Muerte en el faro (Los misterios de Armand Delacroix 13) Capítulo 8 — El testamento que no debía existir
39%

Capítulo 8 — El testamento que no debía existir

Gabriel Artaud estaba en la biblioteca, aunque no parecía haber elegido la biblioteca por amor a los libros.

Más bien parecía haberse refugiado allí porque las paredes estaban cubiertas de lomos oscuros, y los lomos oscuros ofrecen a ciertos hombres una ilusión de respetabilidad parecida a la que otros encuentran en los uniformes o en los apellidos antiguos.

Era una estancia larga, húmeda, con dos ventanas estrechas hacia el jardín interior, una mesa central de nogal y estanterías que llegaban hasta el techo.

Muchos volúmenes tenían los títulos borrados por el tiempo.

Otros conservaban letras doradas, orgullosas, inútiles.

En una esquina había una escalera de mano, y sobre una mesa auxiliar, un globo terráqueo con una grieta en el Atlántico.

Delacroix pensó que no era una mala metáfora para la familia Kéravel, aunque decidió no compartirla. Las metáforas, como los cuchillos, conviene usarlas solo cuando uno está dispuesto a limpiar después.

Artaud estaba sentado junto a la mesa, con una manta sobre los hombros y una copa intacta delante. El café se había enfriado a su lado. Sostenía un pañuelo entre las manos, retorciéndolo con una aplicación casi artística.

Al ver entrar a Delacroix, se incorporó a medias.

—Monsieur Delacroix.

—No se levante. La culpa suele marearse si se pone de pie demasiado deprisa.

El notario tragó saliva.

—No tengo ninguna culpa.

—Entonces está usted sufriendo mucho por razones decorativas.

Delacroix cerró la puerta tras de sí, sin llave. No hacía falta. En La Casa Torcida, las puertas cerradas no impedían que la gente escuchara; solo les daban mejor postura.

Artaud miró hacia la ventana. La lluvia resbalaba por los cristales, más fina que antes, pero persistente. Al fondo, apenas visible desde ese ángulo, una franja del faro cortaba la niebla a intervalos regulares.

—Es una situación terrible —dijo el notario.

—Sí. Y eso que aún no hemos llegado a la parte incómoda.

—¿Más incómoda?

—Vamos a hablar del testamento.

Artaud cerró los ojos un segundo.

—No puedo.

—Qué frase tan frecuente en personas que sí pueden, pero preferirían no hacerlo.

—Hay normas.

—Las normas son admirables cuando protegen a los vivos. Cuando protegen a un muerto de la verdad de su propia muerte, pierden algo de encanto.

Artaud dejó el pañuelo sobre la mesa y se pasó una mano por la frente.

—Monsieur Delacroix, usted no entiende mi posición.

—La entiendo perfectamente. Está atrapado entre su deber profesional, su miedo a una familia poderosa en decadencia y el hecho desagradable de que su cliente haya aparecido muerto bajo un faro antes de firmar algo que alguien no quería que firmara. Es una posición muy clara. Incómoda, pero clara.

El notario lo miró con una mezcla de alarma y gratitud. A algunas personas les alivia que alguien nombre su cobardía con precisión; les evita el trabajo de disfrazarla.

Delacroix se sentó frente a él.

—Gaspard Kéravel iba a modificar su testamento.

Artaud apretó los labios.

—No puedo confirmar…

—Sí puede.

—No formalmente.

—Entonces hágalo humanamente. La justicia ya se ocupará más tarde de afearle la postura.

Artaud respiró hondo. Por un instante pareció más viejo. No mucho, pero sí más pequeño.

—Sí —dijo al fin—. Iba a modificarlo.

Delacroix no se movió.

—¿Cuándo?

—Esta mañana. Después del desayuno. Esa era la intención.

—¿Por qué no anoche?

—Porque el señor Kéravel quería hablar primero con todos.

—Una delicadeza fatal.

—Él creía que era lo correcto.

—Los hombres suelen confundir lo correcto con aquello que les permite dormir una noche más antes de hacer daño.

Artaud bajó la mirada.

—No era solo daño.

—¿Era reparación?

El notario levantó los ojos demasiado rápido.

Delacroix sonrió apenas.

—Gracias. Esa respuesta ha sido casi verbal.

—No sé a qué se refiere.

—Sí lo sabe. Continúe.

Artaud recogió el pañuelo de nuevo.

—El señor Kéravel me escribió hace tres semanas. Quería revisar ciertas disposiciones. Al principio creí que se trataba de ajustes menores: legados, donaciones, algunas cantidades para el servicio, quizá instrucciones sobre el mantenimiento de la casa. Cosas habituales en un hombre de su edad.

—Pero no era habitual.

—No.

—¿A quién perjudicaba el cambio?

El notario calló.

—Monsieur Artaud.

—A Adrien Kéravel —dijo finalmente—. Principalmente.

La frase no sorprendió a Delacroix, pero la habitación pareció aceptarla con un crujido muy oportuno de las estanterías.

—¿Principalmente? —repitió.

—Mireille también habría visto reducida su parte, pero no en la misma proporción. El señor Kéravel quería asegurarle una renta. A ella. A madame Éléonore, nada más allá de ciertos derechos de uso temporal sobre algunas dependencias si decidía permanecer aquí.

—Qué generoso.

—Entre Gaspard y Éléonore había… tensiones.

—En esta casa las tensiones deberían pagar alquiler. Ocupan más espacio que los muebles.

Artaud se permitió una sonrisa mínima, que murió enseguida.

—Adrien esperaba heredar la propiedad principal.

—La Casa Torcida.

—Villa Kéravel, legalmente.

