Capítulo 12 — El hijo que no llevaba el apellido #2
—¿Gaspard habló con usted últimamente? —preguntó.
Yann tardó en contestar.
—Sí.
—¿De qué?
—De la casa. Del faro. De que había cosas que debían cambiar.
—¿Le dijo que iba a reconocerlo?
—No con esas palabras.
—¿Con cuáles?
Yann pasó una mano por el borde de la mesa, como si necesitara sentir algo sólido.
—Me dijo que el faro no debía quedar en manos de Adrien. Que una luz no podía pertenecer a alguien que solo veía en ella una forma de vender habitaciones con vistas al mar.
—Una frase bastante clara.
—Gaspard tenía muchas frases claras para no decir lo único que importaba.
—¿Y qué importaba?
Yann lo miró.
—Que dijera: soy tu padre. Que lo dijera una vez. Sin testigos, si era tan cobarde. Sin papeles. Sin herencia. Sin casa. Solo una vez.
Colette se llevó una mano al pecho, pero no lloró.
Delacroix sintió una punzada de respeto triste por aquella contención.
Algunas lágrimas son demasiado fáciles. Colette parecía haber agotado las suyas muchos años antes, quizá fregando la vajilla de personas que discutían sobre apellidos mientras su hijo crecía en una habitación prestada por el silencio.
—¿Se lo dijo? —preguntó Delacroix.
Yann negó.
—No.
—¿Y aun así iba a reconocerlo legalmente?
—Eso dice usted.
—Eso dicen sus papeles.
Yann volvió hacia él.
—¿Qué papeles?
—Notas entregadas al notario. Una copia preliminar desaparecida. La decisión de Gaspard de impedir la venta de la casa y favorecer a alguien de fuera. O, más exactamente, a alguien a quien esta familia decidió dejar fuera.
Colette cerró los ojos.
Yann se quedó muy quieto.
—No lo sabía —dijo.
Delacroix lo observó con atención.
Era una frase sencilla. Podía ser mentira. Pero no tenía el brillo defensivo de las mentiras improvisadas. No buscaba salvarlo. Al contrario, lo dejaba expuesto a una emoción que aún no sabía manejar.
—¿No sabía que iba a heredar algo?
—No.
—¿Nada?
—Nada.
—¿Ni el faro?
—Gaspard dijo que quería arreglar el futuro del faro. Pensé que hablaba de fondos, de mantenimiento, de sacarlo de las manos de Adrien. No de mí.
—¿Y cómo reaccionó usted?
Yann apretó los dientes.
—Mal.
—Sea más concreto.
—Le dije que llegaba tarde. Que podía quedarse con su culpa. Que yo no era una pared rota de su casa para que mandara a un albañil al final de la vida.
Colette abrió los ojos.
—No me contaste eso.
—No tenía ganas de darte otro fracaso suyo para guardar.
La frase fue cruel sin querer serlo. Quizá por eso dolió más.
Delacroix intervino.
—¿Cuándo ocurrió esa conversación?
—Anteayer. En el faro.
—¿Alguien la oyó?
—No lo sé.
—¿Discutieron?
—Sí.
—¿Fuerte?
—Lo suficiente para que el viento pareciera educado.
—¿Amenazó usted a Gaspard?
Yann sostuvo su mirada.
—No.
—¿Lo empujó? ¿Lo golpeó?
—No.
—¿Deseó hacerlo?
Colette dio un paso.
—Monsieur…
—Sí —dijo Yann.
La respuesta la detuvo.
Yann miraba a Delacroix sin orgullo y sin vergüenza. Solo con cansancio.
—Sí. Lo deseé. Más de una vez. Durante años, si quiere una confesión más bonita. Pero no lo hice.
—¿Por qué?
—Porque mi madre lo amó.
Colette se volvió hacia él como si acabara de oír algo más terrible que una acusación.
—Yann…
—Y porque yo también quería que lo dijera —continuó él—. Aunque fuera tarde. Aunque lo odiara. Aunque después le escupiera en la cara. Quería oírlo.
La cocina quedó suspendida.
Delacroix pensó que los motivos humanos raras veces eran limpios. Un hombre podía odiar a su padre, desear golpearlo, necesitar su reconocimiento y aun así no matarlo porque la muerte cerraba una puerta que el odio prefería mantener abierta.
