Muerte en el faro (Los misterios de Armand Delacroix 13) Capítulo 8 — El testamento que no debía existir #2
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Capítulo 8 — El testamento que no debía existir #2

—Solo algunas partes.

—Me conmueve su generosidad mutilada.

El notario abrió la carpeta. Delacroix vio varias hojas con anotaciones legales. No leyó de forma invasiva; no hacía falta. Bastaron palabras sueltas: usufructo, prohibición de venta, legado, mantenimiento, reconocimiento, asignación especial. Artaud pasó rápido una página, demasiado rápido.

Delacroix apoyó un dedo sobre la mesa.

—Esa.

—No es relevante.

—Entonces no le costará mostrarla.

Artaud dudó.

La puerta de la biblioteca se abrió.

Adrien Kéravel estaba en el umbral.

No llamó. Naturalmente.

—Perdón —dijo sin parecer arrepentido—. No sabía que la biblioteca se había convertido en tribunal.

Artaud cerró la carpeta con demasiada prisa.

Delacroix no se volvió del todo. Solo giró la cabeza.

—Monsieur Kéravel, su habilidad para aparecer cuando alguien está a punto de decir algo útil empieza a parecer talento.

Adrien entró, cerrando la puerta tras de sí.

—Mi tío ha muerto. Mi familia está destrozada. El camino está cortado. El faro ha decidido convertirse en protagonista de novela barata. Perdone si camino por mi propia casa.

—Villa Kéravel no es suya todavía.

La frase fue suave.

El golpe, no.

Adrien lo miró.

—Qué comentario tan interesante.

—Y tan jurídico. Debería alegrar al señor Artaud.

El notario parecía cualquier cosa menos alegre.

Adrien caminó hasta una estantería y pasó un dedo por el lomo de un libro.

—¿Le ha contado Gabriel que mi tío estaba perdiendo la cabeza?

—No con esas palabras.

—Siempre ha sido discreto. A veces hasta el ridículo.

—Yo habría dicho temeroso, pero acepto matices.

Adrien sonrió.

—Gaspard llevaba meses comportándose de forma errática. Hablaba de culpas antiguas, de reparar lo irreparable, de no vender la casa aunque la casa se caiga sobre nuestras cabezas. No era una decisión sensata. Era una penitencia.

—Las penitencias suelen ser incómodas para quienes esperaban heredar el altar.

Adrien se apartó de la estantería.

—¿Le ha dicho también que esta casa está arruinada?

—La casa lo insinúa con bastante elocuencia.

—No. No me refiero a paredes húmedas o ventanas deformadas. Me refiero a dinero. Deudas. Reparaciones imposibles. Terrenos sin valor salvo para románticos y suicidas. Mi tío llevaba años sosteniendo una ruina por orgullo.

—Y usted quería venderla por humildad.

—Por supervivencia.

—La suya, entiendo.

—La de todos.

Artaud se movió en la silla.

Adrien lo miró enseguida.

—¿No es así, Gabriel?

El notario palideció un poco más, lo cual parecía médicamente ambicioso.

—La situación económica de la propiedad es compleja.

—Compleja —repitió Adrien—. Qué palabra tan cómoda para decir hundida.

Delacroix cruzó las manos sobre la empuñadura de su bastón.

—¿Tiene usted deudas personales, monsieur Kéravel?

La pregunta fue directa. Adrien no se inmutó de inmediato, pero algo en su rostro se volvió menos flexible.

—Todos tenemos deudas.

—No todos las tienen con personas capaces de impacientarse.

—No sé a qué se refiere.

—Yo tampoco. Pero me gustaría.

Adrien soltó una risa baja.

—¿Esto también se lo ha contado Gabriel?

Artaud abrió la boca.

—Yo no…

—Tranquilo —dijo Adrien—. No te estaba acusando de valentía.

Delacroix observó al notario. Aquella frase le dolió. Bien.

