Capítulo 4 — Un muerto bajo el faro
Amaneció con el color de una mala noticia.
No fue una mañana propiamente dicha, sino una forma más pálida de la noche.
El cielo seguía cubierto, bajo, casi pegado a los tejados de La Casa Torcida, y la lluvia había perdido violencia, pero no intención.
Caía más fina, más fría, empujada por un viento que entraba por cada rendija con una paciencia de acreedor.
Delacroix no había dormido.
Había pasado las últimas horas sentado junto a la ventana, con la lámpara apagada y el abrigo sobre los hombros, mirando el faro cada vez que la luz giraba sobre el mar.
Durante la noche, la linterna se había detenido dos veces más.
Nunca mucho. Apenas unos segundos. Lo suficiente para que un hombre razonable lo atribuyera al temporal y un hombre menos razonable empezara a contar los intervalos.
Delacroix pertenecía a la segunda categoría, aunque procuraba vestirla bien.
Cuando la claridad sucia del amanecer empezó a filtrarse por la habitación, se levantó, se lavó con agua fría y se puso la misma chaqueta de la noche anterior.
La moneda seguía junto a la pata de la cómoda, detenida allí donde la inclinación del suelo la había llevado.
La recogió, la guardó en el bolsillo y miró una vez más hacia el faro.
El mar estaba más alto.
La marea había subido durante la noche y las rocas al pie del acantilado aparecían y desaparecían bajo la espuma.
El sendero que unía la casa con el faro se veía embarrado, cortado por ramas, charcos y pequeñas piedras desprendidas.
Más allá, la torre blanca y gris seguía en pie, obstinada, con la luz todavía encendida aunque ya no hiciera falta.
Delacroix estaba a punto de apartarse de la ventana cuando oyó un grito.
No fue un grito largo. Ni siquiera fue un grito claro. Fue un sonido roto, brusco, arrancado de una garganta masculina y devorado casi de inmediato por el viento. Venía de fuera.
Delacroix abrió la puerta de su habitación.
El pasillo estaba frío. En algún punto cercano, una mujer preguntó algo con voz asustada. Otra puerta se abrió. Luego otra. La casa, que hasta ese momento parecía dormir con un ojo enfermo, empezó a despertar con torpeza.
El doctor Marcel Vautrin salió de su habitación con el chaleco sin abotonar y el maletín en una mano.
—¿Ha oído eso? —preguntó.
—Sería más cómodo decir que no.
Mireille apareció unos pasos más allá, envuelta en una bata gris.
—¿Qué ha pasado?
—Aún no lo sabemos —dijo Delacroix.
Adrien Kéravel salió casi al mismo tiempo, ya vestido, aunque con el cuello de la camisa abierto. Delacroix registró el detalle sin detenerse en él. Demasiada gente se vestía deprisa durante una emergencia. Pocos lo hacían con la chaqueta perfectamente abrochada.
—¿Quién ha gritado? —preguntó Adrien.
Nadie respondió.
Desde la planta baja llegó la voz de Colette Marchand.
—¡Doctor! ¡Monsieur Delacroix!
No había histeria en su voz. Había algo peor: urgencia contenida.
Vautrin bajó primero. Delacroix lo siguió. Detrás vinieron Mireille y Adrien. En el rellano, Éléonore Kéravel apareció vestida de negro, con el cabello recogido como si la mañana, la tormenta y cualquier desgracia posible hubieran tenido la obligación de anunciarse con una hora de antelación.
—¿Dónde está Gaspard? —preguntó.
La pregunta no fue casual. Delacroix lo supo antes de llegar al vestíbulo.
Colette estaba junto a la puerta principal, pálida, con una mano apoyada en la madera. A su lado, Noël Prigent respiraba con dificultad. Tenía el abrigo empapado, barro hasta las rodillas y el rostro de un hombre que habría preferido encontrar a cualquier cosa menos a lo que había encontrado.
—Noël —dijo Vautrin—. ¿Qué ocurre?
El viejo criado tragó saliva.
—Al pie del faro.
Mireille se llevó una mano al pecho.
—¿Qué?
Noël miró a Delacroix. No al médico. No a Adrien. A Delacroix.
—Hay un cuerpo.
El silencio que siguió no duró más de dos segundos, pero pareció tocar todas las paredes.
Adrien habló primero.
—¿Un cuerpo?
La pregunta tenía la forma de la sorpresa y el tono de quien ya estaba calculando.
Noël asintió.
—Bajo las rocas. Cerca de la base.
—¿Quién? —preguntó Éléonore.
El criado abrió la boca. No pudo decirlo.
Colette lo dijo por él.
—El señor Kéravel.
Mireille soltó un sonido pequeño, casi infantil. Adrien no se movió. Éléonore cerró los ojos apenas un instante y luego los abrió de nuevo, más fría que antes. La pena, si la sintió, no tuvo tiempo de encontrar una salida visible.
—Imposible —dijo Adrien.
Delacroix lo miró.
Era una palabra curiosa para utilizar ante la muerte. La muerte solía ser muchas cosas: brutal, indecente, inoportuna, incluso absurda. Pero rara vez imposible.
Vautrin se ajustó el abrigo con movimientos rápidos.
—Lléveme hasta allí.
—El sendero está mal —dijo Noël—. Hay barro, ramas, piedras sueltas…
—Lléveme.
