Muerte en el faro (Los misterios de Armand Delacroix 13) Capítulo 10 — La Casa Torcida
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Capítulo 10 — La Casa Torcida

La Casa Torcida no necesitaba fantasmas.

Le bastaba con su arquitectura.

Delacroix lo pensó al regresar desde el ala oeste hacia el vestíbulo central, con Colette Marchand a su lado y el sonido de las llaves siguiéndolos como una respiración metálica.

Cada paso parecía corregirse a sí mismo.

El suelo descendía lo justo para que el cuerpo lo notara antes que la razón, como una mentira pequeña repetida durante demasiados años.

Las paredes no estaban vencidas de manera evidente, pero algunas molduras se habían separado apenas de las esquinas, las puertas rozaban donde no debían, y en ciertos puntos del pasillo una canica habría tomado decisiones que ningún habitante de la casa estaba dispuesto a tomar.

Hacia el vacío.

Todo en aquella parte de la mansión parecía tender hacia el mar.

—¿Cuándo cedió el ala oeste? —preguntó Delacroix.

Colette tardó en contestar.

—Hace treinta y dos años.

—Es una cifra precisa.

—Fue el año en que murió el padre del señor Kéravel. Auguste.

—El fundador del retrato.

—El hijo del fundador. El del retrato grande del vestíbulo era su abuelo.

—Una familia generosa con los Auguste.

—No tanto con otras cosas.

Delacroix miró el pasillo.

—¿Hubo peligro de derrumbe?

—Eso dijeron algunos. Otros dijeron que no era grave. Vinieron ingenieros, albañiles, hombres con planos. Discutieron, midieron, cobraron y se marcharon diciendo que la casa podía seguir en pie si nadie hacía tonterías.

—Una recomendación valiente en una casa llena de Kéravel.

Colette no sonrió, pero la frase pareció entrarle sin resistencia.

Llegaron al vestíbulo. La luz gris de la mañana se filtraba por los cristales altos de la puerta principal.

El viento había bajado un poco, aunque no lo suficiente para permitir la ilusión del buen tiempo.

En el salón, se oían voces. Adrien, sin duda.

La suya era una voz educada incluso cuando buscaba herir.

Mireille respondió algo demasiado bajo para entenderlo.

Éléonore no habló, pero su silencio, en aquella casa, también tenía timbre propio.

Delacroix se detuvo.

—Quiero recorrer el ala oeste desde el interior.

Colette lo miró.

—Acabamos de hacerlo.

—No. Acabamos de atravesarla buscando una puerta abierta y ropa vieja. Ahora quiero que la casa me cuente por dónde miente.

—La casa no miente.

—Madame Marchand, con todos mis respetos, esta casa lleva décadas ensayando.

Antes de que Colette pudiera responder, Noël Prigent apareció desde la cocina con una bandeja vacía bajo el brazo. Se detuvo al verlos. Había algo en su forma de detenerse que nunca era del todo casual.

—¿Necesitan algo? —preguntó.

—A usted —dijo Delacroix.

Noël miró a Colette.

—Eso rara vez es buena señal.

—Para usted, quizá. Para mí puede ser una mañana fértil.

—A mi edad, monsieur, la fertilidad solo trae problemas.

Delacroix señaló el corredor.

—Venga con nosotros.

Noël dejó la bandeja sobre una mesa auxiliar con resignación teatral.

—¿Debo traer herramientas, vino o un sacerdote?

—De momento, memoria.

—La memoria siempre viene, aunque uno no la invite.

Colette abrió la marcha hacia el ala oeste. Noël caminó detrás de ella, y Delacroix cerró el pequeño cortejo. En el salón, la conversación se interrumpió cuando pasaron frente a la puerta. Adrien apareció en el umbral.

—¿Otra excursión? —preguntó.

—Dentro de casa. Más segura para todos.

—No sabía que mi tío le hubiera contratado como inspector de pasillos.

—No lo hizo. Por desgracia para él, murió antes de formalizar muchas cosas.

Adrien miró a Noël y luego a Colette.

—¿Y ellos?

—La casa los conoce mejor que usted.

La sonrisa de Adrien fue breve.

—Eso no es difícil. Algunos han tenido más necesidad de aferrarse a ella.

Noël inclinó la cabeza con una corrección casi perfecta.

—Y otros más prisa por venderla, monsieur.

La respuesta fue sencilla, sin veneno aparente. Precisamente por eso alcanzó su objetivo. Adrien dio un paso, pero Mireille apareció detrás y le tocó apenas el brazo.

—Déjalo.

Adrien no la miró.

—Todo el mundo parece tener opiniones esta mañana.

—Eso suele ocurrir cuando aparece un muerto —dijo Delacroix—. Incluso las personas discretas sienten que la realidad ha empezado la conversación por ellas.

Éléonore habló desde el interior del salón, sin levantarse.

—No se alejen demasiado. Esta casa tiene zonas poco seguras.

—Lo sé, madame —respondió Delacroix—. Estoy empezando a sospechar que no solo arquitectónicamente.

No esperó respuesta.

El ala oeste los recibió con su olor particular: humedad más profunda, madera cerrada, tela vieja y una corriente de aire que parecía venir de algún lugar bajo la casa. Colette encendió otra lámpara. La luz amarilla dibujó en el suelo un brillo irregular.

Delacroix pidió que nadie avanzara.

Se agachó.