—Entonces Gaspard muere antes de decirlo —dijo.
Yann miró el fogón.
—Sí.
—Y alguien deja su llave junto al cuerpo para que parezca que usted la usó.
—Sí.
—Y provoca que golpee a Adrien delante de todos.
Yann volvió la cabeza.
—Yo golpeé a Adrien porque abrió la boca.
—Adrien abrió la boca para que usted lo golpeara.
—Lo sé.
—Lo sabe ahora.
—Lo sabía antes. Pero hay cosas que un hombre sabe y aun así no consigue impedir.
Delacroix asintió levemente.
Era una buena definición de casi todo lo importante.
Colette se sentó, por fin. Lo hizo despacio, como si la silla estuviera más lejos de lo que parecía.
—Gaspard vino a verme la tarde en que usted llegó —dijo.
Delacroix la miró.
—¿Antes de mi llegada?
—Poco antes.
—¿Qué quería?
—Pedirme perdón.
Yann se quedó inmóvil.
—¿Qué?
Colette no lo miró. Quizá no podía.
—Vino a la cocina. Noël estaba en el patio, Élise en la despensa. Me dijo que había escrito al notario. Que iba a hablar con todos. Que no esperaba que yo lo perdonara, pero que no quería morir dejando a Yann como una sombra más de esta casa.
—No me lo dijiste —dijo Yann.
—No sabía si debía hacerlo.
—¿No sabías?
—No.
—Madre…
La palabra salió agotada.
Colette levantó la vista hacia él.
—Tenía miedo.
—¿De qué? ¿De que por fin dijera la verdad?
—De que la dijera mal. De que te hiciera daño otra vez. De que convirtiera su culpa en una ceremonia y tú tuvieras que estar delante, escuchando cómo una familia te miraba como si fueras una amenaza para sus muebles.
Yann no contestó.
Delacroix vio que la ira del farero buscaba dónde ponerse y no encontraba sitio. No podía caer del todo sobre Colette. No podía ya caer sobre Gaspard. No debía caer sobre sí mismo. Eso dejaba a Adrien, a la casa, al mundo, al faro. Muchas superficies y ninguna suficiente.
—¿Gaspard le dijo a quién más pensaba comunicárselo? —preguntó.
—A todos. Después del desayuno.
—¿Mencionó a Adrien?
—Sí.
—¿Qué dijo?
Colette dudó.
—Que Adrien lo odiaría.
—¿Por la herencia?
—Por lo que la herencia contaba.
Delacroix se inclinó apenas hacia ella.
—Explíquese.
—Si Gaspard reconocía a Yann, no solo cambiaba el testamento.
Cambiaba la historia. Adrien dejaría de ser el heredero limpio de una familia limpia.
La casa tendría que aceptar que llevaba cuarenta y seis años fingiendo.
Éléonore tendría que aceptar que su cuñado, mientras ella defendía el apellido, había dejado crecer a su propio hijo en la puerta de servicio.
Mireille… —Se detuvo—. Mireille habría sufrido, pero no por ella. Por todos.
—¿Y Adrien lo sabía?
—No lo sé.
—¿Lo sospechaba?
Colette miró a Yann. Luego respondió:
—Sí.
—¿Desde cuándo?
—Desde siempre, quizá. Pero últimamente más. Hizo preguntas. Comentarios. Se burló de Gaspard por bajar tanto al faro. Una vez dijo que el viejo se había encariñado con sus remordimientos.
—¿Delante de Gaspard?
—Sí.
—¿Y Gaspard?
—Se calló.
—Eso debió de confirmar bastante.
Colette asintió.
—Gaspard callaba muy mal cuando tenía culpa.
Yann soltó una risa amarga.
—Callaba perfectamente. Durante cuarenta y seis años.
—No —dijo Colette con suavidad—. Durante cuarenta y seis años calló fatal. Por eso todos lo sabían y nadie decía nada.
La frase atravesó a Yann de una forma extraña. No lo calmó, pero le quitó una parte de la certeza. A veces no hay mayor crueldad que descubrir que el secreto que nos destruyó ni siquiera estaba bien guardado.
