Muerte en el faro (Los misterios de Armand Delacroix 13) Capítulo 4 — Un muerto bajo el faro #2
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Capítulo 4 — Un muerto bajo el faro #2

El médico apartó con cuidado la bufanda y examinó el cuello, el rostro, la posición de los brazos.

Delacroix se fijó en las manos de Gaspard.

Una estaba semicerrada. La otra abierta sobre la piedra.

Las uñas tenían suciedad, pero no tanta como cabría esperar de alguien que hubiera trepado, resbalado o intentado agarrarse a la roca.

El abrigo estaba mojado por la lluvia, sí, pero en algunos pliegues había zonas más secas de lo lógico, protegidas por la postura del cuerpo.

La bufanda tenía una mancha oscura que no parecía solo barro.

—¿Cuánto lleva muerto? —preguntó Delacroix.

Vautrin hizo una mueca.

—Con esta lluvia, este viento y esta temperatura, no voy a fingir precisión para impresionarlo.

—Se lo agradezco.

—Varias horas. Más no puedo decir aquí.

—¿Antes del amanecer?

—Sin duda.

—¿Después de medianoche?

Vautrin tardó medio segundo de más.

—Probablemente.

Delacroix guardó ese medio segundo.

Noël se frotó las manos, helado.

—¿Subió al faro solo?

—Eso parece —dijo Vautrin.

—No parecía un hombre con ganas de pasear bajo la tormenta —dijo Delacroix.

El médico resopló.

—Los viejos hacen tonterías. Los enfermos también.

—¿Gaspard Kéravel era ambas cosas?

—Era viejo. Y estaba delicado.

—Delicado no significa suicida.

—Yo no he dicho suicida.

—Todavía no.

Vautrin dejó de examinar el cuerpo y miró a Delacroix con una mezcla de fastidio y respeto.

—Monsieur, si tiene una teoría, preferiría escucharla cuando no esté arrodillado en barro junto a un cadáver.

—Por desgracia, los cadáveres rara vez esperan a que uno esté cómodo.

Noël soltó una tos que quizá quiso ser risa y se arrepintió a mitad de camino.

Delacroix se inclinó un poco más hacia los zapatos de Gaspard. Eran zapatillas de interior.

No botas. No zapatos de paseo. Zapatillas de interior, oscuras, empapadas, con barro en los laterales, pero no incrustado en la suela con la profundidad que habría esperado de alguien que caminó desde la casa hasta el faro en plena tormenta.

El sendero era una trampa de lodo. Delacroix lo sabía porque acababa de recorrerlo y sus propias botas lo confirmaban con entusiasmo.

—Curioso —murmuró.

—¿Qué? —preguntó Vautrin.

—Para un hombre que decidió visitar un faro durante una tormenta, monsieur Kéravel eligió un calzado optimista.

El médico miró las zapatillas.

—Tal vez no pensaba ir lejos.

—El faro no parece haber tenido la gentileza de acercarse.

Vautrin no respondió.

Delacroix miró hacia la puerta inferior de la torre.

—¿Tiene llave?

Noël asintió.

—Sí.

—¿Quién la guarda?

—Yann. Y el señor Kéravel tenía otra.

—¿Alguien más?

Noël dudó.

—Colette sabe dónde están casi todas las llaves.

—No le he preguntado quién sabe. Le he preguntado quién tiene.

El criado bajó la mirada hacia el cuerpo.

—En esta casa, monsieur, esa diferencia siempre ha sido complicada.

Delacroix aceptó la respuesta con un leve gesto. Era más honesta que muchas precisiones.

El viento se levantó de pronto y la lluvia entró de costado. Vautrin cerró el maletín con brusquedad.

—Hay que llevarlo dentro.

—Todavía no —dijo Delacroix.

—No pienso dejarlo aquí para que el mar acabe de hacer el trabajo.

—Cinco minutos.

—Monsieur Delacroix…

—Cinco minutos, doctor. Después podrá enfadarse con mi memoria.

Vautrin apretó los labios, pero cedió.

Delacroix se incorporó y estudió la zona.

