Capítulo 5 — Nadie sale de la casa
Noël Prigent preparó café como si acabara de recibir una orden militar.
Lo hizo en la cocina, lejos del vestíbulo, mientras Colette Marchand daba instrucciones en voz baja a una muchacha de servicio que Delacroix no había visto hasta entonces y que parecía demasiado joven para una mañana con cadáver.
La chica lloraba sin ruido, con los ojos rojos y las manos ocupadas en doblar paños limpios.
Colette no la consolaba. Le daba tareas.
A veces, pensó Delacroix, la piedad más útil consiste en impedir que alguien se quede quieto frente al horror.
El cuerpo de Gaspard Kéravel fue trasladado a la antigua sala de billar, una estancia fría de la planta baja que ya no contenía mesa de billar, sino muebles cubiertos con sábanas, un biombo y varios cuadros retirados de las paredes principales.
La familia, en algún momento de su decadencia, había decidido que incluso los objetos sobrantes merecían una habitación elegante donde pudrirse despacio.
Vautrin supervisó el traslado con mal humor profesional. Noël y Yann llevaron el cuerpo sobre una camilla improvisada, cubierto con una manta oscura. Adrien se ofreció a ayudar, pero el médico lo rechazó con una sequedad que no admitía discusión.
—Ya hay suficientes manos donde no deberían —dijo.
Adrien aceptó la negativa con una sonrisa mínima.
Delacroix no miró la sonrisa. Miró las manos.
Las de Adrien estaban limpias. Demasiado limpias para un hombre que, según él mismo había insinuado, se había vestido a toda prisa al oír el grito.
Las uñas perfectas, el puño de la camisa impecable, ninguna mancha de barro, ninguna señal de haber salido al exterior.
Aquello no demostraba nada. La limpieza casi nunca demostraba nada, salvo el deseo de no demostrar nada.
En el vestíbulo, Éléonore Kéravel permanecía de pie junto al arranque de la escalera.
No lloraba. Ni siquiera parecía estar conteniendo el llanto.
Había en ella una rigidez más antigua que el duelo, una especie de obediencia a una idea severa de sí misma.
Mireille estaba sentada en un banco, con una taza intacta entre las manos.
Margot Dufresne se había colocado cerca de la ventana, sin libreta a la vista, pero con la misma atención peligrosa de la noche anterior.
Gabriel Artaud no dejaba de pasarse un pañuelo por la frente.
Yann, después de ayudar con el cuerpo, se había quedado junto a la puerta de la sala de billar, empapado todavía, mirando la manta como si debajo no hubiera solo un muerto, sino una respuesta que llegaba con demasiados años de retraso.
Delacroix aceptó una taza de café de manos de Noël.
—Gracias.
—Está fuerte —dijo el criado.
—En ese caso, quizá haya esperanza.
—Para el café, seguro.
El viejo no sonrió. Tenía el rostro más cerrado que antes, y la mancha de grasa en la manga, la misma que Delacroix había visto durante la noche, seguía allí. La lluvia no la había borrado.
—Monsieur Prigent —dijo Delacroix—, después hablaré con usted.
—A mi edad, monsieur, después es una palabra optimista.
—Entonces procuraré no retrasarme.
Noël inclinó la cabeza y se marchó hacia la cocina.
El doctor Vautrin salió de la sala de billar cerrando la puerta con cuidado. Se limpió las manos con un paño, aunque las tenía limpias. Los médicos hacían eso a veces: quitaban de la piel lo que en realidad les había quedado en los ojos.
—Necesitaré más luz para examinarlo mejor —dijo—. Y menos público.
—Tendrá ambas cosas —respondió Delacroix.
Adrien se adelantó.
—Doctor, antes ha dicho que parecía una caída.
Vautrin lo miró.
—He dicho que podía parecerlo.
—No veo la diferencia.
—Eso, monsieur Kéravel, empieza a preocuparme.
Adrien apretó los labios.
Éléonore intervino antes de que el intercambio subiera de temperatura.
—Doctor, hable claro. ¿Mi cuñado cayó del faro o no?
—Su cuñado presenta lesiones compatibles con una caída desde altura.
—Entonces…
—También presenta detalles que conviene revisar antes de convertir una compatibilidad en una certeza.
Delacroix bebió café. Estaba, en efecto, fuerte. Casi violento. Un café preparado por un hombre que no creía en la suavidad antes de las diez de la mañana.
—¿Qué detalles? —preguntó Adrien.
—Los comentaré cuando los haya revisado.
—Somos su familia.
—Precisamente por eso.
El silencio se tensó.
Margot Dufresne habló desde la ventana.
—La familia siempre cree que tiene derecho a la verdad solo porque ha convivido con la mentira.
Éléonore giró la cabeza hacia ella.
—Madame Dufresne, su presencia en esta casa es una cortesía de mi cuñado. Le ruego que no la confunda con una licencia para opinar sobre nuestro dolor.
—No opinaba sobre su dolor, madame. Todavía no he visto ninguno.
Mireille levantó la mirada, sorprendida por la dureza. Adrien soltó una risa muy breve, casi admirativa. Éléonore no cambió de expresión, pero sus dedos se cerraron sobre la barandilla de la escalera.
Delacroix dejó la taza sobre una mesa.
—La policía no podrá llegar por ahora —dijo—. El camino está cortado, el teléfono no funciona y el temporal no parece dispuesto a colaborar con la justicia, lo cual lo vuelve perfectamente humano. Hasta que puedan avisarse las autoridades, conviene preservar lo que tenemos.
