Muerte en el faro (Los misterios de Armand Delacroix 13) Capítulo 7 — El farero #2
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Capítulo 7 — El farero #2

Vautrin se acercó al cristal y miró hacia abajo.

—Dios.

—Aquí suele parecer más lejos —dijo Delacroix.

—¿Dios?

—El suelo.

Yann señaló una puerta pequeña que daba a la galería exterior.

—Desde ahí pudo caer.

—¿Está cerrada?

Yann comprobó el pestillo.

—Ahora sí.

—¿Y anoche?

—No lo sé.

Delacroix se acercó. La puerta tenía restos de humedad en el borde interior.

No era extraño. Aun cerrada, una puerta en un faro durante una tormenta no podía aspirar a la sequedad.

Pero el pestillo tenía una marca brillante, reciente, como si lo hubieran forzado o cerrado con torpeza.

En el suelo, junto al marco, había una pequeña raspadura oscura.

Se agachó.

—Doctor, su rodilla tendrá que perdonarme.

Vautrin gruñó y se inclinó a medias.

—¿Qué ve?

—Algo que no sé si es nada.

—Mi especialidad favorita esta mañana.

Delacroix rozó la raspadura. Era una marca en la pintura vieja del suelo. Cerca había una fibra de tejido oscuro, enganchada en una astilla de madera.

La tomó con unas pinzas pequeñas de su estuche.

Yann la miró.

—Abrigo.

—Quizá.

—El de Gaspard.

—Quizá.

Vautrin soltó aire.

—Si su abrigo estuvo aquí arriba…

—Su abrigo pudo estar aquí arriba sin él dentro —dijo Delacroix.

La frase dejó quieto el mecanismo durante un segundo que solo existió en la imaginación de los tres.

Luego la luz siguió girando.

Yann miró hacia los cristales que daban a la casa.

—Desde allí pudieron verlo.

—Madame Dufresne lo vio desde una ventana del pasillo —dijo Delacroix—. Dijo que la silueta estaba muy quieta.

—Si se coloca el abrigo en la barandilla interior, con el sombrero o algo para darle forma, desde la casa podría parecer un hombre.

—¿Durante cuánto tiempo?

—El suficiente. La luz no muestra nada mucho rato. Solo corta la imagen.

Delacroix se acercó a la zona indicada. Había una barandilla metálica interior, una estructura de soporte junto a los cristales y un espacio donde, en efecto, podía colocarse una prenda larga. Con lluvia en los cristales y distancia desde la casa, una forma oscura bastaría.

—¿Y el mecanismo detenido? —preguntó.

Yann miró la linterna.

—Si la luz se detiene en el ángulo adecuado, la silueta queda más tiempo visible desde la casa.

—El tiempo suficiente para que una escritora mire y construya una escena.

—No hacía falta que fuera escritora.

—No. Pero ayuda.

Vautrin se apartó del cristal.

—Entonces alguien pudo venir aquí, colocar el abrigo de Gaspard, manipular el regulador y crear la ilusión de que seguía vivo o de que estaba en el faro.

—No exactamente —dijo Delacroix—. La silueta se vio antes de que Gaspard apareciera vivo en el pasillo. Eso no prueba que siguiera vivo. Prueba algo más incómodo: alguien quería asociarlo al faro antes de que muriera, o antes de que su muerte se descubriera.

—Preparó el escenario.

—Sí. Y lo hizo con una confianza notable en la mala vista humana.

Yann miraba la barandilla interior. Sus ojos se habían endurecido.

—Alguien entró en mi faro.

La frase no sonó a propiedad. Sonó a profanación.

Delacroix lo miró de reojo.

—¿Eso le indigna más que la muerte de Gaspard?

El farero volvió hacia él muy despacio.

—No.

—Lo ha parecido.

—Porque la muerte de Gaspard todavía no sé dónde ponerla.

Vautrin bajó la mirada. Delacroix no. Hay respuestas que merecen ser recibidas de frente.

—¿Y el faro?