Delacroix sacó la segunda llave del pañuelo y la dejó sobre la mesa, entre los tres.
—Esta llave salió de la caja de Gaspard. Para sacarla hacía falta la llave de la caja o acceso a ella. Usted tenía copia. Gaspard tenía la suya. ¿Quién más pudo abrirla?
Colette miró la llave pequeña que todavía llevaba en el bolsillo.
—Noël sabía dónde guardaba yo la copia, pero no la habría usado.
—Noël puede ser muchas cosas. Todavía no hemos decidido cuáles.
—No lo hizo.
—Otra declaración de fe.
—Noël no traicionaría a Gaspard.
Yann habló entonces:
—No por Adrien.
Delacroix lo miró.
—¿Qué quiere decir?
—Noël desprecia a Adrien.
—Eso no lo vuelve inocente.
—Lo vuelve menos tonto. Cualquiera que dejara esa llave ahí sabía que podía señalarme a mí o a mi madre. Noël no haría eso.
—¿Y Adrien sí?
Yann miró la llave.
—Adrien haría cualquier cosa que le permitiera seguir mirándose al espejo.
La frase no sonó a odio. Sonó a diagnóstico.
Delacroix recogió la llave.
—¿Gaspard llevaba siempre la llave del faro encima?
—No —dijo Colette—. Solo cuando pensaba ir. Normalmente la dejaba en la caja.
—Entonces alguien la sacó antes o después de matarlo.
—Sí.
—Si la sacó antes, preparó el acceso al faro. Si la sacó después, volvió a la habitación o ya sabía dónde estaba.
—Sí.
—Y si la dejó junto al cadáver esta mañana, tuvo que entrar en la sala de billar mientras todos estaban distraídos.
Colette pensó.
—Durante la discusión en el salón. Cuando Yann golpeó a Adrien.
—Exactamente.
Yann levantó la vista.
—Eso ocurrió por mi culpa.
—No se conceda tanta importancia. El asesino utilizó una reacción que otra persona provocó. La culpa puede esperar turno.
—¿Quién salió del salón entonces?
Delacroix repasó mentalmente la escena. Vautrin había acudido a Adrien. Mireille se había puesto de pie. Colette sujetaba a Yann. Noël había entrado desde el pasillo. Éléonore se había acercado y luego detenido. Margot permanecía junto a la ventana. Artaud…
Artaud.
—El notario se movió —dijo.
Colette frunció el ceño.
—¿Artaud?
—Se levantó un momento cuando Adrien sangraba. O hizo ademán de hacerlo. No estoy seguro.
Yann negó.
—Artaud no mató a Gaspard.
—No he dicho que lo hiciera. Pero puede haber visto algo. O alguien puede necesitar que parezca que no vio nada.
Delacroix guardó la llave.
—Monsieur Le Guen, necesito que no vuelva a golpear a nadie.
—No prometo imposibles.
—Entonces prometa algo más útil: si Adrien vuelve a provocarlo, piense que quizá está suplicándole ayuda para construir su defensa.
Yann respiró despacio.
—Lo intentaré.
—Es menos de lo que esperaba, pero más de lo que suele ofrecer la naturaleza humana.
Colette se levantó.
—¿Va a decirles a todos lo de Yann?
Yann se volvió hacia ella.
—¿Seguirás llamándolo “lo de Yann”?
Colette recibió la frase sin defenderse.
Delacroix miró a ambos.
—La verdad ya está saliendo por las grietas. Puedo dejar que salga deformada por Adrien o puedo darle forma antes. Pero no puedo volver a encerrarla.
—No quiero que lo miren como si fuera una vergüenza —dijo Colette.
Yann respondió antes que Delacroix:
—Ya lo hacen.
—Yann.
—No me protegiste de eso callando. Solo me dejaste solo con las miradas.
Colette retrocedió un poco.
No fue un gesto físico grande. Pero emocionalmente pareció enorme.
Delacroix, por primera vez en la mañana, sintió el impulso de no seguir. Lo desobedeció. La compasión podía esperar; el asesino no.
