Capítulo 13 — El segundo silencio
Gabriel Artaud no cayó como caen los muertos.
Cayó como caen los hombres que todavía tienen algo que decir.
Eso, en una casa como aquella, resultaba bastante más peligroso.
Delacroix lo sostuvo apenas un segundo antes de que el peso blando del notario venciera sus brazos y lo obligara a dejarlo despacio sobre la alfombra.
Artaud respiraba. Mal, pero respiraba. Tenía la piel fría, la boca entreabierta, las gafas torcidas y una línea de sangre descendiendo desde la sien izquierda hasta el cuello de la camisa.
La herida no parecía profunda, aunque las heridas en la cabeza tenían una tendencia desagradable a exagerar por fuera y a ocultar por dentro.
—Doctor Vautrin —llamó Delacroix, sin gritar.
No hacía falta. La Casa Torcida ya estaba escuchando.
Noël Prigent apareció de nuevo en la puerta casi al mismo tiempo que el doctor Vautrin llegaba desde el pasillo, maletín en mano y expresión de hombre al que la mañana acababa de cobrarle intereses.
—¿Qué demonios ha pasado ahora? —preguntó.
—Monsieur Artaud ha decidido añadir variedad a nuestra lista de víctimas.
—No bromee.
—Créame, doctor, estoy haciendo un esfuerzo admirable por no hacerlo peor.
Vautrin se arrodilló junto al notario con una agilidad que parecía nacida más de la irritación que de la juventud. Apartó las gafas, abrió un párpado, examinó la herida y apoyó los dedos en el cuello de Artaud.
—Está vivo.
—Una excelente costumbre. Recomiéndele conservarla.
—Necesito luz.
Noël ya estaba moviéndose hacia la ventana.
Abrió una cortina pesada y la claridad gris entró en la biblioteca como si también ella pidiera disculpas.
Los libros, las maderas oscuras, la mesa, la cartera abierta, todo pareció más viejo bajo aquella luz.
Más culpable, quizá. La luz no mejora necesariamente las cosas; a veces solo les quita el romanticismo.
Delacroix seguía sosteniendo el papel arrugado.
El hijo del faro también puede apagar la luz.
Lo leyó otra vez.
La frase tenía la vulgaridad de las amenazas que desean parecer poéticas.
Imitaba una elegancia que no poseía. Peor aún, imitaba a Gaspard Kéravel sin entenderlo.
La letra era parecida a la del muerto, pero demasiado esforzada, demasiado inclinada hacia una intención concreta.
Un falsificador mediocre copia los trazos.
Uno bueno copia el cansancio. Aquel papel no tenía cansancio; tenía prisa.
—¿Qué es eso? —preguntó Vautrin, sin apartar los ojos de Artaud.
—Una ayuda del asesino.
—Eso nunca suena bien.
—Porque rara vez lo es.
Noël se inclinó un poco.
—¿Puedo verlo?
Delacroix le mostró el papel sin entregárselo.
El criado lo leyó y su rostro cambió. No mucho. Noël tenía esa edad en la que los sobresaltos ya no suben a la cara con facilidad, pero aquel mensaje tocó algo.
—Quieren señalar al muchacho —dijo.
—Sí.
—Cada vez con menos vergüenza.
—La vergüenza es una virtud que envejece mal en algunas familias.
Vautrin terminó de revisar a Artaud.
—No parece grave. Lo golpearon en la sien con algo duro, pero no lo bastante fuerte para matarlo. O el agresor calculó mal, o no quería matarlo.
—Quería callarlo —dijo Delacroix.
—Pues ha elegido mal. Los notarios callan casi de nacimiento.
Noël soltó una tos breve. Delacroix habría sonreído de no ser por el notario inconsciente, la sangre en la alfombra y el hecho de que el asesino parecía estar adquiriendo confianza.
—¿Puede moverlo? —preguntó.
—Sí. Pero con cuidado. Necesito llevarlo a una habitación, limpiarle la herida y esperar a que despierte.
—Aquí no.
—¿Por qué?
Delacroix miró la biblioteca.
—Porque aquí alguien acaba de demostrar que las habitaciones cerradas de esta casa tienen demasiado tránsito.
Vautrin no discutió.
—La sala de estar pequeña, entonces. Cerca de la cocina. Colette podrá ayudar.
—No —dijo Delacroix—. Colette se queda lejos de esto por ahora.
El doctor lo miró.
—¿Sospecha de ella?
—Sospecho de cualquiera que el asesino intente colocar bajo una lámpara. Prefiero no facilitarle el escenario.
Vautrin gruñó, pero aceptó.
Con ayuda de Noël, levantaron a Artaud. El notario emitió un gemido bajo, casi avergonzado, pero no abrió los ojos. Mientras lo sacaban de la biblioteca, Delacroix se quedó atrás unos segundos.
La cartera de Artaud seguía abierta sobre la mesa.
La carpeta azul estaba allí.
También el tintero.
La gota de tinta del pasillo, la de antes, volvía ahora con más fuerza.
Alguien había escuchado detrás de la puerta lateral.
Alguien había entrado o intentado entrar después.
Alguien había dejado un mensaje escrito con tinta negra y una letra falsa.
Demasiadas visitas para una biblioteca donde, en teoría, el notario se había refugiado solo.
Delacroix se acercó al escritorio.
El tintero estaba destapado.
No lo había estado cuando dejó a Artaud antes.
O quizá sí. Intentó recordar la escena con precisión: la cartera abierta, la carpeta azul, el sobre de notas de Gaspard, las manos nerviosas del notario, el ruido detrás de las estanterías, la gota de tinta en el pasillo.
