Muerte en el faro (Los misterios de Armand Delacroix 13) Capítulo 7 — El farero
34%

Capítulo 7 — El farero

El camino hacia el faro parecía más estrecho cuando uno lo recorría sabiendo que un hombre había aparecido muerto al final.

No era una impresión razonable, pero Delacroix nunca había exigido a las impresiones que fueran razonables.

Le bastaba con que fueran sinceras. La senda se pegaba al borde del acantilado con una terquedad peligrosa, empapada por la lluvia, cubierta de barro y agujas de pino, mordida aquí y allá por desprendimientos pequeños que la noche había dejado como advertencias.

A un lado, la roca subía hacia La Casa Torcida, gris, húmeda, con sus ventanas mirando desde arriba.

Al otro, el mar golpeaba las piedras con una paciencia brutal.

Yann Le Guen iba delante.

Caminaba como si el sendero fuera una habitación de su propia casa.

No con imprudencia, sino con una confianza seca, aprendida a base de pisar la misma piedra durante años y en todos los estados posibles del cielo.

Llevaba un impermeable oscuro, botas altas y una llave grande colgada de una cadena.

El viento le empujaba el cabello hacia atrás y le llenaba el rostro de gotas que él no se molestaba en apartar.

El doctor Vautrin avanzaba detrás de él, resoplando con mal humor.

—El hombre que construyó este camino odiaba a la medicina —gruñó.

—Quizá amaba mucho la funeraria —dijo Delacroix.

—No me haga reír. Si me río aquí, me caigo.

—Sería una tragedia. La casa perdería a su único médico y yo a mi testigo menos complaciente.

—Qué considerado.

Yann no intervino. No parecía escucharles, aunque Delacroix sospechaba que no se le escapaba nada. Los hombres callados no siempre son profundos, pero suelen desarrollar un excelente oído para las voces ajenas. Al llegar al punto donde habían encontrado el cuerpo de Gaspard, el farero se detuvo.

La zona seguía marcada por la muerte aunque el cadáver ya no estuviera allí.

Había una ausencia oscura entre las rocas, una forma invisible que el ojo completaba sin querer.

La lluvia había lavado parte de la sangre, pero no toda.

En la piedra donde había reposado la cabeza quedaba una mancha parduzca, diluida en los bordes.

Cerca, el mar subía y bajaba con espuma blanca, como si intentara borrar lo que los hombres todavía necesitaban mirar.

Yann observó el lugar durante unos segundos.

No se santiguó.

No dijo nada.

Esa falta de gesto resultó más dolorosa que cualquier teatralidad.

—¿Venía aquí a menudo? —preguntó Delacroix.

Yann tardó en contestar.

—Gaspard bajaba al faro a veces.

Vautrin lo miró de lado.

—El señor Kéravel.

—Gaspard —repitió Yann, sin alzar la voz.

El médico no insistió.

Delacroix sí.

—¿A qué venía?

—A mirar.

—Los hombres que dicen venir a mirar suelen venir a recordar.

Yann siguió con la vista fija en las rocas.

—Entonces venía a recordar.

—¿Solo?

—Casi siempre.

—¿Y hablaba con usted?

—A veces.

—¿De qué?

—Del tiempo. De barcos. Del estado de la linterna. De cosas que no importaban.

—Las cosas que no importan son una forma muy común de hablar de las que sí.

Yann giró apenas la cabeza. Sus ojos eran claros, más grises que azules, y tenían algo áspero, como piedra mojada.

—Si quiere preguntarme si lo odiaba, pregúntelo.

—No suelo hacer preguntas tan cómodas.

—Sí lo odié.

Vautrin levantó la mirada.

Delacroix no mostró sorpresa.

—¿Y ahora?

Yann volvió a mirar la mancha en la roca.

—Ahora se ha muerto.

—Eso rara vez resuelve el odio.

—No. Lo deja sin sitio.

El viento pasó entre ellos.

Durante un instante, Delacroix tuvo la certeza de que aquel hombre llevaba años sosteniendo algo demasiado pesado sin permitirse siquiera la vulgaridad de quejarse.

Eso no lo volvía inocente. La inocencia era una palabra demasiado grande para personas que habían vivido en una casa como aquella.

Pero lo volvía humano, y los humanos dolidos podían matar tanto como los codiciosos.

—Subamos —dijo Yann.

La puerta del faro estaba orientada hacia el lado menos expuesto al viento. Era de madera gruesa, reforzada con hierro, con una cerradura antigua y marcas de sal en los bordes. Yann sacó la llave de la cadena y la introdujo sin mirar.

Delacroix observó sus manos.

Eran manos fuertes, agrietadas, con uñas cortas y restos de grasa vieja en las comisuras. Manos de trabajo. También, pensó, manos capaces de sostener a un hombre en una escalera, arrastrar un cuerpo o colocar una mentira en el lugar adecuado.

La puerta se abrió con un gemido bajo.

Dentro olía a humedad, metal, aceite y piedra fría.

El interior del faro estaba en penumbra.

Una escalera de caracol ascendía pegada a la pared, estrecha, empinada, con peldaños de hierro gastados por años de pasos.

En el centro, el hueco subía hasta perderse en la sombra, y desde arriba llegaba el rumor constante del mecanismo de la linterna: un giro, un arrastre, una respiración de engranajes viejos.

Vautrin miró hacia arriba.

—Detesto ya este lugar.

—Eso demuestra buen instinto —dijo Delacroix.