Había sangre en una roca cercana a la cabeza, pero no tanta como habría esperado de cierto tipo de impacto.

El cuerpo estaba demasiado cerca de la base para una caída limpia desde la parte alta, aunque el viento podía alterar una trayectoria.

Una caída desde el faro habría producido algo más desordenado.

Más abierto. Más brutal. Pero la muerte, como la literatura barata, a veces abusaba de los efectos.

Se acercó a una roca plana, a dos metros del cuerpo. Allí había una marca oscura, casi lavada por la lluvia. No podía asegurar si era sangre, barro o aceite. Se agachó, la rozó apenas con el guante y olió.

No era aceite.

Tampoco era solo barro.

—Noël —dijo—. ¿Esta zona se inunda con la marea?

—A veces.

—¿Anoche?

—La marea estaba subiendo. No tanto como ahora.

—¿El mar pudo mover el cuerpo?

El criado negó.

—Si el mar lo hubiera tocado de verdad, no estaría ahí. Se lo habría llevado contra las rocas o lo habría metido debajo.

Delacroix miró al agua. Rompía con furia unos metros más abajo.

—Una eficiencia que algunas personas envidiarían.

Vautrin se puso de pie.

—Tenemos que avisar a la policía.

—¿El teléfono?

—Muerto desde anoche —dijo Noël—. Colette lo probó al amanecer.

—¿Y el camino?

El criado señaló hacia la curva del acantilado.

—Cortado. Un desprendimiento antes del bosque. Lo vi desde arriba cuando salí. La tierra se vino abajo con un pino entero. No pasa un coche.

—¿A pie?

—Con suerte, un hombre joven y tonto. Y ni siquiera sé si entero.

—Noël —dijo Vautrin—, vuelva a la casa. Diga que preparen una camilla. Y que nadie salga.

—¿Nadie?

Delacroix miró al criado.

—Nadie.

Noël entendió enseguida. El rostro se le endureció.

—Sí, monsieur.

El criado se alejó por el sendero con más prisa de la prudente. Resbaló una vez, se sujetó a una rama y siguió.

Delacroix y Vautrin quedaron solos junto al cuerpo.

El médico se ajustó el cuello del abrigo.

—No me gusta su cara.

—Tiene usted un gusto bastante común.

—Me refiero a su expresión.

—Eso me tranquiliza menos.

Vautrin miró a Gaspard.

—Pudo caer.

—Sí.

—Pudo salir desorientado.

—También.

—Pudo querer matarse.

—Pudo.

—Pero no lo cree.

Delacroix no contestó enseguida. Se arrodilló de nuevo junto al cadáver y observó el borde inferior del abrigo.

Había barro, sí, pero distribuido de manera extraña.

La parte derecha estaba más manchada que la izquierda.

En la manga izquierda, cerca del puño, una fibra clara se había pegado al tejido.

La retiró con cuidado y la guardó en un pañuelo.

—Todavía no creo nada —dijo—. Es una medida higiénica.

—¿Entonces?

—Entonces observo.

—¿Y qué observa?

Delacroix miró los zapatos, la bufanda, la posición del cuerpo, la puerta del faro, el sendero, las rocas y la distancia hasta la casa.

—Observo que Gaspard Kéravel era un hombre preocupado por llegar vivo a esta mañana.

Observo que iba a comunicar una decisión legal capaz de alterar la paz de una familia que no parecía poseer mucha.

Observo que su faro se detuvo varias veces durante la noche.

Observo que alguien creyó verlo en lo alto de la torre cuando quizá no convenía que nadie estuviera allí.

Y observo que sus zapatillas no comparten el entusiasmo de la versión más sencilla.

Vautrin guardó silencio.

Luego dijo:

—Necesita usted muy poco para incomodar una mañana.

—La mañana ya venía incómoda de fábrica.

El médico volvió a mirar hacia la casa.

Desde allí, La Casa Torcida parecía todavía más torcida.

El ala oeste se inclinaba hacia el acantilado con una fragilidad obstinada, y las ventanas oscuras reflejaban el cielo gris.

Varias figuras se habían reunido tras los cristales del salón.

