Capítulo 11 — Herederos del salitre #2
Adrien retrocedió contra la mesa baja. Una copa cayó al suelo y se rompió.
Mireille se puso de pie con un grito ahogado.
Colette sujetó a Yann por el brazo. Noël entró desde el pasillo.
Vautrin se levantó con un juramento. Éléonore fue hacia su hijo, pero se detuvo a medio camino, como si incluso la maternidad necesitara un segundo para decidir si aquello no había sido merecido.
Adrien se tocó el labio.
Sangraba.
Miró la sangre en sus dedos y luego a Yann.
Durante un instante, todo el encanto se le cayó del rostro.
Lo que quedó debajo era mucho más antiguo que la educación.
—Ahí está —dijo, con la voz baja—. Ahí está el hombre que todos se empeñan en defender.
Yann respiraba con fuerza. Colette seguía sujetándolo.
—Vuelve a nombrar a mi madre así y no será la boca.
—Yann —dijo Colette.
Esta vez sí era una orden.
El farero se apartó, pero no bajó la mirada.
Adrien soltó una risa con sangre.
—Excelente. Magnífico. Monsieur Delacroix, imagino que esto le resulta útil. El hombre con acceso al faro, conocimiento del mecanismo, odio familiar y puños rápidos. Qué alivio. Casi le ha resuelto la mañana.
Delacroix miró la sangre en el labio de Adrien.
Luego miró los nudillos de Yann.
—La violencia visible suele ser la menos interesante —dijo.
Adrien lo miró con desprecio.
—Porque no le conviene.
—Porque los asesinos prudentes rara vez golpean delante de testigos.
—Quizá algunos dejan de ser prudentes cuando se les insulta.
—Quizá. O quizá algunos insultan con precisión para obtener exactamente la reacción que necesitan.
Adrien dejó de sonreír.
La frase llegó donde debía.
Vautrin se acercó con un paño.
—Déjeme ver eso.
—No necesito médico.
—Nunca nadie lo necesita hasta que empieza a gotear sobre una alfombra cara.
Adrien aceptó el paño, pero no la atención. Se limpió el labio con movimientos duros.
Mireille seguía de pie, pálida.
—Adrien, ¿por qué has dicho eso?
—Porque era verdad.
—No. Lo has dicho para que le pegara.
Él la miró.
—No me atribuyas tanto mérito. Algunos animales muerden sin entrenamiento.
Yann se movió de nuevo, pero Colette se interpuso. Esta vez Noël se colocó también cerca, con las manos abiertas.
—Muchacho —dijo el criado—, no le hagas el favor dos veces.
Yann cerró los puños.
Delacroix se acercó a Adrien.
—¿Sabía usted lo del testamento?
—No.
—¿Sabía que Gaspard pensaba beneficiar a Yann?
Adrien limpió la sangre con el paño.
—No sabía nada. Pero no hacía falta saberlo todo para ver cómo miraba mi tío a ciertas personas.
—A Yann.
—A Colette.
La mujer no apartó los ojos.
—¿Desde cuándo lo sospechaba? —preguntó Delacroix.
Adrien soltó una risa corta.
—Desde que tuve edad suficiente para entender que en esta casa algunos silencios se servían todas las mañanas con el desayuno.
—¿Y no dijo nada?
—¿A quién? ¿A mi madre? ¿A mi hermana? ¿A Gaspard? Esta familia se ha construido sobre cosas que nadie dice. Yo solo aprendí arquitectura doméstica.
—Y sin embargo, anoche quiso impedir que Gaspard hablara.
—Quise impedir que hiciera una locura.
—Una locura que podía arruinarlo.
—Una locura que podía arruinar a todos.
Mireille respondió antes que Delacroix:
—No digas todos cuando quieres decir tú.
Adrien la miró con una tristeza falsa, o quizá verdadera en una parte demasiado pequeña para servirle.
—Tú no entiendes nada.
—Empiezo a entender demasiado.
Éléonore habló por fin.
—La venta era necesaria.
Su voz no tenía la ira de Adrien. Tenía algo peor: convencimiento.
Delacroix se volvió hacia ella.
—¿También usted quería vender?
—Quería salvar lo que quedaba.
—¿De la casa?
—Del nombre.
—Ah. El nombre. Ese cadáver que algunas familias confunden con un hijo.
Éléonore se irguió.
—Puede burlarse si quiere. Usted no sabe lo que significa ver cómo una familia se deshace piedra a piedra.
—He visto cómo se deshacen muchas familias, madame. Casi nunca empiezan por las piedras.
La mujer no contestó.
