Capítulo 3 — La noche se inclina
Después de la cena, nadie tuvo el valor de fingir alegría durante demasiado tiempo.
Hubo café en el salón, una licorera de coñac que Gaspard abrió con manos algo rígidas y una conversación dispersa, llena de pequeñas pausas donde cabían demasiadas cosas.
La tormenta, que hasta entonces había golpeado la casa con cierta educación, empezó a perder los modales.
Las ventanas temblaban. La lluvia caía oblicua contra los cristales.
En algún punto del piso superior, una contraventana mal cerrada golpeaba a intervalos irregulares, como si alguien llamara desde dentro de una habitación vacía.
Delacroix aceptó una copa y se sentó cerca de la chimenea, no tanto por deseo de calor como por la ventaja estratégica de poder ver a todos sin parecer demasiado interesado en nadie.
Éléonore Kéravel ocupó una butaca junto a la mesa de té, con la espalda recta y las manos cruzadas sobre el regazo.
Parecía incapaz de abandonarse al cansancio, como si incluso la fatiga tuviera que pedirle permiso antes de tocarla.
Adrien se quedó de pie, junto al aparador, bebiendo poco y sonriendo menos.
Mireille hojeaba un libro sin leerlo. Gabriel Artaud secaba de vez en cuando sus gafas con un pañuelo, aunque no había humedad visible en los cristales.
El doctor Vautrin fumaba en silencio, con la mirada clavada en Gaspard.
Margot Dufresne observaba la escena con una atención que ni siquiera intentaba disimular.
Yann Le Guen no se había sentado.
Permanecía junto a una ventana, mirando hacia el faro cada vez que la luz barría la oscuridad. La interrupción de la linterna durante la cena le había dejado en el rostro una preocupación seca, práctica, de hombre acostumbrado a distinguir entre un fallo menor y una señal peligrosa.
—Si tanto le inquieta, puede volver —dijo Adrien.
Yann no se giró.
—Lo haré.
—Parecía una orden de mi tío, no una invitación.
—Adrien —dijo Gaspard.
El sobrino levantó una mano, como quien concede una paz que no le han pedido.
—Solo digo que no conviene retener a un hombre lejos de su oficio cuando ese oficio consiste en impedir que otros se estrellen contra las rocas.
—Qué sensibilidad repentina hacia la supervivencia ajena —murmuró Mireille.
Adrien la miró con una sonrisa breve.
—La edad me está volviendo mejor persona.
—Entonces todavía eres joven.
Margot soltó una risa baja. Éléonore no la acompañó. La madre miró a sus hijos con el cansancio severo de quien contempla una grieta que ya no sabe cómo tapar con un cuadro.
Gaspard dejó su copa sobre la mesa.
—Yann se quedará hasta que amaine.
—No amainará —dijo el farero.
La frase no sonó dramática. Sonó meteorológica. Precisamente por eso resultó desagradable.
El doctor Vautrin se removió en su silla.
—El camino será impracticable dentro de una hora. Si alguien piensa marcharse, debería hacerlo ya. Y si alguien piensa no matarse por una imprudencia, debería quedarse.
—Siempre tan delicado, doctor —dijo Adrien.
—La delicadeza mata a menos pacientes que la estupidez.
Delacroix bebió un sorbo de coñac. Decidió que el doctor Vautrin, pese a su evidente falta de amor por la conversación elegante, quizá no era del todo desagradable.
Colette Marchand entró para retirar las tazas.
Lo hizo con esa eficiencia silenciosa de los criados antiguos, aunque Delacroix notó que sus ojos fueron primero hacia Gaspard y luego hacia Yann.
No había en ese gesto nada maternal de forma evidente; era demasiado breve, demasiado contenido.
Pero había algo. Una preocupación que no era de empleada.
Una vigilancia que no nacía del salario.
Noël Prigent apareció detrás de ella, con una bandeja de copas limpias. El viejo criado caminaba con el cuidado de quien conoce cada tabla suelta del suelo. Al pasar junto a la ventana, la luz del faro le cruzó la cara durante un instante y le marcó las arrugas como cortes.
—La contraventana del pasillo oeste vuelve a soltarse —dijo Colette.
Noël resopló.
—Esa contraventana tiene más carácter que media familia.
Adrien levantó la copa.
—Gracias, Noël. Siempre es un placer escuchar cómo nos insulta el servicio con metáforas arquitectónicas.
—No era una metáfora, monsieur. Era una contraventana.
Mireille sonrió mirando al libro. Gaspard también, aunque apenas.
Éléonore no parecía encontrar encantadora la familiaridad del criado. O quizá sí, y eso era exactamente lo que no estaba dispuesta a admitir.
—Cierre bien todo antes de retirarse —dijo.
Noël inclinó la cabeza.
—Como cada noche, madame.
—Esta noche no es como cada noche —dijo Gaspard.
El comentario apagó el resto de sonrisas.
Delacroix lo miró. El anciano estaba de pie junto a la chimenea. La luz del fuego le subía por la cara y le dejaba los ojos en sombra. Parecía haber envejecido desde la cena, como si anunciar una decisión le hubiera costado varios años.
Adrien dejó la copa en el aparador.
—Quizá convenga que todos descansemos. Mañana, según parece, tendremos revelaciones.
—Tendremos verdad —dijo Gaspard.
—Eso suele ser lo que dice la gente cuando quiere imponer su versión con solemnidad.
