Capítulo 5 — Nadie sale de la casa #2
—Enseguida.
Delacroix se volvió hacia Colette.
—Madame Marchand, ¿tiene la llave?
—La habitación del señor Kéravel no estaba cerrada.
—Mejor. Las puertas abiertas son más discretas cuando mienten.
Colette no respondió, pero lo condujo hacia la escalera.
Subieron en silencio. La casa parecía más inclinada que antes.
No lo estaba, por supuesto. Las casas no cambian su ángulo por un cadáver, aunque a veces el cadáver permita advertir mejor la pendiente.
Delacroix notó el olor de la madera húmeda, el frío de las paredes, la vibración lejana de las ventanas.
En el primer rellano, un retrato de una mujer joven con vestido blanco miraba hacia el pasillo con una expresión melancólica, quizá por llevar décadas colgada en una familia tan poco recomendable.
—¿Cuánto tiempo lleva aquí? —preguntó Delacroix.
—Desde los diecisiete años.
—Es mucho tiempo.
—Sí.
—Demasiado para no saber casi todo.
Colette siguió caminando.
—Saber casi todo no sirve de mucho, monsieur. A veces solo enseña cuándo conviene callar.
—¿Y esta es una de esas veces?
La mujer se detuvo frente a una puerta de madera oscura.
—No lo sé todavía.
Abrió.
La habitación de Gaspard Kéravel era amplia, austera y más ordenada de lo esperable en un hombre que, según algunas voces de la casa, había pasado sus últimas horas alterado.
La cama estaba deshecha, pero no de forma violenta.
Las sábanas mostraban que alguien se había acostado o al menos había estado sentado sobre ellas.
Había una bata colgada en una silla, unas zapatillas ausentes, un bastón apoyado junto a la mesilla y un vaso de agua a medio beber.
Delacroix entró sin tocar nada.
La ventana daba al faro.
Eso fue lo primero verdaderamente importante.
Desde allí la torre se veía completa, más cercana que desde su propia habitación.
La linterna superior quedaba enmarcada entre dos ramas negras que el viento movía sin descanso.
A esa distancia, de noche y con lluvia, una silueta en lo alto podría confundirse con un hombre.
O con el recuerdo de un hombre. O con cualquier cosa que el testigo estuviera preparado para creer.
—¿Dormía aquí desde hacía mucho? —preguntó.
—Desde que murió madame Kéravel.
—¿Su esposa?
—Sí.
—¿Cuándo?
—Hace doce años.
Delacroix observó el escritorio junto a la pared. Había papeles ordenados, un tintero, dos plumas, una lupa, varios sobres y una caja pequeña de madera. Sobre el escritorio, una hoja colocada boca abajo parecía haber sido interrumpida a mitad de algo.
—¿Quién entró aquí esta mañana?
—Yo.
—¿Sola?
—Sí. Vine a despertarlo. La cama estaba vacía. Pensé que habría bajado temprano.
—¿Tocó algo?
—El vaso. La cama. La puerta del armario.
—¿Por qué el armario?
—Su abrigo de lluvia no estaba.
Delacroix giró la cabeza hacia ella.
—¿Cuál abrigo llevaba el cuerpo?
—El oscuro. El de paño. No el de lluvia.
—¿Y eso le pareció extraño?
Colette tragó saliva.
—Con esa tormenta, sí.
—Pero no dijo nada abajo.
—Había bastante que decir abajo.
—Y bastante que callar.
La mujer no respondió.
Delacroix se acercó al escritorio. No tocó la hoja todavía. Primero miró alrededor. En el suelo, junto a la pata derecha de la mesa, había una mota de barro seco. Muy pequeña. El suelo de la habitación estaba limpio. Demasiado limpio para una casa húmeda junto al mar. Se agachó.
—¿Limpió esta habitación anoche?
—Por la tarde.
—¿Después de la cena?
—No.
—¿Alguien más lo hizo?
—No que yo sepa.
Delacroix observó la mota. No era suficiente para nada. Los hombres traen barro en los zapatos, los criados también, las casas junto al mar no son conventos. Pero esa mota estaba demasiado cerca del escritorio y demasiado lejos de la entrada. La dejó donde estaba.
Sobre la mesilla había un reloj. Marcaba las seis y veinte. Funcionaba. El reloj de bolsillo, en cambio, estaba con el cuerpo.
—¿Gaspard solía usar bastón para salir? —preguntó.
—Siempre.
—El bastón está aquí.
—Sí.
—¿Subiría al faro sin bastón?
Colette miró el objeto, como si lo viera por primera vez.
—No.
—¿Seguro?
—Seguro.
—¿Y en zapatillas?
La mujer cerró los ojos.
—Tampoco.
Delacroix asintió. Luego tomó la hoja del escritorio con cuidado por una esquina.
Estaba dirigida a él.
La letra era firme al principio, pero se volvía más irregular en la segunda línea.
Monsieur Delacroix:
Si me ocurre algo, no crea lo evidente.
Debajo había un trazo interrumpido. Nada más.
Delacroix leyó la frase dos veces.
No sintió sorpresa. La sorpresa habría sido que Gaspard no hubiera dejado nada. Los hombres que temen morir suelen hacer dos cosas absurdas: callar demasiado o escribir demasiado poco.
Colette miraba la hoja como si acabara de abrirse una herida en el papel.
—¿Cuándo pudo escribir esto? —preguntó Delacroix.
—No lo sé.
—¿Reconoce la letra?
—Sí.