—Voy con ustedes —dijo Delacroix.
Adrien dio un paso adelante.
—Yo también.
—No —dijo Vautrin.
Adrien lo miró, ofendido.
—Era mi tío.
—Y ahora es mi paciente, aunque llegue tarde. No necesito una procesión sobre roca mojada.
—Doctor —intervino Éléonore—, Adrien tiene derecho.
—Adrien tiene derecho a no romperse el cuello antes del desayuno.
Delacroix se puso los guantes.
—Doctor, con su permiso, conviene que el menor número posible de personas pise el lugar.
Vautrin lo miró, comprendiendo enseguida.
—Exacto.
Adrien apretó la mandíbula.
—¿Ya estamos tratando esto como un crimen?
—No —dijo Delacroix—. Estamos tratando esto como una escena que aún no ha tenido oportunidad de mentirnos del todo. Es mejor no ayudarla.
La frase no tranquilizó a nadie.
Colette abrió la puerta. El viento entró de golpe, frío y húmedo, levantando el borde de las alfombras del vestíbulo. La lluvia fina golpeó el rostro de Delacroix al salir.
El camino hacia el faro parecía peor de lo que había visto desde la ventana.
La tormenta había arrancado ramas, desplazado piedras y convertido la tierra en una pasta oscura y resbaladiza.
Noël avanzaba delante, con una linterna apagada en una mano y la otra abierta para mantener el equilibrio.
Vautrin lo seguía con el maletín. Delacroix caminaba detrás, observando.
Observaba el barro.
Las marcas.
Las ausencias.
Era difícil distinguir huellas con aquella lluvia, pero no imposible.
Cerca de la casa, el terreno estaba demasiado pisado: Noël había ido y vuelto; quizá alguien más durante la noche; quizá varias personas antes de que la lluvia lavara lo útil.
A medida que se acercaban al faro, las señales se volvían más confusas.
El sendero se estrechaba junto al acantilado y el viento empujaba con una violencia intermitente, como si no quisiera que nadie llegara entero.
—¿Cómo lo encontró? —preguntó Delacroix.
Noël no se volvió.
—Fui a revisar el cobertizo del faro. Después de lo de anoche, pensé que Yann necesitaría ayuda con el mecanismo.
—¿Por orden de alguien?
—Por orden de mi vejez. Uno se despierta temprano cuando ya le duelen cosas que no sabía que tenía.
—¿Y Yann?
—No lo vi.
Vautrin gruñó.
—¿El farero no estaba en su cuarto?
—No lo sé, doctor. Yo salí por la puerta de servicio. No me dedico a contar cabezas antes de pisar charcos.
Delacroix miró hacia la torre. La puerta inferior del faro estaba cerrada. No podía saber desde allí si con llave.
—¿Vio el cuerpo desde el sendero?
—No. Desde más abajo. Hay un desvío pequeño junto a las rocas. Fui por ahí porque una rama tapaba el paso.
Noël señaló con la barbilla.
Delacroix lo vio entonces.
No todo. No aún. Primero vio una mancha oscura sobre la piedra húmeda, una forma alargada demasiado regular para ser alga o madera. Después el viento apartó la lluvia durante un instante, y el cuerpo de Gaspard Kéravel apareció con una claridad brutal.
Estaba tendido entre dos rocas, al pie del faro, a pocos metros de donde el acantilado se quebraba en una pendiente irregular.
Llevaba un abrigo oscuro sobre el pijama y una bufanda deshecha alrededor del cuello.
Una pierna quedaba doblada en un ángulo desagradable.
El rostro estaba vuelto hacia un lado, pálido, golpeado, con sangre seca en la sien y agua de lluvia recorriéndole la mejilla como si llorara por simple trámite físico.
Mireille había dicho la noche anterior que no odiaba a su tío.
Delacroix pensó que, por desgracia, la muerte siempre llegaba demasiado tarde para aclarar esas cosas.
Vautrin se arrodilló junto al cuerpo con una dificultad que no era solo edad. Abrió el maletín, sacó un paño, luego lo guardó sin usarlo. A veces los médicos conservan un gesto de esperanza incluso cuando la esperanza ya ha abandonado la habitación.
Apoyó dos dedos en el cuello de Gaspard.
No dijo nada durante unos segundos.
Después bajó la mano.
—Está muerto.
Noël se santiguó. No de forma teatral. De forma vieja.
Delacroix no se arrodilló de inmediato. Rodeó la escena con cuidado, manteniéndose a distancia.
La lluvia complicaba todo. El mar metía ruido.
El viento borraba olores, desplazaba telas, enfriaba la piel, volvía dudosas las certezas.
Una escena al aire libre era un testigo enfermo: podía decir la verdad, pero había que acercar mucho el oído.
—¿Caída? —preguntó Noël, aunque la palabra parecía darle miedo.
Vautrin miró hacia arriba.
La torre del faro se elevaba sobre ellos, mojada, severa. Desde la galería superior hasta las rocas había altura suficiente para matar a un hombre varias veces. Eso era evidente. Demasiado evidente.
—Es posible —dijo el médico.
Delacroix se agachó junto al cuerpo.
—Posible es una palabra generosa.
Vautrin lo miró de reojo.
—No he dicho probable.
—Eso la vuelve más generosa todavía.