—El faro sé dónde ponerlo.

El viento silbó entre los cristales.

Delacroix caminó alrededor de la linterna.

Había más marcas de grasa en una de las piezas laterales.

No frescas exactamente, pero sí alteradas.

Alguien había tocado allí. Quizá Yann. Quizá otro.

En una superficie metálica limpia, una huella parcial se había corrido con humedad.

Inútil para un tribunal, pero no para la inteligencia.

—¿Qué se necesita para abrir la puerta inferior? —preguntó.

—Llave.

—Usted tiene una.

—Sí.

—Gaspard tenía otra.

—Sí.

—¿Dónde la guardaba?

—En su escritorio, supongo.

—No la he visto.

Yann lo miró.

—Entonces alguien la cogió.

—O él la llevaba.

—¿La tenía encima?

—No.

Yann no pareció sorprenderse. Eso interesó a Delacroix.

—¿Esperaba que no estuviera?

—Gaspard no era descuidado con las llaves.

—Anoche estaba preocupado.

—Eso lo habría vuelto menos descuidado, no más.

El comentario era bueno. Delacroix lo guardó sin elogiarlo.

Abrió con cuidado la puerta de la galería exterior. El viento entró como una bofetada. Vautrin retrocedió con una blasfemia breve. Yann sujetó la puerta y Delacroix salió a la plataforma.

La galería rodeaba la linterna. Era estrecha, con barandilla metálica, húmeda y resbaladiza. El mar rugía abajo con una violencia inmensa. Delacroix avanzó despacio, apoyando una mano en la barandilla. Desde allí, las rocas parecían más próximas y más imposibles al mismo tiempo.

—Si cayó desde aquí —dijo Vautrin desde dentro—, habría golpeado la pared o alguna de esas salientes.

—O no —dijo Yann—. Con viento fuerte, un cuerpo puede desviarse.

—Un cuerpo vivo lucha —dijo Delacroix.

Yann lo miró desde la puerta.

—¿Y uno muerto?

—Uno muerto obedece.

Delacroix se inclinó apenas, lo justo para estudiar el borde exterior.

Había una marca en la barandilla, un arañazo reciente en la pintura.

También una pequeña mancha oscura en un punto bajo, casi lavada por la lluvia.

Podía ser óxido. Podía ser sangre. Podía ser una broma del metal viejo.

La tocó con el pañuelo y no obtuvo gran cosa.

—¿Gaspard habría podido trepar esta barandilla solo? —preguntó.

Vautrin respondió:

—Con dificultad.

Yann dijo:

—No.

Delacroix prefirió la seguridad del farero a la prudencia del médico, aunque no se lo concedió en voz alta.

Volvió al interior y cerró la puerta. El silencio relativo de la sala de la linterna fue casi acogedor después del exterior.

—Bajemos —dijo.

El descenso fue más lento. Vautrin maldijo cada diez peldaños con una regularidad que casi podía servir para medir la altura.

Yann iba ahora detrás, silencioso. Delacroix, en medio, pensaba en el abrigo, la llave ausente, la pieza del regulador, la silueta quieta y aquella frase de Gaspard: si me ocurre algo, no crea lo evidente.

El problema no era que lo evidente fuera falso.

El problema era que había sido preparado con demasiada antelación.

En la sala intermedia, Delacroix se detuvo ante los impermeables colgados.

—¿Alguna prenda falta?

Yann miró sin acercarse.

—No.

—¿Había anoche algún abrigo de Gaspard aquí?

—No.

—¿Está seguro?

—Sí.

—¿Y un sombrero?

—Gaspard no usaba sombrero en el faro.

—Madame Dufresne creyó reconocer el abrigo y la postura. No mencionó sombrero.

—Entonces bastaba con el abrigo.

Delacroix miró la cuerda enrollada en la esquina. Se acercó. Estaba seca en la parte exterior, húmeda por dentro. La levantó apenas.

—¿Se usó hace poco?

Yann frunció el ceño.

—No por mí.