—Gaspard iba a comunicar esta mañana una decisión legal —dijo Delacroix—. Usted lo sabía.

—Sabía que quería reunirnos. No sabía qué disparate exacto pensaba anunciar.

—Pero lo sospechaba.

—Con Gaspard siempre era posible sospechar algo inútil.

—Y aun así anoche discutió con él.

Adrien ladeó la cabeza.

—¿Nos oyó?

—Oí lo suficiente para saber que usted no estaba celebrando su prudencia.

—Entonces también oyó que intenté razonar con él.

—Oí que le pidió que esperara. Una semana. Dos días.

—Porque era lo sensato.

—Porque quizá necesitaba tiempo.

Adrien dio un paso hacia él.

—¿Para matarlo habría necesitado tiempo o para impedir que se equivocara?

—Esa es la primera pregunta interesante que hace esta mañana.

—No maté a mi tío.

—Tampoco le he preguntado.

—No hacía falta. Está usted disfrutando del rodeo.

Delacroix se levantó despacio.

—Los rodeos son útiles cuando uno quiere saber quién se cansa primero.

Adrien miró la carpeta azul.

—Gabriel, guarda esos papeles.

El notario obedeció por reflejo, pero Delacroix apoyó la mano sobre la carpeta antes de que pudiera cerrarla del todo.

—Todavía no.

Adrien sonrió.

—No puede impedirlo.

—Tiene razón. Me limita muchísimo no llevar uniforme.

—Entonces apártese.

La voz había perdido terciopelo.

Delacroix no se apartó.

La puerta volvió a abrirse.

Esta vez entró Éléonore.

—Adrien.

Una sola palabra. Suficiente.

Adrien no la miró. Siguió con los ojos puestos en Delacroix.

—Madre.

Éléonore entró en la biblioteca con su elegancia de cuchillo limpio. Vio la carpeta, vio la mano de Delacroix sobre ella, vio a Artaud encogido en la silla y entendió la escena en menos de un segundo.

—Monsieur Delacroix —dijo—, empieza a abusar de la hospitalidad de una casa en duelo.

—Madame, una casa en duelo normalmente llora. Esta parece estar haciendo inventario.

—No permitiré que se revisen documentos familiares sin presencia de la autoridad.

—La autoridad no puede llegar.

—Entonces esperaremos.

—Su cuñado no esperó.

Éléonore se quedó inmóvil.

Fue apenas un parpadeo. Nada más. Pero Delacroix tuvo la impresión de que la frase no la había herido por la muerte de Gaspard, sino por la posibilidad de que él hubiese intentado por fin hacer algo sin pedir permiso a la familia.

—Gaspard estaba enfermo —dijo ella.

—Eso me han repetido mucho. Empiezo a pensar que su enfermedad era muy conveniente.

—Tenga cuidado.

—Lo intento. Por eso hago preguntas.

Adrien se volvió hacia su madre.

—No tenemos por qué tolerar esto.

—Tampoco tenemos camino, teléfono ni explicación —dijo Delacroix—. La tolerancia suele florecer en terrenos peores.

Éléonore miró a Artaud.

—Gabriel, esos documentos deben permanecer sellados hasta que llegue la policía.

Artaud bajó la mirada.

—Falta una copia, madame.

La frase lo sorprendió incluso a él.

Éléonore no cambió de expresión, pero Adrien sí.

No mucho.

Lo suficiente.

—¿Qué copia? —preguntó.

Artaud tragó saliva.

—Una versión preliminar de las nuevas disposiciones.

—¿Preliminar?

—Sí.

—¿Y cómo desapareció?

—No lo sé.

Adrien se echó a reír.

Fue una risa breve, incrédula, demasiado alta para la habitación.

—Perfecto. Ahora también desaparecen papeles. Una muerte, un faro caprichoso, documentos evaporados… Gaspard habría disfrutado mucho de esta pantomima si no hubiera tenido la mala educación de morirse antes.

