Capítulo 6 — La hora que no encaja
Delacroix siempre había desconfiado de los relojes en las casas antiguas.
No porque mintieran más que las personas, sino porque lo hacían con menos imaginación.
Adelantaban siete minutos, atrasaban doce, se detenían por capricho, sonaban cuando no debían y callaban cuando uno necesitaba que hablaran.
Eran testigos mecánicos, llenos de vanidad y polvo, convencidos de que el tiempo les pertenecía porque podían hacerlo sonar en una caja de madera.
La Casa Torcida tenía demasiados relojes.
Había uno en el salón, alto, solemne, con esfera de marfil y péndulo visible.
Otro en el comedor, más pequeño, sobre la chimenea apagada.
Otro en el vestíbulo, junto al retrato del fundador.
Gaspard tenía uno en su habitación y otro de bolsillo, detenido ahora en manos del doctor Vautrin.
Todos parecían capaces de dar una versión distinta de la noche, lo cual los convertía en miembros honorarios de la familia Kéravel.
Delacroix pidió que se reunieran en el salón, no para interrogarlos todavía, sino para escuchar una primera versión común.
La sala conservaba el desorden leve de la noche anterior: una copa sobre una mesa auxiliar, una silla apartada de su sitio, ceniza fría en la chimenea, humedad en los cristales.
Fuera, la lluvia seguía cayendo con obstinación más que con furia.
El faro giraba al fondo, blanco y gris, como si no hubiera tenido nada que ver con la muerte de nadie.
Era una actitud frecuente en los objetos culpables de haber sido utilizados.
Éléonore Kéravel se sentó en la butaca más rígida del salón.
Adrien permaneció de pie junto al aparador.
Mireille ocupó el borde de un sofá, con las manos unidas sobre las rodillas.
Gabriel Artaud eligió una silla demasiado pequeña para su nerviosismo.
Margot Dufresne se instaló cerca de la ventana, quizá por instinto, quizá porque seguía necesitándola para entender lo que había visto.
Yann Le Guen no se sentó. Colette Marchand se quedó junto a la puerta, como si no supiera si pertenecía al grupo de los interrogados o al de los muebles fieles.
Noël Prigent entraba y salía con discreción, aunque Delacroix sospechaba que oía más estando fuera que otros estando sentados en primera fila.
El doctor Vautrin llegó el último, con el reloj de bolsillo de Gaspard envuelto en un pañuelo.
—Estaba en el chaleco —dijo.
Delacroix lo tomó con cuidado.
Era un reloj de plata, pesado, antiguo, con las iniciales G. K. grabadas en la tapa. El cristal estaba agrietado. Las agujas se habían detenido a las doce y veintinueve.
—¿Está seguro de que se detuvo por el golpe? —preguntó Delacroix.
Vautrin se encogió de hombros.
—Seguro no. Probable, sí. El cristal está roto, y la caja tiene una abolladura. Pudo detenerse al caer o al recibir un golpe fuerte.
—Doce y veintinueve —murmuró Adrien—. Entonces cayó después de medianoche.
—Eso parece —dijo Delacroix.
Adrien lo miró con desconfianza.
—¿También eso le molesta?
—De momento, monsieur, me molesta casi todo. Procuro no discriminar.
Vautrin se sentó con un gruñido. Tenía cara de haber dormido poco, mal y con un muerto en la conciencia, que era una forma particularmente incómoda de insomnio.
Delacroix dejó el reloj sobre la mesa, a la vista de todos.
—Vamos a ordenar la noche. No para acusar a nadie. Todavía. Solo para comprobar si el tiempo tuvo la amabilidad de avanzar en línea recta.
Margot Dufresne cruzó las piernas.
—En las buenas historias casi nunca lo hace.
—Por eso tantas buenas historias serían pésimos expedientes judiciales.
La escritora sonrió apenas.
Delacroix miró primero a Noël, que acababa de dejar otra bandeja de café.
—Monsieur Prigent, dijo usted que el reloj del salón adelanta siete minutos.
—Sí, monsieur.
—¿Desde hace tres años?
—Cuatro en noviembre. Pero tres queda menos vergonzoso.
—¿Se revisó anoche?
—No hizo falta. Dio las doce cuando todavía faltaban siete minutos para medianoche. Como siempre.
—¿Cómo lo sabe con tanta precisión?
Noël se encogió de hombros.
—Porque el reloj del vestíbulo va bien. Y porque cuando uno sirve cenas durante cuarenta años aprende que las campanadas mienten menos que las personas, pero no mucho menos.
Delacroix asintió.
—Entonces, cuando madame Dufresne oyó dar las doce al reloj del salón, en realidad eran aproximadamente las once y cincuenta y tres.
Margot miró hacia la ventana.
—Eso parece.
—Usted subió después.
—Sí.
—¿Cuánto después?
—Unos minutos. No muchos. Me despedí en el salón, subí la escalera y me detuve en el pasillo.
—¿Cinco minutos? ¿Diez?
—Cinco quizá. No más de diez.
—Por tanto, vio la silueta en el faro entre las once y cincuenta y ocho y las doce y tres, aproximadamente.
Adrien soltó aire por la nariz.
—Aproximadamente. Todo esto es muy científico.
Delacroix lo miró.
—La precisión absoluta suele ser el refugio favorito de los mentirosos. Los honestos rara vez saben la hora exacta de sus propias desgracias.
Adrien inclinó la cabeza.
—Tomo nota.
—Hágalo. Nunca se sabe cuándo puede necesitar parecer honesto.
Mireille bajó la mirada para ocultar algo que no llegó a ser sonrisa.