—Empieza a ser una frase popular.

—No puedo decir otra cosa.

Delacroix observó el extremo de la cuerda. Tenía una hebra oscura adherida, quizá del propio material, quizá de tela. La guardó también.

—¿Para qué se usa?

—Para asegurar cargas, subir herramientas, sujetar cosas durante reparaciones.

—¿Cuerpos?

Yann no apartó la mirada.

—Si uno es bastante miserable, supongo que sí.

Vautrin murmuró algo sobre detectives y desayunos arruinados.

En la puerta inferior, Delacroix se detuvo de nuevo.

El suelo de piedra estaba mojado. Había barro de varias pisadas, algunas recientes, otras mezcladas.

Las botas de los tres habían añadido su propia confusión.

Pero junto al marco, en el lado interior, había una marca distinta: una pequeña mancha clara, como polvo de yeso o sal seca.

—¿Qué hay aquí? —preguntó.

Yann se agachó.

—Salitre. Entra con el viento.

—No. Esto está más concentrado.

El farero pasó un dedo por la piedra y olió.

—Cal.

—¿Del muro?

—Quizá.

Delacroix miró la parte baja de la puerta. Había una rozadura reciente en la madera. Algo había sido arrastrado o apoyado allí.

Un cuerpo.

Un abrigo mojado.

Una cuerda.

Una mentira con prisa.

No dijo nada.

Salieron del faro.

La lluvia había aflojado un poco. La casa se veía más clara desde allí, aunque no más acogedora. En una ventana del primer piso, una figura se apartó en cuanto Delacroix miró. No pudo identificarla. La distancia, la lluvia y la prudencia ajena hicieron su trabajo.

—Nos observan —dijo Vautrin.

—Es reconfortante —respondió Delacroix—. Uno siempre agradece que los sospechosos tengan aficiones sanas.

Yann cerró la puerta del faro con llave.

Delacroix extendió la mano.

El farero lo miró.

—La llave.

—No.

Vautrin resopló.

—Yann.

—Es mi faro.

—Y desde anoche es parte de una muerte —dijo Delacroix.

—No pienso entregársela.

—No se la pido porque desconfíe de usted.

—Sí lo hace.

—También. Pero no exclusivamente.

Yann apretó los dedos alrededor de la llave. Durante un instante, pareció que prefería tirarla al mar antes que entregarla. Luego miró hacia las rocas donde había estado el cuerpo de Gaspard.

Algo cedió en su rostro.

No mucho.

Lo bastante.

Se quitó la cadena del cuello y puso la llave en la mano de Delacroix.

—Si alguien vuelve a tocar ese mecanismo sin mí, se hará daño.

—Lo tendré presente.

—No era una advertencia para usted.

—Lo sé.

Regresaron por el sendero. A mitad de camino, una voz los detuvo.

—¡Monsieur Delacroix!

Margot Dufresne estaba en la parte alta, junto a la puerta de servicio del ala oeste, con un chal oscuro alrededor de los hombros. El viento le agitaba el cabello y la falda. Parecía menos una escritora que una aparición molesta decidida a no esperar su turno.

—Le dije que nadie saliera —dijo Delacroix al acercarse.

—Y yo he salido muy poco.

—La obediencia parcial es una enfermedad moderna.

—He recordado algo.

Adrien apareció detrás de ella, unos pasos más allá, en el umbral de la puerta. No parecía haberla acompañado. Más bien parecía haber llegado para comprobar qué estaba diciendo.

—Margot —dijo—, quizá no sea el momento de convertir cada intuición en un acontecimiento.

—Qué curioso. Yo pensaba que era exactamente el momento.

Delacroix miró primero a Margot, luego a Adrien.

—Dígame.

La escritora se envolvió mejor en el chal.

—La silueta que vi anoche no se movía, eso ya se lo dije. Pero había algo más. Cuando la luz se detuvo, la figura quedó visible un poco más. Entonces me pareció que tenía un brazo demasiado bajo. Como si no estuviera de pie. Como si colgara.

