Muerte en el faro (Los misterios de Armand Delacroix 13) Capítulo 9 — La mujer que guardaba las llaves #2
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Capítulo 9 — La mujer que guardaba las llaves #2

Colette sostuvo su mirada.

—Sí.

Delacroix no se movió.

—Monsieur Artaud también.

—Entonces no estoy sola.

—¿A qué hora?

—No lo sé. Después de que la casa se calmara. Antes del último trueno fuerte.

—¿Oyó pasos?

—Sí.

—¿De quién?

—No lo sé.

—Madame Marchand.

—No lo sé —repitió, esta vez con dureza—. Y no voy a inventar un nombre porque usted necesite llenar una línea.

—¿Eran pasos de Gaspard?

—No.

La respuesta fue inmediata.

—¿Por qué?

—Gaspard arrastraba el pie derecho cuando estaba cansado. Esos pasos no arrastraban nada.

—Eso ya lo dijo Mireille.

—Porque es verdad.

—¿Eran de Yann?

Colette se quedó inmóvil.

Delacroix vio cómo la pregunta le golpeaba antes de que su rostro pudiera obedecerle.

—No —dijo.

—¿Segura?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque conozco sus pasos.

—Eso puede querer decir muchas cosas.

—Quiere decir que soy su madre.

—También quiere decir que podría protegerlo incluso si no estuviera segura.

Colette se levantó de golpe.

La silla rozó el suelo con un gemido breve.

—Yann no mató a Gaspard.

Delacroix no alzó la voz.

—¿Porque no podía o porque no debía?

—Porque no lo hizo.

—Esa es una declaración de fe, no de conocimiento.

—Llámelo como quiera.

—La fe suele ser muy útil en las iglesias. En las investigaciones, se ensucia pronto.

Colette lo miró con una ira tan contenida que resultaba casi elegante.

—Usted no sabe lo que Gaspard le hizo.

—No. Pero empiezo a saber lo que no hizo.

La frase la desarmó un poco.

No del todo.

Nadie en La Casa Torcida se desarmaba del todo. Ni siquiera ante la muerte.

Delacroix se puso en pie.

—Quiero ver el cuarto donde se guardan las prendas viejas de la familia.

—¿Por qué?

—Porque alguien pudo necesitar un abrigo, un paño, una cuerda, quizá una forma que pareciera un hombre desde lejos. Y porque las casas antiguas guardan ropa con más fidelidad que remordimientos.

Colette dudó.

—Eso está en el ala oeste.

—Naturalmente.

Tomó la argolla de llaves. El sonido volvió a llenar la cocina.

Salieron por la puerta lateral y atravesaron un pasillo estrecho que olía a piedra húmeda y leña vieja.

Al llegar al cruce del ala oeste, la inclinación del suelo se hizo más evidente.

No lo bastante para impedir caminar, sí para recordarle al cuerpo que la casa había dejado de ser del todo horizontal hacía mucho tiempo.

Las puertas de ese lado parecían encajar peor en los marcos.

Una lámpara parpadeaba en una pared, proyectando sombras largas sobre el papel pintado desconchado.

—Esta parte se usa poco —dijo Colette.

—Las partes poco usadas de las casas suelen ser las más sinceras.

—O las más llenas de ratas.

—A veces es difícil distinguirlas de ciertas familias.

Colette no sonrió, pero la respuesta no pareció disgustarle.

Pasaron junto a la puerta de servicio que comunicaba con el sendero del faro. Delacroix se detuvo.

—Esta es la puerta que oyeron Artaud y usted.

—Sí.

La puerta era gruesa, con un cerrojo interior y una cerradura antigua. En la madera baja había una rozadura reciente. Delacroix se agachó.

—¿Esto estaba?

Colette miró.

—No lo sé.

—Mala respuesta.

—Respuesta verdadera.

La rozadura estaba a unos centímetros del suelo, alargada, como si algo pesado hubiera golpeado o arrastrado el borde. Podía ser una caja, un baúl, una camilla improvisada. Podía ser cualquier cosa. La realidad solía ser irritantemente promiscua con las posibilidades.

—¿Quién usa esta puerta?

—Noël. Yann cuando viene del faro. El señor Kéravel alguna vez.

—¿Adrien?

