Capítulo 5 — Nadie sale de la casa #3
Bajaron de nuevo. En el salón, los demás seguían reunidos, aunque ya no en el mismo orden.
La muerte había reorganizado la habitación.
Adrien estaba junto a la chimenea apagada.
Éléonore ocupaba una butaca como si fuera un trono de emergencia.
Mireille se había acercado a Margot, quizá por necesidad de una presencia menos familiar.
Artaud estaba sentado con la espalda rígida y una taza de café entre las manos.
Yann permanecía de pie, aislado de todos, mirando hacia la puerta como si el verdadero aire estuviera fuera.
Delacroix entró y todos dejaron de hablar.
Era una reacción incómoda, pero útil.
—Madame Dufresne —dijo—. Me gustaría que repitiera lo que vio anoche.
Margot se puso de pie.
—Ya se lo dije.
—Ahora dígaselo a todos. Así tendremos una sola versión, al menos durante unos minutos.
Adrien miró a Margot con atención inmediata.
Ella respiró hondo.
—Después de retirarme del salón, subí al pasillo de mi habitación. Me detuve junto a la ventana. Desde allí se ve el faro. La luz giraba mal, o eso me pareció. Entonces vi una silueta en la parte alta.
—¿Qué hora era? —preguntó Delacroix.
—No lo sé con exactitud. Pasada la medianoche, creo.
—¿Cómo sabe que era pasada la medianoche?
—Oí el reloj del salón dar las doce antes de subir.
Noël, que acababa de entrar con más café, asintió.
—El reloj del salón adelanta siete minutos.
Todos lo miraron.
El criado encogió los hombros.
—Adelanta desde hace tres años. Nadie le importa lo bastante para arreglarlo.
Delacroix lo miró con aprecio sincero.
—Gracias, monsieur Prigent. La indiferencia doméstica suele ser una gran aliada.
Margot continuó:
—La silueta estaba en la linterna. Quieta. Me pareció un hombre. Pensé que podía ser Yann, pero luego recordé que se había quedado en la casa. Después… me pareció monsieur Kéravel.
—¿Por qué? —preguntó Adrien, demasiado rápido.
Margot lo miró.
—Por el abrigo. Por la postura. Por la forma de inclinar la cabeza.
—Mi tío tenía una forma muy reconocible de inclinar la cabeza —dijo Adrien.
—En una cena, quizá —intervino Delacroix—. A través de lluvia, cristal y distancia, casi todos los hombres ricos se inclinan de manera parecida si llevan buen abrigo.
Yann levantó apenas la vista.
Éléonore habló con frialdad.
—¿Está diciendo que madame Dufresne se equivocó?
—Estoy diciendo que vio una silueta. La identidad de una silueta suele depender más del observador que del observado.
—Pero pudo ser Gaspard —dijo Adrien.
—Pudo.
—Entonces estaba vivo después de medianoche.
—No necesariamente.
La frase cayó con peso.
Gabriel Artaud dejó la taza sobre el platillo. El sonido fue pequeño, pero en la sala pareció un disparo tímido.
—¿Cómo que no necesariamente? —preguntó Mireille.
Delacroix sacó la hoja del bolsillo interior y la mostró sin entregarla.
—Gaspard empezó a escribir una nota. Para mí.
Colette bajó la mirada. Vautrin, que acababa de entrar desde la sala de billar, se detuvo junto a la puerta.
—¿Qué nota? —preguntó Adrien.
Delacroix leyó:
—“Si me ocurre algo, no crea lo evidente.”
Nadie habló.
La frase pareció entrar en la habitación y sentarse en la silla vacía de Gaspard.
Éléonore fue la primera en recuperarse.
—Eso no significa nada. Gaspard estaba alterado. Llevaba semanas comportándose de forma extraña.
—¿Extraña cómo?
—Melancólica. Culpable. Obsesionada con errores antiguos.
—La culpa no mata a los hombres lanzándolos desde faros —dijo Yann.
Adrien se volvió hacia él.
—No, pero puede hacer que salten.
Yann dio un paso.
Delacroix levantó una mano, sin brusquedad.
—Todavía no sabemos si alguien saltó, cayó o fue colocado donde convenía. Y hasta saberlo, agradeceré que nadie intente mejorar la mañana con otro cadáver.
Yann se detuvo.
Adrien sonrió apenas.
—Tiene usted mucha confianza en su capacidad para ordenar una casa ajena.
—No. Tengo muy poca confianza en la capacidad de esta casa para no devorarse a sí misma.
Vautrin se acercó a Delacroix.
—Necesito hablar con usted.
—¿Ahora?
—Ahora.
Salieron al pasillo. El médico cerró la puerta del salón detrás de ambos. Su rostro estaba más grave que antes.
—La caída pudo matarlo —dijo en voz baja—. Pero hay algo en la cabeza que no me gusta.
—A mí me desagradan muchas cabezas, doctor. Sea más preciso.
—Tiene un golpe en la sien que podría ser de la caída, sí. Pero también podría ser anterior. Más limpio. Más localizado. Y hay señales en el cuello.
—¿Estrangulamiento?
—No iría tan lejos sin examinarlo mejor. Presión, quizá. La bufanda dificulta verlo. Pero no me gusta.
—¿Y la hora?
Vautrin miró hacia la puerta del salón.
—Murió antes de lo que ellos quieren creer.
—¿Cuánto antes?
—No puedo jurarlo. Pero si madame Dufresne vio algo pasada la medianoche, no estoy seguro de que viera a un hombre vivo.
Delacroix asintió.
—Gracias.
—No me dé las gracias todavía. Esto va a ponerse feo.
—Doctor, esto empezó feo. Lo que hará ahora será perder educación.
Vautrin soltó una respiración seca.
—¿Qué piensa hacer?
Delacroix miró hacia el salón. Detrás de la puerta se oía un murmullo bajo, varias voces conteniéndose mal.
—Hablar con todos. Ver el faro. Encontrar el testamento. Y averiguar por qué un hombre que temía morir dejó una frase tan breve justo antes de que alguien tuviera la amabilidad de convertirla en profecía.
—¿Cree que el asesino sigue aquí?
Delacroix miró hacia la ventana del pasillo.
La lluvia seguía cayendo. El camino estaba cortado. El faro giraba a lo lejos con una serenidad ofensiva. La Casa Torcida respiraba alrededor de ellos, húmeda, inclinada, llena de personas que acababan de descubrir que la verdad no iba a esperar al buen tiempo.
—Doctor —dijo—, en este momento no hay ningún otro sitio donde pueda estar.