Yann cerró los ojos un instante.

Vautrin miró a Delacroix.

Adrien soltó una risa breve.

—¿Como si colgara? Por favor. Anoche estaba oscuro, llovía, todos estábamos nerviosos y ahora quiere convertir una sombra en una marioneta.

—No he dicho marioneta —replicó Margot.

—No hacía falta. La palabra ya estaba disfrutando mucho de la escena.

Delacroix miró a Adrien.

—Tiene usted una gran rapidez para despreciar detalles.

—Tengo una gran rapidez para despreciar fantasías.

—Entonces debe de sufrir mucho en familia.

Mireille había aparecido también en la puerta, detrás de Adrien. No dijo nada, pero su rostro estaba más pálido que antes.

Delacroix volvió hacia Margot.

—¿Por qué no lo dijo antes?

—Porque no estaba segura.

—¿Y ahora?

—Ahora tampoco. Pero después de verlo subir al faro, pensé que quizá no necesitaba estar segura para decirlo.

—Excelente decisión.

Adrien miró hacia el faro con una expresión dura.

—¿Qué han encontrado allí?

—Un faro —dijo Delacroix—. Con una admirable falta de discreción.

—No juegue conmigo, monsieur.

—No lo hago. Los juegos requieren reglas claras.

Yann avanzó hacia la puerta sin mirar a nadie. Colette apareció en el interior justo cuando él llegaba. La ama de llaves vio su rostro y entendió algo que los demás no. Extendió una mano, pero no llegó a tocarlo.

—Yann…

—No ahora.

El farero entró en la casa.

Colette se quedó inmóvil, herida por el rechazo o por lo que había detrás de él.

Adrien observó la escena con demasiado interés.

Delacroix lo observó a él.

—Monsieur Kéravel —dijo—, ¿jugaba usted en el faro de niño?

Adrien se volvió lentamente.

—Como todos los niños que crecieron aquí.

—No todos crecieron aquí.

—Los que importaban, sí.

La frase fue tan desagradable que incluso Éléonore, si hubiera estado presente, quizá la habría considerado excesiva.

—¿Conocía el mecanismo? —preguntó Delacroix.

—Conocía escaleras, cristales, salas llenas de aceite y un viejo farero que nos gritaba si tocábamos algo. Si pretende sugerir que eso me convierte en técnico de linternas marítimas, adelante. Esta mañana ya ha sugerido cosas más extravagantes.

—¿Y Gaspard? ¿Subía con usted?

Adrien miró hacia el mar.

—Mi tío no jugaba con niños.

—Qué prudente de su parte.

—No finja ternura. No le sienta bien.

—No finja dolor. A usted tampoco.

La mandíbula de Adrien se tensó.

Mireille dio un paso hacia ellos.

—Basta, Adrien.

—¿Por qué siempre dices mi nombre como si estuviera a punto de romper algo?

—Porque normalmente ya lo has roto.

El viento llenó el silencio.

Delacroix guardó esa frase también. No como prueba. Como retrato.

Vautrin se acercó a la puerta, cansado.

—Necesito volver al cuerpo.

—Yo hablaré con monsieur Artaud —dijo Delacroix.

Adrien se volvió demasiado rápido.

—¿Para qué?

—Para hacerle preguntas.

—Eso ya lo supuse.

—Entonces progresa usted a una velocidad admirable.

—Gabriel está afectado.

—Sí. Eso suele ocurrir cuando un notario descubre que los documentos pueden sangrar.

Adrien no contestó.

Delacroix entró en La Casa Torcida con la llave del faro en el bolsillo, una fibra oscura envuelta en papel, una pieza del regulador guardada en un pañuelo y la certeza cada vez más incómoda de que la noche anterior alguien no solo había matado a Gaspard Kéravel.

Había ensayado su muerte.

Y quizá, pensó al sentir bajo sus pies la inclinación leve del suelo, La Casa Torcida llevaba años preparada para ofrecer el escenario.