Capítulo 11 — Herederos del salitre
La frase de Delacroix no se quedó en el pasillo.
Caminó con ellos hasta el salón.
Gaspard Kéravel no salió vivo de La Casa Torcida.
Nadie la repitió, naturalmente. Las frases incómodas rara vez necesitan repetirse. Se limitan a entrar en las habitaciones antes que uno, sentarse en la mejor butaca y esperar a que alguien tenga la mala educación de fingir que no están allí.
Adrien fue el primero en recuperar la voz.
—Eso es absurdo.
Lo dijo al cruzar el umbral del salón, con una sonrisa breve, demasiado rápida, como si hubiera decidido que el desprecio era la única defensa disponible y quisiera gastarla antes de que se le notara el miedo.
Delacroix dejó que todos entraran.
Éléonore estaba de pie junto a la chimenea apagada.
Margot Dufresne permanecía cerca de la ventana.
Gabriel Artaud ocupaba una silla junto a la mesa baja, con las manos entrelazadas de tal modo que sus nudillos parecían a punto de pedir misericordia.
El doctor Vautrin llegó desde la sala de billar poco después, limpiándose las manos con un paño.
Traía el rostro grave y la paciencia arruinada.
—¿Absurdo? —preguntó Delacroix.
—Mi tío apareció muerto bajo el faro —dijo Adrien—. Había una silueta en el faro. El reloj se detuvo a una hora coherente con una caída. Todo apunta al faro.
—Todo apunta al faro porque alguien se tomó muchas molestias para enseñarnos dónde mirar.
Yann Le Guen se quedó junto a la puerta, apartado. Colette permaneció cerca de él, aunque sin tocarlo. Noël se apoyó en el quicio del salón con una expresión que intentaba parecer servicial y solo lograba parecer cansada.
Mireille se sentó en el sofá. Tenía los ojos enrojecidos, pero no lloraba. Había en ella una especie de agotamiento limpio, distinto al de la mañana. El agotamiento de quien ha dejado de defender una casa y empieza a preguntarse si no habría que dejarla caer.
—Doctor —dijo Delacroix—, ¿puede acompañarnos?
Vautrin gruñó.
—Si la alternativa es seguir mirando a Gaspard en una sala helada, con gusto.
—¿Ha encontrado algo más?
—Sí.
La habitación se tensó.
Vautrin miró a Delacroix, no a la familia.
—La herida de la sien pudo producirse antes de la caída.
No puedo asegurarlo sin instrumental adecuado, pero la forma del golpe no me gusta.
Hay también marcas de presión en el cuello, muy leves, quizá por la bufanda, quizá no.
Y los daños del cuerpo no son tan limpios como para afirmar desde aquí que cayó vivo desde arriba.
Éléonore cerró los ojos un instante.
Adrien soltó una risa seca.
—Maravilloso. Ahora el cadáver también es ambiguo.
—Los cadáveres tienen derecho a serlo cuando los vivos se empeñan tanto en ser claros —dijo Delacroix.
Vautrin se dejó caer en una silla.
—Lo único que puedo decir con prudencia es que la caída no explica todo.
—Gracias, doctor.
—No me las dé. Preferiría estar equivocado.
—Eso lo honra.
—No. Eso me cansaría menos.
Delacroix caminó hasta la mesa baja. Allí había una bandeja con café, otra con copas sin usar y un cenicero limpio. Demasiado limpio. En una casa con tantos nervios, los ceniceros limpios parecían casi obscenos.
—Hablemos de dinero —dijo.
Adrien se volvió hacia él con una sonrisa cansada.
—Qué rápido ha perdido la poesía.
—El dinero tiene esa virtud. Vuelve sinceras incluso las tragedias más ornamentadas.
Éléonore levantó la barbilla.
—Nuestra situación económica no es asunto suyo.
—Gaspard Kéravel tampoco debería serlo, y sin embargo alguien lo dejó bajo un faro.
La mujer no contestó.
Delacroix miró a Gabriel Artaud.
—Monsieur Artaud, la casa estaba endeudada.
—La propiedad tenía cargas —dijo el notario.
—No le he pedido que la embalsame en lenguaje jurídico.
Artaud bajó la mirada.
—Sí. Había deudas. Reparaciones pendientes. Hipotecas parciales sobre algunos terrenos. Compromisos antiguos.
—¿La venta de Villa Kéravel habría resuelto esos problemas?
Adrien respondió antes que el notario.
—Sí.
—Qué generosidad. A veces las preguntas llegan a su destino sin ayuda.
—No hay misterio ahí —dijo Adrien—. La casa se cae. El mantenimiento cuesta más de lo que produce. El faro exige fondos constantes. Las tierras no valen nada si se las mantiene como reliquia familiar. La venta era lógica.
—Para usted.
—Para cualquiera con aritmética básica.
—Gaspard no estaba de acuerdo.
—Gaspard estaba enfermo.
Yann dio un paso.
—Vuelves a decirlo como si estar enfermo hiciera menos suya una decisión.
Adrien se volvió hacia él.
—Y tú vuelves a hablar como si te hubieran pedido opinión.
—Basta —dijo Colette.
Pero ya no sonó como una orden. Sonó como una plegaria.
Delacroix intervino antes de que el enfrentamiento desviara la habitación.
—Monsieur Kéravel, ¿tenía usted deudas personales?
Adrien lo miró con calma ensayada.
—Ya se lo he dicho. Todos tenemos deudas.
—No todas obligan a vender la casa de un muerto con tanta prisa.