Delacroix siguió.
—Madame Dufresne vio una figura en la parte alta del faro. Creyó que podía ser monsieur Kéravel. Poco después se oyó un golpe. Algunos salieron al pasillo. Entre ellos, Gaspard Kéravel.
El silencio fue distinto al de antes.
Más atento.
Delacroix lo dejó crecer.
—Ese es el primer problema.
Éléonore frunció apenas el ceño.
—¿Cuál?
—Que si la figura vista en el faro era realmente Gaspard, entonces Gaspard tuvo que bajar del faro, cruzar el sendero bajo la tormenta, entrar en la casa, subir hasta su habitación y aparecer en el pasillo seco, sereno y razonablemente compuesto en apenas unos minutos.
Vautrin miró el suelo.
Margot se enderezó un poco.
—No estaba empapado —dijo.
—No —respondió Delacroix—. No lo estaba.
—¿Lo recuerda bien? —preguntó Adrien.
Margot lo miró.
—Recuerdo mejor a las personas que a los relojes.
—Eso no responde.
—Sí responde. Solo que no le gusta.
Delacroix intervino antes de que la tensión se desviara.
—Todos lo vieron en el pasillo. ¿Alguien recuerda si llevaba abrigo?
Mireille negó despacio.
—No. Llevaba bata.
—¿Bata oscura?
—Sí.
—¿Zapatillas?
—Creo que sí.
—¿Barro?
Nadie respondió.
Colette habló desde la puerta.
—No tenía barro.
Todas las miradas fueron hacia ella.
—¿Está segura? —preguntó Delacroix.
—Sí. Me fijé cuando salió de su habitación. El suelo del pasillo acababa de limpiarse por la tarde. Si hubiera entrado con barro, lo habría visto.
Adrien giró levemente el rostro hacia ella.
—Qué memoria tan oportuna, Colette.
La ama de llaves lo miró sin bajar la cabeza.
—En una casa vieja, monsieur Adrien, la memoria es una herramienta. Como la escoba o las llaves.
—Y a veces sirve para esconder polvo debajo de la alfombra.
—Normalmente encuentro más polvo en los hombres que en las alfombras.
Noël, desde la puerta, emitió una tos magníficamente sospechosa.
Delacroix decidió apreciarla en silencio.
—Entonces —continuó—, si Gaspard apareció en el pasillo sin barro, sin abrigo y sin señales de haber salido, es muy improbable que hubiera estado en el faro pocos minutos antes.
—O madame Dufresne se equivocó —dijo Éléonore.
—Eso es lo más razonable.
Margot entrecerró los ojos.
—Gracias.
—No lo tome como una ofensa. En un crimen, equivocarse puede ser una forma de colaboración involuntaria con la verdad.
—Eso no suena mucho mejor.
—La verdad rara vez es halagadora.
Adrien se apartó del aparador y caminó unos pasos hacia la mesa donde estaba el reloj.
—De acuerdo. Supongamos que Margot se equivocó. Vio a otra persona en el faro. ¿Y qué? Mi tío apareció vivo después. Todos lo vimos. Eso limita mucho sus teorías.
—Al contrario —dijo Delacroix—. Las vuelve más interesantes.
—No veo cómo.
—Porque entonces, cuando madame Dufresne vio una silueta en el faro, Gaspard seguía vivo en la casa. Eso significa que alguien pudo estar allí arriba fingiendo ser él antes de que él muriera.
Adrien dejó de moverse.
No mucho.
Lo justo.
Gabriel Artaud tragó saliva con un ruido diminuto.
Yann Le Guen habló por primera vez.
—O había algo colocado allí.
Delacroix lo miró.
—Explíquese.
—La linterna gira. Los cristales distorsionan. Con lluvia, desde la casa, una chaqueta colgada en el sitio correcto puede parecer una persona durante uno o dos segundos.
Margot abrió la boca, pero no dijo nada. La idea le había golpeado justo en el orgullo de testigo.
—¿Es fácil colocar algo así? —preguntó Delacroix.
Yann dudó.
—Para alguien que conozca el faro, sí.
Adrien sonrió.
—Eso reduce mucho el campo, ¿no cree?
Yann volvió la cabeza hacia él.
—También lo amplía hacia cualquiera que haya pasado allí media infancia jugando a sentirse dueño de cosas que no sabía cuidar.
La sonrisa de Adrien desapareció.
Mireille miró a su hermano con una mezcla de advertencia y miedo.
—Yann —dijo Colette, apenas en voz baja.
El farero apretó la mandíbula y calló.
Delacroix recogió la frase, pero no la persiguió todavía. Algunas presas se asustan si uno corre demasiado pronto detrás de ellas.
—Volvamos al pasillo —dijo—. Después del golpe, Gaspard apareció en la puerta de su habitación. ¿Quién lo vio?
Todos, salvo Noël y Colette, levantaron de algún modo la mirada o la mano. Incluso Adrien. Incluso Éléonore.
—¿A qué hora? —preguntó Delacroix.
Vautrin contestó:
—Un poco después de medianoche. Doce y cinco, quizá. Doce y diez como mucho.
—Hora real, no la del salón.
—Hora real.
—¿Y después?
—Cada uno volvió a su habitación —dijo Éléonore.
—¿Cada uno?
La mujer lo miró.
—Que yo sepa.
—Eso es una frase humilde para una mujer tan segura.
Éléonore no se dignó a responder.
Delacroix miró a Mireille.
—Mademoiselle Kéravel, ¿usted volvió a su habitación?
—Sí.
—¿Sola?
—Sí.
—¿Oyó algo más?
Mireille se quedó quieta.