—Adrien —dijo Éléonore.

Esta vez sí había advertencia en su voz.

Pero Adrien ya no parecía dispuesto a obedecerla.

—No. Estoy cansado de que se convierta la locura de un viejo en una especie de revelación sagrada. Mi tío iba a destruir lo poco que quedaba de esta familia por una culpa que nadie más tenía obligación de heredar.

Delacroix lo miró con atención.

—¿Qué culpa?

Adrien se detuvo.

Éléonore cerró los dedos sobre el respaldo de una silla.

Artaud dejó de respirar durante un instante.

La pregunta había entrado donde debía.

Adrien recuperó la sonrisa, pero no del todo.

—La culpa de estar vivo demasiado tiempo. Es muy común en los viejos ricos. Llega un momento en que empiezan a repartir daños para sentirse generosos.

—Una observación amarga.

—Una observación práctica.

—La práctica, en su boca, parece una forma educada de la desesperación.

Adrien se acercó a Delacroix. Eran casi de la misma altura, aunque Adrien tenía la ventaja de la juventud y Delacroix la de no necesitar demostrarlo.

—No sabe nada de mí.

—Sé que quería vender esta casa.

—Eso lo sabe todo el mundo.

—Sé que Gaspard iba a impedirlo.

—También.

—Sé que una copia del documento que podía perjudicarlo ha desaparecido.

—Insinúa mucho para saber tan poco.

—Y sé que cuando monsieur Artaud pronunció la palabra copia, usted no pareció sorprendido por la desaparición. Pareció sorprendido de que él la confesara.

El silencio se apretó contra las paredes.

Éléonore dio un paso.

—Basta.

Delacroix no apartó la mirada de Adrien.

—Por ahora, sí.

Retiró la mano de la carpeta.

Artaud la cerró enseguida, con dedos temblorosos. Adrien siguió mirando a Delacroix unos segundos más. Luego se volvió hacia su madre.

—Voy a ver a Mireille.

—No —dijo Éléonore.

La palabra salió demasiado rápida.

Adrien la miró.

—¿No?

—Déjala descansar.

—Qué repentina preocupación por el descanso ajeno.

—Adrien.

Madre e hijo se miraron. En esa mirada había costumbre, autoridad, resentimiento y una forma de dependencia desagradable.

Delacroix vio algo más: Éléonore no estaba protegiendo a Mireille.

Estaba intentando impedir que Adrien hablara con ella antes de saber cuánto había oído, cuánto sabía o cuánto estaba dispuesta a decir.

Adrien sonrió.

—Como quieras.

Salió de la biblioteca.

Éléonore no se marchó de inmediato. Permaneció unos segundos frente a Delacroix, como si estuviera decidiendo qué parte de su desprecio merecía ser pronunciada.

—Mi hijo no es un asesino.

—Eso espero.

—No lo dice como alguien que lo espere.

—Madame, he visto muchas madres esperar cosas que sus hijos ya habían destruido.

El golpe fue deliberado. Éléonore lo recibió con una dignidad casi perfecta.

—Usted no conoce a mi familia.

—Todavía no. Pero su familia está siendo muy amable al resumirse con rapidez.

La mujer se acercó a la puerta.

Antes de salir, se volvió hacia Artaud.

—Ni una palabra más sin autoridad presente.

El notario asintió.

Éléonore salió.

La puerta quedó abierta unos centímetros. Delacroix la cerró con calma.

Artaud parecía haber envejecido cinco años durante la visita.

—Me destruirán —murmuró.

—Exagera. Esta familia parece preferir destruirse desde dentro.

—No entiende a Adrien.

—Explíqueme.

Artaud negó con la cabeza.

—No.

Delacroix volvió a sentarse.

—Monsieur Artaud, hace unos minutos estaba protegiendo documentos. Ahora está protegiendo su miedo. Ninguna de las dos cosas impedirá otro muerto si el primero no fue suficiente.

El notario levantó la mirada.