—Mi tío no estaba muerto cuando yo quería venderla.
—Una distinción importante. También incómoda.
Mireille habló desde el sofá.
—Adrien.
Él giró apenas la cabeza.
—No.
—Delacroix tiene que saberlo.
—Mireille.
—Tiene que saberlo.
Adrien la miró con una frialdad que hizo que el salón pareciera más húmedo.
—No sabes de qué hablas.
—Sé que te escribían cartas.
El silencio cambió.
No fue un silencio de sorpresa. Fue el silencio de una casa que oye abrirse un cajón que llevaba tiempo evitando mirar.
Delacroix no se movió.
—¿Qué cartas? —preguntó.
Mireille apretó las manos sobre el regazo.
—Cartas de acreedores. De prestamistas. De gente que no firma con bancos ni sellos bonitos.
Éléonore cerró los dedos sobre el respaldo de una butaca.
—Mireille, no sigas.
La joven miró a su madre.
—¿También vamos a protegerlo de esto?
—No se trata de protegerlo.
—Sí. Siempre se trata de protegerlo. A Adrien de sus deudas, a ti de la vergüenza, a la casa de las grietas, a Gaspard de su cobardía, a todos de todo. Y ahora tío Gaspard está muerto.
La frase salió sin violencia, pero dejó marca.
Adrien se acercó un paso.
—No tienes derecho.
Mireille alzó la mirada hacia él.
—No. Tú lo gastaste todo antes.
Delacroix observó a Adrien.
El golpe había sido bueno. No por elegante, sino por familiar. Las familias no siempre encuentran las palabras más bellas, pero sí las más exactas para hacer daño.
—¿Cuánto debía? —preguntó Delacroix.
Adrien sonrió.
—¿También quiere revisar mis bolsillos?
—Solo si sospecho que lleva dentro una explicación mejor que sus respuestas.
Gabriel Artaud habló en voz baja:
—La cifra era considerable.
Adrien giró hacia él.
—Gabriel.
El notario no lo miró.
—Lo siento.
—No, no lo sientes. Estás asustado. Es distinto.
Artaud tragó saliva.
—Algunos documentos de venta preliminar pasaron por mis manos. Nada definitivo. Pero había urgencia.
—Urgencia —repitió Delacroix—. Otra palabra que se acerca bastante al crimen cuando camina por la noche.
Adrien caminó hasta la ventana y apartó apenas la cortina. El faro giraba a lo lejos. Su luz, inútil ya con la mañana gris, seguía cortando la niebla como un hábito que nadie se había atrevido a suspender.
—Quería vender una ruina —dijo—. No matar a un hombre.
—Algunos hombres son el último obstáculo entre una ruina y una venta.
—Mi tío era mi familia.
—También era su acreedor moral.
Adrien se volvió.
—¿Qué significa eso?
—Que estaba a punto de impedirle convertir esta casa en dinero. Que tal vez estaba a punto de dejar parte de ella en manos de alguien que usted consideraba inferior. Que quizá, después de años esperando una herencia, descubrió que no heredaría una casa, sino una humillación.
La palabra humillación hizo más daño que la palabra crimen.
A Adrien se le notó en los ojos.
Solo un segundo.
Suficiente.
—No sé a qué se refiere —dijo.
—Sí lo sabe —dijo Yann.
Todos se volvieron hacia él.
El farero no se había movido de la puerta. La luz gris le dejaba el rostro duro, casi tallado. Pero la voz le salió baja, no agresiva.
—Siempre lo supiste de alguna manera.
Adrien lo miró.
—¿Qué cosa?
—Que Gaspard miraba hacia el faro más de lo que miraba hacia su propia mesa.
—Qué frase tan conmovedora. ¿La has ensayado mientras limpiabas lámparas?
Yann no respondió.
Adrien se acercó a él con una calma peligrosa.
—Tú crees que esta casa te debe algo.
—No.
—Claro que sí. Tú, tu madre, todo ese resentimiento humilde servido en platos limpios. Creéis que porque Gaspard bajaba a hablar contigo, porque se le ablandó la vejez, porque de pronto le entró culpa por alguna vieja indecencia, esta casa debía abrirte la puerta grande.
Colette dio un paso.
—Adrien, no.
—¿No? —Adrien la miró al fin—. ¿También debo callarme para proteger la sensibilidad del farero?
—Para proteger lo poco decente que queda en esta sala —dijo ella.
Adrien sonrió.
—Qué curioso que lo decente siempre aparezca del lado de quienes esperan recibir algo.
Yann avanzó un paso.
—Yo no esperaba nada.
—No. Naturalmente. Los hombres dignos nunca esperan nada. Solo están casualmente cerca cuando un viejo rico decide repartir culpas con testamento.
Delacroix vio que Colette palidecía.
También vio que Artaud bajaba los ojos.
Y que Éléonore, por primera vez, no miraba a Adrien con orgullo ni con defensa. Lo miraba con temor. No por lo que pudiera sufrir. Por lo que pudiera decir.
—Monsieur Kéravel —dijo Delacroix—, le aconsejo que mida sus palabras.
Adrien no le hizo caso.
—Dime, Yann. ¿Qué te prometió mi tío? ¿El faro? ¿La casa? ¿Un apellido limpio a cambio de cuarenta años de silencio sucio?
La mano de Yann golpeó antes de que nadie pudiera detenerla.
No fue una bofetada elegante.
Fue un puñetazo seco, brutal, directo a la boca.