—¿Y qué tenemos? —preguntó Adrien.
—Un muerto, una casa cerrada y varias personas con interés en que todo parezca más sencillo de lo que quizá fue.
—Eso es ofensivo.
—No. Es preliminar. Lo ofensivo suele venir después.
Vautrin ocultó una mueca detrás del paño.
Éléonore bajó un escalón.
—Monsieur Delacroix, entiendo que mi cuñado lo apreciara. Incluso entiendo que su reputación pueda resultar útil en una situación… incómoda. Pero esta sigue siendo una casa privada.
—Con un cadáver privado dentro —dijo Delacroix—. Lamentablemente, eso cambia algunas costumbres.
—Usted no es policía.
—No.
—No tiene autoridad.
—Tampoco.
—Entonces no puede impedir que nadie salga.
Delacroix la miró con calma.
—Madame, no tengo intención de impedir que nadie se despeñe por un camino cortado, atraviese un desprendimiento bajo la lluvia o intente llegar al pueblo con la esperanza de que el barro tenga escrúpulos.
Si alguien desea hacerlo, no seré yo quien discuta con su vocación de estatua funeraria.
Pero sí advertiré que cualquier persona que abandone esta casa antes de que sepamos qué ocurrió con Gaspard Kéravel se convertirá en alguien muy interesante.
—¿Interesante para quién?
—Para mí. Y más tarde, con toda probabilidad, para la policía.
Adrien cruzó los brazos.
—Es decir, nos amenaza sin autoridad.
—No, monsieur. Les ofrezco un consejo con excelente pronunciación.
Mireille dejó escapar una respiración que casi parecía una risa rota. Se cubrió enseguida la boca con la taza.
Éléonore sostuvo la mirada de Delacroix unos segundos más. Luego se apartó de la barandilla.
—Muy bien. ¿Qué propone?
—Primero, que nadie entre en la habitación de Gaspard salvo yo, el doctor Vautrin y, si es necesario, madame Marchand.
Segundo, que nadie toque el faro ni se acerque al sendero sin mi conocimiento.
Tercero, que todos me digan dónde estuvieron anoche después de la cena.
Cuarto, que dejemos de fingir que el testamento anunciado por monsieur Kéravel no tiene ninguna relación con su muerte.
Gabriel Artaud palideció hasta adquirir un tono casi transparente.
—El testamento… —empezó.
—Sí, monsieur Artaud. Llegaremos a usted con especial cariño.
El notario cerró la boca.
Adrien miró a Delacroix con una calma nueva.
—Mi tío pudo suicidarse.
Yann dio un paso al frente.
—No.
—Le Guen, con todo respeto…
—No.
La segunda vez sonó más bajo, pero también más peligroso.
Adrien lo observó con una sonrisa fría.
—Qué seguridad tan curiosa para un empleado.
Colette Marchand, que acababa de entrar desde la cocina, se detuvo con una bandeja en las manos.
—Yann conocía al señor Kéravel —dijo.
—Todos conocíamos al señor Kéravel —replicó Éléonore.
—No todos escuchaban cuando hablaba.
La frase produjo un silencio distinto, más afilado. Colette pareció darse cuenta de que había dicho más de lo conveniente, pero no retrocedió. Solo dejó la bandeja sobre una mesa y bajó la mirada.
Delacroix guardó el detalle. En La Casa Torcida, cada defensa de Yann parecía dolerle a alguien más.
—Monsieur Le Guen —dijo—, ¿durmió en la habitación que le asignó Gaspard?
Yann tardó un instante.
—Sí.
—¿Toda la noche?
—No.
Adrien arqueó las cejas.
—Vaya.
Yann no lo miró.
—Me levanté dos veces para mirar el faro desde la ventana. La linterna volvió a detenerse.
—¿A qué hora?
—No lo sé. No tenía reloj.
—¿Salió de la casa?
—No.
—¿Nadie puede confirmarlo?
Yann sostuvo la mirada de Delacroix.
—No.
Adrien hizo un gesto con las manos, como si aquello bastara para cerrar el asunto.
—El farero no puede probar que no salió, el viejo aparece bajo el faro y estamos todos esforzándonos por no ver lo evidente.
—Qué afición familiar a lo evidente —dijo Delacroix—. Empieza a parecer una tradición.
—Lo evidente suele ser evidente por algo.
—Sí. Porque alguien ha trabajado mucho para que lo parezca.
Adrien sonrió sin humor.
—¿Está acusándome?
—Aún no. Pero está usted mostrando una impaciencia admirable por llegar.
Mireille se puso en pie.
—Basta.
No lo dijo fuerte, pero sí con una claridad que sorprendió a todos.
Miró a Adrien.
—Tío Gaspard está muerto. Puedes esperar una hora antes de convertir esto en una partida.
Adrien la miró con algo parecido al desprecio fraternal, esa forma íntima de crueldad que solo existe entre personas que han compartido mesa desde niños.
—No estoy jugando, Mireille.
—Lo sé. Cuando juegas eres más amable.
La frase lo hirió. Delacroix vio que le llegó bajo la piel, justo donde la elegancia ya no alcanza a cubrir.
El doctor Vautrin carraspeó.
—Necesito examinar el cuerpo. Monsieur Delacroix, si va a ver la habitación de Gaspard, hágalo ahora. Luego me gustaría hablar con usted.