Capítulo 6 — La hora que no encaja #2
Adrien giró la cabeza hacia ella.
—Mireille.
Delacroix no apartó los ojos de la joven.
—No le he preguntado a su hermano.
Mireille tragó saliva.
—Oí pasos.
—¿Cuándo?
—No lo sé. Más tarde. Después de haber vuelto a acostarme.
—¿Mucho más tarde?
—Quizá veinte minutos. Quizá media hora.
—¿Desde dónde venían?
—Del pasillo. Cerca de la habitación de tío Gaspard.
—¿Pesados? ¿Ligeros?
—No sabría decirlo.
—Inténtelo.
Mireille bajó la mirada hacia sus manos.
—No eran los de mi tío.
Éléonore se removió en la butaca.
—Eso no puedes saberlo.
—Sí puedo. Tío Gaspard arrastraba un poco el pie derecho cuando estaba cansado. Estos pasos eran más rápidos.
Delacroix miró a Vautrin.
El médico asintió de forma casi imperceptible.
—¿Y oyó alguna puerta? —preguntó Delacroix.
—Una. Muy suave.
—¿La de Gaspard?
—No lo sé.
—¿Salió a mirar?
—No.
—¿Por miedo?
Mireille levantó los ojos.
—Por costumbre.
La respuesta fue tan triste que nadie tuvo el mal gusto de discutirla.
Delacroix dejó pasar un segundo.
—Monsieur Kéravel —dijo luego, mirando a Adrien—, ¿dónde estaba usted en ese momento?
—En mi habitación.
—¿Solo?
—Sí.
—Antes dijo que había estado con su madre después de la cena.
—Lo estuve.
—¿Hasta qué hora?
Adrien se encogió de hombros.
—No llevo un acta notarial de mis conversaciones familiares.
—Una pena. Tenemos un notario disponible y claramente infrautilizado.
Gabriel Artaud se sobresaltó al oírse nombrar.
Adrien respondió:
—Estuve con mi madre quizá hasta las doce y cuarto.
—¿Hora real?
—Supongo.
—¿Después volvió a su habitación?
—Sí.
—¿Alguien lo vio?
—Mi madre puede confirmar que estuve con ella.
—Le he preguntado después.
Adrien sonrió.
—No, monsieur. Después estaba solo. Como la mayoría de las personas cuando duerme.
—La mayoría de las personas no despiertan junto a un crimen.
—Yo tampoco.
—Eso está por verse.
La frase fue suave, pero cambió el aire.
Éléonore se inclinó hacia delante.
—Mi hijo no mató a Gaspard.
—Todavía no he dicho que lo hiciera.
—Lo está rodeando con palabras.
—Madame, si alguien puede morir de palabras en esta casa, sospecho que su familia habría quedado extinguida hace años.
Margot bajó la vista. Esta vez sí sonrió.
Éléonore no.
—Adrien estuvo conmigo —dijo.
—¿Hasta qué hora?
—Hasta después de medianoche.
—Eso es menos exacto de lo que esperaba de usted.
—No sabía que mi noche sería sometida a examen.
—Las mejores noches rara vez avisan.
—Hablamos en mi sala privada. Después él se marchó.
—¿A qué hora?
Éléonore tardó un instante.
—Doce y veinte, quizá.
Adrien la miró.
Fue un gesto mínimo, pero Delacroix lo vio.
—Curioso —dijo.
—¿Qué? —preguntó Éléonore.
—Su hijo calculó doce y cuarto. Usted doce y veinte. El reloj de Gaspard se detuvo a las doce y veintinueve. Eso deja una franja bastante estrecha para que una familia pueda dormir tan profundamente.
—Está insinuando demasiado.
—Es mi forma de hacer ejercicio.
Vautrin carraspeó, quizá para ocultar una risa, quizá para recordar que había un muerto sin justicia en la sala.
Delacroix se volvió hacia Artaud.
—Monsieur Artaud.
El notario dio un respingo.
—Sí.
—Después de la cena, usted subió a su habitación.
—Sí.
—¿Solo?
—Por supuesto.
—¿Durmió?
—Mal.
—Eso no es una respuesta.
—No dormí casi nada.
—¿Por qué?
Artaud miró a Adrien, luego a Éléonore, luego al reloj de Gaspard sobre la mesa.
—La tormenta.
—La tormenta ha recibido ya bastante trabajo esta mañana. Procure no sobrecargarla.
—Estaba inquieto.
—¿Por la decisión que Gaspard iba a anunciar?
El notario se humedeció los labios.
—No sé exactamente qué iba a anunciar.
Adrien habló enseguida.
—Gabriel, por favor.
Delacroix ni siquiera lo miró.
—Permita que el señor Artaud decida cuánta estupidez quiere añadir a su miedo.
Artaud se quedó más pálido.
—Monsieur Delacroix, estoy obligado por discreción profesional.
—Su cliente está muerto.
—Aun así…
—Y quizá haya muerto por algo relacionado con esa discreción.