Noël se inclinó también, con un gruñido de rodillas antiguas.

—Si busca polvo, monsieur, puedo garantizarle abundancia.

—Busco dirección.

—Eso escasea más.

Delacroix sacó la moneda de su bolsillo. La misma que había dejado rodar en su habitación. La colocó en el suelo, cerca de la pared interior, y la soltó.

La moneda empezó a moverse lentamente hacia el lado izquierdo del pasillo, hacia el muro exterior, hacia el risco. Rodó sin prisa, cruzó una junta de la madera, vaciló, continuó y se detuvo junto al zócalo.

Noël la miró.

—La casa siempre ha tenido opiniones sobre adónde quieren ir las cosas.

—¿Se limpió este pasillo ayer? —preguntó Delacroix.

Colette asintió.

—Por la tarde. Lo limpió Élise, la muchacha.

—¿Después de la cena?

—No.

Delacroix siguió avanzando muy despacio, mirando el suelo.

En una casa vieja, el polvo no era suciedad: era registro.

Se acumulaba en los bordes, en las grietas, en los lugares donde nadie pisaba.

Allí, sin embargo, había zonas desiguales.

Un tramo junto a una puerta parecía más mate que el resto, como si alguien hubiera pasado un paño húmedo con prisa.

—¿Esta puerta? —preguntó.

Colette miró.

—La antigua sala de costura.

—¿Se usa?

—No.

—Ábrala.

La mujer buscó la llave. La cerradura se resistió menos que la del cuarto de prendas.

Dentro había una sala pequeña, casi vacía, con una mesa bajo la ventana, dos sillas, un espejo cubierto con una sábana y varios cestos de mimbre arrinconados.

Olía a encierro. La ventana daba al lateral de la casa y, más allá, a un tramo del sendero hacia el faro.

Delacroix entró.

El suelo estaba limpio. Demasiado, otra vez. Cerca de la mesa había una marca circular, como de algo que hubiera estado apoyado allí durante años y hubiera sido retirado hacía poco. En una silla, una manta doblada. En el alféizar, una línea de humedad.

—¿Se movió algo aquí? —preguntó.

Colette observó la habitación.

—No que yo sepa.

Noël carraspeó.

Delacroix lo miró.

—La memoria parece querer decir algo.

El criado se rascó la nuca.

—Había un arcón.

—¿Dónde?

Noël señaló la marca circular.

—Ahí no. Eso era de un brasero viejo. El arcón estaba junto a la pared. Lo retiramos hace meses.

—¿A dónde?

—Al cuarto de prendas.

—El de las cajas.

—Sí.

—¿Qué había dentro?

Noël miró a Colette.

—Manteles. Cortinas. Cosas de luto.

—¿Cosas de luto? —repitió Delacroix.

—Velos, paños negros, esas telas que las casas ricas guardan para parecer tristes con propiedad.

—Una definición excelente.

Colette lo miró con impaciencia.

—¿Qué busca aquí?

—Un lugar donde alguien pudiera cambiar de aspecto, esperar, observar el faro o salir sin ser visto.

—Desde esta sala se ve el sendero —dijo Noël.

—¿Y desde el sendero se ve esta ventana?

—De día, sí. De noche, con lluvia, no demasiado.

Delacroix se acercó al alféizar. Había una pequeña mancha oscura en la madera, muy cerca de la esquina. No era grande. Casi nada. Pero al tocarla con el pañuelo, dejó una sombra parduzca.

—¿Sangre? —preguntó Noël, en voz baja.

—O barro. O tinta. O la casa intentando participar.

Colette se acercó.

—Esa mancha no estaba.

—¿Está segura?

—Sí.

Delacroix miró la inclinación del suelo.

Si algo líquido hubiera caído junto a la mesa, no se habría quedado allí.

Habría corrido lentamente hacia el zócalo exterior, tal como la moneda.

Se agachó y siguió con la mirada la línea probable.

Allí, junto a una grieta entre dos tablas, encontró otra mancha, más débil, limpiada a medias.

—Una cosa curiosa sobre las casas torcidas —dijo.

Noël suspiró.

—Aquí viene.

—Lo derramado no permanece donde cae. Se desplaza hacia donde la casa le ordena.

Colette no dijo nada.

Delacroix pasó el pañuelo por la grieta. Salió con un resto oscuro.

—Alguien limpió esto.

—Pudo ser Élise —dijo Colette.

—Por la tarde, quizá. Pero esta mancha parece más reciente. Además, si Élise hubiera limpiado bien, habría limpiado también la grieta. Quien hizo esto no conocía la inclinación tan bien como creía.

Noël miró el suelo con seriedad nueva.

—O tenía prisa.

—Las prisas son muy democráticas. Afectan tanto a los culpables como a los criados.

Colette volvió hacia la puerta.

—Esto no demuestra nada.

—Las casas rara vez demuestran. Sugieren con mala leche.

Delacroix salió de la sala de costura y examinó el pasillo desde otra perspectiva.

La puerta de servicio quedaba a unos metros.

La habitación de Gaspard, en la planta superior, se comunicaba con ese sector a través de la escalera secundaria.

Si alguien había bajado con él, o con su cuerpo, no necesitaba pasar por la escalera principal.

Podía utilizar aquel corredor, la sala de costura, la puerta de servicio y el sendero hacia el faro.

Pero había un problema.

Gaspard había sido visto vivo después del primer golpe.

O alguien había sido visto como Gaspard.