No, el tintero sobre la mesa principal no estaba abierto. Alguien lo había usado.
Cogió la pluma.
La punta seguía húmeda.
No era una gran prueba. En aquella casa, las pruebas grandes parecían haber aprendido a no presentarse sin máscara. Pero las pequeñas tenían una honradez más útil.
Delacroix olió la tinta. Negra, fuerte, común. La misma, probablemente, que la gota del pasillo. Miró alrededor. En la alfombra, junto a la estantería donde Artaud había caído, había una pequeña mancha circular. No sangre. Tinta. Muy cerca, un libro estaba ligeramente fuera de su sitio.
Lo retiró.
Era un volumen grueso de historia marítima, encuadernado en piel oscura. Detrás no había nada salvo polvo. Pero el polvo estaba alterado. Alguien había metido la mano allí hacía poco.
Delacroix pasó un dedo enguantado por el hueco.
Nada.
O casi nada.
Un fragmento de papel rasgado se había quedado atrapado entre la madera y el lomo de otro libro. Lo sacó con cuidado. Era pequeño, apenas una esquina, pero conservaba parte de una palabra escrita a mano.
“…venta…”
La letra no era la de Gaspard.
Era de Artaud.
Delacroix guardó el fragmento.
Luego revisó el suelo alrededor. Un objeto pesado podía haber sido utilizado como arma.
Sobre la mesa auxiliar había dos sujetalibros de bronce con forma de leones.
Uno estaba limpio. El otro tenía una mancha oscura en la base, casi borrada.
Lo levantó con el pañuelo. Pesaba lo suficiente para dejar inconsciente a un hombre sin matarlo, si quien golpeaba tenía suerte o moderación.
A veces la diferencia entre ambas cosas era simplemente cobardía.
Se oyó un murmullo en el pasillo.
La casa empezaba a reunir a sus habitantes otra vez.
Delacroix dejó el sujetalibros sobre la mesa, no donde estaba, sino un poco separado. Quería ver quién miraba primero el vacío que dejaba.
Al salir al pasillo, encontró a Mireille.
Venía apresurada desde el salón, con el rostro desencajado.
—¿Es cierto? ¿Han atacado a Gabriel?
—Lo han golpeado.
—¿Está muerto?
—No.
La respuesta la alivió de una manera que no parecía solo humanitaria.
Delacroix la observó.
—¿Le preocupa mucho monsieur Artaud?
Mireille tardó un segundo en comprender la pregunta.
—Me preocupa que alguien esté golpeando gente dentro de la casa.
—Una preocupación razonable, aunque no responde.
Ella bajó la voz.
—Gabriel no es malo. Es débil.
—La debilidad puede ser muy peligrosa si alguien la empuja en la dirección adecuada.
—¿Cree que sabía algo?
—Lo sabía con toda seguridad. El problema es decidir si sabía lo que creía saber o lo que alguien temía que supiera.
Mireille miró hacia la biblioteca.
—Adrien estaba conmigo.
Delacroix no dijo nada.
Ella se dio cuenta de la prisa con la que había hablado.
—Quiero decir… cuando ocurrió. Creo.
—¿Cree?
—Estábamos en el salón. Mi madre también. Margot. Yann y Colette habían ido a la cocina con usted. Noël estaba entrando y saliendo. El doctor estaba con el cuerpo. No sé el momento exacto.
—Los momentos exactos tienen una mala costumbre: llegan cuando ya nadie puede ofrecerlos.
Mireille se abrazó a sí misma.
—Adrien no pudo hacerlo.
—¿Porque lo vio todo el tiempo?
La joven abrió la boca.
No respondió.
Delacroix asintió.
—Eso pensaba.
—Estaba en el salón cuando Noël vino a avisar.
—Eso no significa que estuviera en el salón cuando golpearon a Artaud.
—No puede ser siempre Adrien.
—Tiene razón.
Mireille pareció respirar.
—Pero tampoco puede dejar de serlo solo porque sea su hermano.
La respiración se le quedó a medias.
—Usted no entiende.
—Entiendo algunas cosas. Que lo teme. Que lo quiere. Que le avergüenza quererlo cuando dice ciertas cosas. Que lleva años intentando distinguir entre el hermano que recuerda y el hombre que tiene delante. Y que esta mañana ambos se han parecido menos que nunca.
Mireille bajó los ojos.
—Antes no era así.
—Nadie lo es.
—No. Quiero decir… era cruel, sí. Orgulloso. Caprichoso. Pero no era esto.
—¿Esto qué?
Ella miró hacia el salón, como si Adrien pudiera escucharla desde cualquier rincón.
—Alguien que disfruta empujando a los demás hasta que hacen justo lo que él necesita.
Delacroix guardó la frase con cuidado.
—¿Cuándo empezó?
Mireille tardó demasiado.
—Cuando entendió que la casa podía no ser suya.
—¿Hace cuánto?
—No lo sé. Meses. Tal vez más. Pero en los últimos días… —Se interrumpió.
—Continúe.
—Adrien estaba distinto. Nervioso. Revisaba papeles. Discutió con tío Gaspard. Preguntó por la caja del escritorio.
—¿La caja donde estaba la llave del faro?
Mireille levantó la vista, sorprendida por la conexión que ella misma no había hecho.
—Sí.
—¿Cuándo?
—Ayer. Antes de la cena. Preguntó a Colette si tío Gaspard seguía guardando “sus pequeñas reliquias” en la caja de madera.
—¿Colette respondió?