—Gaspard pensaba reconocerlo y dejarle parte de la propiedad o el control del faro. Adrien lo sospechaba. La copia del testamento desapareció. La llave de Gaspard apareció plantada cerca del cadáver. Eso significa algo muy claro.
Yann lo miró.
—¿Qué?
—Que quien mató a Gaspard no necesitaba saberlo todo. Bastaba con que supiera lo suficiente.
Colette cerró los ojos.
—Que Adrien iba a perder.
—Sí —dijo Delacroix—. Y que usted podía ganar.
Yann soltó aire con amargura.
—Ganar.
Miró hacia la ventana. Desde allí no se veía el faro, pero la luz pasaba a intervalos por los cristales altos del patio, pálida, insistente, como un recuerdo que no encontraba puerta.
—Qué palabra tan sucia para esto.
—Las herencias suelen ensuciar las palabras que tocan —dijo Delacroix.
En ese momento, alguien llamó a la puerta de la cocina.
Tres golpes breves.
Noël entró sin esperar respuesta. Tenía el rostro serio. Más serio de lo habitual, que ya era decir bastante.
—Monsieur Delacroix.
—¿Sí?
—El señor Artaud pregunta por usted.
—¿Dónde está?
—En la biblioteca.
—Dígale que iré enseguida.
Noël no se movió.
—Dice que es urgente.
Delacroix miró al criado.
—¿Urgente como un notario asustado o urgente como un hombre que acaba de recordar algo útil?
—No sabría decirlo. Pero tenía una nota en la mano y parecía que la nota le mordía.
Colette miró a Yann.
Yann miró a Delacroix.
Delacroix tomó el pañuelo con la llave y se dirigió a la puerta.
—Quédense aquí.
Yann se irguió.
—No soy un niño.
—No. Por eso confío en que sabrá obedecer una orden razonable incluso si no le gusta.
—¿Y si Adrien entra?
—Entonces recuerde que su boca ya sangra. No hace falta convertirlo en mártir.
Noël se apartó para dejarlo pasar.
Delacroix salió al pasillo.
La casa parecía más silenciosa que antes.
No tranquila. Nunca tranquila.
Silenciosa de esa manera particular en que callan los lugares cuando alguien, en alguna parte, acaba de decidir algo.
Cruzó el corredor hacia la biblioteca con Noël detrás. A mitad de camino, la luz del faro pasó por una ventana alta, barrió la pared, tocó el suelo inclinado y desapareció.
—Monsieur Prigent —dijo Delacroix sin detenerse.
—¿Sí?
—No pierda de vista a Yann.
—¿Porque sospecha de él?
—Porque alguien más lo hace.
Noël asintió.
—Eso es bastante peor.
—Casi siempre.
Llegaron a la biblioteca.
La puerta estaba entornada.
Delacroix la empujó.
Gabriel Artaud no estaba sentado en la mesa.
Estaba de pie junto a la estantería del fondo, inmóvil, con una mano apoyada en el borde de un anaquel y la otra cerrada alrededor de un papel arrugado. Al principio Delacroix pensó que el notario estaba mirando algo entre los libros.
Luego vio la sangre.
No mucha.
Una línea oscura que bajaba desde la sien hasta el cuello de la camisa.
—Doctor —dijo Delacroix.
Noël ya corría hacia el pasillo.
Artaud giró apenas la cabeza. Sus ojos, detrás de las gafas torcidas, parecían incapaces de fijar del todo la realidad.
—La linterna —murmuró.
Delacroix avanzó hacia él.
—¿Qué?
Artaud intentó levantar el papel, pero la mano no le obedeció. Las rodillas se le doblaron.
Delacroix lo sujetó antes de que golpeara el suelo.
El notario cayó contra él con un peso blando, torpe, vivo todavía.
—La linterna —repitió, casi sin voz.
Después cerró los ojos.
El papel arrugado se desprendió de sus dedos y cayó sobre la alfombra.
Delacroix lo recogió.
Solo tenía una frase escrita, con tinta negra y una letra que imitaba mal la de Gaspard:
El hijo del faro también puede apagar la luz.
Delacroix miró al notario inconsciente.
Luego miró hacia la ventana.
El faro seguía girando.
Puntual.
Impasible.
Demasiado dispuesto a seguir siendo utilizado.