Muerte en el faro (Los misterios de Armand Delacroix 13) Capítulo 3 — La noche se inclina #3
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Capítulo 3 — La noche se inclina #3

Éléonore la miró con desdén.

—Entonces procure no tomarles dictado.

Gaspard hizo un gesto de cansancio.

—Buenas noches.

Se retiró y cerró la puerta.

Los demás fueron dispersándose poco a poco. Vautrin regresó a su cuarto. Mireille también. Éléonore pasó junto a Adrien sin mirarlo. Noël bajó la escalera murmurando algo sobre cajas, contraventanas y familias que dormían demasiado poco para vivir tantos años.

Adrien se quedó un instante frente a Delacroix y Margot.

—No sé qué esperaba encontrar aquí, monsieur —dijo—, pero le aseguro que La Casa Torcida decepciona incluso en sus tragedias.

—Las tragedias rara vez decepcionan por falta de intención.

—Quizá mañana descubra que no había intención alguna.

—Sería una novedad estimulante.

Adrien sonrió.

—Buenas noches.

Se marchó por el corredor.

Margot esperó a que desapareciera.

—No le gusta usted.

—Aún no he hecho méritos suficientes.

—No parece necesitar mucho.

Delacroix volvió a mirar hacia el faro.

—¿Está segura de lo que vio?

—No.

—Excelente.

—¿Excelente?

—La seguridad excesiva arruina muchos testimonios.

Margot guardó la libreta en el bolsillo de la bata.

—Era una silueta. Eso es todo. Un hombre quieto en la parte alta del faro. Pudo ser Gaspard. Pudo ser otro. Pudo ser una sombra con buen gusto para los abrigos.

—Eso último sería lo más literario.

—Y lo menos útil.

—No siempre.

La luz giró una vez más. Durante un instante, el faro pareció abrir un ojo en la noche y cerrarlo enseguida.

Delacroix sintió una incomodidad precisa, todavía sin forma.

Gaspard estaba vivo. Lo habían visto todos, en su puerta, después del golpe.

Sin embargo, algo en la escena no encajaba.

No era una contradicción. Aún no. Era una nota mal puesta en una melodía que tal vez solo se revelaría falsa cuando alguien intentara tocarla de nuevo.

—Vaya a dormir, madame Dufresne —dijo.

—¿Y usted?

—Yo también.

—Miente con bastante cortesía.

—Es una de mis pocas habilidades sociales.

Margot sonrió y se alejó hacia su habitación.

Delacroix permaneció unos segundos más junto a la ventana. La lluvia corría por el cristal en hilos torcidos. Más allá, el sendero hacia el faro aparecía y desaparecía bajo la luz giratoria. Nada se movía allí fuera, salvo el agua, el viento y las ramas bajas dobladas contra la roca.

Nada, al menos, que quisiera ser visto.

Cuando por fin entró en su habitación, no encendió la lámpara.

Se quedó junto a la ventana, observando el faro desde la oscuridad.

La moneda que había dejado sobre la cómoda seguía detenida junto a la pata.

Por alguna razón, aquel detalle mínimo le pareció más tranquilizador que la cama, el fuego apagado o las paredes de piedra.

Pasó media hora.

Tal vez más.

La casa fue callándose poco a poco, aunque no del todo.

Ninguna casa vieja calla del todo, y menos una construida tan cerca del mar.

Delacroix oyó pasos lejanos, una tos apagada, el golpe de una tubería, el gemido de una tabla.

Una vez creyó oír una puerta en la planta baja.

Otra, algo parecido a un susurro detrás de la pared.

No le concedió demasiada importancia. Las noches, como los testigos, exageran cuando se las deja solas.

Estaba a punto de apartarse de la ventana cuando la luz del faro se detuvo otra vez.

No se apagó.

Se detuvo.

Quedó fija unos segundos sobre el mar, apuntando hacia una zona negra de rocas al pie del acantilado. La lluvia atravesó aquel haz inmóvil como una cortina de agujas. Después, con un leve temblor, la linterna reanudó su giro.

Delacroix se enderezó.

Contó mentalmente los segundos hasta la siguiente vuelta.

Uno. Dos. Tres. Cuatro.

La luz pasó sobre el sendero.

No había nadie.

Siguió contando.

Cuando la linterna volvió a iluminar la base del faro, Delacroix creyó ver algo oscuro entre las rocas.

Solo un instante.

Una forma. Un bulto. Quizá una sombra demasiado densa. Quizá una roca mojada que no había reparado antes. Quizá nada.

La luz siguió su curso y la oscuridad volvió a tragarse el acantilado.

Delacroix permaneció inmóvil.

Una parte de él, la parte razonable, le recordó que era de noche, llovía con violencia, estaba cansado y no conocía todavía la geometría del lugar. Otra parte, bastante más útil, le recordó que la razón suele llegar tarde a las escenas donde alguien ha decidido hacer algo imperdonable.

Esperó la siguiente vuelta.

La luz regresó.

La forma seguía allí.

Esta vez, antes de que pudiera verla mejor, un trueno sacudió la casa entera. El cristal vibró bajo sus dedos. El faro desapareció un segundo tras una cortina de lluvia brutal.

Cuando volvió a verse, el haz ya no apuntaba hacia abajo.

Delacroix no salió.

No todavía.

Miró el reloj. La noche acababa de cruzar una línea invisible. Lo supo sin necesidad de pruebas, de gritos ni de cadáveres. Hay momentos en que una casa cambia de respiración. La Casa Torcida acababa de hacerlo.

A lo lejos, bajo el rugido del mar, volvió a oírse un golpe.

Más apagado que antes.

Más definitivo.

Y esta vez nadie abrió la puerta para preguntar qué había sido.