Muerte en el faro (Los misterios de Armand Delacroix 13) Capítulo 10 — La Casa Torcida #2
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Capítulo 10 — La Casa Torcida #2

No. Delacroix corrigió el pensamiento. Gaspard fue visto vivo en el pasillo.

Lo vio demasiada gente y, salvo que toda la casa conspirara con un talento improbable, ese punto debía sostenerse.

Entonces el crimen había ocurrido después.

Entre el regreso a las habitaciones y las doce y media.

Una franja breve, pero suficiente si alguien ya había preparado parte del teatro.

—¿Dónde está la escalera secundaria? —preguntó.

Colette señaló el fondo.

—Por ahí.

La escalera era estrecha, de madera, menos elegante que la principal.

Comunicaba el ala oeste con las habitaciones del primer piso y la zona de servicio.

Delacroix subió unos peldaños. La madera crujía de forma distinta en cada tramo.

En el cuarto peldaño había una marca de barro seco. En el séptimo, una astilla rota.

—¿Quién usa esta escalera? —preguntó.

—El servicio —dijo Colette.

—Y cualquiera que no quiera usar la principal —añadió Noël.

—Una categoría amplia.

—En esta casa, sí.

Delacroix subió hasta el rellano del primer piso. Desde allí se llegaba a un pasillo lateral que comunicaba con las habitaciones familiares. El aire era más frío. Una lámpara apagada colgaba torcida de un soporte. La puerta de la habitación de Gaspard quedaba a la derecha, no demasiado lejos.

Recordó la frase de Artaud: pasos rápidos hacia la escalera secundaria. La puerta del ala oeste. Doce y treinta y dos.

Recordó la mancha limpiada en la sala de costura.

Recordó las zapatillas de Gaspard, el bastón abandonado, el abrigo equivocado.

Bajó de nuevo.

—Noël —dijo—, anoche, cuando fue a cerrar la contraventana del ala oeste, ¿pasó por aquí?

—Sí.

—¿A qué hora?

—Después de la cena. Antes de que todos empezaran a salir al pasillo como almas en pena con buena ropa.

—Sea menos poético y más útil.

—No sé la hora exacta. Fui cuando Colette dijo que la contraventana golpeaba. Cerré, bajé al exterior por un momento para asegurar unas cajas y volví.

—¿Por la puerta de servicio?

—Sí.

—¿La cerró?

Noël abrió la boca.

Luego la cerró.

Delacroix sonrió apenas.

—Ahí está.

El criado miró a Colette.

—Creí que sí.

—Creyó.

—La empujé. El viento estaba fuerte.

—¿Echó el cerrojo?

Noël se frotó la frente.

—No lo recuerdo.

Colette lo miró con una dureza cansada.

—Noël.

—No me mires así. Había tormenta, la contraventana, las cajas, el vino de la cena todavía ofendido conmigo…

—¿Había bebido? —preguntó Delacroix.

—Lo suficiente para no morirme de frío. No lo suficiente para matar a nadie, si eso le tranquiliza.

—La cantidad exacta para complicar una investigación.

—Siempre he tenido talento para los puntos medios.

Delacroix se acercó a él.

—¿Vio a alguien en el ala oeste?

—No.

—¿Oyó algo?

Noël tragó saliva.

—Oí pasos arriba.

—¿Cuándo?

—Cuando volvía de fuera. Antes del golpe.

—¿Antes del primer golpe o del segundo?

—Antes del que hizo salir a medio mundo al pasillo.

—¿De dónde venían?

—De arriba. Cerca de la habitación del señor Kéravel.

—¿Reconoció a la persona?

—No.

—Pero pensó algo.

Noël bajó la mirada.

—Pensé que era el señor Adrien.

Colette cerró los ojos.

Delacroix no se movió.

—¿Por qué?

—Por la forma de pisar. Rápido, con impaciencia. Como si el suelo también le debiera dinero.

—¿Vio a Adrien?

—No.

—¿Entonces por qué no lo dijo antes?

Noël soltó una risa amarga.

—Porque no vi nada. Porque en esta casa uno aprende que acusar a un Kéravel por un ruido es mala idea. Y porque el señor Gaspard estaba vivo cuando todos salimos al pasillo, así que pensé que no importaba.

—Importaba.

—Ya lo veo.

El viejo parecía sinceramente abatido. No culpable de asesinato. Culpable de haber vivido demasiado tiempo en una casa donde callar era más fácil que tener razón.

—¿Y después? —preguntó Delacroix—. Después de que todos volvieran a sus habitaciones.

—No oí nada. Me quedé en la cocina un rato. Luego me dormí en una silla.

—¿Solo?

—Gracias a Dios.

—¿Puede probarlo?

—A mi edad, monsieur, dormir sentado ya debería aceptarse como prueba de inocencia.

Delacroix dejó pasar el comentario.

—¿La mancha de su manga? —preguntó.

Noël miró la manga izquierda.

La mancha oscura seguía allí, menos marcada que de noche, pero visible.

—Grasa de la bisagra exterior. La puerta de servicio se atasca.

—¿Puedo verla?

Noël extendió el brazo. Delacroix tocó la mancha con el pañuelo, olió. Grasa vieja. Metal. Sal. Coincidía con lo que podía haber en una bisagra. También con lo que podía haber en el faro. Una pista generosa en exceso, por tanto sospechosa de inutilidad.

—¿Tocó el mecanismo del faro anoche?

Noël lo miró casi ofendido.

—Yo no subo al faro de noche ni por dinero.

—¿Y por lealtad?

—Por lealtad he hecho muchas estupideces, pero aún camino con dos piernas gracias a que no todas.

Delacroix le devolvió el brazo.

—Bien.

—¿Bien qué?

—Bien, por ahora.

—Eso suena peor que mal.

