Muerte en el faro (Los misterios de Armand Delacroix 13) Capítulo 12 — El hijo que no llevaba el apellido
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Capítulo 12 — El hijo que no llevaba el apellido

La segunda llave del faro parecía más culpable que muchas personas.

Estaba en el suelo de la sala de billar, junto a la puerta, húmeda, manchada de barro y colocada con una torpeza demasiado evidente para resultar casual.

No había caído de un bolsillo. No había rodado hasta allí por azar.

Una llave vieja no atravesaba sola pasillos, escaleras ni silencios familiares.

Alguien la había dejado cerca del cadáver de Gaspard Kéravel para que fuera encontrada.

O para que pareciera encontrada.

Delacroix no la tocó al principio.

Se limitó a mirarla.

El cuerpo de Gaspard estaba a unos metros, cubierto por una manta oscura. La forma bajo la tela resultaba más humana que el propio cadáver. A veces la muerte tenía esa indecencia: parecía más persona cuando ya no podía mirarla nadie a los ojos.

Todos se habían quedado en la entrada o cerca de ella, formando un semicírculo de rostros tensos.

Yann Le Guen miraba la llave como si acabara de ver una acusación escrita con metal.

Colette Marchand se había quedado muy pálida, aunque no temblaba.

Mireille parecía incapaz de apartar los ojos del suelo.

Gabriel Artaud respiraba por la boca. Adrien Kéravel observaba la escena con una atención que fingía indignación.

Éléonore, en cambio, miraba la llave como se mira un objeto vulgar que alguien ha tenido el mal gusto de dejar en una habitación respetable.

El doctor Vautrin fue el primero en hablar.

—Esa llave no estaba aquí.

—No —dijo Noël—. Se lo juro. Cuando trajimos al señor Gaspard, yo habría visto una cosa así.

—¿Está seguro? —preguntó Adrien.

Noël se volvió hacia él.

—Monsieur, puedo no recordar si cerré una puerta con cerrojo después de pelearme con la lluvia y con media botella de vino barato. Pero si dejo un cadáver en una habitación y hay una llave junto a mis botas, suelo darme cuenta. Son manías.

Delacroix se permitió un segundo de aprecio.

—Una manía admirable.

Adrien apretó los labios.

—Solo preguntaba.

—No —dijo Mireille en voz baja—. No solo preguntabas.

Adrien la miró.

—No empieces.

—No. Tú no empieces.

La frase salió con una firmeza nueva. Mireille parecía asustada de sí misma, pero no retrocedió. En ciertas familias, la valentía no llega como una explosión. Llega como una frase pequeña que por fin se niega a pedir disculpas.

Delacroix se agachó y levantó la llave con un pañuelo. Pesaba menos que la de Yann, aunque era casi idéntica. La observó cerca de la ventana, aprovechando la poca luz gris que entraba desde el exterior.

—¿Es la de Gaspard? —preguntó.

Colette respondió sin moverse.

—Sí.

—¿Cómo lo sabe?

—La muesca del extremo. Se hizo hace años, cuando se cayó contra una piedra. Yann quiso cambiarla, pero el señor Kéravel dijo que seguía abriendo igual.

Yann cerró los ojos apenas.

—¿Dónde debía estar? —preguntó Delacroix.

—En la caja de su escritorio —dijo Colette.

—La caja que usted podía abrir.

—Sí.

Adrien inclinó la cabeza, casi con suavidad.

—Qué conveniente.

Colette lo miró.

—No fui yo.

—No he dicho que lo fueras.

—No hacía falta.

La tensión empezó a moverse hacia ella, como el agua en el suelo inclinado del ala oeste.

Delacroix lo vio ocurrir. También vio que alguien lo había previsto.

La llave podía señalar a Yann, porque abría el faro.

También podía señalar a Colette, porque podía acceder a la caja de Gaspard.

Un mismo objeto, dos sombras. Eficiente. Cruel. Bastante inteligente.

Demasiado inteligente para ser solo un descuido.

—La llave está húmeda —dijo Vautrin.

—Sí.

—Pudo estar fuera.

—O alguien pudo mojarla.

—Tiene barro.

—En la punta, no en todo el metal —dijo Delacroix—.

Como si alguien la hubiera hundido en tierra blanda antes de dejarla aquí.

Una llave que hubiera pasado la noche en el sendero estaría peor.

Una llave encontrada entre rocas tendría sal, arena, arañazos más claros. Esta parece disfrazada de aventura.

Margot Dufresne, que había llegado tras los demás y permanecía junto al quicio, habló en voz baja:

—Una llave teatral.

—Exactamente —dijo Delacroix—. Y como ocurre con casi todo lo teatral, depende demasiado de que el público mire donde debe.

Adrien soltó una risa seca.

—Ahora también sospechamos de la llave.

—La llave no tiene culpa de haber caído en malas manos.

—¿Y cuáles son las malas manos?

—Eso intenta decirnos quien la dejó aquí.

—¿Y no piensa escucharlo?

Delacroix lo miró.

—Escucho con mucha atención a los asesinos cuando intentan ayudarme. Suelen equivocarse por vanidad.

Adrien no respondió.

Yann dio un paso hacia Delacroix.

—No necesito que me defiendan.

—No lo estoy defendiendo, monsieur Le Guen.

—Pues lo parece.

—Entonces quizá deba mejorar mi puesta en escena. Estoy defendiendo la lógica. Usted solo se encuentra cerca, lo cual debe de resultarle una experiencia novedosa en esta casa.

El farero no pareció saber si sentirse insultado o agradecido. Eligió ninguna de las dos cosas.