Delacroix caminó hasta la ventana. Necesitaba que el salón respirara antes de seguir apretando.
Desde allí se veía una parte del sendero y, más allá, el faro.
La luz giratoria pasó una vez, pálida contra el día.
Delacroix pensó en el mecanismo manipulado, en la chaqueta vieja, en la puerta del ala oeste, en la copia desaparecida del testamento y en la forma en que Adrien convertía cada sospecha en dirección hacia Yann.
No era solo defensa.
Era construcción.
Alguien estaba fabricando un culpable con materiales demasiado disponibles: el farero resentido, hijo no reconocido, con acceso al faro, con motivo emocional y ahora, gracias al golpe, con violencia demostrada.
Demasiado cómodo.
Delacroix se volvió.
—Monsieur Artaud.
El notario dio un respingo.
—Sí.
—¿Adrien sabía que Gaspard iba a impedir la venta?
Artaud miró a Adrien.
—Responda al señor Delacroix —dijo Adrien, con sangre aún en el labio—. Ya que todos parecen tan interesados en mi ruina, al menos disfrutemos del proceso completo.
Artaud cerró los ojos.
—Sí. Lo sabía.
Mireille se llevó una mano a la boca.
Éléonore no se movió.
Adrien se quedó quieto.
—¿Desde cuándo? —preguntó Delacroix.
—No lo sé con exactitud. Hace unos días vino a verme. Quería saber si podía adelantarse la venta de la propiedad, si existía alguna forma de impugnar ciertas disposiciones futuras, si un cambio de testamento podía bloquearse por… por debilidad mental del testador.
Vautrin levantó la cabeza.
—¿Debilidad mental?
Adrien miró al médico.
—Mi tío estaba alterado.
—Su tío estaba viejo, culpable y enfermo del corazón. No dé diagnósticos que le quedan grandes.
Adrien apretó el paño contra el labio.
—Gracias, doctor.
—No era ayuda.
Delacroix siguió con Artaud.
—¿Le habló Adrien del beneficiario inesperado?
—No.
—¿Le preguntó?
—Sí.
—¿Qué exactamente?
Artaud parecía desear que la silla se abriera y lo tragara con cierta cortesía.
—Preguntó si Gaspard pensaba dejar algo a alguien “de fuera”.
La frase quedó suspendida.
Yann levantó la mirada.
Colette cerró los ojos.
Adrien bajó el paño. La sangre ya manchaba la tela.
—Dije muchas cosas. Estaba enfadado.
—Qué curioso —dijo Delacroix—. Enfadado antes de saber nada.
—Sospechaba.
—Eso parece ser una tradición en esta casa.
—No maté a mi tío.
Delacroix lo miró.
—Quizá no.
Esa respuesta molestó más a Adrien que una acusación.
—¿Quizá?
—Sí. Quizá no lo mató. Quizá solo estaba dispuesto a destruir su voluntad después de que muriera. Quizá alguien se le adelantó. Quizá esta casa es lo bastante generosa para contener más de una indecencia a la vez.
Éléonore dio un paso.
—Eso es intolerable.
—Madame, he rebajado mucho mis expectativas de tolerancia desde el desayuno.
Margot, que había permanecido callada junto a la ventana, habló entonces.
—Anoche Adrien no parecía sorprendido cuando el faro se detuvo.
Todos la miraron.
Adrien soltó una risa incrédula.
—¿Perdón?
Margot no se inmutó.
—Durante la cena. Cuando la luz dejó de girar. Todos miraron hacia la ventana. Yann se preocupó. Gaspard pareció asustarse. Artaud parecía a punto de tragarse la servilleta. Usted, en cambio, pareció aliviado.
—Qué talento el suyo para ver almas en un parpadeo.
—No almas. Caras. Son más fiables y bastante menos pretenciosas.
—Madame Dufresne —intervino Éléonore—, le ruego que no convierta sus impresiones literarias en testimonios.
—Madame, si esta familia hubiera prestado más atención a las impresiones, quizá esta mañana no estaríamos hablando de cadáveres.
Delacroix observó a Margot con interés. La escritora no solo miraba. Ordenaba. A veces de forma peligrosa, porque la literatura tiende a querer que la realidad tenga ritmo, pero no carecía de valor.
—¿Está segura? —preguntó.
—No. Pero lo vi.
—La seguridad vuelve a estar sobrevalorada. Gracias.
Adrien dejó el paño sobre la mesa.
—Esto empieza a ser grotesco.
—No —dijo Yann—. Grotesco fue verlo hablar de Gaspard como si fuera un obstáculo y ahora fingir duelo porque hay público.