—¿Es reciente?
—El tintero está abierto.
Delacroix miró el tintero. La tinta aún no se había secado del todo en el borde.
—Interesante.
—¿Eso ayuda?
—Ayuda a saber que Gaspard no pensaba morir sin intentar explicarse. Lamentablemente, eligió una frase con gran sentido literario y poca eficacia judicial.
Colette no sonrió.
—Tenía miedo.
—Sí.
—Pero no era cobarde.
Delacroix la miró.
—No he dicho eso.
—Otros lo dirán.
—Otros suelen equivocarse con mucho entusiasmo.
La mujer bajó la vista.
Delacroix dobló la hoja y la guardó en el bolsillo interior de la chaqueta.
Después revisó el armario. Tal como Colette había dicho, faltaba un abrigo de lluvia, al menos a juzgar por el espacio vacío entre dos prendas.
Había botas junto al fondo del armario, secas.
Zapatos de paseo, secos. Un par de zapatillas similares a las que llevaba el muerto, también secas.
—¿Cuántos abrigos oscuros tenía? —preguntó.
—Tres. El de paño, el de lluvia y uno más grueso de invierno.
—¿El de paño lo usaba para salir?
—A veces. No con tormenta.
—¿Y el de lluvia?
—Siempre que iba al faro con mal tiempo.
Delacroix cerró el armario.
Se acercó a la ventana. El cierre estaba echado, pero no del todo. Una rendija mínima dejaba entrar aire frío. En el alféizar interior había una gota seca de barro o quizá de agua sucia. La tocó con el pañuelo. Se deshizo con facilidad.
Desde la ventana, el faro seguía girando.
—¿Gaspard bajaba por la escalera principal si salía de noche?
—Normalmente sí.
—¿Hay otra salida?
—La puerta de servicio del ala oeste. Y otra junto a las cocinas.
—¿La del ala oeste comunica con el sendero del faro?
—Sí.
—¿Quién la usa?
Colette dudó.
—Noël. Yann, a veces. El señor Kéravel cuando no quería cruzarse con nadie.
—¿Y anoche?
—No lo sé.
Delacroix se volvió hacia ella.
—Madame Marchand, comprenderá que “no lo sé” es una frase que en esta casa empieza a estar sobrepoblada.
—No puedo inventar una respuesta para que usted se sienta acompañado.
—Se lo agradezco. Ya hay suficientes invenciones en circulación.
La mujer sostuvo su mirada.
—No creo que se suicidara.
—Yo tampoco.
La respuesta la sorprendió, aunque intentó ocultarlo.
—Entonces cree que alguien lo mató.
—Creo que alguien necesita con bastante urgencia que parezca que Gaspard Kéravel salió de esta habitación por voluntad propia, caminó hasta el faro en zapatillas, subió sin bastón, fue visto vivo por una testigo conveniente y cayó justo cuando la tormenta podía arruinar casi todas las pruebas.
—Dicho así…
—Dicho así, la muerte parece haber tenido demasiada buena organización para ser una desgracia.
Colette apartó la mirada.
Durante un momento, Delacroix pensó que iba a decirle algo. Tal vez sobre Gaspard. Tal vez sobre Yann. Tal vez sobre aquella casa inclinada hacia secretos demasiado antiguos. Pero se oyó un golpe en la planta baja y la mujer volvió a encerrarse en sí misma.
—¿Desea ver algo más?
—Sí. La habitación del señor Le Guen.
—No creo que…
—No le he preguntado si cree.
Colette aceptó la corrección con una leve inclinación de cabeza.
Cerraron la habitación de Gaspard y caminaron por el pasillo.
La habitación asignada a Yann estaba en el ala oeste, junto al cuarto de costura, como había dicho el viejo durante la noche.
Era pequeña, fría, con una cama estrecha y una ventana que no daba directamente al faro, sino al tejado lateral y a una parte del sendero.
La cama estaba revuelta.
Eso no era extraño.
Lo extraño era que las botas de Yann estaban junto a la puerta, embarradas. No húmedas por dentro, pero sí manchadas en la suela. Colette lo vio al mismo tiempo que Delacroix.
—Pudo haberlas ensuciado al llegar anoche —dijo.
—Pudo.
—Llegó empapado.
—Lo recuerdo.
Delacroix se agachó. El barro de las botas era oscuro, espeso, parecido al del sendero. No demostraba salida nocturna. No la descartaba. Sobre una silla había una chaqueta gruesa, seca en el interior, húmeda en los hombros. En la mesilla, ningún reloj.
—¿Yann suele salir de noche al faro? —preguntó.
—Cuando hace falta.
—¿Aunque le pidan que se quede?
—Yann no es fácil de retener.
—Pocas personas lo son cuando tienen algo que vigilar.
Colette se tensó.
—Él no mató al señor Kéravel.
—No he dicho que lo hiciera.
—Pero lo está pensando.
—Pienso muchas cosas. Casi todas por turnos.
—Yann no tenía motivo.
Delacroix se incorporó despacio.
—Madame Marchand, la frase “no tenía motivo” solo tiene valor cuando uno sabe todos los motivos de todos. ¿Los sabe usted?
La mujer guardó silencio.
Delacroix fue hacia la ventana. Desde allí no se veía la linterna superior del faro, pero sí una parte del camino. Si Yann hubiera salido por la puerta principal, quizá alguien lo habría oído. Si hubiera salido por el ala oeste, quizá no.
—Hablemos con madame Dufresne —dijo.