—¿Otro muerto?

—Alguien ha robado una copia de un testamento, ha manipulado un faro, ha convertido una silueta en testimonio y ha dejado a un hombre bajo unas rocas. Si esa persona cree que usted puede explicar el motivo, su supervivencia dependerá menos de su discreción que de su utilidad.

Artaud se quedó muy quieto.

La lluvia golpeó los cristales.

—El beneficiario inesperado —susurró—. No puedo darle el nombre.

—Ya lo ha dicho.

—Pero puedo decirle que si Adrien lo descubre con certeza, no solo habrá perdido una herencia.

Delacroix esperó.

—Habrá perdido también el relato de su propia familia.

—Eso suele enfurecer más que el dinero.

—Sí.

Artaud abrió la cartera y sacó un sobre pequeño, sin sello. Lo sostuvo unos segundos antes de entregarlo.

—Esto no es el testamento. Son notas personales de Gaspard. Me las dio para que preparara el documento. No están completas. No mencionan todo. Pero quizá…

Delacroix tomó el sobre.

—¿Por qué no me lo dio antes?

Artaud cerró los ojos.

—Porque todavía esperaba que hubiera sido un accidente.

—No lo esperaba. Lo deseaba.

—Es posible.

—Es humano.

—No me absuelve.

—No. Pero lo vuelve más común.

Delacroix abrió el sobre. Dentro había varias hojas dobladas, escritas con la letra de Gaspard. No las leyó enteras allí. Solo dejó que la vista recogiera algunas frases.

Una deuda anterior a Adrien.

Lo que no tuve valor de nombrar.

Colette no debe seguir cargando sola.

El faro debe quedar en manos de quien lo mantuvo vivo.

Delacroix no levantó la vista enseguida.

Cuando lo hizo, Artaud estaba mirándolo con terror.

—Ahora entiende —dijo el notario.

—Empiezo.

—Entonces entiende también por qué esa copia no debía desaparecer.

—Al contrario, monsieur Artaud. Entiendo por qué alguien necesitaba que desapareciera.

Guardó las notas en el sobre.

En ese momento, desde el otro lado de la biblioteca, detrás de las estanterías más próximas a la puerta secundaria, algo crujió.

No fue la casa.

Delacroix levantó una mano para que Artaud no hablara.

Escuchó.

Un roce leve. Tela contra madera. Un paso contenido.

Alguien había estado allí.

Delacroix se levantó y cruzó la biblioteca sin apresurarse. Al llegar a la puerta lateral, la abrió de golpe.

El pasillo estaba vacío.

O casi vacío.

Al fondo, junto al giro hacia el ala oeste, una sombra desapareció.

Delacroix no corrió. Correr por los pasillos de una casa torcida era una manera vulgar de regalarse una fractura. Avanzó con rapidez medida, llegó al cruce y miró.

Nada.

Solo el corredor húmedo, una lámpara temblando y, en el suelo inclinado, una pequeña gota oscura que empezaba a deslizarse hacia la pared.

Se agachó.

No era sangre.

Era tinta.

Delacroix la rozó con el pañuelo y miró hacia la biblioteca.

Artaud seguía sentado, pálido, con la cartera abierta sobre la mesa.

—Monsieur Artaud —dijo Delacroix desde el pasillo—, ¿sus documentos estaban escritos con tinta negra?

—Sí.

—Qué casa tan generosa —murmuró Delacroix.

—¿Qué ha pasado?

Delacroix miró la gota otra vez. Luego miró el corredor vacío por donde alguien acababa de escapar.

—Nada definitivo —dijo—. Pero alguien acaba de recordarnos que el testamento no solo interesa a los vivos.

Volvió a la biblioteca, cerró la puerta lateral y guardó el pañuelo con la tinta en el bolsillo.

El faro giró al fondo de la ventana, pálido y puntual.

Esta vez, Delacroix no miró la luz.

Miró la sombra que dejaba detrás.