Adrien volvió hacia él.
—Tú no sabes nada del duelo.
—Sé más que tú de esperar algo de un hombre que no se atreve a dártelo.
La frase atravesó el salón.
Colette bajó la cabeza.
Mireille miró a Yann con una compasión que no se atrevió a ofrecerle.
Adrien sonrió despacio.
—Entonces admítelo. Esperabas algo.
Yann no respondió.
Adrien volvió hacia Delacroix, como si acabara de encontrar una silla limpia en una habitación sucia.
—Ahí lo tiene. El hombre que no esperaba nada.
Delacroix caminó hasta el centro del salón.
—Todos esperaban algo de Gaspard. Esa es precisamente la clase de hombre que era.
Usted esperaba una casa. Su madre esperaba silencio.
Su hermana esperaba quizá un gesto decente.
Monsieur Artaud esperaba que sus documentos llegaran a la mañana sin convertirse en motivo de autopsia.
Madame Marchand esperaba, o temía, una reparación tardía.
Yann esperaba tal vez una palabra que ya no puede pronunciarse.
Y Gaspard, pobre hombre, esperaba que un testamento pudiera corregir una vida.
Nadie habló.
La lluvia siguió cayendo.
—Pero una cosa es esperar —continuó Delacroix—, y otra preparar una muerte para que la esperanza ajena parezca motivo suficiente.
Adrien alzó la barbilla.
—¿Qué quiere decir?
—Que alguien no solo mató a Gaspard. Alguien está intentando que todos aceptemos al culpable más cómodo.
Yann lo miró.
Adrien también.
—¿Y quién es el culpable más cómodo? —preguntó Mireille, aunque parecía saberlo.
Delacroix sostuvo la mirada de Adrien.
—El hombre al que todos podían imaginar enfadado con Gaspard. El hombre que conocía el faro. El hombre que ahora ha demostrado que puede golpear cuando lo provocan. El hombre cuya historia esta casa prefirió convertir en rumor antes que en verdad.
Colette se llevó una mano a la boca.
No del todo.
Solo lo suficiente para no gritar.
Yann bajó los ojos.
Adrien sonrió otra vez, pero ya no parecía tan satisfecho.
—¿Está diciendo que alguien quiere culpar a Le Guen?
—Estoy diciendo que alguien ha tenido mucho cuidado en dejar el camino bien iluminado hacia él.
La palabra iluminado hizo que varios miraran al faro.
Nadie necesitó explicar por qué.
El reloj del salón emitió entonces un sonido interno, un pequeño quejido de madera y metal, como si estuviera preparando una campanada que luego decidió no dar. Delacroix lo miró con antipatía. Los relojes de La Casa Torcida no solo mentían. También interrumpían con mal gusto.
Noël se acercó desde la puerta.
—Monsieur Delacroix.
—Sí.
—Hay algo en la sala de billar.
Vautrin se levantó.
—¿El cuerpo?
—No. Junto a la puerta. No estaba cuando lo llevamos allí.
La habitación entera se quedó inmóvil.
Delacroix miró a Adrien, a Yann, a Colette, a Artaud. Luego caminó hacia la puerta.
—¿Qué es?
Noël tragó saliva.
—Una llave.
Delacroix no respondió.
No hizo falta.
Todos supieron, antes de llegar a verla, que no podía ser cualquier llave.
La sala de billar estaba más fría que el resto de la casa. El cuerpo de Gaspard seguía cubierto bajo la manta, sobre la mesa improvisada. Junto a la puerta, en el suelo, había una llave antigua, húmeda, con restos de barro en el extremo.
Yann dio un paso adelante.
—La llave del faro.
Delacroix metió la mano en su bolsillo.
La llave que Yann le había entregado seguía allí.
Pesada.
Fría.
Real.
Sacó la cadena y la mostró.
Dos llaves.
La del faro.
Y otra idéntica.
Colette se apoyó en el marco.
Mireille murmuró:
—La de tío Gaspard.
Delacroix miró la llave en el suelo.
No estaba allí por accidente.
Nada en esa casa parecía estar ya por accidente.
—Qué considerado —dijo en voz baja—. El asesino ha decidido ayudarnos.
Adrien, detrás de todos, preguntó:
—¿Eso no es bueno?
Delacroix se agachó sin tocar la llave.
—No, monsieur Kéravel.
Miró el barro en el metal, la posición exacta junto a la puerta, la forma casi teatral en que había sido dejada cerca del cadáver.
—Cuando un asesino empieza a ayudarnos, conviene preguntarse a quién está intentando perjudicar.