Demasiado lejos para distinguir rostros, pero no lo bastante para ignorar que los estaban observando.

—Todos miran —dijo Vautrin.

—No todos miran igual.

—¿Desde aquí puede saber eso?

—No. Pero me tranquiliza fingir que sí.

El médico soltó una respiración áspera, casi una risa.

—Gaspard estaba enfermo —dijo al cabo—. No tanto como él fingía a veces, pero lo estaba.

—¿Del corazón?

—Entre otras cosas.

—¿Podía subir al faro?

—Con esfuerzo.

—¿De noche? ¿Con lluvia? ¿En zapatillas?

Vautrin no respondió.

Delacroix se puso de pie.

—Gracias.

—No he dicho nada.

—A veces es lo más útil.

Regresaron despacio hacia la casa. Al llegar al vestíbulo, encontraron a todos reunidos allí, como si el miedo los hubiera ordenado por jerarquía.

Éléonore estaba junto a la escalera, rígida, vestida ya de luto antes incluso de que nadie hubiera pronunciado la palabra.

Adrien caminaba de un lado a otro con una mano en el bolsillo.

Mireille lloraba en silencio cerca de la puerta del salón.

Margot Dufresne observaba desde el umbral, pálida pero atenta.

Gabriel Artaud parecía a punto de enfermar sobre la alfombra.

Colette se mantenía apartada, con el rostro cerrado.

Yann Le Guen acababa de bajar la escalera y llevaba la camisa mal abotonada, el pelo húmedo y una expresión confusa que Delacroix no habría sabido fingir ni con años de teatro.

—¿Es cierto? —preguntó Mireille.

Vautrin respondió antes de que Delacroix pudiera hacerlo.

—Sí.

La joven se cubrió la boca.

Éléonore no preguntó nada. Solo cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, miró a Vautrin.

—¿Cómo?

—Parece una caída desde el faro.

—¿Parece? —dijo Adrien.

La palabra salió demasiado rápida.

Delacroix lo miró.

Adrien se detuvo.

—Quiero decir… ¿no está seguro?

—No puedo estarlo todavía —dijo Vautrin.

—Pero estaba bajo el faro —insistió Adrien—. Y anoche… anoche todos lo vimos despierto. Alterado. Habló de testamentos, de culpas, de cosas que no tenían sentido.

Mireille levantó la cabeza.

—Sí tenían sentido.

—Para ti quizá.

—Para cualquiera que quisiera escucharlo.

Éléonore cortó la discusión con voz baja.

—¿Pudo ser voluntario?

Colette cerró los ojos.

Yann miró a Éléonore como si acabara de insultar no a un muerto, sino al mar entero.

—Gaspard no se habría tirado del faro —dijo.

Fue la primera vez que lo llamó por su nombre delante de todos.

Adrien lo notó.

Éléonore también.

—¿Y usted cómo lo sabe, Le Guen? —preguntó ella.

Yann sostuvo su mirada.

—Porque lo conocía.

—Todos creíamos conocerlo.

—No todos.

El silencio cambió de forma.

Delacroix observó a Colette. La mujer seguía apartada, inmóvil, pero había en su rostro una tensión dolorosa. Como si cada palabra pronunciada en aquel vestíbulo rozara una herida que ella llevaba años manteniendo cubierta.

Gabriel Artaud se aclaró la garganta.

—Debemos… debemos avisar a las autoridades en cuanto sea posible.

—Qué idea tan novedosa —dijo Margot en voz baja.

Artaud la miró, ofendido y asustado.

—El camino está cortado —dijo Noël, entrando desde el exterior con dos mantas mojadas bajo el brazo—. He bajado hasta la curva. No pasa nadie por ahí.

—¿Y el teléfono? —preguntó Adrien.

—Muerto —dijo Colette.

—Entonces alguien debe ir a pie al pueblo.

—Con este tiempo, solo si quiere llegar en partes —dijo Noël.

Vautrin dejó el maletín sobre una mesa.

—Esperaremos a que amaine. En cuanto se pueda, iré yo o mandaré aviso.

—¿Y mientras tanto? —preguntó Éléonore.

