.

—¿Lo atacaron aquí?

—Sí.

—¿Con eso?

Señaló el león de bronce.

—Probablemente.

—Pobre Gabriel. Siempre pensé que moriría de prudencia.

—De momento, su prudencia solo ha sufrido una conmoción.

Margot se acercó a la ventana.

—Vi a alguien salir de la biblioteca.

Delacroix la miró.

—¿Cuándo?

—Poco antes de que Noël gritara por el doctor.

—¿Por qué no lo dijo antes?

—Porque no vi quién era.

—Eso no suele detener a nadie en esta casa.

—A mí sí. A veces.

—¿Dónde estaba usted?

—En el pasillo del salón. Había salido porque Adrien y Mireille discutían, y la discusión familiar tiene menos interés cuando una ya conoce el vocabulario. Entonces vi moverse la puerta lateral de la biblioteca.

—¿Y?

—Alguien salió hacia el ala oeste. Solo vi el borde de una chaqueta. Oscura. Una mano. Nada más.

—¿Hombre? ¿Mujer?

—No lo sé.

—¿Altura?

—Media. O quizá iba agachado.

—¿Color de la mano? ¿Guante?

Margot cerró los ojos, intentando recordar.

—Guante oscuro. Creo.

—¿Cojera? ¿Paso rápido?

—Rápido. Muy rápido. Como alguien que conoce el camino y sabe dónde cruje menos.

Delacroix la observó.

—Esa última parte parece interpretación.

—Lo es. Pero no mala.

—No he dicho que lo fuera.

Margot miró la nota sobre la mesa. No la tocó.

—¿El mensaje señalaba a Yann?

—Sí.

—Entonces no fue Yann.

—Qué rapidez.

—Un hombre como Yann, si golpeara a Gabriel para callarlo, no escribiría una frase teatral culpándose a sí mismo. Lo dejaría inconsciente y ya. Es más eficiente y bastante menos literario.

Delacroix casi sonrió.

—Debe tener cuidado, madame Dufresne. Empieza a sonar útil.

—No se preocupe. Es una recaída pasajera.

Miró hacia la puerta.

—Adrien tampoco escribiría una frase tan mala.

Delacroix alzó ligeramente las cejas.

—Interesante.

—Adrien es cruel, pero no cursi.

—La cursilería criminal puede fingirse.

—Sí. Pero la mala letra no siempre. Esa nota imitaba a alguien, ¿verdad?

—A Gaspard.

—Entonces quien la escribió quería que pareciera una advertencia del muerto. O una vieja frase suya. Algo así.

—Quizá.

—Y Gabriel la reconoció como falsa.

—Quizá por eso lo golpearon.

Margot se abrazó con el chal.

—Esto ya no es una investigación elegante, ¿verdad?

—Nunca lo fue. Solo tenía buena iluminación.

La escritora miró hacia el faro.

—La linterna —murmuró.

Delacroix se quedó quieto.

—¿Qué?

—Eso dijo Gabriel, ¿no? Noël me lo contó. “La linterna.”

—Sí.

—Quizá no hablaba del faro en general.

—Continúe.

—En una obra de teatro, cuando alguien dice “la linterna”, no necesariamente habla de una torre. Habla de luz. De quién ilumina. De desde dónde se ve algo.

Delacroix miró el faro por la ventana.

Luego la biblioteca.

Luego la puerta lateral.

—Madame Dufresne, ¿desde esta biblioteca se ve la linterna del faro?

Ella se acercó al cristal y apartó la cortina.

—No directamente. Desde aquí se ve la torre, pero la parte alta queda medio tapada por el ala oeste.

Delacroix se acercó.

Era cierto. Desde aquella ventana, el faro aparecía cortado por el ángulo de la casa. No se veía la sala de la linterna completa. Pero sí se veía algo más.

La ventana del pasillo desde donde Margot había observado la silueta.

Y, reflejado débilmente en el cristal de esa ventana, si la luz pasaba en cierto ángulo, podía verse el destello de la linterna.

No la figura real.

Su reflejo.

Delacroix sintió que una pieza se movía, no para encajar, sino para mostrar que había otra debajo.

—La silueta —dijo.

Margot lo miró.

—¿Qué pasa con ella?

—Quizá no estaba donde usted creyó verla.

—Yo vi el faro.

—Vio luz, cristal, lluvia y una forma. Eso no siempre es lo mismo que ver un lugar.

Margot tardó en entender.

Cuando lo hizo, abrió un poco los ojos.

—Un reflejo.

Delacroix no respondió.

Volvió hacia la mesa y recogió la nota escrita por Artaud: L. debe quedar protegido. G. insiste. A. se opondrá.

La linterna.

El reflejo.

La sombra.

La casa inclinada.

El asesino no solo había usado el faro.

Quizá había usado también la casa para hacer que el faro mintiera desde otro ángulo.

En el pasillo se oyó la voz del doctor Vautrin.

—¡Monsieur Delacroix!

Delacroix salió enseguida. Margot lo siguió.

Vautrin estaba al final del corredor, junto a Noël. Tenía las mangas remangadas y el gesto severo.

—Ha despertado.

—¿Artaud?

—Sí. Pero está confuso. No sé cuánto durará.

Delacroix caminó hacia él.

—¿Puede hablar?

—Puede intentarlo.

—Eso suele bastar.

En la estancia pequeña, Gabriel Artaud estaba recostado sobre un diván, con una venda alrededor de la cabeza y la piel color ceniza. Sus ojos se movieron al ver entrar a Delacroix. Le costaba enfocar, pero el miedo lo ayudó a reconocerlo.

—Monsieur… Delacroix…

—Estoy aquí.

—La linterna…

—Lo sé. Hábleme de ella.

Artaud tragó saliva.

—No era… no era la torre.

Delacroix se inclinó.

—¿Qué no era la torre?

—La sombra.

La habitación quedó inmóvil.

—¿Dónde estaba?

Artaud cerró los ojos con fuerza, como si el recuerdo le doliera más que la herida.

—Cristal… reflejo… la ventana del ala oeste… Gaspard lo sabía… dijo que la casa miraba de lado…

Delacroix sintió que Margot, detrás de él, contenía el aliento.

—¿Quién lo golpeó, monsieur Artaud?

El notario abrió los ojos.

Por un segundo pareció ver a alguien que no estaba en la habitación.

—No vi… la cara…

—¿Vio algo?

—Mano… guante… olor…

—¿Qué olor?

Artaud respiró con dificultad.

—Salitre… y violetas.

Delacroix levantó la cabeza.

Violetas.

La habitación azul.

El jarrón de porcelana con violetas pintadas. El perfume de Éléonore, quizá. El jabón de Mireille. Un pañuelo. Una trampa.

Artaud volvió a cerrar los ojos.

—La copia… no la robó para leerla…

—¿Entonces para qué?

El notario apenas movió los labios.

—Para cambiar… una página…

Después se hundió otra vez en la inconsciencia.

Vautrin apartó a Delacroix con firmeza.

—Basta.

Delacroix no discutió.

Salió de la estancia pequeña con la frase clavada en la mente.

No la robó para leerla.

Para cambiar una página.

El asesino no solo estaba ocultando el testamento.

Estaba reescribiendo el motivo.

Y eso significaba que la verdad, hasta entonces, había sido solo una versión incompleta de la mentira.