—La ley tiene poca imaginación para los nombres.

—Esperaba heredarla, sí. O al menos disponer de ella junto con su hermana. Pero el señor Kéravel había decidido impedir la venta.

—¿Podía hacerlo?

—Sí. Con ciertas condiciones. Podía crear una disposición que obligara a conservar la casa durante un número determinado de años, vincular parte de los fondos al mantenimiento del faro y establecer usufructos. No es sencillo, pero posible.

—¿El faro pertenece a la familia?

—La estructura, el terreno y parte del mantenimiento, sí. La función pública depende de acuerdos antiguos con la administración marítima. Es una situación incómoda.

—Las situaciones cómodas parecen escasear aquí.

Artaud se inclinó hacia delante.

—Adrien quería vender. Tenía contactos. Había hablado con compradores. Una compañía hotelera de la costa, creo. Querían convertir la casa en alojamiento de lujo, conservar el faro como atractivo pintoresco y abrir un camino nuevo.

—El crimen siempre encuentra la forma de sonar a proyecto inmobiliario.

—Gaspard se negó.

—¿Por sentimentalismo?

—Por culpa.

La palabra salió antes de que Artaud pudiera detenerla.

Delacroix la dejó reposar.

Fuera, el viento empujó la lluvia contra la ventana. En el pasillo, alguien pasó. Un roce leve. Un paso contenido. Delacroix no volvió la cabeza, pero Artaud sí. La culpa, pensó, siempre miraba hacia la puerta.

—¿Culpa por qué? —preguntó.

—No lo sé.

—Vuelve a mentir peor. Eso suele indicar cansancio.

—No lo sé todo —dijo Artaud, corrigiéndose—. Sé que el señor Kéravel hablaba de una deuda antigua. De alguien a quien debía algo. De una injusticia que ya no podía reparar, pero sí reconocer.

—Reconocer.

La palabra tuvo un peso distinto.

Artaud lo notó y se arrepintió de haberla pronunciado.

—Era su expresión.

—¿Reconocer a una persona? ¿Una deuda? ¿Un hecho?

—No puedo decirlo.

—Puede. Lo que ocurre es que quizá todavía no quiere.

—No tengo pruebas.

—No le he pedido una sentencia. Le he pedido miedo con forma de información.

Artaud cerró los dedos alrededor del pañuelo.

—Había un beneficiario inesperado.

Delacroix esperó.

—No puedo darle el nombre.

—¿Porque no lo sabe o porque lo teme?

—Porque aún no estaba formalizado.

—Monsieur Artaud, si no me da el nombre, tendré que buscarlo en la reacción de todos los demás. Le aseguro que será menos elegante y bastante más desagradable para usted.

—No puedo.

Esta vez había algo distinto en la negativa. No solo miedo. Una fidelidad tardía, quizá. O la vanidad profesional de un hombre que, habiendo cedido ya demasiado, necesitaba conservar una pequeña fortaleza para no despreciarse del todo.

Delacroix no insistió.

—Bien. Hablemos de documentos.

Artaud respiró como si acabaran de aplazar su ejecución.

—Trajo usted el nuevo testamento.

—Un borrador preparado, sí. Y unas notas para la versión definitiva.

—¿Dónde están?

—En mi cartera.

—¿Puedo verla?

—No.

Delacroix alzó una ceja.

—La valentía le ha llegado tarde, pero con buen calzado.

—Es documentación confidencial.

—Su cliente está muerto.

—Precisamente.

—¿Teme que la robe?

—Temo que cualquiera la robe.

—Eso significa que no está completa.

El notario se quedó quieto.

Delacroix se inclinó apenas hacia él.

—¿Qué falta?

Artaud miró otra vez hacia la puerta.

—Una copia.

—¿Del borrador?

—De una de las versiones. No definitiva, pero suficientemente clara.

—¿Desaparecida cuándo?

—No lo sé.

—Inténtelo.

—Ayer por la tarde la tenía. La revisé antes de cenar. Después la guardé con el resto de papeles en mi cartera. Esta mañana, cuando fui a comprobarlo, faltaba.

—¿La cartera estaba cerrada?

—Sí.

—¿Con llave?

—Sí.

—¿Forzada?

—No.

—Entonces alguien tenía la llave.

Artaud bajó la vista.

—O alguien me la quitó durante la cena.

—¿La llevaba encima?

—La llave, sí.

—¿Dónde?

—En el bolsillo del chaleco.

—¿Desapareció?

—No. Sigue conmigo.

—Entonces alguien abrió su cartera sin forzarla y sin quitarle la llave.

—No lo sé.

—Una frase con mucho futuro en esta casa.

Artaud se levantó con brusquedad y fue hacia un mueble bajo situado junto a la pared. Abrió un cajón, sacó una cartera de cuero oscuro y la dejó sobre la mesa con gesto derrotado.

—Mire.

Delacroix no tocó nada aún.

La cartera era buena, antigua, con cierre metálico.

No parecía forzada. Artaud abrió el broche con una llave pequeña que llevaba en una cadena.

Dentro había documentos ordenados en carpetas, varias cartas, sobres sellados y un cuaderno de notas.

Todo demasiado prolijo, demasiado de notario, demasiado respetable para una casa donde la respetabilidad acababa de caer desde un faro.

—¿Puede faltar algo más? —preguntó Delacroix.

—No. Lo comprobé.

—¿Seguro?

—Sí.

—Qué placer escuchar una certeza. Estaba empezando a olvidarme de su sonido.

Artaud sacó una carpeta azul.

—Aquí están las notas principales. No puedo entregárselas.

—Puede mostrármelas.