Colette tardó en contestar.

—De niño, mucho. De adulto, poco.

—¿Sabe abrirla?

—Todos saben abrir una puerta, monsieur.

—Pocas frases tan falsas he escuchado en casas aristocráticas.

La mujer eligió una llave y abrió el cerrojo. No la puerta, solo el mecanismo. Delacroix escuchó el sonido. Un arrastre grave, reconocible. Sí. Artaud pudo haberlo distinguido. Colette también.

—Ciérrela —dijo.

Colette lo hizo.

El sonido volvió a repetirse.

Delacroix lo guardó en la memoria. Algunas investigaciones dependían menos de lo que se veía que de lo que una casa pronunciaba por costumbre.

Siguieron hasta una habitación al final del pasillo. Colette tardó en encontrar la llave adecuada. La cerradura se resistió un poco antes de ceder. Al abrir la puerta, salió un olor a tela vieja, madera cerrada y humedad retenida.

Era una especie de cuarto de almacenaje.

Había baúles, percheros cubiertos con sábanas, sombrereras, cajas etiquetadas con nombres de miembros muertos de la familia, mantas enrolladas, cortinas retiradas y varios retratos apoyados contra la pared, vueltos hacia dentro como si hubieran sido castigados por mirar demasiado.

Colette abrió la ventana. El aire entró frío, con olor a lluvia.

—Aquí se guarda lo que nadie quiere tirar.

—Entonces es el corazón de la casa.

Delacroix avanzó entre los baúles. Algunas cajas tenían etiquetas escritas con tinta desvaída: Henri Kéravel, Madeleine, Invierno, Luto, Faro, Ala oeste. La última palabra le llamó la atención menos que la anterior.

—¿Faro? —preguntó.

Colette siguió su mirada.

—Prendas viejas. Capas impermeables, mantas, cosas que se usaban antes para subir.

Delacroix abrió la caja.

Dentro había telas pesadas, un impermeable antiguo con olor a goma vieja, una manta de lana, un gorro de marinero apolillado y una chaqueta oscura, larga, de paño grueso.

No era el abrigo de Gaspard, pero a distancia y con lluvia podía pertenecer a cualquier viejo distinguido que no deseara ser reconocido con exactitud.

—¿Esto se usa?

—No.

—¿Quién sabe que está aquí?

—Cualquiera que haya vivido en la casa.

Delacroix levantó la chaqueta. Pesaba. El hombro izquierdo tenía una costura abierta. En el tejido había polvo, pero no uniforme. Algunas zonas parecían recientemente removidas.

—¿Alguien ha entrado aquí en los últimos días?

Colette miró alrededor.

—No que yo sepa.

—Otra vez esa multitud.

Colocó la chaqueta sobre una silla y siguió revisando. En uno de los baúles encontró sombreros viejos, guantes, bufandas y una fotografía enmarcada, boca abajo entre dos mantas.

La tomó.

La imagen estaba algo amarillenta. Mostraba el exterior de La Casa Torcida muchos años atrás, en un verano improbable.

Gaspard Kéravel aparecía más joven, quizá de treinta y tantos, con camisa clara y una sonrisa que no se parecía en nada a la del anciano que había muerto bajo el faro.

A su lado estaba Colette, muy joven, con el cabello suelto y un vestido sencillo.

No miraba a la cámara. Miraba a Gaspard.

Y en esa mirada había una confianza tan luminosa que Delacroix sintió una incomodidad casi física, como si acabara de sorprender algo que la casa llevaba décadas intentando esconder.

Colette vio la fotografía.

Se quedó muy quieta.

—No sabía que seguía ahí —dijo.

—Las casas viejas son crueles. Guardan pruebas de la felicidad con más empeño que las del crimen.

La mujer extendió la mano.

Delacroix le entregó la fotografía.

Colette la sostuvo con cuidado, pero sin ternura visible. La miró como se mira una carta escrita por alguien que ya no existe, aunque la persona haya vivido muchos años después de escribirla.

—Era usted muy joven —dijo Delacroix.

—Ese es un defecto que se cura solo.

—No siempre sin cicatrices.

La mujer dejó la fotografía sobre un baúl.

—Gaspard era distinto entonces.

—Todos lo somos antes de convertirnos en nosotros mismos.