Éléonore habló con voz helada.

—Una llave de Gaspard aparece junto a su cadáver. La llave abre el faro. Gaspard murió bajo el faro. ¿De verdad pretende decirnos que no significa nada?

—Al contrario, madame. Significa demasiado. Ese es el problema.

—No entiendo.

—Cuando una prueba se esfuerza tanto por parecer una prueba, conviene preguntarse si no está trabajando para alguien.

Gabriel Artaud tragó saliva.

—¿Entonces alguien quiere inculpar a Yann?

La pregunta salió casi sin permiso. Y, al salir, volvió a poner el nombre de Yann en el centro de la sala.

Colette se volvió hacia el notario.

—No diga su nombre como si fuera una conclusión.

Artaud bajó la vista.

—No era mi intención.

—En esta casa casi nada lo era. Y aun así aquí estamos.

Delacroix guardó la llave en un pañuelo limpio.

—Quiero hablar con Yann y con madame Marchand.

Adrien se cruzó de brazos.

—Qué sorpresa.

—Usted también tendrá su turno. No tema. Procuro no descuidar a los hombres con deudas.

La sangre seca del labio de Adrien marcó su sonrisa de una manera desagradable.

—Empieza a repetirse, monsieur Delacroix.

—Los culpables suelen llamarlo repetición cuando una pregunta se acerca demasiado.

Éléonore tomó aire.

—No permitiré que Colette sea interrogada como una delincuente.

Colette se volvió hacia ella.

—No necesito que me proteja, madame.

Éléonore pareció ofendida.

—No la protegía. Protegía la casa.

—Entonces tampoco lo necesito.

La frase fue serena. No alta. No amarga. Por eso resultó demoledora. Éléonore la recibió como quien ve, de pronto, que un mueble antiguo ha decidido hablar y además recuerda demasiado.

Delacroix abrió la puerta.

—Biblioteca no. Salón tampoco. Cocina.

Adrien alzó una ceja.

—¿La cocina?

—Es la única habitación de esta casa donde la verdad parece haber trabajado alguna vez.

Nadie rió. Pero Noël, desde el fondo, murmuró:

—Y eso que la pagaban mal.

Colette caminó primero. Yann la siguió. Delacroix fue detrás. Al salir, sintió cómo la sala de billar quedaba cargada con todas las miradas. La llave había hecho su trabajo. Nadie volvería a mirar a Yann como antes.

Quizá esa era la intención.

La cocina estaba vacía cuando llegaron. La olla de caldo seguía tibia sobre el fogón, aunque el fuego había bajado.

En la ventana se acumulaban gotas de lluvia.

El aire olía a cebolla, leña húmeda y café viejo.

Colette cerró la puerta y se quedó de pie junto a la mesa central. Yann no se sentó. Delacroix tampoco.

Durante unos segundos nadie habló.

A veces la verdad necesita que el silencio le retire la silla.

—No maté a Gaspard —dijo Yann.

Lo dijo mirando a Delacroix, no a su madre.

—Eso ya lo ha dicho.

—Lo diré cuantas veces haga falta.

—No suele hacer falta muchas veces cuando es verdad.

Yann apretó la mandíbula.

—Entonces deje de mirarme como si estuviera midiendo una cuerda.

—Estoy midiendo otra cosa.

—¿Qué?

—Cuánto sabe.

El farero se quedó inmóvil.

Colette cerró los ojos un segundo.

—Monsieur Delacroix…

—No —dijo él, sin dureza—. Ya hemos pasado demasiadas puertas cerradas esta mañana. Esta no.

Yann miró a su madre.

—¿Qué le has dicho?

—Lo suficiente —respondió Colette.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que puedo darte sin mentir más.

La frase cambió el rostro de Yann. No lo ablandó. Lo partió de otra manera, más silenciosa. Durante un instante dejó de parecer un hombre hecho de viento y piedra y pareció un niño demasiado adulto escuchando detrás de una puerta.

Delacroix se sentó al fin.

—Gaspard era su padre.

Yann no respondió.

El silencio no fue de sorpresa.

Fue de confirmación.

Colette apoyó las dos manos sobre la mesa.

—No tenía derecho a decirlo así.

—No —admitió Delacroix—. Pero alguien ha matado a un hombre, ha robado una llave y está utilizando ese secreto para construir un culpable. Los derechos se han vuelto una materia un poco más frágil.

Yann soltó una risa sin humor.

—Mi padre.

La palabra salió sucia, extraña, como si no encajara en la boca.

—¿Lo sabía con certeza? —preguntó Delacroix.

—No.

—¿Lo sospechaba?

—Toda mi vida.

Colette bajó la cabeza.

Yann no la miró.

—Cuando era niño, los criados dejaban de hablar si yo entraba.

Los señores me miraban como se mira a un perro que se parece demasiado al dueño.

Gaspard bajaba al faro a preguntarme cosas absurdas.

Si comía bien. Si necesitaba botas nuevas.

Si el invierno era duro. Nunca preguntaba como un amo.

Preguntaba como alguien que quería permiso para preocuparse.

—Y usted lo odiaba.

—Sí.

—¿Por preocuparse?

Yann miró hacia la ventana.

—Por no atreverse a hacerlo delante de nadie.

Colette cerró los dedos sobre la mesa.

—Yann.

—No —dijo él—. Ahora no. Ahora ya no.

La voz no subió, pero Colette retrocedió como si hubiera recibido un golpe.

Delacroix dejó que el dolor ocupara su sitio. Interrumpirlo habría sido inútil y, peor aún, descortés.