El notario se hundió un poco en la silla.
—No puedo hablar de documentos no formalizados.
—Puede hablar de horarios.
—Sí. Claro.
—¿Oyó pasos?
—Sí.
La respuesta salió demasiado rápida, como si llevara rato esperando permiso para escapar.
Adrien lo miró con dureza.
—¿Qué pasos?
Artaud no le sostuvo la mirada.
—En el pasillo. Después de que todos volviéramos a las habitaciones.
—¿A qué hora? —preguntó Delacroix.
—No estoy seguro. Miré mi reloj poco después. Eran las doce y treinta y dos.
Delacroix sintió que la habitación entera se inclinaba hacia esa frase.
—¿Poco después de qué?
Artaud tragó saliva.
—De oír una puerta.
—¿Qué puerta?
—La del ala oeste. Creo.
Colette levantó la cabeza.
Yann también.
—¿Cómo la reconoció? —preguntó Delacroix.
—Hace un sonido particular. Una especie de arrastre. Me alojé en esta casa varias veces. Lo recuerdo.
—¿La puerta que da al sendero del faro?
—Sí.
Adrien dejó escapar una risa incrédula.
—Esto es absurdo. La puerta del ala oeste cruje con cualquier corriente.
—No se le ha preguntado a usted —dijo Delacroix.
—Pero se me está juzgando.
—No, monsieur. Cuando lo juzgue, tendrá menos dudas.
Adrien se acercó a la ventana, dándole la espalda a todos.
Delacroix volvió a Artaud.
—Oyó la puerta del ala oeste. Miró el reloj. Eran las doce y treinta y dos. ¿Antes o después de eso oyó pasos?
—Antes. Pasos en el pasillo. Rápidos.
—¿Hacia dónde?
—Hacia la escalera secundaria, creo.
—¿Y no salió?
Artaud soltó una risa miserable.
—No.
—¿Por qué?
—Porque soy notario, monsieur, no héroe.
—Una distinción que la historia ha confirmado con frecuencia.
Artaud bajó la cabeza.
Delacroix miró el reloj de bolsillo de Gaspard. Doce y veintinueve.
Tres minutos antes de que Artaud mirara su reloj tras oír la puerta del ala oeste.
Era una proximidad interesante. Demasiado interesante para ser cómoda.
—Doctor Vautrin —dijo—, ¿la hora del reloj de bolsillo podría coincidir con el momento del impacto mortal?
—Podría.
—¿Y si el reloj se rompió al ser golpeado en la habitación, no en la caída?
—También podría.
—Qué generoso vuelve a estar el mundo con las posibilidades.
Vautrin no sonrió.
—Un reloj no es un certificado de defunción.
—No. Pero a veces es una indiscreción con agujas.
Delacroix se volvió hacia Yann.
—Monsieur Le Guen, usted dijo que no salió de la casa.
—No salí.
—¿Oyó la puerta del ala oeste?
—No.
—¿Oyó pasos?
—Sí.
Adrien giró desde la ventana.
—Maravilloso. Todos oímos pasos y nadie vio a nadie.
Yann lo ignoró.
—Oí a alguien bajar por la escalera de servicio.
—¿Hora?
—No lo sé. Después de que la linterna se detuviera por segunda vez.
—¿La vio detenerse desde su habitación?
—No veo la linterna completa desde mi habitación. Veo la luz cuando pasa por el tejado. Si deja de pasar, se nota.
—¿Cuánto duró?
—Poco. Unos segundos.
—¿Sabe por qué pudo detenerse?
—No desde aquí.
—¿Y no fue a comprobarlo?
Yann apretó la mandíbula.
—Gaspard me había pedido que me quedara.
La primera vez que usó el nombre, todos lo notaron de nuevo. La segunda, dolió más.
—No parecía usted hombre de obedecer fácilmente —dijo Delacroix.
—No lo soy.
—Entonces obedeció por una razón.
Yann miró a Colette.
Fue un gesto fugaz, pero suficiente.
—Estaba cansado —dijo.
—Qué razón tan poco convincente.
—Es la que tengo.
—Por ahora.
Yann no respondió.
Delacroix dejó que el silencio trabajara un momento.
Luego caminó hasta la ventana. Desde allí, el faro se veía más pequeño que desde el pasillo de Margot, pero seguía dominando el paisaje.
La luz ya no era necesaria con aquella mañana gris, y sin embargo la linterna seguía funcionando.
Giraba y giraba sobre un mar que no necesitaba advertencias para ser peligroso.
—Recapitulemos —dijo, sin volverse—. Antes de medianoche, o muy cerca, madame Dufresne ve una silueta en el faro.
Minutos después, todos ven a Gaspard vivo en la puerta de su habitación.
Por tanto, la silueta no era Gaspard, salvo que aceptemos un milagro atlético impropio de su edad, sus zapatillas y su ausencia de barro.
—Pudo ser Yann —dijo Adrien.
