Muerte en el faro (Los misterios de Armand Delacroix 13) Capítulo 3 — La noche se inclina #2
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Capítulo 3 — La noche se inclina #2

—La linterna estaba ajustada. La revisé esta mañana. No tenía por qué pararse.

—¿Puede manipularse?

—Todo puede manipularse si uno sabe dónde meter la mano.

—Una observación muy humana.

—No hablaba de personas.

—Yo casi siempre.

Yann no sonrió.

—Buenas noches, monsieur.

Salió del salón con pasos pesados.

Delacroix se quedó solo frente al fuego.

Durante un momento pensó en retirarse. La decisión razonable era subir a su habitación, meterse en la cama y permitir que la tormenta hiciera su trabajo fuera de los cristales.

Al fin y al cabo, todavía no había cadáver.

Y un hombre sensato no debía investigar desgracias antes de que las desgracias tuvieran la cortesía de producirse.

Pero Delacroix nunca había confiado del todo en la sensatez. Le parecía una virtud útil para administrar granjas, no para entender familias.

Apuró la copa, la dejó sobre la mesa y salió al pasillo.

La Casa Torcida estaba casi a oscuras. Algunas lámparas seguían encendidas en las paredes, pero la luz no llegaba a los rincones.

La inclinación del suelo, apenas perceptible de día, se hacía más incómoda con la noche.

El cuerpo tendía a corregirla. Los pies desconfiaban.

Las sombras parecían deslizarse siempre hacia el mismo lado, hacia el ala oeste, hacia el mar.

Delacroix subió la escalera despacio.

En el rellano de la primera planta, oyó voces.

No eran claras. Venían de algún punto del pasillo izquierdo, quizá del ala donde estaban los dormitorios familiares. Se detuvo junto a una armadura decorativa que habría resultado ridícula en cualquier casa menos en aquella, donde incluso el mal gusto parecía hereditario.

La primera voz era de Adrien.

—No puedes hacerlo.

La segunda tardó en responder. Era más baja, más vieja.

Gaspard.

—Puedo. Y debí hacerlo hace mucho.

—Entonces espera. Una semana. Dos días, al menos. Hablemos sin testigos.

—Los testigos son precisamente lo que ha faltado siempre en esta casa.

Hubo un silencio.

—¿Por eso lo has traído? —preguntó Adrien—. ¿Por eso está aquí Delacroix? ¿Para convertir una decisión familiar en una investigación?

—Está aquí porque quizá necesite a alguien capaz de reconocer una mentira cuando la tenga delante.

Adrien rió, pero sin ganas.

—Entonces deberías haberlo invitado antes de construir toda tu vida.

Delacroix no pudo evitar una ligera admiración. Era una frase cruel, sí, pero precisa. Las frases crueles tenían esa ventaja: cuando estaban bien hechas, cortaban por la costura.

Gaspard habló de nuevo.

—Mañana, Adrien.

—Mañana puedes arrepentirte.

—De eso se trata.

Una puerta se abrió. Delacroix se apartó unos centímetros, lo suficiente para quedar en la sombra. Adrien salió al pasillo con el rostro endurecido. Durante un instante pareció mirar hacia el rellano. Delacroix permaneció inmóvil.

Adrien no lo vio. O fingió no verlo.

Caminó en dirección contraria y desapareció por otro corredor.

Delacroix esperó. La puerta volvió a cerrarse, esta vez con suavidad. Permaneció unos segundos escuchando. Nada. Solo la tormenta y el crujido de la casa.

Siguió hacia su habitación.

No llegó.

A mitad del pasillo, encontró a Margot Dufresne junto a una ventana. Llevaba una bata oscura sobre el vestido y sostenía una libreta pequeña. No parecía sorprendida de verlo. En realidad, parecía más bien satisfecha, como si hubiera calculado que tarde o temprano él aparecería por allí.

—Monsieur Delacroix —susurró—. Creí que los detectives dormían con un ojo abierto.

—Solo cuando la almohada es sospechosa.

—En esta casa todas lo son.

Él miró la libreta.

—¿Trabajando?

—Intentándolo. Pero la realidad insiste en escribir más alto.

La ventana daba al sendero del faro. La luz giratoria atravesaba la lluvia y dibujaba manchas pálidas sobre la tierra, las rocas, los arbustos azotados por el viento. Cada vuelta revelaba el mundo durante un segundo y luego lo devolvía a la oscuridad.

—Tiene buena vista desde aquí —dijo Delacroix.

—Demasiado buena.

—Eso suena a que ha visto algo.

Margot dudó. No por miedo, pensó él, sino por pudor narrativo. Hay personas que temen equivocarse; los escritores temen contar mal lo que han visto.

—Hace unos minutos —dijo ella—, cuando subía a mi habitación, miré hacia el faro. No sé por qué. Supongo que porque después de la cena era imposible no mirarlo.

—Comprensible.

—Vi una figura arriba.

Delacroix no se movió.

—¿En la linterna?

—Sí. O eso creo. La luz pasaba por detrás, así que solo vi una silueta. Un hombre. Quieto. Muy quieto.

—¿El farero?

—Pensé que sí al principio. Pero después recordé que Le Guen se quedaba en la casa.

—Quizá cambió de opinión.

—Quizá.

—¿Y entonces?

Margot se mordió apenas el labio inferior. No era un gesto de coquetería. Era concentración.

—Me pareció Gaspard Kéravel.

Delacroix miró hacia el faro.

La luz volvió a girar, lenta, pálida, cortando la lluvia. Durante un instante iluminó los cristales de la linterna superior. No había nadie visible allí ahora.

—¿Por qué le pareció él?