La pregunta quedó dirigida al médico, pero la mirada fue hacia Delacroix.

También las demás.

Ahí estaba. El momento desagradable en que una habitación llena de personas asustadas recuerda que entre ellas hay un hombre acostumbrado a los muertos. No lo convierte en autoridad. Solo en una solución incómoda cuando la autoridad no puede llegar.

Delacroix habría preferido una taza de café.

O París.

O el improbable éxito de sus vacaciones.

—Mientras tanto —dijo—, nadie abandona la casa.

Adrien soltó una risa seca.

—¿Perdón?

—Ha oído perfectamente. Sería descortés obligarme a repetirlo tan temprano.

—Usted no tiene autoridad para retenernos.

—Cierto.

—Entonces…

—Pero el camino está cortado, el teléfono no funciona, hay un cadáver bajo el faro y, por el momento, la única persona con peor mañana que nosotros es Gaspard Kéravel. Sugiero que no empeoremos la escena con impulsos teatrales.

Éléonore lo miró con frialdad.

—¿Está insinuando que mi cuñado ha sido asesinado?

Delacroix se quitó los guantes con calma.

—Insinúo que ha muerto.

—Eso ya lo sabemos.

—No. Sabemos que lo hemos encontrado muerto. Es distinto.

Adrien dio un paso hacia él.

—Mi tío cayó desde el faro.

—Quizá.

—¿Quizá?

—Quizá cayó. Quizá lo empujaron. Quizá cayó después de morir. Quizá alguien desea que todos repitamos “cayó desde el faro” hasta que la frase nos parezca una investigación.

La casa se quedó en silencio.

La lluvia golpeaba la puerta.

El faro, allá fuera, seguía girando.

Yann Le Guen miraba a Delacroix con una intensidad nueva. Margot Dufresne parecía haber olvidado respirar. Gabriel Artaud estaba todavía más pálido. Adrien no sonreía. Éléonore tampoco.

Mireille fue quien habló.

—¿Qué necesita?

La pregunta era sencilla. Limpia. Valiente.

Delacroix la miró con una gratitud breve.

—Primero, que nadie toque nada en la habitación de monsieur Kéravel. Segundo, que el cuerpo sea trasladado con cuidado y bajo supervisión del doctor Vautrin. Tercero, que cada uno permanezca disponible para hablar conmigo. Cuarto, café.

Noël parpadeó.

—¿Café?

—Especialmente café.

Por primera vez desde el grito, algo parecido a la vida regresó al rostro del criado.

—Eso puedo hacerlo.

—Excelente. Siempre he creído que la civilización empezó con alguien hirviendo agua para no cometer un asesinato antes del mediodía.

Nadie rió.

No era el momento.

Pero Delacroix tampoco había hecho el comentario para divertirlos. Lo había hecho para medirlos. Y casi todos habían reaccionado tarde, mal o de forma reveladora.

Gaspard Kéravel estaba muerto. La tormenta había cortado el camino.

El teléfono no funcionaba. La policía no llegaría pronto.

La familia estaba atrapada en La Casa Torcida con sus secretos, sus deudas, sus viejas culpas y un faro que había decidido detenerse durante la noche como si alguien le hubiera pedido colaboración.

Delacroix miró hacia la ventana del vestíbulo.

Desde allí no se veía el cadáver. Solo el mar gris, el sendero mojado y la luz del faro girando con una regularidad casi insolente.

—Monsieur Delacroix —dijo Adrien, con voz baja—. Si esto es una investigación, convendría no olvidar que mi tío estaba viejo, enfermo y alterado.

—No lo olvidaré.

—Ni que salió de su habitación por voluntad propia.

—Eso todavía no lo sabemos.

—¿Qué quiere decir?

Delacroix volvió hacia él.

—Quiero decir que Gaspard Kéravel está muerto bajo el faro, monsieur Kéravel. Pero eso no demuestra que llegara vivo hasta allí.

Adrien no respondió.

La frase quedó en el vestíbulo como una ventana abierta en pleno temporal.

Y, por primera vez desde su llegada, La Casa Torcida pareció inclinarse un poco más hacia el vacío.