Yann no se movió.
Delacroix continuó como si no hubiera oído la interrupción.
—Después, alrededor de las doce y veinte, según madame Kéravel, Adrien abandona la sala privada de su madre.
Poco más tarde, mademoiselle Kéravel oye pasos que no reconoce como los de Gaspard.
El reloj de bolsillo de Gaspard se detiene a las doce y veintinueve.
Monsieur Artaud oye la puerta del ala oeste y mira su reloj a las doce y treinta y dos.
Durante esa franja, la linterna del faro vuelve a detenerse.
—Está construyendo una historia con ruidos —dijo Adrien.
—La mayoría de las historias familiares se construyen con menos.
—No hay pruebas de que nadie matara a mi tío.
Delacroix se volvió hacia él.
—No. Pero hay bastantes pruebas de que alguien quiere que pensemos que murió de la forma más cómoda para todos.
—¿Cómoda? —Mireille levantó la vista, dolida—. Nada de esto es cómodo.
—Para usted, no. Para la verdad oficial, sí.
Viejo enfermo, noche tormentosa, faro peligroso, caída fatal.
Es una historia sencilla, casi amable. Solo exige que ignoremos el bastón que no usó, las botas que no calzó, el abrigo que no eligió, los pasos que nadie quiere reconocer y una silueta que apareció en el faro cuando él estaba vivo en la casa.
Margot miró hacia la ventana.
—Entonces alguien preparó la mentira antes de que muriera.
Delacroix asintió despacio.
—O alguien empezó a prepararla mientras todavía podía hacerle falta.
La frase pareció incomodar incluso al fuego apagado.
Éléonore se puso de pie.
—Esto es intolerable.
—Estoy de acuerdo. La muerte suele serlo.
—No permitiré que se convierta esta casa en un teatro de sospechas.
—Madame, con todo respeto, esta casa era un teatro de sospechas antes de mi llegada. Yo solo he encendido algunas lámparas.
Adrien se acercó a su madre.
—No tenemos por qué escuchar esto.
—No —dijo Delacroix—. Pero tienen que permanecer aquí.
—¿Otra vez con eso?
—Otra vez. Y añadiré algo: nadie subirá al faro sin mí.
Yann levantó la cabeza.
—Necesito revisar la linterna.
—Lo hará conmigo.
—No entiende el mecanismo.
—Usted sí. Eso es precisamente lo que me preocupa.
Colette dio un paso.
—Yann no…
—Madame Marchand —la interrumpió Delacroix, sin dureza—. Su certeza empieza a parecerse mucho al miedo.
La mujer calló.
Yann la miró. Fue un segundo. Pero en ese segundo hubo una historia entera que nadie se atrevía a contar.
Vautrin se levantó con esfuerzo.
—Yo iré también al faro. Si Gaspard cayó desde allí, quiero ver desde dónde.
—Excelente —dijo Delacroix.
—Y yo —dijo Adrien.
—No.
Adrien sonrió.
—¿No?
—No.
—¿Por qué?
—Porque si es inocente, estorbará. Y si no lo es, también.
Durante un instante pareció que Adrien iba a perder la compostura. No la perdió. Eso lo hizo más interesante.
—Está disfrutando —dijo.
Delacroix lo miró con una frialdad educada.
—Monsieur Kéravel, he pasado demasiados años junto a cadáveres para disfrutar de ellos. Pero admito que me produce cierta satisfacción cuando los vivos empiezan a calcular mal sus mentiras.
Adrien no contestó.
La lluvia golpeó los cristales. El faro giró una vez más, indiferente a la habitación que lo miraba.
Gabriel Artaud se levantó de pronto.
—No me encuentro bien.
—Siéntese —dijo Vautrin.
—Necesito aire.
—El aire exterior está ocupado intentando matar gente —dijo Delacroix—. Use el interior.
Artaud volvió a sentarse, tembloroso.
Delacroix lo observó. El notario estaba a punto de romperse, pero todavía no. Haría falta más presión. O una amenaza. En casas como aquella, las amenazas no tardaban mucho en presentarse.
—Bien —dijo Delacroix—. Visitaremos el faro. Después hablaremos del testamento.
Artaud cerró los ojos.
Adrien lo miró.
Éléonore fingió no mirar a nadie.
Mireille miró a su hermano con una tristeza nueva.
Yann miró al faro.
Colette miró a Yann.
Noël, desde la puerta, miró a Delacroix y murmuró:
—Le advertí que el café estaba fuerte.
Delacroix recogió el reloj de bolsillo de Gaspard y lo guardó de nuevo en el pañuelo.
—No se preocupe, monsieur Prigent. En esta casa, de momento, el café es lo único que parece decir la verdad sin necesidad de ser interrogado.
Nadie respondió.
El reloj del salón, ese testigo vanidoso y atrasado en su dignidad, dio entonces una campanada solitaria.
No era la hora de nada.
Quizá por eso sonó tan apropiado.