—Él no se convirtió. Eligió.

—¿Eligió no reconocer a Yann?

Colette cerró los ojos apenas.

La pregunta ya no podía fingir ignorancia.

—Eligió su apellido —dijo—. Eligió la paz de su hermano. Eligió no escandalizar a su padre. Eligió no disgustar a una mujer con la que ya estaba prometido. Eligió muchas cosas. Todas tenían nombres muy respetables. Ninguna se llamaba Yann.

Delacroix guardó silencio.

No por piedad. La piedad, en medio de una investigación, debía administrarse con menos azúcar que un medicamento. Calló porque a veces la verdad necesita terminar de salir sin que nadie la tire de la lengua.

—¿Yann sabe que Gaspard era su padre? —preguntó al fin.

—Sabe que podría serlo.

—¿Desde cuándo?

—Desde hace años.

—¿Quién se lo dijo?

—Nadie. Los niños oyen. Los criados callan mal. Los señores miran peor.

—¿Gaspard habló con él de eso?

—No hasta hace poco.

—¿Qué le dijo?

—No lo sé.

—Madame Marchand.

—No lo sé —repitió—. Yann no me lo contó. Y yo no le pregunté. Hay preguntas que una madre no hace porque teme que el hijo le responda con el dolor que ella misma le dio.

Delacroix miró la chaqueta vieja sobre la silla.

—Gaspard iba a reconocerlo.

—Quizá.

—No quizá.

Colette apretó la fotografía contra el pecho durante un segundo, sin darse cuenta. Luego la bajó.

—Eso ya no importa.

—Importa mucho. Puede ser el motivo.

—Yann no lo mató.

—Pero Adrien pudo matarlo para impedirlo.

Colette no respondió.

Ahí estaba el pensamiento.

No formulado, pero presente.

Delacroix lo vio cruzarle el rostro como una sombra detrás de una cortina.

—¿Adrien lo sabía? —preguntó.

—No lo sé.

—¿Sospechaba?

—Adrien sospecha todo lo que pueda usar contra alguien.

—Una habilidad familiar.

—No. Él la perfeccionó.

Delacroix se acercó a la caja etiquetada como Faro.

En el fondo había una cuerda fina, vieja, y un gancho metálico.

También un trozo de tela oscura rasgada, quizá de la chaqueta.

Lo comparó mentalmente con la fibra hallada junto a la linterna.

Podía coincidir. Podía no. En ausencia de laboratorio, el ojo debía trabajar con humildad y mala intención.

—Esta chaqueta pudo utilizarse para la silueta —dijo.

Colette la miró.

—Sí.

No intentó negarlo. Delacroix apreció cada vez más la forma selectiva en que aquella mujer decía la verdad. Era peligrosa, pero al menos no insultaba la inteligencia con adornos innecesarios.

—¿Quién pudo sacarla de aquí anoche?

—Alguien con llave.

—Usted.

—Sí.

—Noël.

—Sí.

—Gaspard.

—Sí.

—Adrien.

Colette dudó.

—Adrien sabía dónde se guardaban las llaves de servicio cuando era joven. No sé si aún…

—Por favor.

La mujer suspiró.

—Sí. Adrien podría haber encontrado la forma.

—¿Mireille?

—También conoce la casa. Pero no habría…

—No termine esa frase. Es una forma de pedirle a la realidad que sea educada.

Colette cerró la caja.

—Mireille no es como Adrien.

—Casi nadie es como Adrien. Incluso Adrien parece esforzarse.

La mujer lo miró.

Por primera vez, algo parecido a una sonrisa le rozó la boca. Murió enseguida, por supuesto. La Casa Torcida no parecía un lugar donde las sonrisas pudieran vivir demasiado.

Delacroix tomó la chaqueta y la examinó cerca de la ventana. Tenía polvo antiguo, pero en el hombro derecho había una zona limpia, como si una mano reciente la hubiera sujetado. En la parte interior del cuello encontró una hebra de lana clara que no pertenecía al tejido. La guardó.

—¿Se la lleva? —preguntó Colette.

—No. De momento prefiero que siga aquí. Los objetos, cuando se mueven demasiado pronto, dejan de incomodar a las personas adecuadas.

La dejó sobre la silla, visible.