Yann encendió una lámpara pequeña y empezó a subir.

La escalera obligaba a avanzar de uno en uno.

Cada peldaño devolvía un sonido metálico que se perdía hacia arriba y hacia abajo, multiplicado por la torre.

Delacroix apoyaba una mano en la pared y otra en la barandilla.

La humedad volvía resbaladizos algunos tramos.

No resultaba imposible para un hombre mayor, pero sí desagradable.

Para Gaspard, delicado, cansado, sin bastón, en plena noche y con zapatillas, habría sido algo más que desagradable.

Habría sido absurdo.

—¿Gaspard subía hasta arriba? —preguntó Delacroix.

La voz rebotó en la piedra.

—A veces.

—¿Solo?

—Cuando no quería compañía.

—¿Y podía?

—Despacio.

—¿Con bastón?

Yann se detuvo un segundo, apenas.

—Sí.

—Su bastón estaba en la habitación.

El farero siguió subiendo.

—Entonces no subió por voluntad propia.

Vautrin resopló detrás de Delacroix.

—Esa conclusión me ahorraría varios dolores de rodilla.

—No nos apresuremos, doctor. Los dolores de rodilla son una de las pocas certezas que tenemos.

Llegaron a una pequeña sala intermedia. Había una mesa, una silla, varios cuadernos de registro, herramientas, trapos manchados de aceite y una ventana estrecha que daba al mar. En una esquina, colgaban dos impermeables viejos y una cuerda enrollada.

Delacroix se acercó a los cuadernos.

—¿Registra los fallos?

—Sí.

—¿El de anoche?

Yann abrió uno de los libros sin dudar. Las páginas estaban llenas de anotaciones breves, con letra firme y algo inclinada.

Fechas, horas, dirección del viento, estado de la marea, mantenimiento de la lente.

En la última página había varias líneas escritas el día anterior.

La última, antes de la cena, decía: mecanismo revisado; rotación estable.

—Después no escribí nada —dijo Yann.

—Porque estaba en la casa.

—Sí.

Delacroix pasó la vista por las anotaciones. No parecían hechas para impresionar a nadie. Eran demasiado sobrias, demasiado útiles. Los mentirosos a veces adornan incluso los registros técnicos, como si la verdad necesitara buena caligrafía.

—¿Quién más consulta estos cuadernos?

—Nadie.

—¿Quién sabe dónde están?

—Cualquiera que haya entrado aquí.

—Eso no responde.

—No sé responder mejor.

Delacroix miró las herramientas. Había llaves, un destornillador grande, un bote de grasa, trapos, una lámpara de repuesto y dos piezas metálicas pequeñas sobre la mesa. Una de ellas tenía una mancha reciente en el borde, más limpia que el resto. La tocó con el pañuelo.

—¿Qué es esto?

Yann se acercó.

—Un seguro del regulador.

—¿Estaba suelto?

—No debería.

—¿Y lo estaba?

El farero lo miró. Luego miró la pieza.

—No la dejé aquí.

Vautrin se inclinó con esfuerzo.

—¿Alguien pudo quitarla para detener la linterna?

—Sí. Pero habría que saber qué quitar. Si toca uno lo que no es, puede bloquear todo el mecanismo o romperlo.

—¿Y esto qué haría? —preguntó Delacroix.

—Si se afloja, la rotación puede engancharse unos segundos y luego volver. Depende de la tensión y del viento.

Delacroix lo observó.

—Exactamente lo que ocurrió anoche.

Yann apretó la mandíbula.

—Sí.

El viento golpeó contra la ventana estrecha. La luz de la lámpara tembló. En aquel cuarto pequeño, el rumor de los engranajes parecía más próximo, más nervioso.

—¿Podría haber sido accidental? —preguntó Vautrin.

Yann no respondió enseguida.

—Podría.

—Está aprendiendo de nosotros —dijo Delacroix—. Pronto esta casa entera hablará solo en posibilidades.

—Pudo aflojarse con la tormenta —dijo Yann—. Pero yo lo revisé. Estaba bien.

—¿Está usted seguro?

—Sí.

Delacroix guardó la pieza en el pañuelo.

Yann dio un paso hacia él.

—Eso pertenece al faro.

—Y ahora, temporalmente, a la muerte de Gaspard.

El farero no insistió.

Subieron el último tramo. La escalera se estrechó todavía más y terminó en una trampilla que Yann abrió con fuerza. Salieron a la sala de la linterna.

Allí el viento tenía otra voz.

No entraba del todo, porque los cristales gruesos protegían la estancia, pero se colaba por las juntas con silbidos finos, como cuchillos afilándose lejos.

La linterna giraba en el centro, rodeada por su estructura metálica, sus lentes y su maquinaria.

Cada vuelta hacía pasar la luz por los cristales, por el mar, por la casa y por sus rostros, cortándolos en fragmentos pálidos.

Delacroix se quedó inmóvil unos segundos.

El lugar era hermoso.

También era horrible.

La belleza, cuando está demasiado cerca de una caída, siempre parece tener malas intenciones.

Desde allí se veía La Casa Torcida con una claridad inquietante.

La mansión aparecía inclinada contra la roca, el ala oeste más baja, las ventanas como ojos húmedos.

El sendero parecía una línea dibujada por alguien con la mano temblorosa.

Al pie del faro, las rocas donde habían encontrado el cuerpo formaban un grupo irregular, negro, brillante por la lluvia.