—La postura. El abrigo. La forma de inclinar la cabeza.

—A esa distancia, con lluvia y de noche, es mucho reconocer.

—Lo sé.

—Eso no significa que esté equivocada.

Margot lo miró.

—Eso es lo más incómodo que podía decirme.

—La verdad rara vez tiene buenos modales.

Ella cerró la libreta.

—No debería estar allí, ¿verdad?

—No soy quién para decidir dónde debe estar un anfitrión en su propia casa.

—No me refiero a eso.

—Lo sé.

Durante unos segundos, ambos miraron el faro. El viento arrastró una ráfaga de lluvia contra la ventana. La casa crujió bajo sus pies. Delacroix sintió otra vez aquella inclinación mínima del suelo, esa insistencia silenciosa hacia el vacío.

—¿Ha oído algo? —preguntó Margot.

—Demasiadas cosas.

—Me refiero ahora.

Delacroix escuchó.

Al principio solo oyó el temporal. Después, algo más. Un ruido sordo, lejano, como madera golpeada contra piedra o una puerta cerrada con violencia al otro lado de la casa.

Margot se quedó inmóvil.

—Eso no ha sido el viento —dijo.

—El viento suele recibir culpas que no merece.

La frase apenas había salido de su boca cuando se oyó otro sonido. Más bajo. Más pesado. No llegó desde dentro, sino desde fuera. O desde abajo. Era difícil precisar en una casa que parecía conducir todos los ruidos hacia lugares equivocados.

Una especie de golpe seco, tragado enseguida por el rugido del mar.

Margot contuvo la respiración.

—¿Qué ha sido eso?

Delacroix no respondió al instante.

Miró hacia el faro. La luz seguía girando. Pasó una vez. Luego otra. Regular de nuevo, como si jamás se hubiera detenido durante la cena. Como si nada en el mundo hubiera cambiado.

Al fondo del pasillo se abrió una puerta.

El doctor Vautrin apareció con una bata sobre la camisa y una lámpara en la mano.

—¿Qué demonios ocurre?

Otra puerta se entreabrió. Mireille asomó el rostro, pálida.

—¿Habéis oído eso?

Adrien salió casi al mismo tiempo desde el corredor opuesto. Llevaba la chaqueta puesta, aunque sin corbata. Tenía el cabello apenas desordenado y una expresión de fastidio razonablemente convincente.

—Por el amor de Dios —dijo—. Es la tormenta. Esta casa lleva años haciendo ruidos como una anciana dramática.

—Yo también soy anciano —dijo Gaspard desde la puerta de su habitación—, y procuro no sonar como si me hubieran arrojado por una escalera.

Todos se volvieron hacia él.

El viejo estaba de pie, apoyado en el marco, con una bata oscura sobre el pijama. Parecía cansado, pero entero. Sus ojos fueron primero hacia Delacroix, luego hacia Margot, luego hacia el faro visible al final del pasillo por la ventana.

—¿Qué sucede? —preguntó.

—Un golpe —dijo Mireille—. Venía de fuera.

—Una contraventana —dijo Adrien.

—No sonaba a contraventana —murmuró Margot.

Adrien la miró.

—¿Ahora también colecciona sonidos?

—Solo cuando parecen querer decir algo.

El doctor Vautrin levantó la lámpara.

—Noël fue a revisar el ala oeste. Quizá se ha caído algo.

Como si el nombre lo hubiera invocado, Noël Prigent apareció al fondo de la escalera, con el abrigo mojado, una linterna pequeña en la mano y una expresión de irritación profunda.

—La contraventana ya está cerrada —dijo—. Y antes de que nadie pregunte, no me he despeñado, no he roto nada y no he visto fantasmas.

—Qué noche más decepcionante para la literatura —murmuró Margot.

Noël la oyó y frunció el ceño, aunque no pareció ofendido.

Delacroix observó al criado. Tenía barro fresco en las botas y el abrigo salpicado de lluvia. Nada extraño si venía de fuera. Pero en la manga izquierda había una mancha más oscura, alargada, como de grasa o aceite. Noël se dio cuenta de que Delacroix la miraba y bajó el brazo.

—El viento ha tirado unas cajas junto al cobertizo —dijo—. Habrá sido eso.

—¿Está seguro? —preguntó Gaspard.

—Seguro no está uno ni de despertarse mañana, monsieur. Pero cajas había, y tiradas estaban.

Adrien soltó una risa breve.

—Ahí lo tienen. Misterio resuelto. Podemos volver todos a nuestras camas antes de que monsieur Delacroix acuse al mobiliario.

—No acuso al mobiliario sin pruebas —dijo Delacroix—. Aunque reconozco que algunas sillas tienen antecedentes.

Mireille sonrió apenas. Gaspard no. Seguía mirando hacia el faro.

La luz pasó otra vez por la ventana y le iluminó el rostro.

Fue un instante, pero a Delacroix le bastó.

El viejo tenía miedo.

No sorpresa, no cansancio, no mal humor por haber sido despertado. Miedo. Y detrás del miedo, una resolución tan frágil que parecía a punto de romperse.

—Vuelvan a dormir —dijo Gaspard al fin—. Mañana será un día largo.

—Eso depende de ti —dijo Adrien.

—No —respondió el anciano—. Hace mucho que dejó de depender solo de mí.

Éléonore apareció entonces en el pasillo, envuelta en una bata negra, con el cabello perfectamente recogido. Delacroix no supo si admirar su disciplina o temerla.

—Esto es ridículo —dijo—. Estamos todos de pie por un ruido en una casa vieja durante una tormenta.

—Las casas viejas hablan —dijo Margot.