Luego se acercó a los retratos vueltos contra la pared.

Los giró uno por uno. Antepasados severos, mujeres con vestidos imposibles, niños vestidos como adultos pequeños, hombres con patillas y manos de dueño.

En el tercero encontró otra cosa: un cuadro de La Casa Torcida desde el sendero del faro.

Antiguo. Tal vez de antes de que el ala oeste cediera.

La mansión aparecía recta, orgullosa, todavía convencida de que la piedra bastaba para vencer al tiempo.

—La casa no siempre estuvo torcida —dijo.

—Nadie lo está al principio.

Delacroix miró a Colette.

Era una gran frase.

Demasiado buena para alguien que supuestamente solo servía caldo y guardaba llaves. Aunque, pensó, casi todas las buenas frases de una casa suelen nacer en la cocina y morir en el comedor, donde alguien con apellido las pronuncia peor.

Un golpe lejano sonó al otro lado del pasillo.

Ambos se volvieron.

—¿Noël? —preguntó Delacroix.

—No. Noël pisa distinto.

—Otra especialista en pasos.

—Vivir sirviendo es aprender a saber quién viene antes de verlo. Así una decide qué cara ponerse.

Delacroix fue hacia la puerta y la abrió.

El pasillo estaba vacío.

Pero la puerta de servicio del ala oeste, la que comunicaba con el sendero del faro, estaba entreabierta.

Colette se quedó sin aire.

—Yo la cerré.

Delacroix avanzó hasta ella.

La madera seguía húmeda. El cerrojo estaba abierto. En el suelo, junto al umbral, había una marca de barro reciente. Una sola, parcial. La huella de una bota.

No era la suya.

No era la de Colette.

El viento se coló por la rendija y trajo olor a mar, lluvia y algo metálico, quizá procedente del faro, quizá de la imaginación.

Delacroix abrió un poco más la puerta y miró hacia el exterior.

El sendero estaba vacío.

La niebla lo cubría a tramos. La luz del faro pasaba sobre él a intervalos regulares, mostrando barro, rocas, ramas, nada. Luego oscuridad. Luego otra vez barro, rocas, ramas, nada.

—Alguien ha salido —dijo Colette.

—O ha entrado.

La mujer lo miró.

La diferencia no la tranquilizó.

Delacroix se agachó junto a la huella. La examinó. Era grande, profunda en el talón, con una muesca lateral en la suela. La lluvia empezaba a deshacer los bordes, pero aún conservaba forma suficiente.

—¿Reconoce la marca?

Colette negó.

—No.

—¿Botas de Yann?

—Podría ser.

—¿Noël?

—También.

—¿Adrien?

—No usa botas así.

—¿Está segura?

—Adrien usaría botas así solo si pudiera llamar a alguien para que se las ensuciara por él.

Delacroix se incorporó.

—Esa sí ha sido una respuesta precisa.

Colette cerró la puerta. Esta vez echó el cerrojo con fuerza.

—Alguien tiene otra llave.

—O alguien no necesitó llave porque la puerta no estaba cerrada.

—Yo la cerré.

—Entonces alguien tiene otra llave.

La mujer se llevó una mano a la argolla. Las llaves tintinearon. Por primera vez, el sonido no pareció autoridad. Pareció miedo.

—Monsieur Delacroix —dijo.

—Sí.

—Si alguien intenta culpar a Yann…

—Alguien ya lo está intentando.

Colette cerró los dedos sobre la argolla.

—No lo permitiré.

—Tenga cuidado, madame Marchand. Esa frase ha enviado a muchas personas honestas a cometer estupideces en nombre de la verdad.

—¿Y qué hago?

Delacroix miró la puerta cerrada, la huella medio borrada, el pasillo inclinado, la habitación llena de prendas viejas y la fotografía de una mujer joven mirando a un hombre que no había sabido elegirla a tiempo.

—Por ahora —dijo—, no guarde silencio por amor a nadie. En esta casa el silencio ya ha demostrado tener muy mala puntería.

Colette no respondió.

Pero cuando regresaron hacia la parte central de la casa, ya no caminaba como una mujer que guardaba todas las llaves.

Caminaba como alguien que acababa de comprender que una de ellas llevaba años abriendo una puerta equivocada.