—Y eso suele ser lo que dice la gente cuando teme que la versión de otro sea cierta.
Adrien sonrió. Esta vez sin encanto.
—Buenas noches, tío.
Se acercó a su madre, le besó la mano con un gesto casi teatral y salió del salón. Éléonore tardó unos segundos en levantarse. Cuando lo hizo, se dirigió hacia Gaspard.
—Aún estás a tiempo de no convertir la casa en un circo.
—Me temo que llego décadas tarde.
—No confundas culpa con justicia.
Gaspard la miró con una tristeza sin paciencia.
—Y tú no confundas dignidad con silencio.
Por primera vez, Éléonore pareció perder algo de color. No mucho. Lo justo para que Delacroix supiera que la frase había encontrado carne.
—Buenas noches —dijo ella.
Salió sin mirar a nadie más.
Mireille cerró el libro.
—Yo también me retiro.
Gaspard suavizó la voz.
—Mireille.
Ella se detuvo.
—Mañana —dijo él— quizá me odies menos.
La joven lo miró con una mezcla de ternura y agotamiento.
—No te odio, tío. Eso es lo peor.
Se marchó.
Gabriel Artaud fue el siguiente. Recogió sus gafas, su pañuelo, su miedo y una dignidad muy pequeña, y salió después de una reverencia torpe.
El doctor Vautrin apuró su copa, se acercó a Gaspard y habló en voz baja.
Delacroix no oyó la frase completa, solo algunas palabras sueltas: “corazón”, “emociones”, “imprudencia”.
Gaspard negó con un gesto. Vautrin insistió. Gaspard volvió a negar.
Los médicos, pensó Delacroix, solían tener una relación curiosa con la muerte. La combatían durante años y, aun así, se sorprendían de que la gente siguiera colaborando con ella por razones familiares.
Margot Dufresne fue la última invitada en levantarse, aparte de Delacroix y Yann.
—Ha sido una cena magnífica —dijo.
Gaspard la miró con ironía cansada.
—¿Magnífica?
—Literariamente, quiero decir. Humanamente ha sido bastante incómoda.
—Me alegra que alguien haya sacado provecho.
—La incomodidad es una materia prima estupenda. El problema es que suele exigir víctimas.
Delacroix alzó la mirada hacia ella. Margot se dio cuenta y sonrió apenas, como si hubiera dejado caer la frase a propósito para comprobar quién la recogía.
—Buenas noches, monsieur Delacroix —dijo.
—Procure terminar las frases peligrosas antes de dormir.
—Las mejores no dejan.
Margot salió.
Quedaron Gaspard, Yann y Delacroix. Colette recogía las últimas copas junto al aparador. Noël esperaba en la puerta, fingiendo no esperar.
Durante unos segundos solo se oyó la lluvia.
—Yann —dijo Gaspard—. Quédate en la habitación del ala oeste. La pequeña, junto al cuarto de costura.
El farero negó despacio.
—No hace falta.
—Lo hace.
—El faro…
—El faro seguirá ahí al amanecer.
—Eso no siempre basta.
La frase tenía más peso del necesario. Gaspard lo entendió. Colette también. Delacroix vio cómo la mujer apretaba la bandeja contra el pecho.
Gaspard dio un paso hacia Yann.
—Esta noche basta.
El farero sostuvo su mirada. Había entre ellos una tensión extraña, áspera, casi familiar, pero desprovista de los gestos que hacen visible la familia. Era como ver dos orillas de un mismo río negándose a admitir el agua que las separaba.
—Como quiera, monsieur —dijo Yann al fin.
No aceptaba. Obedecía. Y no parecía estar acostumbrado a hacer ninguna de las dos cosas con gusto.
Gaspard asintió. Luego se volvió hacia Delacroix.
—Le ruego que perdone el espectáculo.
—No se preocupe. He asistido a espectáculos peores con entradas más caras.
El anciano sonrió sin alegría.
—Mañana hablaremos.
—Eso espero.
—No. No lo espera.
Delacroix no respondió.
Gaspard se alejó hacia la puerta con una lentitud digna. Noël dio un paso para acompañarlo, pero el viejo levantó una mano.
—No necesito ayuda.
—Claro, monsieur —dijo Noël.
Gaspard salió solo.
Delacroix siguió mirando la puerta unos segundos después de que se cerrara.
Colette fue quien rompió el silencio.
—El señor Kéravel está cansado.
—Eso parece.
—A veces dice cosas que no debería.
—Eso también parece.
La mujer levantó la bandeja.
—No todo lo que se dice en esta casa merece ser recordado.
Delacroix la miró.
—Curioso. Yo suelo pensar que casi todo lo que se dice en una casa merece ser recordado. Sobre todo cuando alguien recomienda lo contrario.
Colette sostuvo su mirada. Tenía ojos grises, firmes, con una tristeza antigua muy bien barrida bajo la alfombra.
—Buenas noches, monsieur Delacroix.
—Buenas noches, madame Marchand.
Colette salió. Noël la siguió tras dedicarle a Delacroix una inclinación mínima.
Yann Le Guen permaneció junto a la ventana.
—No me gusta que se detenga —dijo.
Delacroix se acercó.
—¿El faro?
—Sí.
—¿O la casa?
Yann lo miró por primera vez con verdadera atención.
—Las casas no se detienen.
—Algunas llevan años intentándolo.
El farero volvió la vista hacia la luz que giraba sobre el mar.