—Suele serlo.

Un ruido en el extremo del pasillo los hizo girar.

Mireille estaba allí.

No había hecho esfuerzo por ocultarse, pero tampoco por anunciarse.

Llevaba el mismo vestido oscuro de la mañana, el cabello recogido de prisa y una expresión que no terminaba de ser miedo ni decisión.

Se apoyaba con una mano en la pared, quizá por la inclinación del suelo, quizá porque aquella parte de la casa no era amable con nadie que llegara cargando emociones.

—Perdón —dijo—. No quería interrumpir.

—Entonces eligió un lugar extraño para aparecer —respondió Delacroix.

—Vi a Adrien entrar en la biblioteca. Luego salir. Después mi madre también salió. Nadie me dice nada.

—Las familias suelen llamar protección a elegir la ignorancia ajena.

Mireille miró a Colette y a Noël.

—¿Habéis encontrado algo?

Noël abrió la boca, pero Colette lo detuvo con una mirada.

Delacroix contestó:

—La casa parece haber sido utilizada durante la noche.

—¿Utilizada?

—Para mover algo. Para esconder algo. Quizá para preparar algo.

Mireille palideció un poco.

—¿Habla de mi tío?

—Hablo de una mancha limpiada en una sala que nadie dice haber usado. De una puerta de servicio que pudo quedar abierta. De pasos cerca de la habitación de Gaspard. De una escalera secundaria que ofrece un camino bastante discreto hacia el faro.

Mireille miró hacia la sala de costura.

—Esa sala era de mi abuela.

—¿Se usa?

—No. Nadie entra casi nunca.

—Casi.

La joven respiró hondo.

—Cuando éramos pequeños, Adrien y yo jugábamos aquí. Decíamos que era una casa dentro de la casa. Mi hermano escondía cosas en el cuarto de costura y luego me hacía buscarlas con pistas.

—Qué encantador.

—No lo era. Normalmente eran cosas mías.

—Menos encantador, entonces.

Mireille bajó la vista hacia el suelo inclinado.

—Adrien conocía todos los accesos. El ala oeste era su territorio. De niño se escapaba por la puerta de servicio para ir al faro. Yann también estaba allí a veces. Se odiaban antes de tener razones.

Colette se tensó.

—Mademoiselle…

—Es verdad, Colette.

—La verdad necesita menos acompañamiento del que parece —dijo Delacroix—. Continúe.

Mireille se abrazó a sí misma.

—Adrien se burlaba de él. De Yann. Decía que era el hijo del faro. Que no tenía casa porque su madre servía en una ajena.

La frase golpeó el pasillo.

Colette no se movió, pero su rostro se volvió más blanco.

Noël bajó la cabeza.

Delacroix sintió que otra pieza se acercaba a su lugar. No encajaba aún. Pero ya mostraba el borde.

—¿Gaspard lo sabía? —preguntó.

Mireille miró a Colette, luego a Delacroix.

—No lo sé. Supongo que sí. Gaspard siempre parecía saber las cosas cuando ya era demasiado tarde para impedirlas.

—Una habilidad familiar.

—No. Eso era suyo.

El viento empujó una ráfaga contra los cristales del pasillo.

Una gota de lluvia se coló por algún marco viejo y cayó sobre el suelo.

Delacroix la siguió con la mirada. La gota no permaneció donde cayó.

Empezó a deslizarse hacia el zócalo exterior, lenta, obediente, revelando con una delicadeza casi cruel la pendiente de la casa.

Mireille también la vio.

—Todo acaba yendo hacia ahí —dijo.

—¿Hacia el mar?

—Hacia donde no debe.

Delacroix la miró.

La joven parecía hablar de la casa, pero en realidad no lo hacía. O no solo.

—Mademoiselle Kéravel, anoche oyó pasos que no eran los de Gaspard.

—Sí.

—¿Pudieron ser los de Adrien?

La pregunta la dejó sin defensa. Durante un segundo, la hermana y la sospechosa lucharon en su rostro con una tristeza muy limpia.

—Sí —dijo al fin.

Colette cerró los ojos.

Noël murmuró algo que no llegó a entenderse.

—¿Por qué no lo dijo antes? —preguntó Delacroix.

—Porque era mi hermano.

—Una razón pésima.

—Lo sé.

—Y muy común.

Mireille levantó la vista.

—Pero también pudieron ser otros. Pudo ser Yann. Pudo ser Noël. Pudo ser cualquiera que conociera la escalera.

—Eso ha sonado menos a defensa que a súplica.

—Quizá sea ambas cosas.

Delacroix no insistió. Ya había obtenido lo suficiente, y las personas como Mireille, cuando eran presionadas más allá de su resistencia, no solían decir más verdad: decían más dolor. Y el dolor, aunque útil en ocasiones, tenía mala costumbre de parecer prueba cuando solo era herida.

Una voz llegó desde el vestíbulo.

—¡Mireille!

Adrien.

Mireille se sobresaltó.

Delacroix no.

Adrien apareció al final del pasillo unos segundos después. Caminaba con rapidez, pero al llegar a la zona inclinada ajustó el paso de forma automática. Conocía ese suelo. Lo conocía bien.

—¿Qué haces aquí? —preguntó.

—Caminar por mi casa —respondió ella.

—Qué frase tan contagiosa —murmuró Delacroix.

Adrien lo ignoró.

—Madre te está buscando.

—Madre siempre busca a alguien cuando teme quedarse sola con lo que sabe.

El rostro de Adrien se endureció.

—No empieces.

—¿A qué?

—A jugar a la mujer valiente porque hay público.

Mireille acusó el golpe, pero no retrocedió.

Delacroix habló antes de que ella tuviera que hacerlo.

—Monsieur Kéravel, estamos revisando el ala oeste.