Muerte en el faro (Los misterios de Armand Delacroix 13) Capítulo 10 — La Casa Torcida #3
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Capítulo 10 — La Casa Torcida #3

—Ya lo veo. Con el servicio como comité científico.

Noël hizo una reverencia mínima.

—Siempre he querido ascender.

Adrien lo miró con desprecio.

—Tenga cuidado, Noël. La insolencia en un criado viejo suele confundirse con ternura, pero no siempre.

—Y la crueldad en un señor joven suele confundirse con carácter, pero tampoco siempre.

El silencio se volvió peligroso.

Adrien dio un paso hacia él.

Colette se interpuso antes de que Delacroix tuviera que hacerlo.

—Monsieur Adrien.

No elevó la voz. No hizo falta. Había en ella una autoridad doméstica que ninguna herencia podía comprar. Adrien la miró como se mira a alguien a quien uno ha necesitado demasiado tiempo para poder despreciar con comodidad.

—Colette —dijo—. Siempre protegiendo las grietas.

—Alguien debe hacerlo. Los dueños suelen pisarlas sin mirar.

Mireille contuvo el aliento. Noël pareció disfrutarlo con una prudencia admirable.

Delacroix observó a Adrien. Había rabia, sí. Pero no era una rabia descontrolada. Era una rabia acostumbrada a tener que vestirse bien. Más peligrosa.

—¿Conocía usted esta sala? —preguntó Delacroix, señalando el cuarto de costura.

—De niño, sí.

—¿Y de adulto?

—Procuro no frecuentar habitaciones abandonadas. Tienen demasiado en común con las conversaciones familiares.

—Sin embargo, alguien la frecuentó anoche.

—¿Ah, sí?

—Hay una mancha limpiada.

Adrien miró hacia la sala. No entró.

—Qué escándalo. Una mancha en una casa húmeda. Avise a París.

—También hay una puerta de servicio abierta, una huella reciente y pasos que varios testigos sitúan cerca de la habitación de Gaspard.

—Testigos —repitió Adrien—. ¿La muchacha imaginativa, el notario aterrorizado, mi hermana nerviosa, el criado que bebe y Colette, que lleva tantos años guardando secretos que quizá ya no distingue entre llave y mentira?

Colette no respondió.

Mireille sí.

—Eres despreciable.

Adrien la miró con cansancio.

—No, Mireille. Estoy cansado. Hay una diferencia.

—No siempre.

Delacroix se acercó despacio a Adrien.

—Anoche, después de dejar a su madre, ¿pasó por el ala oeste?

—No.

—¿Entró en la sala de costura?

—No.

—¿Usó la puerta de servicio?

—No.

—¿Subió al faro?

Adrien sonrió.

—No.

—Qué serie tan limpia.

—La verdad suele serlo.

—No, monsieur. La verdad suele venir manchada. Lo limpio es otra cosa.

—¿Y qué cosa?

Delacroix señaló el suelo de la sala de costura.

—Una mancha mal limpiada.

Adrien lo miró con frialdad.

—No tengo por qué seguir respondiendo a sus insinuaciones.

—En efecto. Puede reservar fuerzas para las preguntas de la policía.

—Cuando llegue la policía, quizá le interese más el farero que yo.

Yann apareció en el extremo opuesto del pasillo, como si la casa hubiera decidido convocarlo con precisión teatral. Llevaba la ropa de antes, pero sin impermeable. Su rostro seguía cerrado. Miró primero a Adrien, luego a Colette, luego a Delacroix.

—¿Qué pasa?

Adrien sonrió, recuperando parte de su encanto venenoso.

—Hablábamos de puertas, pasos y manchas. Todo muy edificante.

Yann miró a Delacroix.

—¿Han encontrado algo?

—La casa está colaborando.

—Eso sería nuevo —dijo Yann.

Adrien dio un paso hacia él.

—Quizá puedas explicarnos tú algunas cosas. Por ejemplo, por qué la puerta del ala oeste estaba abierta.

—No la abrí.

—Qué rápido.

—Porque no la abrí.

—También tú conocías el camino al faro. También tú sabías del mecanismo. También tú tenías motivos para odiar a Gaspard.

Colette habló con voz baja.

—Basta.

Adrien no la miró.

—No, Colette. Ya basta de fingir que aquí solo algunos tenemos motivos. Tu hijo odiaba a mi tío más que nadie.

Yann se quedó quieto.

La palabra hijo no era nueva, pero en boca de Adrien sonó como un arma que acababa de salir de su funda.

—Cuidado —dijo Yann.

—¿Con qué? ¿Con la verdad?

—Con lo que haces para no mirarla.

Adrien sonrió.

—Siempre tan digno. El farero, el hombre de la luz, el bastardo moral de esta familia.

El golpe fue deliberado.

Colette dio un paso, pero Yann la detuvo con una mano. No la tocó con brusquedad. Apenas levantó los dedos. Fue suficiente.

Delacroix no intervino.

Todavía.

Yann miró a Adrien con una calma que no tranquilizaba.

—Si vuelves a hablarle así a mi madre, te rompo la boca.

Adrien abrió los brazos.

—Ahí está. El temperamento.

—No confundas temperamento con paciencia agotada.

—Monsieur Le Guen —dijo Delacroix.

Yann no apartó los ojos de Adrien.

—No aquí —añadió Delacroix.

El farero respiró hondo.

Muy hondo.

Después retrocedió un paso.

Adrien sonrió como si hubiera ganado algo. Delacroix pensó que los hombres como Adrien solían confundir la retirada ajena con una victoria, y esa confusión, cuando se acumulaba durante años, podía terminar dejando cuerpos bajo faros.

—Perfecto —dijo Adrien—. ¿Ya hemos terminado con el teatro del pasillo?

—Casi —respondió Delacroix.

Se agachó junto a la puerta de servicio. Tocó la rozadura baja, la huella medio borrada, la inclinación del suelo. Luego miró hacia la escalera secundaria, hacia la sala de costura y finalmente hacia todos ellos.

—Gaspard Kéravel fue visto vivo en su habitación después de medianoche.

Después alguien bajó por esta escalera. Alguien abrió esta puerta.

Alguien utilizó o intentó utilizar la sala de costura, quizá para mover algo, quizá para ocultar algo, quizá para limpiar algo que no debía estar aquí.

Y después Gaspard apareció bajo el faro, vestido de una forma que no coincide con un paseo voluntario y sin las señales que debería llevar un hombre que atravesó este sendero con vida.

Adrien lo miró con expresión burlona, pero ya no del todo.

—Una hermosa construcción.

—No. Una construcción hermosa sería decir que el pobre viejo salió a morir poéticamente bajo la tormenta. Eso sí sería limpio. Cómodo. Casi literario.

Margot Dufresne había llegado en silencio al cruce del pasillo y escuchaba desde allí. Delacroix la vio, pero no la incorporó a la escena.

—Lo que yo propongo —continuó— es menos hermoso. Alguien no quiso que Gaspard llegara vivo a la mañana. Y cada cosa que encuentro en esta casa me dice lo mismo.

Mireille habló apenas:

—¿Qué?

Delacroix miró el suelo inclinado, la puerta de servicio, la escalera secundaria, la mancha limpiada, las caras alrededor. Luego sostuvo la mirada de Adrien un instante más de lo necesario.

—Que Gaspard Kéravel no salió vivo de La Casa Torcida.

La frase quedó allí, en el pasillo vencido hacia el mar.

Y por primera vez desde el amanecer, nadie se apresuró a contradecirla.